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La estúpida venganza fría o las risas de Stancanelli

La protagonista de La mujer desnuda, Anna, al igual que Sherman McCoy, personaje principal de La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe, tiene un conflicto telefónico y descubre que su pareja le engaña con otra mujer. Pero al contrario que McCoy, que enloquece, se lanza a la acción, se lía y acaba atropellando a un ciudadano en el Bronx y de ahí todos sus problemas, ella decide guardarse esa información, reconcentrarse en su dolor, maldecir a los cielos y envenenarse los días con la persecución del infame y su cómplice, hasta hacer cosas muy raras con ciertas fotografías que ellos se envían. Todo es pesadilla y obsesión en la vida de esta mujer que no ve la forma de salir del infierno. Lo hará, por supuesto, no descubro nada, porque es imposible aguantar todas las páginas de un libro en esta actitud, aunque sea uno breve como este. Y entonces la narración se torna divertida, ma non troppo, y las situaciones descabelladas se suceden.

Ambas partes del libro son muy satisfactorias, lo digo ya. No conocíamos a Stancanelli, aunque en la portadilla se nos informa de una serie de títulos anteriores, algunos de los cuales han llegado al cine, algunos otros han tenido premios. Una pena que hayamos tenido que esperar veinte años para conocer su trabajo. Veamos, La mujer desnuda no es una de esas obras capitales, fundamentales para entender nuestro tiempo e inevitable en el canon actual de la literatura, pero si es un buen análisis de los urbanitas actuales, ajetreados en observarse a sí mismos, en dolerse de los problemas del primer mundo, en desasosegarse por cualquier tontería. Ya, diréis, que le pongan a una los cuernos no es cuestión baladí. Yo creo que sí, sobre todo cuando quien lo hace es el estúpido que tenía de pareja y encontrar una disculpa para dejarlo debería hacer feliz a nuestra heroína. Pero no, Anna, empieza a torturarse. Y me parece que eso es lo que harían la mayor parte de las personas afectadas por semejante desastre. Mucho culparse, mucho preguntarse qué no hizo bien, mucho prometerse cambiar. ¿Para qué? ¿Para recuperar a semejante idiota?

Pero, bueno, todo esto está muy bien contado, con las dosis justas de ingenio, episodios divertidos, tonterías varias, levedad que garantiza la buena recepción por parte de tantos lectores como estarán dispuestos a suscribir la tortura. Y, ya digo, en la segunda parte, más diversión. Buena escritura, muy entretenido este librito, buen material para una telecomedia, una obra de teatro breve, quizá una película. ¿Cómo estará la cosa que hemos acabado apreciando estas cosas? La vida, que nos ha hecho así. La mujer desnuda, un buen divertimento. Suficiente para quedar bien con esta recomendación.

Félix Linares

Alaine Agirre y los demonios de la pederastia

Kamisoi zuri zetazkoa es el nuevo libro de Alaine Agirre, un libro que cuenta con unas bellísimas ilustraciones  de Sara Morante. Se trata de una narración breve, pero escrita con un ritmo cercano a la novela y que tiene, admirablemente, la misma capacidad que una historia larga para introducirnos de lleno en la atmósfera de la historia y en el interior de la protagonista. Esa protagonista es una niña de once años, tímida y obediente,  a la que sus padres mandan a unas colonias para estudiar inglés.

Es verano, hace mucho calor, el campamento está en algún lugar al sur. “Arrotza zitzaidan dena kanpamentu hartan. Hizkuntzak. Paisaia. Beroa. Uda bera zitzaidan estrainioa, sikutasun hura, berdeak izaniko behar belar erreak”, dice la protagonista. Además, durante las colonias le baja la regla por segunda vez en su vida y no se puede bañar, con lo que se queda algo apartada de un grupo con el que no ha conectado porque ella no se siente capaz de conversar en inglés y tampoco en castellano. Hay un chico que habla en euskera, aunque tampoco en “su mismo euskera”, al que sí se acercara un poco. En uno de esos momentos en los que la protagonista está sola junto a la piscina, se le acerca por primera vez un monitor, un hombre que irá paulatinamente recortando las distancias hasta llegar a entrar por las noches en la habitación que comparte con una compañera.

Al principio solo les lleva gominolas, poco más. Pero unas noches sucederán a otras, la compañera de la narradora se ausentará de la habitación para estar con un chico de su edad, y mientras los críos juegan por los pasillos, dentro de esa habitación, la relación que el monitor trata de establecer con la chica se irá enrareciendo. La joven se siente incómoda, pero aun así, desprovista de las herramientas emocionales de los adultos, sonríe. Agirre consigue describir cómo un adulto se gana la confianza de una menor y cómo tras habérsela ganado, manipula su voluntad.  La narración irá tornándose casi claustrofóbica porque la piscina queda atrás, y quedan atrás los compañeros, y la acción se concentra y reconcentra entre esas cuatro paredes.

El estilo de la escritura está muy depurado, no hay concesiones a largos pasajes intimistas, ni metáforas ni eufemismos; la autora de Bermeo se limita a contar qué es lo que pasa desde la perspectiva de una niña de once años.  El resultado nos sumerge en una lectura envolvente, angustiosa a ratos, muy potente. Las ilustraciones de la gran Sara Morante, en las que destacan el rojo, el verde, el azul y el blanco del camisón, son sumamente delicadas, y recrean con elementos simbólicos, como los pájaros, la soledad profunda de la protagonista, además de destacar algunos elementos relevantes de la historia. Kamisoi zuri zetazkoa es un relato sobre la pederastia escrito con enorme sensibilidad, pero desprovisto de sensiblería, en la que el punto de vista con el que ha trabajado Alaine Agirre es el que da temperatura y profundidad a este texto desasosegante.

Txani Rodríguez

La mirada al interior de las empresas de Ana E. Arenaza

Siempre me ha sorprendido la cantidad de escritos que pululan por ahí sobre el mundo de la empresa. No me refiero a las novelas que hablan del enfrentamiento entre los de arriba y los de abajo, ni las historias que reflexionan sobre los desmanes sociales y personales que ha provocado la crisis económica. No, me refiero a toda esa “literatura” que se ha generado sobre las buenas “prácticas empresariales” y las correctas “relaciones interprofesionales” que han de guiar la vida en las empresas, esas nuevas ideas que parecen, solo parecen, guiar por el buen camino a los departamentos de personal de las empresas, rebautizados, con bastante sorna según mi opinión, como de “recursos humanos”. Paparruchas: neocapitalismo puro y duro.

Ana E. Arenaza (Bilbao, 1968) trabaja en la “gestión de personas” y es habitual en seminarios y charlas sobre habilidades y desarrollo personal. Aunque también imparte talleres literarios y de magia (!). Acaba de publicar su primera novela,  ¡No eres de azúcar, baila bajo la lluvia!, tras haber ganado varios concursos literarios. En la novela aúna sus dos pasiones, la escritura y su trabajo profesional. En ella se cuenta la historia de Jaime, que tras años de dedicación a su empresa, recibe por parte de Pedro, su jefe, una “propuesta de desvinculación de la Compañía”, vamos, la carta de despido. La razón que le dan es que “aquí has tocado techo y lo mejor es que inicies otro camino”. Incluso su jefe le reprende porque sabe que “tu fidelidad te impide tomar esta decisión por ti mismo”. Por eso le empuja al vacio en su propio beneficio. Anonadado por el anuncio, Jaime se siente incapaz de abandonar la empresa y se refugia en el edificio, escondido de día y saliendo a pasear y comer de noche recorriendo sus viejos dominios. Pero no está solo, porque al poco tiempo se le aparecerá Yoshiro-san, una especie de maestro zen que le ayudará a dejar atrás el camino de la ira y a reconocer que tras la crisis se encuentra la fortaleza y que se puede salir a la lluvia fortalecido, sin temor a ser diluido como un azucarillo.

Arenaza se mueve entre la crítica a un sistema absurdo de relaciones laborales que personifica en las figuras del director financiero (“recortar, recortar, recortar”) y la directora de recursos humanos (“be happy, my darling”) y una bienintencionada llamada a la superación de los malos momentos laborales y a tomar el “toro por los cuernos”. Hay algunas reflexiones interesantes, otras hilarantes y agudas, como ese catálogo de mandamientos para “mejorar” la empresa que empieza con un “amarás a la Compañía sobre todas las cosas” y termina con un “no codiciarás los bienes de la dirección y fundadores de la Compañía”. Pero finalmente me queda una sensación de perplejidad (sé que no soy muy bueno interpretando las sutilezas), no sé si todo es una gran broma, una gran parodia del sistema, o es otra forma de validar ese sistema. Porque en el fondo no se cuestiona el sistema, sino una forma de aplicarlo, que curiosamente es la forma mayoritaria de aplicarlo. ¿Entonces? Porque si todo el sistema funciona de la misma manera, y funciona mal,  ¿cómo es posible defenderlo? ¿No será mejor sustituirlo por otro?

Por cierto (1), odio a Yoshiro-san. He llegado a la conclusión de que es un empleado de la empresa que me ha despedido, el azucarillo que quieren que me tome para que todo no me sepa tan amargo. ¡No soy un azucarillo, ni tampoco el tonto que baila al son que le marca el sistema!

Por cierto (2), curioso que el libro haya sido publicado por Profit, una editorial especializada en libros de empresa y en libros para vivir mejor, y no en una editorial literaria.

En todo caso, una novela que provoca multitud de reflexiones, y no es poca cosa para estos tiempos insulsos y crueles de pensamiento líquido.

Enrique Martín

Cuando las mujeres luchaban por quitarse el sombrero

Cuenta Elvira Lindo, en el capítulo que en 30 maneras de quitarse el sombrero dedica a Concha Méndez, que esta poeta, junto con Maruja Mallo y Margarita Manso, acompañadas por Lorca y Dalí, nada menos, mostraron su cabeza descubierta en la Puerta del Sol. “Fue un acto contra la moral imperante”, explica Lindo. Quitarse el sombrero estaba mal visto en los años veinte, como tantas otras cosas también  estuvieron mal vistas en otras épocas; sin embargo, ha habido mujeres dispuestas a romper las reglas, a no someterse, a no hacer lo que se esperaba de ellas. Y es precisamente a esas mujeres –algunas nos resultarán muy conocidas; otras, mucho menos- que van desde Elena Fortún a Alice Munro, desde María Guerrero a Mary Beard, a las que Lindo dedica unos perfiles verdaderamente luminosos, que suponen una mezcla feliz de subjetividad y rigor.

Las piezas no se queda en el resumen biográfico, sino que la autora incorpora reflexiones, como la siguiente: “Es casi un lugar común que los escritores sientan que han nacido demasiado tarde, demasiado pronto o en el país equivocado”. La lectura de este libro nos hará partícipes también de alguna confesión, como la que desvela su frustrada vocación de actriz. En todo caso, es la mirada de Lindo sobre la niñez de todas esas mujeres la que enlaza unas historias con otras.

Qué sería de mi sin el acto de admirar, se pregunta Lindo, y lo cierto es que estos textos desprenden admiración sincera sin caer en ningún momento en la hagiografía ya que no se ocultan las contradicciones de las protagonistas; unas contradicciones que no impiden que comprendamos que todas fueron valientes, que trataron de amar, de crear, de vivir con libertad y que fueron pioneras en muchas batallas e, incluso, en algunas victorias.

El libro se cierra con un autorretrato titulado Una mujer inconveniente, honesto y divertido: “Yo sostengo que el humor es una característica del carácter que traemos de fabrica, impresa en el adn. Si quien posee esta cualidad lo convierte en una profesión o en una actitud consciente ante la vida, el humor es sin duda un don; pero cabe la posibilidad de que alguien dotado para la comedia no repare jamás en ese tesoro genético ni sepa cómo manejarlo.” Por fortuna, Lindo sabe de sobra cómo manejarlo y cómo crear un autorretrato que arranca la risa y a veces la carcajada.

30 maneras de quitarse el sombrero es, en resumen, un libro con el que se aprende mucho y que, como dice Elena Poniatoska en el prólogo, logra que nos entren ganas de leer a todas las autoras citadas. Para quitarse el sombrero también este ejercicio de incisión, admiración, humor, perspectiva, critica y ternura.

Txani Rodríguez

John Connolly recrea los cuentos tradicionales

Supongo que no es necesario presentar a John Connolly porque es un autor de marcada personalidad y creador de una serie que cualquier lector mediado debería conocer: la del detective de lo sobrenatural Charlie Parker, apodado, como no podía ser de otra manera, Bird. Connolly no solo escribe sobre este personaje, ha publicado un par de volúmenes de cuentos, algunas novelas juveniles en colaboración, y otros trabajos variados que no le encajan totalmente en las andanzas de Bird. Y luego tiene rarezas como este El libro de las cosas perdidas. Es cierto que en algunos de sus relatos ya ha experimentado con la metaliteratura, como en la serie que ocurre en una misteriosa biblioteca donde van a parar los libros, y los personajes, que van pasando a la historia.

En El libro de las cosas perdidas nos propone una indagación en los cuentos populares a través de un niño, un preadolescente, que en plena II Guerra Mundial, ve como su mundo va cambiando con la muerte de su madre, con la aparición de una madrastra, ese personaje tan de cuento, y con los cambios de localización que le imponen las bombas alemanas. Bueno, lo cierto es que en ese nuevo mundo, un día descubre un acceso a otro universo, un lugar repleto de reyes, princesas, caballeros, elfos, lobos, torres rodeadas de espinas y espíritus malignos, entre otros seres convencionalmente adscritos al universo de los cuentos que conocemos como infantiles. La narración a partir de ese momento es un catalogo de lo que todos conocemos, pero tratado de diferente manera porque el personaje protagonista va haciendo una curiosa mezcla entre las narraciones convencionales y su propia situación.

Comprenderéis que el resultado es espectacular porque Connelly escribe muy bien y tiene una narrativa verdaderamente impecable. Así que aquí hay aventuras, emoción, algo de terror, fantasía a raudales y personajes reconocibles. Impecable. El volumen contiene sin embargo otros materiales que casi hacen duplicar su longitud. Por una parte tiene una serie de ilustraciones muy irregulares, obra de Riki Blanco. Algunas son buenas, otras mejorables y otras que empeoran directamente el producto. La de la portada es muy buena. Además tenemos dos cuentos ambientados en ese universo, una especialmente escrito para esta ocasión. Punto positivo, aunque en realidad son dos versiones de cuentos conocidos, esas que también aparecen a lo largo de la narración. Después aparece una entrevista al autor donde este cuenta por qué y como ha escrito el libro, algo que quedaría bien en un periódico o una revista pero que no acaba de encajar aquí.

El plato fuerte de los extras lo ocupa un análisis de los cuentos originales en los que se ha basado, muy documentado, muy detallado, con aportaciones sobre sus orígenes, los diferentes autores, las diversas versiones y la más conocida de ellas plasmada en esas páginas. Lo que parece una buenísima idea acaba convertido en algo innecesario cuando, por ejemplo, se incluyen dos versiones prácticamente iguales de La bella y la bestia. Vamos, que una pocas páginas menos nos habrían hecho más felices. Por lo demás un libro de John Connolly es siempre un regalo. Si se encuentran con uno no se lo piensen dos veces, háganse con él. Y habrán entrado en la secta de adoradores de este autor, gente que no puede salir de ella, pero que obtiene a cambio grandes satisfacciones.

Félix Linares

Aritz Gorrotxategi y el dolor de la vida cotidiana

Ahazten diren gauzak es el nuevo libro de relatos de Aritz Gorrotxategi, que atesora ya una bibliografía importante, tanto en prosa como en poesía. En este volumen, el donostiarra reúne relatos publicados anteriormente en algunos libros colectivos y periódicos; otros, premiados en prestigiosos certámenes; e incorpora también textos inéditos. A pesar de la variedad de orígenes, digamos, de los cuentos, el libro resulta coherente en su totalidad, a excepción, quizá, de la primera pieza, de corte ensayístico.

Gorrotxategi centra su mirada en nuestra cotidianidad y en algunos de sus pliegues más dolorosos: el acoso sexual en el trabajo, la pérdida de los seres queridos, la distancia que, inesperada, se abre entre las parejas,  el desempleo, la marginalidad, la inmigración, la situación de los refugiados, la dispersión de los presos, el replanteamiento de ciertas cuestiones morales, la incidencia de la política en la amistad. El autor logra singularizar estos grandes temas a través de personajes y de situaciones verosímiles y alejarse, así, de las pancartas para generar una narrativa potente. Los relatos, que alternan el uso de la primera y la tercera persona, abarcan a veces un arco temporal amplio –Burua leihoan jarrita es un ejemplo de esto- y otras, reconstruyen apenas una escena, un instante, revelador, como sucede en Magrebtarra eta aterkia.

Hay cuentos que me han conmovido especialmente, como Erabakia, en el que una joven decide plantarse ante el acoso sexual de su jefe. Se trata de un texto muy hábil, que combina muy bien el realismo con cierto toque poético y que reflexiona sobre lo difícil que nos resulta a veces comunicarnos, contar lo que queremos contar o, simplemente desahogarnos. En Senza Te, el más emotivo de toda la colección, también asistimos a la incapacidad de una hija para agradecer a su madre todo lo que ha hecho por ella. Pero, en todo caso, el relato que más me ha gustado es Badago hor norbait, de ecos cortazarianos. Esta historia está protagonizada por un periodista al que no le gusta demasiado su empleo, y que trata de redimirse, trabajando de forma muy metódica, con mucha involucración, en un reportaje sobre los mendigos de su ciudad. Los derroteros de esa investigación de campo lo empujarán a situaciones sorprendentes.

Ahazten diren gauzak deja un poso de desengaño que podría resumirse en algo que dice el narrador del cuento Gorroto haut: “Adinarekin oinak lurrean jartzen ikasi nuela esan liteke, baina ordurako lurra ez zegoen han.” Pero la lectura de este libro, que no adolece de la falta de emoción que acusan a veces los que van sobrados de oficio, es estimulante: emociona y nos hace pensar.

Txani Rodríguez

Dennis Lehane, maestro absoluto del género negro

Alabar la obra del autor de Mystic River, Shutter Island, Adiós, pequeña, adiós, Vivir de noche y La entrega, por mencionar solo sus novelas llevadas a la gran pantalla, y que ha escrito guiones para Boardwalk Empire y The Wire, es una redundancia. Todo el mundo sabe que es un magnífico autor, y no solo porque cineastas tan destacados como Clint Eastwood, Martin Scorsese o Ben Affleck en su mejor versión se hayan fijado en sus novelas, sino porque la serie entera protagonizada por Kenzie y Gennaro, la pareja de detectives de Boston, es un ejemplo feliz de lo que deberían ser todas las novelas negras que quieran seguir la senda de los grandes clásicos y porque la trilogía Coughlin es un retrato implacable de una época y unas gentes como pocas veces se había visto en los libros y, además, Ese mundo desaparecido, la tercera novela de la serie, es quizá el mejor trabajo de Lehane. Pues bien, es redundante alabar a Lehane pero no podemos evitarlo porque nos gusta mucho y nos parece que no tiene la repercusión que merece más allá de los círculos muy especializados, cuando cualquier lector, incluso aquel que no se acerca al género, debería rendirse ante su magnífica escritura, sus bien retratados personajes, sus diálogos implacables y su perfecto tratamiento del tiempo narrativo.

Después de la caída, su última novela contiene tres narraciones en una: empieza como un melodrama sobre una mujer que busca a su padre que la abandonó cuando era niña, una ausencia de la que jamás se ha recuperado; pasado el primer tercio de la novela nos encontramos con un domestic noir de manual: la protagonista se pregunta quién es el tipo con el que se ha casado y por qué hay tantas evidencias de que le está mintiendo; terminada esta parte nuestra heroína se lanza a una aventura digna de Patricia Highsmith, enfangándose cada vez más en los misterios derivados de la actividad de su marido y arrostrando peligros sin cuento en otra buena muestra del manejo de los resortes del género que Lehane tiene. Hay, por supuesto, muchos giros sorprendentes y también algunas trampas que perdonamos porque son pequeñas manchitas en un historial impecable, como siempre los diálogos son precisos y de duración adecuada y los personajes tienen una traslación al papel que los identifica perfectamente.

No esperábamos menos de Lehane. Quizá no es su mejor trabajo, seguramente no es una novela perfecta, pero sigue siendo Lehane el autor que, cada vez que publica una nueva intriga, te hace dejar lo que estás leyendo para dedicarte a su libro con muchas ganas. Y eso cada vez pasa menos con otros autores, así que alegrémonos de tenerle. Y si quieren conocerle un poco mas busquen en los episodios televisivos de Castle donde suele compartir timba de póker con el protagonista y con otro interesante escritor como es Michael Connelly.

Félix Linares

El estupendo debut negro de Inés Plana

Morir no es lo que más duele es el título de la primera novela de la oscense Inés Plana. Se ha destacado que no es habitual que una editorial como Espasa publique a puerta fría, es decir, a partir del envío del manuscrito de un autor desconocido, pero eso es exactamente lo que le ha sucedido a esta licenciada en Ciencias de la Información. Sin embargo, no debería resultarnos tan extraño porque esta novela negra tiene, en efecto, muchos elementos que pueden conectar con la nutrida legión de seguidores de este género. El desencadenante de la historia es la aparición de un hombre ahorcado en un pinar, un hombre al que alguien le ha arrancado los ojos. En uno de sus bolsillos, aparece un nombre, Sara Azcárraga, y ese será el hilo del que tiren el teniente de la Guardia Civil Julián Tresser, y el cabo Coira.

A medida que la investigación avance y algunas revelaciones anuden a investigadores e investigados, a víctimas y sospechosos, al pasado y el presente de varios de los personajes principales de la trama, también iremos conociendo las vidas privadas de los protagonistas: la difícil relación de Tresser con su madre; los sobresaltos en la relación de Coira con su novia; la infancia terrible de Sara Azcárraga; y además entrarán en juego otros personajes, como la psiquiatra que atiende a Sara, la viuda del asesinado y su hermano. La aparición del hombre ahorcado está conectada con un hecho terrible que sucedió en el pequeño pueblo abulense del que procede el teniente Tresser, y cuyos moradores también tendrán relevancia en la historia. Sin duda, la trama que ha ideado Plana, en la que las casualidades son una baza importante, es compleja, pero se sigue con facilidad. Los lectores podrán ir haciendo sus cábalas, los más avezados puede que vayan acertando, pero, en todo caso, la novela tiene muchos puntos de giro que sorprenderán en uno u otro grado.

Hay que destacar el esfuerzo en la construcción de los personajes, cada uno con sus aficiones (ya sea la micología, la colección de estilográficas o la poesía), cada uno con sus heridas, y, además, el narrador en tercera, que va poniendo el foco de forma alterna en cada uno de los personajes principales, nos permite saber cómo actúan en la intimidad, qué piensan, qué temen o que anhelan. Por otro lado, Plana ha trabajado la verosimilitud creando tipos imperfetos: la homofobia del teniente, el machismo del cabo, la soberbia de la psiquiatría… Por último, me han gustado especialmente los escenarios elegidos por la autora para desarrollar la acción, no demasiado manidos: las afueras de Madrid, es decir, pueblos como Torrelodones o impersonales urbanizaciones, y el pequeño pueblo, ficticio, creo, de Hoyo de las Aguas.

En resumen, Morir no es lo que más duele proporciona una lectura adictiva, en la que las vidas privadas de los personajes se mezclan con la investigación, y en la que no hay cabida para el aburrimiento. La ópera prima de una autora que, diría, ha llegado para quedarse.

Txani Rodríguez

Hermosilla, Hermosilla, Hermosilla

A veces hay que hacer caso de las recomendaciones de los editores, aunque sean de sus propios libros. Sobre todo cuando estas recomendaciones provienen de gentes que viven con pasión, y conocimiento, el hecho literario como, por ejemplo, Víctor Gomollón, el editor de la magnífica editorial aragonesa Jekyll&Jill. Cuando nos envió este libro, El jardinero, del escritor murciano Alejandro Hermosilla (Cartagena, 1974), un doctor en Literatura Comparada que ha publicado otras dos novelas, Martillo y Bruja, nos hizo llegar unas letras en las que decía, entre otras cosas, que este nuevo libro de Hermosilla “compone una incendiaria novela situada en un tiempo sin concretar que es, en realidad, un reflejo de las relaciones de poder modernas y la esquizofrenia actual. Una metáfora de esa incertidumbre contemporánea que iguala a víctimas y culpables y transforma los más elementales actos de la vida cotidiana en perversiones”. No puedo estar más de acuerdo.

El jardinero es un libro desasosegante y enfebrecido. Un descenso a la naturaleza del mal, un aparente enfrentamiento entre señor y vasallo, noble y jardinero, en el que los papeles se confunden y trastocan, y en el que el lector se ve obligado a contestar a una pregunta que le martillea constantemente: ¿quién es el que manda y quién es el mandado realmente? Una pregunta con trampa, porque en el fondo todos sabemos que los que mandan son los que ejercen el poder para su beneficio. La novela transcurre en un tiempo indefinido, que a veces se asemeja a la Francia prerrevolucionaria de finales del siglo XVIII, que a veces nos remite a la Inglaterra de los años treinta con sus nobles fascistas y que otras veces parece entresacada de un mundo actual o cercano en el que, en plena crisis, los “señores multimillonarios” se aprovechan de sus trabajadores privados de derechos. Un mundo que nos llega a través de una primera persona desquiciada y engañosa, la del joven amo que se enfrenta al jardinero indolente y provocador, al que “no pueden despedir” por un contrato leonino. Hay un condado, un castillo, unos nobles, unos jardineros y gente que trabaja y vive alrededor. Y hay un ambiente ponzoñoso, que a veces se aclara y parece hacerse luminoso, hasta que de nuevo se oscurece hasta la náusea.

Estamos ante una novela de tesis, una novela ideológica, política, en el mejor sentido de la expresión, que molesta, araña, intimida, que nos hace pensar, en estos tiempos de pensamiento light, brocha gorda y tweet fácil, incendiario y sin contenido alguno. Una novela extraña que además se ve aderezada con comentarios y extractos sobre libros de jardinería, reales, escritos por botánicos de prestigio que recorren la Grecia y Roma clásicas, la Holanda de los primeros horticultores o la Francia de los grandes jardines y en la que también encontramos referencias a pensadores de la Iglesia como San Agustín y a grandes pintores como El Bosco.

Ficción, jardinería y lucha de clases en los tiempos de la infamia. Una novela inclasificable que enseña que pensar es necesario y revelador, dolorosamente revelador. Por cierto, la portada con una ilustración del salmantino Tomás Hijo, es una de las más impresionantes que hemos visto recientemente en el mercado del libro español.

Enrique Martín

Iban Zaldua y la memoria de La Cosa

Como si todo hubiera pasado es la antología que reúne los relatos escritos por Iban Zaldua en torno al conflicto vasco durante los veinte últimos años. Los cuentos, por tanto, han sido escritos mientras los acontecimientos se daban, y no tras el cese definitivo de la violencia, así que lo que encontramos en estos textos es algo similar a la potencia que puedan tener las crónicas en directo. Y dependiendo supongo del estado de ánimo del autor y del contexto social, algunos de esos relatos resultan esperanzadores y otros bastante oscuros. Dispuestos en orden cronológico, creo que es un ejercicio interesante leer los textos tal y como se presentan porque eso nos permite seguir el curso de la triste historia que hemos vivido durante las pasadas décadas.

En conjunto, Como si todo hubiera pasado aporta el testimonio de la cotidianidad, la manera en la que la situación sociopolítica se filtraba hasta empaparlo todo. “La Cosa”, como suele referir el propio Zaldua, no solo condicionó la vida de las personas involucradas de una forma u otra en primera línea del conflicto, sino la de, en distinto grado, todo el mundo. “La Cosa” se colaba en los euskaltegis, en la universidad, en los museos, en los parques, en los bares, en las casas, en las camas. Para mostrar ese abanico de situaciones, Zaldua emplea la primera persona o se va a la tercera, que ofrece una distancia mayor, pero llama la atención la cantidad de puntos de vista que maneja y la capacidad que tiene para meterse en la piel de personajes muy ajenos a sus propias circunstancias. Bueno, tampoco vamos a descubrir ahora la habilidad técnica del autor, que está reconocido como un maestro del relato; quizás sea más interesante destacar su empatía.

Los cuentos son imaginativos y originales, llenos de matices y detalles, y aunque uno de los personajes diga que la ironía es antirrevolucionaria, la ironía sigue siendo una de las marcas de la casa de la narrativa de Zaldua. Son 42 piezas, y es difícil destacar algunas, pero a mí me han gustado mucho El ertzaina, que narra, con toques de humor, las derivas de un grupo de alumnos de un euskaltegi al que acude un ertzaina; Sombras, la historia de un reencuentro (hay muchos reencuentros en esta antología) entre dos mujeres cuyas circunstancias han cambiado radicalmente desde la última vez que se vieron; Lo único que cambia, que reflexiona sobre la idea de que, así como el presente y el futuro no se pueden cambiar, el pasado sí es alterable; Tres conciertos, un estremecedor texto sobre lo abrupto y absoluto de la muerte;  El bar de enfrente, en el que los asesinados regresan a sus vidas.

En Como si todo hubiera pasado reconoceremos escenarios, situaciones y personajes, y los relatos a veces harán que nos planteemos preguntas incómodas, pero esa es precisamente una de las funciones de la literatura; otra, dejar testimonio, y también la cumple, testimonio polifónico, además, para que no cedamos, como advierte el autor, a la tentación del olvido ni al de la memoria parcial.

Txani Rodríguez