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Philippe Lançon o cómo sobrevivir al horror

Este libro del periodista y crítico francés Philippe Lançon te agarra el corazón desde las primeras páginas y no deja de estrujártelo hasta el final. En medio hay mucho dolor (físico y mental), mucho miedo, mucha desesperación, momentos de euforia, momentos de depresión, instantes de cordura, instantes de locura, esperanza en el sur humano, desesperanza por la Humanidad… El libro arranca con una destrucción desoladora y termina con otra en la distancia. El autor quiere creer que somos gente civilizada, pero a veces la realidad lo hace complicado, muy complicado.

Este libro cuenta como Philippe Lançon sobrevivió al terrible atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo, de la que era colaborador, el 7 de enero de 2015. Sobrevivió casi sin esperanzas, porque los atacantes islamistas le dispararon varias veces, la última un tiro de gracia que le destrozó la cara, la mandíbula. El atentado acabó con la vida de doce personas y dejó heridas a otras once. Las heridas más graves fueron las de Lançon. El primer capítulo cuenta cómo fue el día anterior al atentado. Un día normal en la vida del autor. Fue al teatro a ver Noche de reyes, para hacer una crítica después. Pensó en Bagdad, antes de los bombardeos, donde fue corresponsal, y en el último libro de Houllebecq, aquel que narraba la llegada a la presidencia de la república francesa de un musulmán moderado. El siguiente capítulo es otro día normal. Lançon ha decidido pasar por la revista Charlie Hebdo y después por la redacción del periódico Liberation, donde también colaboraba. En la revista hay risas. Se celebra la reunión semana. Todos hacen chistes y la mayoría se divierte. Alguno reprocha la acidez de algunas de las gracietas. Pero la cosa no va a más. Y tras terminar la reunión Lançon se queda charlando con algunos de sus compañeros. Y se oyen unos ruidos. Y alguien dice: “Ya están los gamberros de siempre con sus petardos”. Pero Lançon, que ha sido corresponsal de guerra, piensa: “Esos no son petardos, son disparos de un arma automática”. Y cuando se vuelve ve a los dos terroristas disparando y rematando a sus amigos y compañeros.

Y a partir de aquí el viacrucis. Las primeras horas en el hospital, las ensoñaciones; los primeros días, las visitas emocionadas; las primeras operaciones, las anestesias, los despertares; las plegarias, convertidas en el primer artículo del retorno; los políticos que pasan por la sala del hospital; los policías a la puerta que se van turnando; sus padres, su hermano, su novia chilena que vive en Nueva York, su ex mujer cubana; las enfermeras, los médicos y Chloé, la cirujana que le acabará devolviendo un rostro. Y repasar una vida, al cambiarse de casa para ir a otra más protegida (los “animales” pueden querer rematarle): fotografías, cartas, gentes, recuerdos de Cuba y otros países. Y por fin la operación definitiva, el colgajo que haya que construir para recuperar la mandíbula perdida, el labio perdido, la mejilla perdida. Un colgajo realizado con carne y huesos de otra parte del cuerpo. Y en medio Proust, y Kafka, y Mann, y Bach… sin los que hubiera sido imposible continuar viviendo: la cultura como dique contra la ignominia, contra el dolor y a favor de la esperanza.

El colgajo es un libro maravillosamente escrito, de una sinceridad abrumadora, insultantemente abrumadora, desgarrador, en el que su autor se abre en canal, sin ocultar nada, o prácticamente nada, sobre lo que sintió en las diferentes fases de su reconstrucción como ser humano. Decíamos que el libro se abre con un atentado y termina con otro, el de la sala Bataclán de Paris. Una vuelta a empezar. No estamos a salvo, pero debemos seguir viviendo y agarrarnos a todo aquello que nos hace humanos: el amor, la amistad, la risa, la cultura, la discusión civilizada. Y la escritura, seguir escribiendo, seguir contando, transmitiendo verdad o por lo menos “sensación de verdad” y “sentimiento de libertad”. No dejemos que el dolor se transforme en inquina, viene a decir Lançon, porque la inquina destroza los corazones. Una lección de vida, a pesar de todo.

Enrique Martín

Ian McEwan, la máquina que maquina

Ian McEwan es un gran escritor, un narrador que destila tanto oficio como talento, reconocido por la crítica, distinguido con importantes premios y que goza además de gran popularidad, una popularidad favorecida también por las numerosas adaptaciones cinematográficas que se han hecho de sus obras. Además, tenemos la suerte de que sea relativamente prolífico. Su última novela por el momento es Máquinas como yo, una ucronía que nos sitúa en el Londres de 1982. Es ese el momento en el que en esta ficción se ponen a la venta los primeros veinticinco replicantes, unos robots indistinguibles del ser humano.

Charlie, el desocupado protagonista de esta novela, escrita en primera persona, decide fundirse la mayor parte de su herencia en la compra de Adán,  uno de esos seres humanos sintéticos, con apariencia de “cargador de muelle del Bósforo”.  Enamorado de su vecina Miranda, de veintidós años, diez años más joven que él, decide que programarán al robot juntos, que completarán a medias las configuraciones de la personalidad. Al principio, Charlie, que es un apasionado de la informática, toma a Adán como un juguete, pero las complicaciones no se harán esperar. Pronto, se establece una especie de triángulo amoroso entre los tres personajes que les acarreará  tres inopinadas complicaciones. Por otro lado, un secreto que escondía Miranda saldrá a la luz, una sub-trama que dota a la novela de cierta intriga. La trama, por tanto, tiene gancho, y se avanza a través de ella; sin embargo, nos encontramos con digresiones relacionadas con las matemáticas, la informática y la filosofía que ralentizan la lectura, que abotargan el argumento.

En esta ucronía el famoso matemático Alan Turing continua vivo en 1985 –en la realidad, se suicidó en 1954- y tiene un papel importante en esta historia, aunque no lo desvelaremos.  Máquinas como yo, que también tiene pasajes en los que se recrea la agitación social de aquel Londres, se interroga sobre la inteligencia artificial. Nos plantea la duda de si esa inteligencia nos beneficiará o nos perjudicará. Del mismo, reflexiona sobre las limitaciones que el ser humano tiene para crear mentes externas si no conocemos la nuestra. Nuestras subjetividades, por ejemplo, hacen que nuestro sentido de la justicia cambie, y para sobrevivir necesitamos unas altas dosis de cinismo, todos seguimos adelante mientras en el mundo, quizá no muy lejos de nosotros, se dan situaciones insostenibles.

McEwan se pregunta si los robots podrán, como podemos nosotros, soportar nuestra propia naturaleza, y soportar el dolor moral, digamos. Estamos por tanto, ante una novela de tesis, de excelencia ensayística, bien articulada, pero, sin embargo, como novela, palidece ante Expiación o Chesil Beach. En todo caso, admirable este trabajo de McEwan, una verdadera máquina en lo suyo.

Txani Rodríguez

La simpática buena-mala vida de Jacobo Armero

Acostumbramos a definir la autoficción como el género literario que incluye al autor en la trama, real por supuesto, de manera que es testigo y/o participante en la historia que se narra. Desde este punto de vista deberíamos considerar también autoficción las novelas autobiográficas que empiezan a abundar porque se ha extendido la idea de que todo el mundo vive vidas extraordinarias que merecen ser contadas. Y si no son extraordinarias da igual, porque lo importante es que sean verdad. Historias de un agente inmobiliario es uno de estos casos. En realidad Jacobo Armero es arquitecto, en lugar de ser notario como mandaba la tradición familiar. Como lo literario siempre le ha llamado mucho, ejerció de editor durante un corto espacio de tiempo. Y, de repente, llegó la crisis y se acabaron las fantasías. Para poder alimentar a su familia Jacobo decidió dedicarse a la gestión inmobiliaria, en un momento curiosamente difícil. No parecía una opción interesante, pero a él le salió razonablemente bien.

Alguien podía pensar que esta actividad, repetitiva y estresante por lo que tiene de esfuerzo sobrehumano para vender unas casas que, siempre, tendrán defectos a ojos del potencial comprador, podría acabar con la paciencia del protagonista, pero no, Jacobo demostrando que él viene de buena familia aceptó el reto con entrega, tampoco demasiada, y entereza, mayor de lo que exige el deber. Y así el lector pasa de la primera descripción de las desgracias de Jacobo a dejar de preocuparse por él porque un tío que es capaz de presentar una casa a los posibles compradores cien veces y hacerlo con elegancia, sin manifestar cansancio alguno, es un ganador absoluto.

No hay  mucha pasión en este libro así que los que piden emociones fuertes a un escrito deberían evitarlo. Es, sin embargo, el libro perfecto para aquellos que creen que el narrador debe mantener cierta distancia con la historia aunque esta sea su propia vida. Y así asistimos a innumerables visitas de vendedores y compradores, anécdotas variadas con la gente del barrio, detalles sin importancia como la elección de peluquero, biografías familiares sin demasiado interés, pensamientos superficiales sobre la condición humana, relaciones del autor con su mujer y sus hijas que incluyen viajes vacacionales y problemas económicos que quizá eran agobiantes en su origen pero que aquí quedan como pequeñas piedras en el camino de Jacobo, pariente por cierto de Álvaro Fernández Armero, cineasta realizador de comedias juveniles y series televisivas.

Estoy seguro de que Historias de un agente inmobiliario ha sido un éxito en el entorno de amigos y familiares del autor, porque es simpática, de narración rápida, amontona muchas historias en doscientas cincuenta páginas y se trata del volumen perfecto para leer en el autobús porque no necesita demasiada dedicación, pero te deja buen sabor de boca e incluso puedes contar algunas de sus cosas a la hora del hamaiketako. Y podríamos decir de ella lo que el propio autor en su frase final, que se sale de ella dando saltitos de contento. Con el entusiasmo que cada uno sea capaz de aportar.

Félix Linares

Kattalin Miner y la muerte de Moio

El 23 de abril de 2007, Aimar Elosegi Ansa, un joven transexual de Hernani, se quitó la vida. Moio, como lo llamaban sus amigos, no pudo sobreponerse a su prospección de futuro, en la que se adivinaba infeliz e insatisfecho. Tras la noticia de su muerte, Kattalin Miner, amiga de Aimar y autora de este libro que aúna la entrevista periodística, el reportaje y el testimonio confesional, no recuerda secuencias completas, como suele suceder en estas ocasiones traumáticas. Sí recuerda, en parte, un funeral civil, multitudinario, en el que la familia no quiso esconder la transexualidad del joven; después, pasó el tiempo.

Moio arranca en el décimo aniversario de la muerte de Aimar. Miner decide que, a diferencia de años anteriores, no va a llamar a nadie, ni va a llevar a cabo liturgia alguna, y se pregunta si habrá terminado el duelo. Sin embargo, se apodera de ella la necesidad de recordar y relatar la historia de su amigo. Miner no quiere escribir un texto personal, intimista, sino que desea darle una lectura política de aquel acontecimiento trágico. Se pregunta si la muerte de Moio hizo que aumentara la sensibilidad respecto a la transexualidad o si, al ligarse a un hecho luctuoso, la transexualidad se asoció a algo oscuro, peligroso. El encuentro con una antigua profesora que la anima a contarlo, porque es lo que Moio hubiera querido, es el detonante definitivo que la pone a escribir.

Moio se compone de una primera parte en la que Miner explica cómo fue el proceso por el cual decidió escribir esta historia; una segunda compuesta por varias entrevistas; y una tercera, un epílogo más personal, a través del que, al fin, consigue decir adiós a su amigo. Para conformar la parte central del libro, la hernaniarra se entrevistó con sus amigas, con un hermano de Moio, con Josebe Iturrioz y Ana Txurruka, que habían trabajado ya dinámicas feministas en Hernani antes de que Moio desapareciera; con Maialen Lujanbio, autora de aquel gartzelako lana  sobre la transexualidad que emocionó al público de la final de 2017, con Iratxe Retolaza, coautora junto con Isa del Castillo del trabajo Genero-Ariketak, y con un joven trans de Hernani, Brayan Altimasberes. Brayan, que habla de la nociva persistencia de la idea de que un trans masculino deba convertirse en un hombre cis y de las dificultades que las personas trans se encuentran en un proceso injustamente patologizado, señala: “Printzipioz nik ez dut arazo zuzenik izan, are gehiago, jendeak babesa eskaini dit,eskatu gabe ere.(…) Hala ere, esan bezala, babesa gauza bat da, baina ez du ezjakintasuna kentzen”.

En 2007 la relación entre la lucha trans y el feminismo no era perceptible, y las personas transexuales o transgénero se chocaban contra un muro de incomprensión que a menudo pasaba por, por ejemplo, no respetar la marca de género. Moio pone de manifiesto los pasos adelante que se han ido dando, pero también deja en evidencia lo que queda por hacer, que no es poco.  La lectura de este libro, honesto e ilustrativo, puede ser un primer paso precisamente para tomar contacto con una realidad que aún resulta demasiado extraña para demasiadas personas.

Txani Rodríguez

Dolor, reparación y renacimiento en Marta Orriols

Marta Orriols (Barcelona, 1975) es una de la grandes voces de la literatura en lengua catalana actual. Algunos dirán que quizás sea una barbaridad decir esto de una escritora que solo ha publicado dos libros, el volumen de relatos Anatomia de les distanciès curtes, Anatomía de las distancias cortas en castellano, y ahora la novela Aprendre a parlar amb les plantes, Aprender a hablar con las plantas, pero os aseguramos que no decimos nada alejado de la realidad. Porque Orriols habla de las cosas cotidianas, sobre todo de las desgracias y sus consecuencias, con una sensatez y una elegancia que te emociona y conmociona. Pocas veces hemos encontrado en la lectura de unos textos literarios tan profundo conocimiento del espíritu humano, tanta cercanía a los que lo pasan mal, tanta empatía.

En los diecinueve relatos de Anatomía de las distancias cortas encontrábamos historias cotidianas y personajes reconocibles que se mueven a nuestro alrededor. Personas a las que de alguna manera se les ha torcido la vida o se les va a torcer sin que se den cuenta del desastre que se les avecina. En resumen aquel libro hablaba de la pérdida y de cómo afrontarla y de cómo recuperar la normalidad, cómo ser valiente. En su primera novela, Orriols, ha insistido en esa línea. El argumento se puede resumir de manera muy sencilla. Paula Cid es una neonatóloga de cuarenta y dos años con una vida muy ordenada. Hasta que su marido, Mauro, un editor famoso, muere en un accidente de tráfico, justo unas horas después de comunicarle que había decidido marcharse de casa porque se había enamorado de otra mujer. La desolación que produce estos dos hechos concatenados en la vida de Paula es abrumadora, porque en el mismo día pierde dos veces a la persona amada, una al ser arrancada de su corazón, otra al fallecer.  Además este hecho solo es conocido por otras dos personas, la nueva mujer de su marido muerto, Carla, y el mejor amigo de él, Nacho. Por lo que, ante el resto del mundo debe adoptar el papel de viuda contrita, lo que le hace sentirse una impostora.

El dolor llevará a Paula a anularse como persona, a apartarse de los demás y a volcarse exclusivamente en sus niños prematuros del hospital. La pérdida le recordará también a su madre, muerta “prematuramente” cuando Paula era una niña, y a intentar acercarse a su padre que la crió sin mucho afecto físico, aunque con toda la responsabilidad del mundo. En la historia tienen un papel importante otras mujeres, como su amiga Lidia, también doctora, casada y con hijos, y su enfermera veterana, Pili, dos mujeres que saben lo que es lidiar con el mundo, fuera de su zona de confort.

Marta Orriols vuelve a hablar de los temas de los que sabe hablar tan bien.  Hay mucho amor y desamor en esta novela. Hay muchas relaciones familiares complicadas. Hay caminos truncados y vías por explorar. Hay reflexiones sobre la responsabilidad,  la fidelidad, los sueños por cumplir y las obligaciones; sobre la decepción, la esperanza y la felicidad. Y hay una profunda convicción de que hay que creer que todo puede cambiar para bien, que sí, que hay segundas oportunidades, pero que para llegar a ellas hay que tropezar, recorrer el camino del dolor y renacer, aunque sea prematuramente. Gran novela.

Enrique Martín

Las lecciones que no debemos olvidar de Guillermo Altares

Una lección olvidada, del periodista Guillermo Altares, es un libro que une el ensayo histórico, con la literatura de viajes y la crónica periodística para construir un recorrido a través de la historia de Europa. El relato arranca en la Cueva de Chauvet, en Francia, hace 36.000 años. Es difícil, como señala el autor, saber dónde empezó esta historia, pero se sabe que esa cueva es uno de los primeros lugares donde alguien intentó contar una historia: “Chavet no es solamente uno de los ejemplos más bellos del arte de las cavernas, sino que obligó a los estudiosos a plantearse una parte importante de su visión de la prehistoria” ya que la pinturas están realizadas mucho antes del momento en el que los estudiosos pensaban que el ser humano había adquirido la capacidad para realizar algo tan sofisticado. A partir de ese primer capítulo, muy interesante porque introduce temas tan actuales como la realidad virtual y el turismo de masas, ya que lo que podemos visitar en realidad es un réplica de la cueva, Altares nos conduce a través de los nudos de Europa: Grecia, Roma, el vacío posterior que dejó el imperio romano, las cruzadas, las heridas de las dos guerras mundiales, los flujos de personas, las tropelías, la intolerancia, el refinamiento,  la revolución de los claveles, la guerra civil… “Si hay algo que caracteriza a la Unión Europa son las fronteras que ya no existen, las huellas de guerras, conflictos, particiones étnicas que parecían irresolubles y que, sin embargo, ahora, resultan casi invisibles”, señala. A pesar de todo, podría extraerse la idea de que vamos a mejor discretamente, y que, aunque a veces no lo parezca, nuestra sociedad es menos violenta que las anteriores.

Como os imaginareis Una lección olvidada es un libro imposible de resumir, estamos ante de cerca de quinientas edificantes páginas, pero sí puede afirmarse que su lectura ayuda a que cimentemos el paso de un periodo a otra de la historia y también a adquirir cierta perspectiva histórica que nos invita a no incurrir en viejos errores y a extraer una conclusión “rotunda”, tal y como afirma el autor: “Europa es una inmensa mezcla, una tela trazada con millones de hilos que vienen de todos los lados.” Además de la obtención de ideas luminosas, la lectura de este ensayo resulta más que agradable porque Altares combina el rigor y la densidad con el relato, más personal, de algunos de sus viajes, con algunas prospecciones de futuro y con anécdotas muy divertidas. Una de ella se relata en un capítulo dedicado a Londres –uno de mis favoritos-. En esas páginas cuenta lo siguiente: el  221B de Baker Street no existía cuando Conan Doyle decidió dar un domicilio a Sherlok Holmes. Con el tiempo, se abrió un banco, y ese banco mantuvo a un empleado durante décadas dedicado en exclusiva contestar el correo que llegaba a nombre de Holmes.

“Europa ha sido destruida tantas veces que resulta indestructible, y sobre todo, indivisible”, advierte Altares en el prólogo, una idea que a nosotros nos vale como epílogo y como entusiasta invitación a la lectura de este trabajo.

Txani Rodríguez

La desnuda sequedad criminal de Florencia Etcheves

Florencia Etcheves escribe. Es argentina, periodista y presentadora de televisión, actividades un tanto aparcadas ahora en favor de la escritura de novelas. Como dedicó parte de su actividad profesional a seguir la crónica negra sabe mucho de ese mundo, así que sus novelas también tienden a ese color. Nosotros la conocemos porque el año pasado la editorial Planeta publicó Cornelia, una historia estructurada en diferentes tiempos, con el secuestro de una adolescente contado en el momento en que sucedió y lo que acontece varios años después. Era una novela interesante, bien contada y con personajes perfectamente caracterizados. Solo un año después aparece Errantes, otra novela en la que se narran cosas que tienen que ver con el pasado, pero en esta ocasión contadas sin alardes de estructura.

Una presentadora de televisión, seguramente inspirada en la propia autora, investiga el suicido de tres adolescentes que han decidido eliminarse por el mismo método. Pronto descubrirá que están relacionados con el oscuro pasado de su propia madre. Esto que contado así parece sacado de las historias que se inventan Jöel Dicker o Javier Castillo, tiene, en realidad, un tono muy diferente, y mucho más satisfactorio. Incluso a lo largo de la narración se siguen presentando situaciones aparentemente imposibles y misterios fantásticos que hacen aumentar el interés del lector, pero sin llegar a forzar las cosas de manera que, en ningún momento el lector se siente aplastado por los enigmas en cadena. Seguramente una de las virtudes que evitan este efecto es la sequedad en la escritura de Florencia Etcheves que no pone una palabra de más en el texto, siguiendo la pista de los grandes del género en Estados Unidos, quizá en la estela de David Goodis y Jim Thompson, pero sin la desesperación del primero, ni la crueldad del segundo.

De hecho este libro es mucho más breve que el anterior, porque se ha despojado a la historia de todo lo superfluo. Juega también la autora con los cambios de punto de vista. Si la primera parte está monopolizada por la presentadora, en la segunda el foco se amplía, los personajes aumentan y la narración adopta un aspecto más coral con un eficacísimo uso de la elipsis, lo que permite que los capítulos terminen con un cliffhanger y su resolución sea abordada después por otros personajes. Errantes es la confirmación de un talento excepcional para la narración y agradecemos a la autora que haya dejado a un lado su faceta periodística para dedicarse a tiempo total a la literatura, porque eso nos permitirá seguir disfrutando de sus novelas. Que no se les pasen los datos: Florencia Etcheves, Errantes, en Editorial Planeta.

Félix Linares

La mirada honesta de Aixa de la Cruz

Cambiar de idea bien puede definirse,  tomando unas palabras de la autora, como “una historia de violencia estructural que se narra como un drama privado, en círculos concéntricos que empiezan y acaban en una misma”. Es decir, tras la experiencia personal hay siempre un relato político, aunque la persona que cuenta esas experiencias no lo identifique. A partir de esta premisa, podemos decir, no obstante, que estamos ante un libro de memorias, que puede leerse también, a ratos, al menos, como una novela. De hecho, de la Cruz defiende que las barreras entre la crónica, las memorias, la autoficción y la ficción son inexistentes porque escribir es recordar y recordar es siempre un acto imaginativo. El ejercicio de recordar, siempre creativo, es verdad, conduce a la bilbaína a varios temas que van desde los mimbres de su tesis a las explicaciones que están detrás de algunas de sus conductas sexuales.

El libro arranca con el mensaje de voz de una amiga suya que ha sufrido un gravísimo accidente. Los periódicos han publicado unas fotos terribles del siniestro ante las que la narradora parece no reaccionar. “Comprendo que esta frialdad con la que escudriño el sufrimiento ajeno es un músculo que llevo tiempo entrenando, el que me ha permitido mantener la cordura en un escritorio en el que se mezclaban los post-it de colores con los abusos de prisioneros de Abu Ghraib y en el que el reproductor rebobinaba sin descanso escenas de tortura, de ficción y de no ficción”. Así que cuando visita a su amiga, y ve las heridas y las cicatrices aún sin cerrar en el cuerpo de la chica, piensa en la manera en la que recibimos las imágenes violentas. Hay más violencia en el libro porque de la Cruz habla de un intento de violación que ella sufrió y de los terribles abusos sexuales que padeció otra de sus amigas. Las violaciones, y en concreto, el caso de La Manada, tienen importancia reveladora en la parte final y más ensayística del libro, en la que cuenta cómo se siente interpelada por el feminismo. La violencia que soportan en México, donde ella vivió un tiempo porque se casó con un joven mexicano, también encuentra traslado: “Lo intolerable es lo infrecuente. De todas las lecciones que aprendí en México esta es la que mejor me iba a ayudar a entender a entender Europa, la violencia europea, la de mi propia piel”.

Cambiar de idea habla también de las relaciones de la autora con otras mujeres. “Confundí -dice- mi afición por los retos difíciles con el lesbianismo.” Otro punto interesante del libro es el que se refiere a su relación, o ausencia de relación, con su padre biológico, al que ella se refiere como “biopadre” y al que nunca trató demasiado.

Cambiar de idea es un relato honesto, en el que la autora no se hace demasiadas trampas al solitario, que recoloca algunas piezas sueltas en un puzle completo, un puzle en el que, al final, la autora sentirá que todo encaja. Y más allá de lo que cuenta, que no es poco, hay que destacar cómo, porque, sin duda, este libro está muy bien escrito: el texto corre, es seductor, y ofrece la engañosa sensación de que está escrito como si transcribiera lo que pensara en voz alta.

Txani Rodríguez

Tatiana Tibuleac, una mirada moldava a una madre y su hijo

En la literatura escrita en lengua rumana ha surgido en los últimos años una voz que está cautivando a Europa. Es la voz de Tatiana Tibuleac. Una periodista reconocida en prensa y televisión, nacida en 1978 en Chisinau, en Moldavia, un país en el que se habla rumano, y que se encuentra situado entre Rumania al sur y Ucrania al norte. Tibuleac comenzó publicando un libro de relatos en 2014, Fábulas modernas, y su último trabajo es una novela del año pasado titulada Jardín de vidrio, que ha sido galardonado con uno de los premios literarios de la Unión Europea. Pero el libro que le ha dado popularidad es su primera novela, de 2016, que ahora ha traducido al castellano la vasca Marian Ochoa de Eribe para la editorial Impedimenta. La novela se titula El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes y cuenta una historia terrible, no exenta de poesía, ternura y sentido del humor, que indaga en una dura relación, marcada por el rencor, entre un hijo desequilibrado y su infeliz madre. Una novela que reivindica la fuerza del amor y el perdón.

El hijo se llama Aleksia y siente que fue un niño no deseado, un niño que nadie quiso. En realidad nunca se ha sentido amado. Además tiene problemas psiquiátricos que le convierten en un ser violento cuando deja de tomar su medicación. La madre, lo iremos conociendo poco a poco, no es esa señora inculta que aparenta, sino una mujer que tenía aspiraciones, aspiraciones que se vieron truncadas cuando quedó embarazada, demasiado pronto, de un camionero y tomó la errónea decisión de casarse con él. Para intentar reconciliarse con su hijo organizará unas largas vacaciones con él fuera de Moldavia, en un pueblecito de la campiña francesa no muy lejos del mar. La madre, lo sabemos desde el principio, tiene cáncer terminal, y quiere recuperar el amor de su hijo y que éste la quiera y la comprenda.

Como hemos dicho estamos ante una historia muy dura que narra el enfrentamiento, y posterior entendimiento, entre ese hijo desequilibrado y esa madre incomprendida que necesita que la entiendan, que su hijo sepa por qué actuó como actuó, y que la perdone. El lector comprende la amargura del adolescente porque es él el que cuenta la historia en primera persona desde el futuro, un futuro en el que se ha convertido en un artista famoso. Y al saber que está desequilibrado, el lector comprende enseguida que debe estar en guardia, porque no podemos saber cuándo nos dice la verdad o cuando esa verdad se ve transformada por sus arrebatos psicóticos.

La autora es muy hábil también al facilitarnos la información, porque poco a poco nos va dejando pequeñas pistas de lo que sucede y ha sucedido en el pasado. Así vamos a ir haciéndonos una idea de toda la historia. Vamos a conocer el ecosistema en el que se mueven los personajes: una pequeña ciudad, la madre y la abuela regentando una tiendecita, el hijo con problemas constantes en el colegio, la cuadrilla de descerebrados adolescentes, la primera atracción por las chicas, el padre ausente que huyó de casa… Pero también nos irá contando cómo es ese pequeño pueblo francés donde todo el mundo se conoce y que va a acabar acogiendo a madre e hijo. Incluso sabremos algo de la vida de Aleksia en el futuro, marcada por el éxito, pero también por una tragedia.

Por cierto, aunque la voz del narrador sea terrible, sobre todo al comienzo de la novela, hay momentos muy divertidos, porque el protagonista es un tipo bastante guasón, a pesar de sus problemas. Especialmente hilarante es el capítulo en el que se narra la excursión de madre e hijo a la playa, donde alquilarán una barca que son incapaces de manejar. Parece salido de una película de Jacques Tati. También impresionan las escenas conmovedoras que van uniendo a los dos personajes y que se pueden resumir en esos capítulos de una o dos líneas que empiezan con la fórmula “Los ojos de mi madre eran…”, y concluyen con una hermosa metáfora poética.

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es una novela portentosa en la que se nos narra cómo alguien puede llegar a “desodiar” a una persona a la que ha aborrecido mucho. No es un proceso sencillo, se nos dice, es más, es un proceso largo, complicado, complejo, pero que puede llegar a buen puerto. Aunque al final en los muelles, al desembarcar, no todo sea felicidad. Porque aquí no hay un final “Made in Hollywood”, algo que debemos agradecer a la sabiduría de Tatiana Tibuleac, porque en la vida se pueden arreglar muchas cosas, pero seguramente no todas.

Enrique Martín

La ficción y la vida en los relatos de Miren Agur Meabe

Hezurren erretura es el nuevo libro de cuentos de Miren Agur Meabe; y es cierto que estamos ante eso, ante una colección de relatos, pero como hay novelas muy fragmentarias, escritas como a retales –Departamento de especulaciones, de Jenny Offill, podría ser un buen ejemplo de esto- a veces, los libros de cuentos que tienen un solo narrador, unos personajes que aparecen y reaparecen y un paisaje dominante, se acercan mucho a algo que podría ser también una novela. De hecho, da la sensación de que es la misma voz la que nos va contando recuerdos de su infancia, su vida escolar en colegios religiosos donde sufrió algunos abusos, combinados con su etapa adulta, una voz que relata experiencias tristes y otras más alegres. Sabemos que la narradora es una escritora, que tiene un hijo, que vive en Bilbao, aunque tiene una casa con un huerto en Lekeitio, que ha perdido a sus padres…

Esos detalles y algunas referencias a aspectos físicos concretos hacen que tonteemos con la idea de que asistimos a confesiones de la propia autora; sin embargo, esa voz narradora es, diría yo, solo un trasunto de la de Meabe. Además, para reforzar esa idea de continuum a la que aludía antes hay personajes  que se entrecruzan por estas páginas, personajes como Adela, una mujer que cuidó del padre de la narradora; Flora, una anciana a la que conoció en una residencia que visitaba de niña; O., un hombre con el que mantuvo una relación sentimental o Colette, un gato. Precisamente, los animales tienen un papel relevante en este libro que se abre con un cuento maravilloso, Miramar, en el que las ratas podrían simbolizar la devastación que produce el paso del tiempo.

Ese trasunto de la autora da una clave sobre el origen de este libro: “Oraindik ez neukan izenbururik, baina intuizioak hezurrak iradokitzen zizkidan: sinbolo horrek batasuna eman ziezaiokeen nire lanari, azalean hasi, eskuetatik jarraitu, begian geldigunea egin eta gorputzaren barrenengoetara jo gurako lukeen miaketan.” La otra palabra que contiene el título, “erretura”, también tiene fuerza porque la protagonista aparece quemando rastrojos, o pensando en quemarlos, pero, sobre todo, porque recoge y conserva, al escribirlos, los restos de la quema que, sobre nuestras vivencias, impone el devenir del tiempo.  “Minari ezin zaio utzi aginteaz jabetzen”, afirma en un momento dado la narradora. Y yo creo que esa frase apunta a uno de los motores del libro: la resistencia, la supervivencia, la capacidad de sobreponernos  a la tragedia, como esos bosques cuyos árboles, al poco de un incendio, generan brotes nuevos.

Algunos cuentos, los que miran más hacia atrás, como Karitatearen alabatxoa, se mueven en una horquilla temporal amplia, es decir, contienen meses, incluso años, pero otros, La recherche de l’ absolu, entre ellos, atomizan en un par de escenas unas pocas horas. En ambas distancias, Meabe se mueve muy bien y compone historias realistas, sencillas, pero profundas, elocuentes.  Todo por supuesto, esto ya no es sorpresa, envuelto en una prosa de calidad excepcional.

Hezurren erretura combina pues la melancolía de un tiempo pasado con el nerviosismo del presente; la devastación de la derrota con la promesa del día de mañana, y nos deja un conjunto de relatos, o quizá solo uno largo, que nos hará reflexionar sobre cómo el tiempo pasa también por todos nosotros, para hacer inventario, quizás, de lo que ha quemado ya.

Txani Rodríguez