La estúpida venganza fría o las risas de Stancanelli

La protagonista de La mujer desnuda, Anna, al igual que Sherman McCoy, personaje principal de La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe, tiene un conflicto telefónico y descubre que su pareja le engaña con otra mujer. Pero al contrario que McCoy, que enloquece, se lanza a la acción, se lía y acaba atropellando a un ciudadano en el Bronx y de ahí todos sus problemas, ella decide guardarse esa información, reconcentrarse en su dolor, maldecir a los cielos y envenenarse los días con la persecución del infame y su cómplice, hasta hacer cosas muy raras con ciertas fotografías que ellos se envían. Todo es pesadilla y obsesión en la vida de esta mujer que no ve la forma de salir del infierno. Lo hará, por supuesto, no descubro nada, porque es imposible aguantar todas las páginas de un libro en esta actitud, aunque sea uno breve como este. Y entonces la narración se torna divertida, ma non troppo, y las situaciones descabelladas se suceden.

Ambas partes del libro son muy satisfactorias, lo digo ya. No conocíamos a Stancanelli, aunque en la portadilla se nos informa de una serie de títulos anteriores, algunos de los cuales han llegado al cine, algunos otros han tenido premios. Una pena que hayamos tenido que esperar veinte años para conocer su trabajo. Veamos, La mujer desnuda no es una de esas obras capitales, fundamentales para entender nuestro tiempo e inevitable en el canon actual de la literatura, pero si es un buen análisis de los urbanitas actuales, ajetreados en observarse a sí mismos, en dolerse de los problemas del primer mundo, en desasosegarse por cualquier tontería. Ya, diréis, que le pongan a una los cuernos no es cuestión baladí. Yo creo que sí, sobre todo cuando quien lo hace es el estúpido que tenía de pareja y encontrar una disculpa para dejarlo debería hacer feliz a nuestra heroína. Pero no, Anna, empieza a torturarse. Y me parece que eso es lo que harían la mayor parte de las personas afectadas por semejante desastre. Mucho culparse, mucho preguntarse qué no hizo bien, mucho prometerse cambiar. ¿Para qué? ¿Para recuperar a semejante idiota?

Pero, bueno, todo esto está muy bien contado, con las dosis justas de ingenio, episodios divertidos, tonterías varias, levedad que garantiza la buena recepción por parte de tantos lectores como estarán dispuestos a suscribir la tortura. Y, ya digo, en la segunda parte, más diversión. Buena escritura, muy entretenido este librito, buen material para una telecomedia, una obra de teatro breve, quizá una película. ¿Cómo estará la cosa que hemos acabado apreciando estas cosas? La vida, que nos ha hecho así. La mujer desnuda, un buen divertimento. Suficiente para quedar bien con esta recomendación.

Félix Linares

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