El cristianismo primigenio según Emmanuel Carrère

Reconozco mi asombro ante los literatos de la autoficción: Enrique Vila-Matas, Kirmen Uribe, Javier Cercas. Parece que a ellos siempre les ocurren cosas y se encuentran con gran frecuencia con personajes fascinantes que pasan inmediatamente a protagonizar sus libros. Vila-Matas lo ha confesado más de una vez: “Me pasan cosas”. O quizá es que son capaces de elevar a la categoría de extraordinario cualquier intrascendencia gracias a su habilidad como escritores. En cualquier caso yo he decidido dar la vuelta a sus argumentos y considerar como ficción todo lo que cuentan como auténtico en sus escritos. El lector es el dueño del libro ¿no?

Emmanuel Carrère ha contado su vida en los títulos que corresponden a esa etapa de su vida literaria (El adversario, De vidas ajenas, Una novela rusa, Limónov) y vuelve a hacerlo en El Reino, su nueva novela, o así, en la que aborda los primeros tiempos del cristianismo justificándose porque una vez, hace años, fue católico. Y como decía Jack Miles un católico, por el simple hecho de haberlo sido, sigue durante toda su vida cargando con sus características aunque ya no practique. Nos explica Carrère todo esto en la primera parte, junto con algunas historias como la de su relación laboral con una colaboradora de Philip K. Dick, su adorado Philip K. Dick, que también tendrá mucho que ver con este libro. Es una parte ligera, insustancial, discutible, muy divertida, en LIBRO El Reinola que se encarga de desmontar sus propias afirmaciones. Y después se pone a repasar las fuentes.

Hay mucho tema que abordar en esta historia, pero el autor se ciñe, interesadamente, a la obra de Lucas que incluye su evangelio y los Hechos de los apóstoles. A pesar de que Carrère insiste en que está todo muy documentado, lo cierto es que tiene que recurrir a la imaginación en demasiadas ocasiones, pero lo hace tan bien, y de manera tan verosímil que se lo perdonamos todo. Así que tendremos que considerar este acercamiento a los primeros tiempos del cristianismo una nueva inmersión en la fantasía de un autor que, por otra parte, manifiesta una potencia de fuego literaria que nos deja asombrados una vez más.

Carrère es capaz de contarnos multitud de cosas del Siglo I y enlazarlas con cuestiones actuales y reflexiones de la más variada procedencia, sin que se le altere el pulso. Y puede darnos las interpretaciones más peregrinas con un acento de verosimilitud envidiable. Los políticos deberían leer más este autor. Poco importa que, en su afán por tener atrapado al lector, prometa aclarar las cosas más adelante y luego se olvide de hacerlo. Ya digo, este es un autor para políticos.  ¿Por qué no desvela las cosas en su lugar? Se le ha quedado el tic televisivo de desvelar la verdad después de la publicidad gracias a aquella serie que, confiesa, no pudo hacer pero que le ha venido muy bien para comenzar este libro. Esa serie es Les Revenants, una historia de muertos resucitados. Ya digo es alguien capaz de utilizar cualquier material como elemento de construcción de sus edificios literarios. Pero le quedan muy chulos.

Carrère es divertido, disperso, encantador, tremendamente culto, su lista de citas haría empalidecer a cualquier catedrático de teología. Y le gusta Philip K. Dick. Deberían ustedes recuperar Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos su biografía del escritor californiano que tanto recuerda en un libro sobre los primeros cristianos. ¿Paradójico? No, es Carrère. El Reino es el mejor libro que he leído este verano y está en la línea del resto de títulos de su autor. Y aunque sea una absoluta invención pueden ustedes tomárselo como la verdad más definitiva. Seguro que disfrutan de su lectura. Y eso que empieza el autor denunciando lo inverosímil que resulta toda esa historia  emparentándola con los relatos fantásticos y los cuentos de hadas. La magia de la buena literatura. Sea cual sea el asunto a tratar.

Félix Linares

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