El tocho. El Berlín nazi de Hans Fallada

La cartera Eva Kluge sube despacio los peldaños de la escalera del número 55 de la calle Jablonski. Su lentitud no se debe solo a que la caminata del reparto la ha fatigado, sino también a que su cartera contiene una de esas cartas que odia entregar y tiene que hacerlo dentro de un momento, dos tramos de escalera más arriba, en el hogar de los Quangel. Seguro que la mujer la espera con impaciencia, desde hace más de dos semanas espera recibir una carta oficial del Ejército…

Ella no siente el menor interés por la política. Es una mujer sencilla y como tal piensa que no hay que traer hijos al mundo para que los maten de un tiro”.

Así comienza Solo en Berlín, de Hans Fallada. La tremenda biografía de este escritor alemán, morfinómano, alcohólico y suicida, muy conocido en la primera mitad del siglo XX, en la que alguna de sus novelas llegó a superventas en Alemania, nos hace admirar aún más la pujanza de su talento, capaz de sobreponerse a tantas circunstancias adversas. Una de ellas, fue la difícil convivencia, desde 1933, con el régimen nazi.

La novela que hoy les recomendamos, Solo en Berlín, la última que publicó el autor, apenas un año antes de su muerte en 1947, se puede interpretar, precisamente, como su ajuste de cuentas personal con el nazismo. Basándose en un hecho real rescatado de los archivos de la Gestapo, Fallada nos narra una historia de resistencia anónima y casi sin esperanzas. Es la que lleva adelante el matrimonio Quangel: Otto, un jefe de taller de carpintería, hombre en extremo recto y lacónico y Anna, una sumisa ama de casa. Ambos han perdido a su hijo en la guerra, y el golpe moral recibido les impulsa a alejarse del nazismo y a actuar en su contra. Deciden escribir postales denunciando las mentiras y los crímenes de Hitler. Postales que dejan abandonadas en edificios públicos esperando la reacción de sus eventuales lectores.

En torno a los Quangel, el autor teje una tupida red de relaciones que comienzan en su mismo edificio, donde viven también el confidente de la policía Barkhausen, el juez retirado Fromm, la entusiasta familia nazi de los Persicke y una anciana tendera judía, la señora Rosenthal, cada vez más atemorizada. Son solo una parte de la variada fauna humana que puebla esta novela, casi coral en su desarrollo, y con ingredientes de thriller, introducidos por las pesquisas del brillante comisario Escherich, el único personaje que recibe una verdadera lección moral de la actuación de los Quangel, tras su detención.

Quizá se eche de menos un mayor desarrollo o profundización psicológica en algunos personajes, incluso una mayor reflexión sobre la realidad, pero Fallada escribe de manera torrencial (acabó los 800 folios mecanografiados de que constaba la novela en cuatro semanas) y eso se nota en la enorme fluidez de la narración, en la que no cesan de encadenarse acontecimientos. La facilidad y amenidad del estilo propicia una lectura subyugante, que no obvia en absoluto la denuncia de las brutalidades del régimen. Al contrario, la gran virtud de esta novela estriba en su cercanía a la realidad y su conmovedora apuesta, perdida de antemano, por la humanidad y la justicia.

Solo en Berlín de Hans Fallada, en editorial Maeva.

Javier Aspiazu

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