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Alberto Barrera Tyszka, el que escribe supernovelas

Una mujer ha muerto. Se ha suicidado. Su hijo, que vive lejos de la sociedad opresiva en la que ella trataba de sobrevivir, vuelve al hogar e intenta averiguar qué es lo que ha ocurrido. Todo parece bastante habitual dentro del thriller, que es el género en que portada, título y palabras en las cubiertas colocan a esta novela. Hay un tono reposado en la narración, poco habitual en este entorno. Hay una escritura un poco más cuidada de lo habitual en estas páginas. Es natural si tenemos en cuenta que el autor, Alberto Barrera Tyszka, es un reputado escritor venezolano, aunque reside desde hace mucho tiempo en México, que, entre otros logros, ha conseguido ganar el premio Herralde y el premio Tusquets, dos de los más prestigiosos en el campo de la literatura en castellano.

Ha escrito libros de todo tipo y hasta guiones de culebrones, ensayos, poesía y cualquier cosa que necesite palabras para expresarse. También deja asomar la narración ciertos aspectos futuristas, o creemos que son así más por la costumbre que por certificación del autor, al presentar una sociedad controlada por el Alto Mando que todo lo sabe, que todo lo ve, que todo controla en un país que en ningún momento se dice que sea Venezuela, pero que podría ser. Avanzando un poco más, y tengo presente que estamos hablando de un thriller y que, en consecuencia, no es conveniente adelantar mucho, descubrimos que hay otra persona interesada en la muerta, una joven que quiere hacer un documental sobre mujeres suicidas y que viene a sumar aspectos humorísticos y románticos a la narración. Por un tiempo, por bastantes páginas, el centro del relato lo ocupa esta historia de amor algo abrupta, desquiciante para el protagonista, que solo lo es a medias, divertida si entendemos la comedia como algo amargo y malintencionado.

Y así hasta llegar casi a la mitad de la novela donde la cosa se sitúa por fin en lo que el autor quiere contar, adquiere una velocidad de crucero verdaderamente rápida y se suceden los hechos, y las historias diferentes, con un ritmo que te deja sin respiración. Hasta la última página están pasando cosas, algunas sorprendentes, la mayor parte ingeniosas, casi todas diferentes. Mujeres que matan es la supernovela, la que te deja sorprendido, satisfecho, encantado con la decisión de leerla porque además del ritmo rápido, la acumulación de peripecias, las satisfacciones propias del lector de thrillers colmadas, es una novela que reflexiona sobre muchas cuestiones políticas, sociales, actuales. Lo mejor que he leído en lo que llevamos de temporada.

Y ahora a buscar las novelas anteriores de Alberto Barrera Tyszka. ¿Por qué descubrimos tan tarde a algunos fenómenos?

Félix Linares

Viajando al Nueva Orleans del Katrina con Dolores Redondo

La escritora guipuzcoana Dolores Redondo (Donostia, 1969) acaba de publicar en la editorial Destino la novela La cara norte del corazón. Redondo estudió derecho y restauración gastronómica y se dedicó a distintos negocios, pero nunca olvidó su pasión por la literatura. Escribió en sus comienzos muchos relatos cortos y cuentos infantiles e incluso una novela de corte autobiográfico titulada Los privilegios del ángel. Pero todo cambió para ella cuando apareció hace seis años El guardián invisible la primera novela de la Trilogía del Baztán en la que nos descubría a la inspectora Amaia Salazar y su tortuoso pasado. Y entonces fue la locura. Luego la locura se multiplicó cuando ganó el Planeta con Todo esto te daré. Dolores vuelve ahora a las librerías, tres años después de ese premio, con una novela en la que recupera el pasado de Amaia Salazar. En La cara norte del corazón nos presenta a una joven y brillante subinspectora Salazar que antes de los sucesos del Baztán, en agosto de 2005, se encuentra en Estados Unidos haciendo un curso en la Academia del FBI en Quantico, donde conoce al agente Aloisius Dupree y se enfrentará a un asesino en serie terrorífico que mata familias completas. Todo con el paisaje de fondo de Nueva Orleans y el huracán Katrina. Con la autora hemos charlado. Pincha y disfruta.

Unai Elorriaga y su búsqueda centroeuropea

Fue en 2014 cuando Unai Elorriaga publicó Iazko hezurrak, y ya teníamos ganas de volver a disfrutar de su literatura, así que la aparición de Iturria nos ha alegrado, y mucho. Es un poco difícil definir este nuevo trabajo del algortarra, pero podríamos decir que estamos ante una novela llena de cuentos. Ahora me explico: el protagonista de esta historia es Soro Barturen, un hombre de 79 años, que aunque no parece enfermo, va a morir pronto.  Barturen tiene mucho dinero en el bolsillo –fue un ingeniero brillante- y mucho tiempo libre, y en esas circunstancias decide buscar a Pedro Iturria, quien fuera compañero suyo de estudios en Inglaterra y a quien hace cincuenta años que no ve, pero encontrarle no va a ser cosa fácil.

Barturen sigue la pista de Iturria porque su antiguo amigo publica regularmente cuentos en distintas revistas europeas. Su hija, la de Barturen, localiza esas revistas y también las distintas direcciones en las que reside, pero cuando llegan, ya se ha ido. En esa aventura le acompaña un amigo de la infancia, de su misma edad, Erroman, que es el narrador de la historia, un narrador testigo de lo que acontece. Por tanto, en la novela nos encontramos el relato de lo que cuenta Erroman y, en capítulos alternos, los cuentos de Iturria. La búsqueda, que, en su último tramo, el aquí relatado, les lleva por Checoslovaquia, Dinamarca, Polonia y Rusia, es obstinada y el propio Erroman se dice a veces que no sabe qué hace dando vueltas por Europa detrás de un tipo que no conoce, pero pronto se dice que Barturen tiene dinero y que confía en él. “Zer da kordea gure edadean?”, concluye. Por otro lado, tampoco se explica qué es lo que empuja en esa búsqueda a su amigo, quizá reencontrarse con el joven que fue, aunque sospecha que algo más habrá detrás de todo eso.

Pero volvamos a los cuentos. Localizan las revistas y buscan a traductores para, finalmente, poder leerlos en euskera. Barturen es un carlista convencido y cree que si los leen en castellano de nada habrán servido las guerras libradas. Una vez leídos organizan encuentros con expertos o con los propios traductores para analizar los relatos. Personalmente, esas conversaciones me han divertido mucho porque me parece que parodian la crítica literaria. Le dan mil vueltas a los elementos de los relatos y, a veces, da la sensación de que Barturen quiere explicar lo inexplicable. En sus enérgicos interrogatorios a los críticos que reclutan previo generosísimos pagos, se cuestiona la vigencia, profundidad y originalidad de los relatos, lo cual resulta también bastante gracioso.

En esos relatos, diferentes entre sí, por lo demás, asoman características de la obra de  Elorriaga: son sugerentes, algo enigmáticos, y rozan lo fantástico. Hablan de casas habitadas por monstruos y broches malditos; de la obsesión de un hombre por situarse, en la calle, sobre la hierba, frente a la casa de su única tía aún viva; nos presenta –en algo me ha recordado a Faulkner, autor admirado por Elorriaga– a una pareja que traslada en un coche fúnebre un ataúd lleno de abejas; o a una anciana con Alzheimer que recuerda la desaparición de su padre; o a un hombre que se niega, en circunstancias oníricas, digamos, a abandonar su puesto de caza.

Hay que nombrar, siquiera de forma breve, a Eszter, una traductora argentina hija de búlgaros, que les acompaña a través de varios países; una joven que resulta especialmente agradable a Barturen, un ávido lector, por cierto. Como decíamos al principio, va a morir, pero rebosa energía y, es además un personaje de rasgos estrafalarios, que se coloca de marihuana, se desnuda en un aeropuerto o mete fuego a las sábanas en un hotel. La pareja Barturen-Erroman, en sus aventuras por Europa, me han recordado un poco a Don Quijote y Sancho Panza.

De las tres partes clásicas en las que se dividen las novelas –planteamiento, nudo y desenlace- yo diría que es al planteamiento al que saca chispas, a esos dos ancianos quijotescos recorriendo Europa, persiguiendo también molinos (o fantasmas), envueltos en situaciones surrealistas. Entretenidos en esas peripecias alcanzaremos un desenlace con sorpresa incluida, que explica todo lo leído anteriormente. Iturria es un homenaje a la literatura, poco solemne, eso sí, como deben ser los homenajes, y a la amistad. Os lo recomiendo.

Txani Rodríguez

Matando gente a raudales, ¿eh?, señor Arzalluz

El donostiarra Kerman Arzalluz lleva la literatura en la sangre. Aunque estudió Periodismo y se especializó en Relaciones Internacionales, y aunque lleva veinte años trabajando en una notaría, esa pasión literaria nunca le ha abandonado y le llevó a colaborar en la desaparecida revista digital de literatura y arte contemporáneo Luke durante casi una década y a impartir talleres literarios en la UNED. Era cuestión de tiempo que esa pasión se plasmara en libros. Hace ahora casi dos años publicó en la editorial Arte Activos Ediciones de Gasteiz su primer libro La lluvia horizontal, como señala en el prólogo el escritor Iban Zaldua, “una recopilación de relatos que son cada uno una novela en miniatura. Unos lo hacen desde una perspectiva más o menos fantástica, otros desde la traición a las convenciones de lo fantástico”, y ahora aparece el segundo que es otra recopilación de cuentos, de microrelatos, marcados por los macabro, la crítica social, la sorpresa y el cachondeo, sí, un inmenso cachondeo. El libro se titula Crímenes ideales, en clara referencia al Crímenes ejemplares de Max Aub, y lo ha publicado la editorial cántabra El Desvelo.

En tan solo 87 páginas el autor hace un recorrido por todas las formas de matar habidas y por haber, incluso por aquellas que acontecen por casualidad. También nos encontraremos con todo tipo de tipos y con todo tipo de situaciones, de “susedidos varios”, que diría aquel. Además tendremos, para nuestro deleite y mala conciencia, un amplio abanico de justificaciones de las muertes, de los asesinatos. El autor así mismo imagina todos los estilos posibles para narrar un hecho, desde la grandilocuencia decimonónica hasta el existencialismo más cursi. Arzalluz juega con la lógica, “La ahogué, la mar de bien”; con la dialéctica: “Yo tengo la razón. Yo tengo el bate de beisbol”; con la geografía: “Yo es que soy oriundo de Matanzas”; con lo políticamente incorrecto: “La maté por machista”; con la filosofía: “No supliques, no es para tanto, la vida está sobrevalorada”; con el hartazgo: “Le puse Telecinco”; con la justicia: “Le puse reggaetón”.

Nos hemos reído mucho con esta pequeña gran joya de Kerman Arzalluz, pero también se nos ha helado algunas veces la carcajada. Porque nos hemos dado cuenta de que nuestra diversión en algunos momentos ha llegado desde la incorrección, otras desde la sintonía con el asesino, e incluso con el regocijo por la matanza. En el fondo Arzalluz nos pone frente a nuestras contradicciones de buenos burgueses con mucha ironía y recochineo. Nos pide nuestra complicidad y nosotros se la ofrecemos totalmente rendidos. Estupendo libro.

Enrique Martín

Marian Izaguirre y el amor interclasista

La carrera de la bilbaína Marian Izaguirre es extensa. Autora de novelas como la exitosa La vida cuando era nuestra, traducida a diez idiomas, y reconocida con premios como el Andalucía de Novela o el Ateneo-Ciudad de Valladolid, regresa ahora a las librerías con Después de muchos inviernos. Esta novela arranca con una escena en la que una mujer es asesinada. En un principio, no sabremos quiénes son esos personajes que aparecen en escena, pero pronto las piezas irán encajando. Sin embargo, a pesar de lo dicho, no estamos ante una novela de intriga porque el nervio del libro no se encuentra en esa subtrama, que, en todo caso, sí añade interés.

La novela arranca realmente un par de páginas después, en el muelle de Arriluce, en el año 1959, y nos muestra el momento en el que se conocen los protagonistas de la historia: Martín y Henar. Martín es el hijo único de una familia de clase obrera, con aspiraciones de escritor, y Henar pertenece a la burguesía de la Margen Derecha. Ella se acerca a Martín, que está pescando en el muelle, le pide un cigarro, Martín le ofrece un Celtas y aunque ella fuma Chester, lo acepta. Y ahí, mientras encienden esos pitillos, prende el argumento de la novela. Martín se enamora en ese instante: “(….) aquella naturalidad con la que me hablaba, que parece acortar la distancia entre ella y yo, la misma que había entre un paquete de Chester y uno de Celtas”. Henar, por su parte, también decide apostar por Martín. Para vivir ese amor, acabarán escapando a Madrid, y ahí reaparece un potente personaje secundario: Cecilia, una voluptuosa actriz, tía de Henar con la que vivirán durante un tiempo. Las aspiraciones de Martín de convertirse en un escritor se ven frustradas, aunque trabajará como editor; y Henar, que siempre ha estado interesada en la moda, algo que podía parecer una frivolidad, demuestra tener talento como diseñadora y acaba diseñando el vestuario de grandes producciones de Hollywood. Todo podría ir bien, pero los secretos y las traiciones entran en la pareja, y la relación se daña.

No es este el final de la novela, ni mucho menos, pasan muchas más cosas e irrumpen personajes que tendrán mucho peso. Pero, y este es uno de los aspectos más interesantes del libro, conoceremos distintas versiones de esa misma relación, que liga, de alguna manera, con el crimen que aparece en las primeras páginas. Hay que destacar por tanto la pericia técnica de Izaguirre que es capaz de pasar de un narrador en primera persona a otra y de dar constantes saltos en el tiempo sin que los lectores se pierdan en ningún momento.

En esta novela de personajes, la recreación de los ambientes es también plausible: aparece la Bizkaia de los años 60, aparece el Madrid de las corralas, el Madrid de los cenáculos artísticos y el Madrid de aquel Café Gijón, donde un joven Fernando Fernán Gómez organizó un célebre certamen literario; del mismo modo, aparece la luz de Creta, y el brillo de Los Ángeles. Después de muchos inviernos, que recuerda cómo las mujeres siempre debían estar tuteladas por un hombre, es la historia de un amor, de lo que fue, y de lo que quedó, y, sobre todo, de cómo, a pesar de todos los pesares, permanece en el interior de los protagonistas.

Txani Rodríguez

Y Franzen aparcó la literatura para intentar salvar el mundo

Cuando se repartieron y adjudicaron los diversos géneros literarios dentro de Pompas de Papel, a un servidor le cupo en suerte el ensayo. Pues miren por dónde, aunque muchos puedan ser escepticos aún hoy día, el ensayo es fuente no sólo de conocimiento sino también de inmenso placer. Así sucede con este libro del gran novelista americano Jonathan Franzen, donde el autor mezcla y combina maravillosamente su gran conocimiento ornitológico, con su gran preocupación por el medio ambiente y con su maestría literaria. Lo único que cabe reprocharle es que para el no aficionado puede resultar demasiado prolija la enumeración de tantas especies de aves, pero en conjunto, el caudal de conocimiento que nos aporta es fantástico.

Debemos subrayar también que Franzen mantiene, como se refleja aquí una postura muy nítida con respecto a la urgencia de tomar medidas para preservar la biodiversidad, incluso si ello puede entrar en colusión con las medidas tendentes a frenar el cambio climático. Y es que, de no ser así,  para cuando el planeta en el mejor de los casos,  frene su ascenso térmico, ya será tarde para decenas o cientos de miles de especies y la supervivencia incluso de la especie humana se verá seriamente comprometida.

A señalar y subrayar el ensayo que da nombre al libro donde bailan en maravillosa cadencia el relato del viaje a la Antártida y el de sus recuerdos del tío Walt, de cuya vitalidad, hace una tierna y conmovedora descripción. No son desdeñables otras partes  de la publicación donde se dedica a la crítica literaria, fotográfica, social, urbanística… con una mirada siempre inteligente. ¡Ah! y a destacar el ensayo sobre el ensayo que abre la obra. No tiene pérdida.

El fin del fin de la Tierra de Jonathan Franzen ha sido publicado por la editorial Salamandra.

 Jokin Aldazabal

Sandra Labastie y la vida en el interior de una secta religiosa

Tximeleten eternitatea es la historia de una reclusión, una reclusión en régimen de libertad. La narradora de esta historia es una adolescente de trece años. Vive con su familia, que regenta un pequeño hotel en un bonito pueblo de la costa de Francia; la joven va la escuela, pero no tiene apenas amigos. Hasta aquí, podríamos estar ante la biografía de muchos jóvenes, pero su vida está condicionada por las creencias religiosas de sus padres: ellos pertenecen a una congregación que cree en el inminente fin del mundo. Se trata de una especie de secta en la que está mal celebrar cualquier cosa, en la que pintar, por ejemplo, no está bien visto, y en la que las mujeres son seres de segunda categoría: “Emakume baten erruz gaude gu hemen –dio artzainak ere-. Ebaren kulpagatik galdu zen paradisua betiko”. La congregación celebra reuniones periódicas, encuentros con las congregaciones de otros países, y la narradora y su madre van a menudo a predicar de casa en casa, donde son mal recibidas. Como os podéis imaginar, la pertenencia a un grupo tan antipático hará que la narradora sufra bulling en la escuela, y llegue a ser víctima de una agresión grave. Sin embargo, la chica parece fuerte y no tardará, inteligente como es, en cuestionarse muchos de los aspectos de su vida. Dueña de una gran curiosidad, consulta en una enciclopedia el significado de algunas palabras que desconoce como “espiritualidad”, “extremismo”, “verdad”… Pero la joven, que irá acumulando secretos, tendrá que aprender también a conocer su sexualidad, y en ese camino nos encontraremos las zonas más turbias de la novela.

En Tximeleten eternitatea nos topamos con un ramillete de personajes secundarios a través de los que la narradora penetra en el mundo al ver el autoritarismo del pastor de la congregación, el miedo que le tiene su mujer, la sumisión que muestran sus padres, la alegre frivolidad de Blanche, una mujer que accede a que le expliquen la Biblia en su lujosa casa, Richard, un hombre con un comportamiento anormal… Todos contribuyen a generar la atmosfera extraña y opresiva de esta novela, no demasiado extensa, dividida en párrafos cortos, y escrita con un estilo sencillo, pero con hallazgos que brillan en ciertas comparaciones o metáforas. La trama no tiene demasiados puntos de giro, no nos lleva de sobresalto en sobresalto ni mucho menos, pero sí transmite la idea de que va a suceder algo fuerte, hay una amenaza que sobrevuela la lectura y eso nos mantiene pegados a esta historia en la que  se alude tanto al demonio que parece mirar a los personajes de reojo.

La autora de este libro es Sandra Labastie, nacida en Biarritz en 1969. Autora de cinco novelas y de varias obras de teatro, recibió una educación muy religiosa, un conocimiento al que  da traslado de forma crítica en Tximeleten eternitatea, traducido al euskera por Mitxel Murua.

Txani Rodríguez

Philippe Lançon o cómo sobrevivir al horror

Este libro del periodista y crítico francés Philippe Lançon te agarra el corazón desde las primeras páginas y no deja de estrujártelo hasta el final. En medio hay mucho dolor (físico y mental), mucho miedo, mucha desesperación, momentos de euforia, momentos de depresión, instantes de cordura, instantes de locura, esperanza en el sur humano, desesperanza por la Humanidad… El libro arranca con una destrucción desoladora y termina con otra en la distancia. El autor quiere creer que somos gente civilizada, pero a veces la realidad lo hace complicado, muy complicado.

Este libro cuenta como Philippe Lançon sobrevivió al terrible atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo, de la que era colaborador, el 7 de enero de 2015. Sobrevivió casi sin esperanzas, porque los atacantes islamistas le dispararon varias veces, la última un tiro de gracia que le destrozó la cara, la mandíbula. El atentado acabó con la vida de doce personas y dejó heridas a otras once. Las heridas más graves fueron las de Lançon. El primer capítulo cuenta cómo fue el día anterior al atentado. Un día normal en la vida del autor. Fue al teatro a ver Noche de reyes, para hacer una crítica después. Pensó en Bagdad, antes de los bombardeos, donde fue corresponsal, y en el último libro de Houllebecq, aquel que narraba la llegada a la presidencia de la república francesa de un musulmán moderado. El siguiente capítulo es otro día normal. Lançon ha decidido pasar por la revista Charlie Hebdo y después por la redacción del periódico Liberation, donde también colaboraba. En la revista hay risas. Se celebra la reunión semana. Todos hacen chistes y la mayoría se divierte. Alguno reprocha la acidez de algunas de las gracietas. Pero la cosa no va a más. Y tras terminar la reunión Lançon se queda charlando con algunos de sus compañeros. Y se oyen unos ruidos. Y alguien dice: “Ya están los gamberros de siempre con sus petardos”. Pero Lançon, que ha sido corresponsal de guerra, piensa: “Esos no son petardos, son disparos de un arma automática”. Y cuando se vuelve ve a los dos terroristas disparando y rematando a sus amigos y compañeros.

Y a partir de aquí el viacrucis. Las primeras horas en el hospital, las ensoñaciones; los primeros días, las visitas emocionadas; las primeras operaciones, las anestesias, los despertares; las plegarias, convertidas en el primer artículo del retorno; los políticos que pasan por la sala del hospital; los policías a la puerta que se van turnando; sus padres, su hermano, su novia chilena que vive en Nueva York, su ex mujer cubana; las enfermeras, los médicos y Chloé, la cirujana que le acabará devolviendo un rostro. Y repasar una vida, al cambiarse de casa para ir a otra más protegida (los “animales” pueden querer rematarle): fotografías, cartas, gentes, recuerdos de Cuba y otros países. Y por fin la operación definitiva, el colgajo que haya que construir para recuperar la mandíbula perdida, el labio perdido, la mejilla perdida. Un colgajo realizado con carne y huesos de otra parte del cuerpo. Y en medio Proust, y Kafka, y Mann, y Bach… sin los que hubiera sido imposible continuar viviendo: la cultura como dique contra la ignominia, contra el dolor y a favor de la esperanza.

El colgajo es un libro maravillosamente escrito, de una sinceridad abrumadora, insultantemente abrumadora, desgarrador, en el que su autor se abre en canal, sin ocultar nada, o prácticamente nada, sobre lo que sintió en las diferentes fases de su reconstrucción como ser humano. Decíamos que el libro se abre con un atentado y termina con otro, el de la sala Bataclán de Paris. Una vuelta a empezar. No estamos a salvo, pero debemos seguir viviendo y agarrarnos a todo aquello que nos hace humanos: el amor, la amistad, la risa, la cultura, la discusión civilizada. Y la escritura, seguir escribiendo, seguir contando, transmitiendo verdad o por lo menos “sensación de verdad” y “sentimiento de libertad”. No dejemos que el dolor se transforme en inquina, viene a decir Lançon, porque la inquina destroza los corazones. Una lección de vida, a pesar de todo.

Enrique Martín

Ian McEwan, la máquina que maquina

Ian McEwan es un gran escritor, un narrador que destila tanto oficio como talento, reconocido por la crítica, distinguido con importantes premios y que goza además de gran popularidad, una popularidad favorecida también por las numerosas adaptaciones cinematográficas que se han hecho de sus obras. Además, tenemos la suerte de que sea relativamente prolífico. Su última novela por el momento es Máquinas como yo, una ucronía que nos sitúa en el Londres de 1982. Es ese el momento en el que en esta ficción se ponen a la venta los primeros veinticinco replicantes, unos robots indistinguibles del ser humano.

Charlie, el desocupado protagonista de esta novela, escrita en primera persona, decide fundirse la mayor parte de su herencia en la compra de Adán,  uno de esos seres humanos sintéticos, con apariencia de “cargador de muelle del Bósforo”.  Enamorado de su vecina Miranda, de veintidós años, diez años más joven que él, decide que programarán al robot juntos, que completarán a medias las configuraciones de la personalidad. Al principio, Charlie, que es un apasionado de la informática, toma a Adán como un juguete, pero las complicaciones no se harán esperar. Pronto, se establece una especie de triángulo amoroso entre los tres personajes que les acarreará  tres inopinadas complicaciones. Por otro lado, un secreto que escondía Miranda saldrá a la luz, una sub-trama que dota a la novela de cierta intriga. La trama, por tanto, tiene gancho, y se avanza a través de ella; sin embargo, nos encontramos con digresiones relacionadas con las matemáticas, la informática y la filosofía que ralentizan la lectura, que abotargan el argumento.

En esta ucronía el famoso matemático Alan Turing continua vivo en 1985 –en la realidad, se suicidó en 1954- y tiene un papel importante en esta historia, aunque no lo desvelaremos.  Máquinas como yo, que también tiene pasajes en los que se recrea la agitación social de aquel Londres, se interroga sobre la inteligencia artificial. Nos plantea la duda de si esa inteligencia nos beneficiará o nos perjudicará. Del mismo, reflexiona sobre las limitaciones que el ser humano tiene para crear mentes externas si no conocemos la nuestra. Nuestras subjetividades, por ejemplo, hacen que nuestro sentido de la justicia cambie, y para sobrevivir necesitamos unas altas dosis de cinismo, todos seguimos adelante mientras en el mundo, quizá no muy lejos de nosotros, se dan situaciones insostenibles.

McEwan se pregunta si los robots podrán, como podemos nosotros, soportar nuestra propia naturaleza, y soportar el dolor moral, digamos. Estamos por tanto, ante una novela de tesis, de excelencia ensayística, bien articulada, pero, sin embargo, como novela, palidece ante Expiación o Chesil Beach. En todo caso, admirable este trabajo de McEwan, una verdadera máquina en lo suyo.

Txani Rodríguez

La simpática buena-mala vida de Jacobo Armero

Acostumbramos a definir la autoficción como el género literario que incluye al autor en la trama, real por supuesto, de manera que es testigo y/o participante en la historia que se narra. Desde este punto de vista deberíamos considerar también autoficción las novelas autobiográficas que empiezan a abundar porque se ha extendido la idea de que todo el mundo vive vidas extraordinarias que merecen ser contadas. Y si no son extraordinarias da igual, porque lo importante es que sean verdad. Historias de un agente inmobiliario es uno de estos casos. En realidad Jacobo Armero es arquitecto, en lugar de ser notario como mandaba la tradición familiar. Como lo literario siempre le ha llamado mucho, ejerció de editor durante un corto espacio de tiempo. Y, de repente, llegó la crisis y se acabaron las fantasías. Para poder alimentar a su familia Jacobo decidió dedicarse a la gestión inmobiliaria, en un momento curiosamente difícil. No parecía una opción interesante, pero a él le salió razonablemente bien.

Alguien podía pensar que esta actividad, repetitiva y estresante por lo que tiene de esfuerzo sobrehumano para vender unas casas que, siempre, tendrán defectos a ojos del potencial comprador, podría acabar con la paciencia del protagonista, pero no, Jacobo demostrando que él viene de buena familia aceptó el reto con entrega, tampoco demasiada, y entereza, mayor de lo que exige el deber. Y así el lector pasa de la primera descripción de las desgracias de Jacobo a dejar de preocuparse por él porque un tío que es capaz de presentar una casa a los posibles compradores cien veces y hacerlo con elegancia, sin manifestar cansancio alguno, es un ganador absoluto.

No hay  mucha pasión en este libro así que los que piden emociones fuertes a un escrito deberían evitarlo. Es, sin embargo, el libro perfecto para aquellos que creen que el narrador debe mantener cierta distancia con la historia aunque esta sea su propia vida. Y así asistimos a innumerables visitas de vendedores y compradores, anécdotas variadas con la gente del barrio, detalles sin importancia como la elección de peluquero, biografías familiares sin demasiado interés, pensamientos superficiales sobre la condición humana, relaciones del autor con su mujer y sus hijas que incluyen viajes vacacionales y problemas económicos que quizá eran agobiantes en su origen pero que aquí quedan como pequeñas piedras en el camino de Jacobo, pariente por cierto de Álvaro Fernández Armero, cineasta realizador de comedias juveniles y series televisivas.

Estoy seguro de que Historias de un agente inmobiliario ha sido un éxito en el entorno de amigos y familiares del autor, porque es simpática, de narración rápida, amontona muchas historias en doscientas cincuenta páginas y se trata del volumen perfecto para leer en el autobús porque no necesita demasiada dedicación, pero te deja buen sabor de boca e incluso puedes contar algunas de sus cosas a la hora del hamaiketako. Y podríamos decir de ella lo que el propio autor en su frase final, que se sale de ella dando saltitos de contento. Con el entusiasmo que cada uno sea capaz de aportar.

Félix Linares