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David Monteagudo, maestro de lo inquietante

Hace ocho años apareció como un ciclón en el panorama editorial español un autor desconocido. Se llamaba David Monteagudo y su primera novela, Fin, se convirtió en un éxito inesperado. El libro, que se vendió gracias al boca a boca de los lectores, convirtió a su autor en una referencia de la literatura de género fantástico. Incluso dio lugar a una versión cinematográfica dirigida por Jorge Torregrosa. Lo más curioso del caso es que para entonces Monteagudo, nacido en Vivero, Lugo, en 1962, pero que vive en Cataluña desde los cinco años, tenía 47 años, y hasta entrar en la cuarentena no había sentido la llamada de la literatura. Por entonces trabajaba en una fábrica de cartonaje. Luego llegarían otras tres novelas, Marcos Montes, Brañaganda e Invasión. Y ahora publica otra novela, Crónicas del Amacrana, que bascula entre el fantástico y la ciencia-ficción, y que funciona como un conjunto de relatos encadenados por una historia o un ambiente común.

Como sucede en todas las historias de Monteagudo, en los relatos que componen esta novela se nos describe una situación cotidiana, que acontece a personas normales, y que poco a poco va derivando hacia la extrañeza, lo fantástico, lo terrorífico, todo junto o nada de esto. En la primera historia, por ejemplo, un niño de vacaciones va en busca de su padre que se ha adentrado en el bosque y se topa con un ser luminoso, que bien podría ser el propio padre con una linterna. En la segunda un hombre descreído se ve arrastrado por un compañero de trabajo a la reunión de lo que parece una secta, donde ocurren cosas fantásticas o que lo parecen. En la tercera un ciclista se encuentra ante una moto accidentada y sus dos moteros muertos o gravemente heridos, a los que sigue otro accidente aún más terrible: ¿o no han sido dos accidentes? En  la cuarta historia una pareja huye hacia la frontera ante el inminente estallido de una guerra civil: ¿pero es todo real o ha sido un sueño? En la quinta una mujer que ha sido elegida consejera de una importante empresa multinacional participa por primera vez en su consejo de administración y todo se vuelve sangriento: ¿o se lo está imaginando en su mente por la presión? En la sexta un trabajador encargado de cerrar todas las noches su empresa se encuentra con una brigada de seguridad que cierra a cal y canto el edificio donde trabaja y al que parece hacer volar: ¿vuela de verdad? Y en la séptima y última historia el niño de la primera se ha convertido en una especie de comisario-científico que trabaja para una corporación que busca personajes extraordinarios, superintuitivos, que pueden hacer cosas extraordinarias con su mente.

Lo mejor de las historias de Monteagudo es que no lo deja todo mascado, sino que permite al lector crear su propia película. Porque el autor se mueve entre lo posible, lo imposible y la paranoia, de tal manera que el sentido final de las historias puede ser uno o muchos. Además permite que el lector decida también si todo lo que ha leído forma parte de una misma historia o son relatos que no forman parte del mismo argumento. Eso sí, la esencia de todos los relatos es la misma, el miedo: miedo a perderse, a ser abandonado, a la guerra, a lo extraordinario, al dolor, al desamor, a lo desconocido, a perder un status, a lo nuevo, a los diferentes… Es raro lo que escribe Monteagudo, aunque lo raro parte en su caso de lo cotidiano, y eso claro da un miedo “que te cagas”. La irracionalidad al poder.

Enrique Martín

Las maternidades de Mónica Crespo

Las madres secretas es el sugerente título de la ópera prima de Mónica Crespo. La autora de Bergara despliega en esta colección de relatos un amplio catálogo de situaciones relacionadas con la maternidad. No se trata, ya lo digo, de un alegato en favor de la maternidad, ni de un manifiesto en contra. Así, nos encontramos con niños asesinos -es el caso de El instinto, uno de los mejores cuentos de la colección-, con madres infieles, y con madres entregadas, con mujeres que ven en la cuidadora de sus hijos una amenaza; nos acercamos a la culpa de una madre que mató a uno de sus hijos, al dilema que puede suponer cuidar de la familia o seguir con la carrera profesional, a la maternidad subrogada, o incluso al hecho de que sea un hombre quien se quede embarazado. En ocasiones, el foco de la narración se mueve de la madre al hijo, como sucede en el relato No expliques tu vida a nadie, protagonizado por una chica de padre desconocido a quien su madre abandonó: “¿Habrá un lugar al que van los padres desconocidos? Como el limbo de los niños muertos o un lugar donde se pierden porque son desconocidos ¿y nadie los reconoce? Los hijos de padres desconocidos sí vamos a un lugar.”

Además de personas enfrentadas a muy diversas circunstancias, este volumen en el que el instinto es un tema importante, los animales tienen también protagonismo. Destaca, de hecho, el relato que abre el libro, Gamunia, protagonizados por un ciervo y una leona. Los cuentos se mueven entre la cotidianidad, en la que se enmarca la mayoría de textos, y planos más simbólicos, como el que se advierte en Cadena de Ave, una alegoría inquietante. Del realismo al impresionismo, Crespo propone un itinerario de distintos registros, en el que, en todo caso, siempre se advierte la mirada de esta autora que, sin duda, conoce las técnicas narrativas.

La propia escritura está también presente en estas páginas: “Escribir es así, estar dentro y fuera. Estar dentro de uno mismo y salir de uno mismo; tratar de leer la realidad, zambullirse y volver a respirar”. La lectura de este libro, -la lectura en sí-, puede guardar similitudes con esa reflexión: entrar y salir de vidas ajenas. Sin duda, hay vidas e historias en estos cuentos llenos de ideas, pendientes de la forma, pero comprometidos con el noble afán de querer contarnos algo.  Y se agradece.

Txani Rodríguez

Los desasosegantes cuentos de Joy Williams

He tardado en leer este libro cuatro meses. No es especialmente dificultoso, no es, por supuesto, aburrido, no pertenece a ese nutrido grupo de libros que tienes ganas de abandonar. No, he tardado tanto justamente por lo contrario. Porque no quería que se terminara su lectura y, sobre todo, porque es difícil leer más de un cuento de estos en una sentada, porque todos ellos son tan completos, tan redondos, que no quieres enturbiar su recuerdo con otra narración igualmente intensa. No conocía de nada a la estadounidense Joy Williams, cogí el libro como habitualmente hago todos los veranos, uno de cuentos para leer uno al día y tener para un par de meses. Pero he ido demorando su lectura, quizá, seguramente, porque estos relatos son tan perturbadores, tan inquietantes, que alteran el ánimo del lector. Y producen un daño colateral. Después de leer a Joy Williams cualquier lectura te parece descafeinada.

¿Qué es lo que cuenta Williams? Pues poco y todo al mismo tiempo. Su estilo es muy directo, te presenta a un personaje, lo retrata, cuenta su historia, o al menos la parte de  su historia que conviene a lo que se quiere contar. Después incluye a otras figuras, comúnmente familiares, algún vecino, alguien que despierta el interés del protagonista, alguien que le altera en su rutina cotidiana. Las cosas se complican innecesariamente, se crea una situación tensa cuyos efectos van aumentando, de repente avanza en otra dirección, quizá porque la autora ha descubierto otro interés entre un día y otro de escritura, pero siempre es lógico el cambio, coherente con la historia y con los personajes. Y luego te hace ver que parte de lo contado era subjetivo, que sus criaturas, en realidad, son peores de lo que creías. Y otra sorpresa. O el cuento se acaba.

Pocos autores como Joy Williams son capaces de sorprender al lector con  cosas tan vulgares. Pero, claro, su potencia narrativa es mayúscula. Me contaba Laura Fernández, la escritora y novelista, que la entrevistó, que incluía muchos elementos de su propia vida, los escenarios, las condiciones de vida. Aparecen muchos perros, Joy tiene un par de perros, sabe de qué habla. Me dijo que le había hecho una pregunta tipo que siempre hace a sus entrevistados: “¿Cuál es la lectura que te convenció para dedicarte a esto?”. Le contestó con un título que nunca se ha traducido, pero que contaba un viaje de costa a costa de Estados Unidos. De esos tipos que allí encontró está poblada su literatura. Por cierto es la novela que ostenta el record de ser el manuscrito más abultado que jamás ha sido presentado en una editorial: cinco mil y pico páginas. Lo dejaron en mil y algo.

El estilo de Williams es justo lo contrario, la medida corta, la variación en cada página, la sorpresa a la vuelta de la hoja. Tiene también un curioso detalle. Es el único libro que conozco que menciona, en la misma página, a Stanislaw Lem y a los hermanos Stugarsky, y a su punto en común, Tarkovsky, y a ese trillizo que les creció en Estados Unidos, Kurt Vonnegut, en un relato muy kafkiano, el padre de todos ellos. Eso establece una comunión inquebrantable. Voy a leer más a Joy Williams. Y les cuento.

Félix Linares

Personas en la frontera, la visión de Eider Rodríguez

Bihotz handiegia es el nuevo libro de la que es, sin duda, una de las mejores cuentistas del panorama literario actual. La escritora de Errenteria ya había mostrado sus credenciales en libros como Haragia o Katu Jendea. En su regreso, nos ofrece seis relatos largos, entre la extranjeridad y la ternura, muy bien medidos. En el primero de ellos, una mujer, empujada por su hija, cuida de su ex marido, al que hacía veinte años que no veía, y que está a punto de morir; en el segundo relato, la protagonista, que admira la vida que llevan sus vecinos, descubre algo que alterará su punto de vista; el tercero transcurre durante una fiesta infantil que tendrá algo de revelación para los padres; la historia relatada en el  cuarto relato tiene una revisión ginecológica como desencadenante; el quinto (en el que se recrean muy bien los 90), nos lleva al infierno de la adolescencia, y el sexto, explora las relaciones madre-hija. Como se ve, todos los relatos están protagonizados por mujeres, y todos están situados entre Hendaia y Donostia, en zonas fronterizas, sobre las que reflexiona la autora: “Jende asko dago berriro hastera etortzen dena (…). Beste bizimodu bat, beste klima bat, beste ohitura batzuk, beste hizkuntza bat… Batzuetan ongi dago besteek esaten dutena ez ulertzea, ez duzu uste?”

En Bihotz handiega, el cuerpo es además una frontera que delimita con la intimidad, con la debilidad, con la muerte o con el deseo, depende; y la importancia narrativa de ese elemento se muestra a veces de forma realista, como en el primer texto, o más simbólica, como en Paisaiak o Ez duzu ezer arraro antzematen (este último con un cierre magistral, por cierto). Además del ritmo, una de las cosas que más me ha gustado de este libro, que me ha gustado mucho en general, es la importancia que Rodríguez concede a los detalles. Una bombona de gas, un sujetador de encaje, una jaula de pájaros, una manera de fumar, pueden alterar el sentido último de unos relatos en los que la autora nunca incurre en la sobre-explicación; de hecho, a la manera de Cheever o Carver puede dar la sensación de que algún cuento no se cierra, aunque, en realidad, el cierre ilumine hacia atrás, por decirlo de alguna manera.

Los seres humanos que habitan Bihotz handiegia cuidan de sí mismos como pueden, y como pueden también cuidan de los demás y de otros seres vivos -aparecen muchos animales en esta historias-. Son personajes que caminan a golpe de revelaciones y de incógnitas, y que nos preguntarán por nosotros mismos tiempo después de haber cerrado el libro.

Txani Rodríguez

Giménez Bartlett y Petra Delicado, amistad inquebrantable

Por mucho que haya ganado la mayoría de los premios literarios relevantes del estado español, como el Femenino Singular, el Nadal o el Planeta, con novelas como Una habitación ajena, Donde nadie te encuentre y Hombres desnudos, a la manchega, criada en Tortosa y residente en Barcelona y Vinaroz, Alicia Giménez Bartlett una gran mayoría de lectores la identifican como la autora de las novelas criminales protagonizadas por la inspectora Petra Delicado y el subinspector Fermín Garzón, dos policías nacionales que viven y trabajan en Barcelona.  Libros que la han convertido en una estrella no solo en España sino también en Francia, Alemania y sobre todo en Italia. Son ya diez las novelas, más un libro de cuentos, protagonizados por estos dos personajes. La última Mi querido asesino en serie.

Por azares del destino, y con la que está cayendo en Cataluña, la trama de esta novela obliga a Petra Delicado, tan independiente y visceral como siempre, a estar bajo las órdenes de un mosso d’esquadra. Si normalmente lleva mal la autoridad de sus jefes, no os podéis imaginar lo terrible que le sienta depender de un inspector que tiene su mismo grado y que encima es de otro cuerpo. Además en un momento de la novela el jefe de Petra, el comisario Coronas, para dar visibilidad a una investigación que no avanza le dice a Petra: “¡Hay que hacer gestos para la galería y dar carnaza a los periódicos! Para que la gente se cerciore de que ponemos toda la carne en el asador, las fuerzas especiales son lo más vistoso. Así que organicen si quieren registros peligrosos aunque no haga falta, o hagan desfilar a los geos por el paseo de Gracia. ¡Lo que se les ocurra!, pero quiero ver fotos de tíos con metralleta y botas en el periódico. ¿He hablado con suficiente claridad?”. Casualidades crueles, porque evidentemente la novela estaba escrita bastante antes de los sucesos políticos catalanes.

Dicho esto, hay que señalar que Petra Delicado y su compañero Fermín Garzón, junto al mosso Roberto Fraile, deberán enfrentarse al caso más “endiablado”, en palabras de la propia Petra, con el que han tenido que lidiar: un asesino en serie, un tipo de delincuente que ni siquiera abunda en Estados Unidos, a pesar de lo que se pueda deducir de su presencia constante en películas y novelas criminales.  La novela narra la búsqueda de un asesino de mujeres, que están relacionadas con una agencia de contactos, agencias matrimoniales, a las que la autora no tiene en alta estima, pero que dan servicio a mujeres y hombres solitarios, muy solitarios. La historia, repleta de caminos que no llevan a ninguna parte y de preguntas sin contestar, reflexiona sobre los monstruos criminales que se esconden a veces bajo una “fachada anodina y bondadosa” y sobre la maldad y la enfermedad que le hace preguntarse a Petra: “¿Hasta qué punto el ser humano puede ser malo y cruel por naturaleza, hasta que punto por enfermedad?”.

La novela es doblemente interesante, por la trama a desvelar y por las relaciones entre los protagonistas. Petra y Garzón siguen afianzando su amistad y su divertida sintonía. Incluso consiguen llevarse a su terreno al mosso Roberto Fraile. Ella además sigue enamoradísima de su tercer marido el arquitecto Marcos. Incluso una mujer que no quería tener hijos, para preservar su independencia, cada vez es más amorosa con sus hijastros. Son buenos tiempos sentimentales para la protagonista. Por cierto, hay un momento muy entrañable en la novela, el homenaje a la ya cerrada librería Negra y Criminal de Barcelona y a su dueño Paco Camarasa. Se encuentran en un momento Petra y Paco y ésta le dice: “Quédese en la ficción, amigo mío, y deje para nosotros la triste realidad”. Curiosa y divertida paradoja.

Después de este libro es probable que Alicia Giménez Bartlett escriba otra novela “seria”, aunque está claro que la saga de Petra Delicado, a pesar de los 21 años transcurridos desde la primera entrega, sigue muy viva. Como ha dicho la autora “las aventuras de Petra continuarán hasta que se me agote la inspiración”.

Enrique Martín

El rinoceronte, el poeta Pessoa y el novelista Barrero

El profesor Eduardo Espinosa es un hombre entregado al estudio de la obra de Fernando Pessoa. Cada año, viaja a Lisboa, donde a menudo es requerido para participar en congresos o ponencias especializadas.  Se trata sin duda de un personaje libresco que, sirva el dato, “jamás había sentido la necesidad de disponer de una compañía femenina”. Su devoción por el genio luso es tal que cuando se declaró el terrible incendio de 1988, Espinosa que estaba en su casa en Madrid exclamó: “Me están quemando a Pessoa”.

Bien, pues este estudioso de apariencia gris y costumbres fijas, viaja de nuevo a Lisboa en agosto de 2015 porque ha sido reclamado por quien considera su maestro, el profesor Gonçalves, quien le apremia a visitarle pero no le dice para qué quiere verle. Espinosa baraja distintas hipótesis mientras pasea por una Lisboa estival y atestada de turistas. Piensa que tal vez la respuesta sea un doctorado honoris causa, una invitación para formar parte de algún club de sabios de estudios pessoanos, un requerimiento para participar en la edición de unas obras completas que sin duda habrán de ser monumentales. Sin embargo, la razón por la que Gonçalves desea verle en Lisboa va mucho más allá y enlaza con la pregunta que recorre la novela: ¿Quién fue realmente Fernando Pessoa? ¿Quién fue ese genio que creo nada menos que 72 heterónimos? ¿Quién ese Pessoa que fue también Ricardo Reis, Álvaro de Campos o Alberto Caeiro? La respuesta que encierra esta novela es sorprendente.

El rinoceronte y el poeta juega con la idea de buscar un paralelismo entre aquel animal exótico que desembarcó en 1515 en el puerto de Lisboa, Pessoa y el protagonista de la novela; sin duda, lo que les une es que los tres resultan extraños a su tiempo, a sus circunstancias.  Y más allá de los aspectos ceñidos a la trama, Miguel Barrero ofrece en este trabajo una guía de Lisboa, un resumen de sus acontecimientos históricos más importantes, entre los que no puede faltar la batalla de Alcazarquivir, en la que moriría el rey Sebastián I, y que dio pie al sebastianismo, un movimiento místico-secular que propagó la leyenda de que el rey seguía vivo, y solo esperaba el momento de volver. La espera, que alcanza ya siglos, se volvió poética y filosófica, y fue glosada por el propio Pessoa. La Revolución de los Claveles es otro de los momentos que se rememoran en este libro, repleto de historias increíbles, hermosas.

El rinoceronte y el poeta es un libro que resultará delicioso a los enamorados de Lisboa, de Pessoa y de la literatura; se trata de un trabajo serio, firmado por un escritor de treinta y siete años, que se ha apartado de la corriente autorreferencial que tanto significa a su generación, para crear una obra que, en estos tiempos, también tiene algo de exótico rinoceronte.

Txani Rodríguez

 

Comparando a Naomi Alderman con Margaret Atwood

Es bien sabido que una crítica negativa siempre es más estimulante que una positiva. Si bien no cumple con el precepto de hacer públicas las bondades de los libros que merecen ser recomendados, una crítica negativa libera lo que el crítico ha venido reservando en su interior de los muchos libros malos que ha tenido que tragarse para seleccionar los libros buenos que siempre son menos. Y así abordamos el comentario sobre The Power, libro que ha llegado a nosotros con firmes bases para ser uno de los títulos de la temporada. El factor principal de apoyo ante el posible comprador es el aplauso de Margaret Atwood que después del macroéxito de El cuento de la criada en su versión televisiva se ha convertido en la gurú de este tipo de productos distópicos.

En segundo lugar lo que anuncia esta novela es un futuro feminista en la que el mundo tal y como lo conocemos ha cambiado y las mujeres se han hecho con el poder, o algo parecido. Incluso tiene para el lector habitual de ciencia-ficción ciertos detalles familiares: utiliza la argucia de incluir una novela dentro de la novela con conversaciones entre la autora y el posible editor, a la manera de Norman Spinrad en El sueño de hierro, distribuye la acción en diferentes escenarios con distintos protagonistas que, inevitablemente, irán reuniéndose. Altera lentamente las circunstancias del universo donde los personajes habitan mostrando la evolución del mundo conocido hacia la catástrofe. Porque sí, al final el mundo, lo maneje quien lo maneje parece estar abocado a la ruina.

Muy bien, al meollo: el factor revolucionario que provoca el cambio parece sacado de un tebeo de superhéroes y se mezcla con elementos antropológicos heredados directamente de la serie iniciada con El clan del oso cavernario, que no son dos de las recomendaciones que me atrevería a hacer a un lector serio. Los personajes son estereotipos poco trabajados y las acciones por las que atraviesan están ya muy vistas. La narración es bastante convencional y bastante espesa, que tiende a la repetición y durante muchas páginas, allá a la altura de los dos tercios se estanca de manera peligrosa para la paciencia del lector.

No neguemos que The Power tiene sus momentos. Cuando se repiten las actitudes actuales en ese mundo futuro supuestamente en pleno cambio, cuando la autora se lanza a la ambigüedad e incluye alusiones sobre quien puede ser el autor definitivo de la novela. Pero no he podido evitar, quizá por puro prejuicio, detectar ese aroma a escritura nacida de talleres y de grupos de fans que lo mismo sirve para crear fenómenos como Crepúsculo o Cincuenta sombras de Grey como para alimentar algunas series televisivas repletas de tópicos.

Granta y el Sunday Times ya han saludado a Naomi Alderman como una de las grandes novelistas del futuro, y ella misma es ahora profesora de escritura creativa. El que a mí no me haya interesado su novela solo quiere decir que estoy desconectado de la actualidad y que el futuro me va a pillar con el pie cambiado y no volveré a disfrutar de libro alguno. Justo castigo a mi maldad por criticar negativamente a The Power, una novela que estaba llamada a reinar en las listas de libros más vendidos.

Félix Linares

Peru Magdalena y los sinsentidos de la vida

Tras la colección de relatos Lile, la novela Egia esan, los poemarios Hutsik y Argia, y distintos proyectos dirigidos al público infantil, Peru Magdalena regresa a las librerías con Ametsondoan. Se trata de un libro de relatos breves y muy breves, algunos brevísimos, en los que el autor de Berriz reflexiona sobre el sentido de la vida, o más bien, sobre el sinsentido de la vida, sobre lo mucho que nos complicamos la existencia. En este sentido, Ametsondoan es un canto a la sencillez. Habla por ejemplo en el cuento Lilun de las necesidades artificiales que nos creamos; o, como en el relato Bikatean (que comprende un juego de palabras en el título) de cómo podemos estropear relaciones casi perfectas por tratar de acaparar a la otra persona; o de hasta qué punto podemos llegar a desconocernos: “Denok daukagu geure iluntasunak. Eta litekeena da, iluntasun horietan zehar, ikusten eta ezagutzen ez dugun norbait ibiltzea”.

En Ametsondoan encontramos un anciano que usa la cachaba para escribir; un pez que quiere volar; o una persona que funda una escuela de bertsolaris mudos. Desde luego, imaginación no falta en estos relatos que se acercan a la fábula (aparecen muchos animales), que resuenan como antiguas leyendas y  que se acercan, sin solemnidades, a la filosofía oriental. Ese orientalismos se hace patente en la serie Liburuaren ikaspenak ez ahaztu, que se intercala a lo largo del libro. Una de esas enseñanzas es la siguiente: “-Maisu, ez dut ezer ere topatzen. Zer gertatzen zait?/-Larregi bilatzen duzu.”

La naturaleza está muy presente en este trabajo: los ríos, los bosques, los desiertos… La ciudad no aparece. Ametsondoan habla del camino como metáfora de la vida, y ese camino se hace a pie, o en un carro tirado por bueyes; se hace -parece que quiere indicarnos el autor- con la mochila ligera de equipaje y sin miedo a ser realmente libres.: “Ehin bide posible berridun bidegurutze bat jarri zion parean. Itxuran denak oso antzekoak. Eta bidea ehun horietan desagertu zitzaion. Geroztik ibili ere ez dabil gure laguna. Han dago, geldi, askatasun kolpez erabakirik hartu ezinik”.

Ametsondoan juega con los referentes de la imaginaría colectiva y los revisa desde el humor, desde el absurdo y el surrealismo en un trabajo que reivindica la importancia de los sueños y de las ensoñaciones.

Txani Rodríguez

Rafa Cervera, David Bowie y la Valencia de su adolescencia

Esta novela es un canto de amor a la música y también una historia de aprendizaje. Lo de la música era esperado conociendo la biografía del escritor. Porque Rafa Cervera es un periodista valenciano que se ha dedicado principalmente a escribir de música en revistas y diarios y a comentarla en radios y televisiones. Ha trabajado por ejemplo en Ruta 66, Jot Down o Radio 3 y escribe actualmente en el diario El País. Además ha publicado varios libros de contenido musical como Alaska y otras historias de la movida y Estricnina, dedicado al famoso fanzine de principios de la década de los ochenta. Lejos de todo es su primera novela. Lo de la historia de aprendizaje también, porque parece beber de los recuerdos de juventud del autor.

La historia está articulada en torno a dos acontecimientos que transcurren con un año de diferencia y que se cuentan en paralelo. Por un lado la visita hipotética de David Bowie a Valencia, una visita de la que no hay constancia pero que pudo suceder. Habría sido en la primavera de 1976 y Bowie es ya una estrella global que vive al filo del abismo. Acaba de pasar por Los Ángeles, Berlín y París, viviendo al límite y enganchado a la cocaína. A la capital valenciana llega con el loco e inocente Jimmy –Iggy Pop– y con Coco, su asistente personal. Es el momento: o se hunde para siempre o sale renacido de sus cenizas. Y otro por lado está, un año después, en el verano del 77 la relación entre un adolescente de quince años con dos hermanos: El Regónzer, al que le une su pasión compartida por Bowie y que lo único que quiere en la vida es  convertirse en una estrella del rock, y Cara Cervera, un año mayor que los dos y que es una especie de “femme fatale” ante la que nuestro adolescente cae rendidamente enamorado. Las dos historias están unidas por un encuentro casual entre Bowie y El Regónzer, al que éste ve de lejos cuando el músico británico participa en una especie de fiesta montada en su honor. Ni que decir tiene que nadie cree a El Regónzer cuando dice que ese encuentro se ha producido. Un Bowie, al que Cervera describe así en esa fiesta: “Viste camisa blanca, chaleco beige, pantalón de pinzas, zapatos de ante marrón. Los colores de su atuendo contrastan con lo llamativo de sus ojos; y con el rojo degradado a rubio de su pelo. Come poco y habla continuamente; sus aspavientos poseen una inusitada calidad. Resulta especial, nunca es artificioso. La cordialidad que emana hace que tarde o temprano todos olviden quién es”.

La novela es una delicia que bucea muy acertadamente en ese primer encontronazo con el incomprensible mundo adulto: la música como elemento conductor de nuestros sueños, los primeros y dolorosos amores, las primeras desilusiones, ese vagabundear adolescente por calles arrasadas por el calor del verano… Pero también es un interesante acercamiento al mito, personificado por David Bowie: sus angustias, sus dudas, su miedo al fracaso, el abrumador peso del éxito, el proceso creativo (siempre con un cuaderno encima para escribir impresiones, primeros esbozos de canciones), la búsqueda de algo a lo que agarrarse para salir a flote. Brian Eno le dijo a Bowie “rodéate de gente que te resulte extraña en un sitio en el que no quieras estar y limítate a introducirte en él: haz de cualquier circunstancia una ventaja”. Y Bowie, que siempre fue una persona muy curiosa, siguió esta máxima al pie de la letra. Y se salvó.

Rafa Cervera firma un debut literario hermosísimo, que rezuma una triste melancolía. “Velocidad de la vida. No puedo competir con ella”, se dice. Una novela en la que la música de Bowie susurra en nuestros corazones, mientras paseamos por la vieja Valencia de la Transición, en tiempos de ilusiones y de esperanzas, tal vez desmedidas. Pero es lo que toca cuando eres joven: toca imaginar y soñar. Por cierto, maravillosos los dibujos de la canaria Roberta Marrero.

Enrique Martín

En la línea del frente con Aixa de la Cruz

Sofía es una joven que lleva una vida acomodada junto a su novio Carlos. Todo bien. Pero un día, ve en el telediario a quien fuera su amor de juventud: “A Jokin lo escoltaban dos ertzainas y aunque caminaba encorvado lo reconocí al instante”. La noticia eran unos disturbios: un rapero había sido acusado de apología del terrorismo, se había atrincherado en una casa okupa, hubo cargas, murió un joven. “Aquella noche -cuenta Sofía- acusaron a Jokin de haber dejado tuerto a un policía, de un crimen de odio, de terrorismo”.

Este es el desencadenante de la historia que Aixa de la Cruz relata en su nuevo trabajo La línea del frente. Volver a ver a Jokin va a cambiar su vida, tanto es así que la novela arranca con Sofía en Laredo, el pueblo cántabro donde su antiguo amor está preso y con quien ha retomado una relación. Ella, además, está realizando la tesis sobre Mikel Areilza, un escritor exiliado, ex militante de ETA, que descubrió mientras trataba de reconstruir la historia reciente de Euskadi, una historia de la que Sofía se había mantenido ajena. Algo, esa suerte de inacción, que ella se reprocha con dureza: “(…) las pelotas de goma y los tuertos por la patria y los encarcelados con motivo o sin motivo. Todo aquello había pasado, existía en nuestro mundo, en la adolescencia que pasé junto a Jokin. Mientras a mi alrededor la gente elegía un bando u otro, yo elegía universidades y montaba a caballo en el club de hípica”.

La línea del frente se estructura en torno a tres bloques: el primero y más importante es el relato en primera persona de Sofía; el segundo lo conforma el diario de un dramaturgo argentino que conoció a Mikel Areilza; el tercero son las escenas dialogadas, escenas teatrales, en las que se encuentra en la cárcel con Jokin. Habría que sumar un cuarto bloque, menos relevante, dialogado también, que traslada la conversación entre Sofía y su único vecino. Es su único vecino porque la protagonista se instalada en la zona de playa de Laredo, en el edificio Apolo, colindante a Carlos V -seguro que a muchos oyentes les suena- fuera de temporada. “Es la primera vez que visito la urbanización en temporada baja. Como el descampado de una feria cuando se va la feria, como las zonas de bares a plena luz del día, su aspecto es postapocalíptico”. Personalmente, la recreación de ese Laredo ajeno al verano, con las teselas golpeando las fachadas, me ha gustado mucho. También la descripción de la cárcel: “Para sellar esta brecha, edificaron el fuerte de Napoleón, que en 1907 se convertiría en el penal de El Dueso. ¡La cárcel más bonita de la península! ¡Primera línea de playa! ¿No les parece un chollo para los reclusos?”, le explica un guía a la protagonista.

Bien, pues estos son los mimbres principales con los que la bilbaína Aixa de la Cruz erige su novela. El conflicto vasco, la Cosa, que diría Zaldua, está presente en estas páginas que, sin embargo, reflexionan sobre la identidad y sobre la ficción porque hay quien reescribe su propia historia “como quien se somete a una cirugía estética con la identidad”, leemos. Y Sofía quiere conocer qué fue, realmente, de la vida de Jokin durante los diez años en los que dejó de verle, y en cierto modo qué fue de la suya porque en esta historia flota una pregunta: ¿cuánto hay de ficticio en nuestros propios recuerdos, en nuestra autobiografía?

La línea del frente, que también incorpora algún elemento de intriga, es una historia que se lee con fruición, en la que resuena, de forma especial, la voz de Sofía, su punto de vista; una voz que Aixa de la Cruz ha sabido dotar de potencia y verosimilitud; una voz que hará que nos interesemos por qué piensa, qué teme, qué hace esa joven, en la intimidad de su piso de Laredo, una intimidad a la que los lectores podremos acceder, y todos sabemos cómo somos las lectoras y los lectores.

Txani Rodriguez