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García Ortega: tres vidas segadas, ninguna culpa asumida

Humberto, Jorge y Fernando eran tres jóvenes de A Coruña que se fueron a vivir a Irún porque allí había más posibilidades laborales que en Galicia. Durante las primeras páginas, García Ortega nos muestra sus vidas, sus anhelos, sus inquietudes –los tres sentían una enorme curiosidad por Rusia-, sus amores, las relaciones con sus padres, y lo hace con tanto detalle que es inevitable sentir empatía. En esas primeras páginas, ya se anuncia también que esas tres vidas se verán truncadas. Un ejemplo: “Humberto, ya sentado en la empresa de transportes donde trabajaba, le consiguió un empleo de turno de mañana, pero solo a título de prueba. Iba a empezar a mediados de abril de ese año. No llegaría a presentarse nunca”. ¿Qué les sucedió? La noche del 24 de marzo de 1973 cruzaron la frontera para ver en Biarritz, El último tango en París, prohibida por el franquismo, y para tomar después unas copas. Buscaban diversión, disfrutar de la férrea amistad que se profesaban, celebrar el reciente anuncio de la boda de uno de ellos, pero nunca regresaron a Irún. Una tumba en el aire reconstruye las últimas horas de los gallegos: un grupo de miembros de ETA los confundió con policías, y los secuestraron, los torturaron y los asesinaron. Adolfo García Ortega refleja la psicosis de los implicados en aquel truculento hecho respecto a los delatores, chivatos o traidores; recordemos que en aquella época, ETA estaba inmersa ya en la Operación Ogro para terminar con la vida de Carrero Blanco.

Durante esas últimas horas que recrea García Ortega, el foco se sitúa de forma alterna sobre los tres jóvenes y sobre sus asesinos, cuyas vidas e inquietudes también llegamos a conocer. El uso del tiempo narrativo es realmente habilidoso en esta novela que, sin caer en el morbo, contiene tramos que resultan bastante duros, quizás, sobre todo, porque estremece pensar que todo aquello ocurrió. Esos pasajes, en todo caso, se compensan con otros pasajes muy tiernos, como, por ejemplo, el que muestra la relación de Jorge con su tío “el rojo”, refugiado en Rusia,  o la de Humberto con su sobrina Luisa o  la de Fernando con su madre.

La novela está recorrida por una especie de mal presagio que sienten varios de los personajes, como si barruntaran el destino fatal que aguardaba a los jóvenes. Y algo sobre la impotencia del destino se transmite al ir leyendo el libro porque los movimientos de los gallegos, por un lado, y los miembros de ETA, por otro, se van a acercando, como se pueda acercar, imparable, un asteroide contra la tierra para impactar de forma brutal.

Desconozco cómo se ha documentado García Ortega para recrear esta historia, pero es evidente que lo ha hecho a conciencia por la minuciosidad con la que relata los hechos.  Además, aunque sepamos el desenlace de la historia, digamos, el autor consigue mantener la tensión narrativa y logra que no nos queramos despegar del libro. Ninguno de los tres jóvenes había alcanzado los treinta años. Los lloraron sus padres y sus madres, todos vivos, que buscaron ayuda en la tosca policía de aquella época, pero el silencio fue lo que se impuso. ETA jamás reconoció su participación en aquellos crímenes. Los cuerpos de los jóvenes nunca aparecieron.

Txani Rodríguez

Cuando una madre odia a una hija, versión Nothomb

Ya está aquí la entrega de todos los años de la escritora belga, nacida en Japón y residente en París, Amelie Nothomb (Kobe, 1967). Sus novelas, casi siempre traducidas al castellano por el magnífico escritor catalán Sergi Pàmies, dejan al lector con ganas de más, os podéis imaginar lo adictiva que puede llegar a ser. Evidentemente hay historias más redondas que otras, pero su nivel literario e intelectual (porque siempre aporta reflexiones sobre nuestro mundo y el mundo de la cultura bastante interesantes) es altísimo. Ahí están para demostrarlo novelas como Higiene del asesino, Estupor y temblores, Cosmética del enemigo, Biografía del hambre, Barba Azul o Pétronille. Algunas de estas novelas son claramente autobiográficas y otras pura ficción, aunque salga como personaje la propia escritora.

Golpéate el corazón cuenta una de esas historias en la que los hijos se enfrentan a sus padres o en la que un hijo se enfrenta a uno de sus padres. Algo ha debido ocurrir en la infancia de la escritora que vaya por ahí, porque es un tema que suele aparecer mucho en sus novelas. La protagonista se llama Diane y es hija de una mujer hermosísima llamada Marie. Diane también es hermosa y a decir de muchos más hermosa que su madre. Y aquí se inicia el conflicto, porque Marie comienza a tener unos celos salvajes de su hija a la que va apartando de su lado y alejándola de un cariño que solo recibe de su padre.

Cuando nace su hermano, la madre de Marie se vuelca con él, por lo que la niña deduce que la culpa de esa ausencia de cariño de debe al hecho de ser mujer. Desde entonces Diane asume la situación con bastante normalidad. Pero todo acaba por resquebrajarse para ella cuando sus padres tienen un tercer hijo, otra niña, y la madre de Diane comienza, no a quererla, sino a adorarla. A decir verdad la niña es gordita y bastante fea por eso los lectores asumimos que si la quiere tanto es porque no puede hacerle sombra. Pero Diane dice “hasta aquí hemos llegado” y decide marcharse a vivir primero con sus abuelos y después, cuando estos fallecen, a la casa de su mejor amiga.

Hasta aquí la primera parte de la novela (que solo tiene 150 páginas), porque luego en la segunda parte la cosa se desmadra cuando Diane, ya mayor y estudiando medicina, comienza una relación de amistad con una profesora llamada Olivia a la que ayudará en su carrera hacia la cátedra y que tiene una relación con su hija Mariel muy parecida a la que su madre tenía con ella.  Y no contamos más.

Otra de esas nuevas locuras de Amélie Nothomb en la que reflexiona, como decíamos al principio, sobre la relaciones entre padres e hijos, sobre la necesidad de cariño y amor en todas las relaciones, pero especialmente en las paternofiliales, maternofiliales en este caso. Una historia que ella retuerce hasta el absurdo pero en el que encontramos más preguntas y respuestas que en muchos ensayos sobre el particular. Porque como dice el título de la novela, basado en una famosa máxima del escritor francés Alfred de Musset, “Golpéate el corazón, ahí es donde reside el genio”, “golpéate el corazón”, déjate guiar por su sentimientos, déjalos sueltos, no los embalses, porque sino después llega la tragedia. Nothomb, siempre Nothomb.

Enrique Martín

El futuro distópico vasco de Maite Darceles

Lorea es una joven estudiante que vive en un futuro cercano. Un día descubre, en unos viejos ordenadores que su padre tiene en un viejo almacén,  unos videos de unos jóvenes que dicen querer cambiar el mundo. “Etorkizun ilunik ez/Etorkizuna gurea da/Mundu berria hazten ari da/unetik unera”. Observa que en sus camisetas llevan escritas una palabra: TRIA. En casa, se excusa diciendo que tiene que hacer un  trabajo de arqueología, pero, en secreto, trata de reunir toda la información posible relacionada con esos videos. En un primer momento, le ayuda Ganix, su pareja, pero pronto veremos que Lorea no termina de sentir con él la complicidad que le gustaría. Sus investigaciones revelan que hay una mujer Helene Bidaire que parece estar o haber estado vinculada a ese grupo, y consigue localizarla. Aunque en un primer momento, no se muestra a hablar, poco después le contará a Lorea la historia de TRIA y de aquel anhelo revolucionario. En 2020, unas décadas atrás, las condiciones sociolabores y políticas se endurecieron y las diferencias entre ricos y pobres se subrayaron.  De ese descontento nació TRIA que en un primer momento funcionó como una pequeña comuna, pero que enseguida comenzó a crecer. Además, como explicará Helene, también llamada en el libro Mujer Y, el precio que había que pagar por pertenecer a aquella lucha pronto fue muy elevado.

Desde el comienzo del libro, notamos cierto descontento en Lorea y también curiosidad tanto por saber qué sucedió décadas atrás como qué sucede en su presente, en principio, bastante ideal, donde las personas parecen vivir con un alto grado de bienestar. Un elemento que ilustra bien el recelo de la joven es la publicidad que durante largos tramos de autopista impide que los viajeros sepan que hay detrás de las enormes pantallas anunciadoras en las que se convierten los cristales del terrabus, un medio de transporte público: “Errepidearen zati askotan kristal guztiak paintaila bihurtzen dira, haizetakoa ere bai, eta ezin da kanpoko ezer ere ikusi. Zer ote dago kristalaren bestaldean?”. La sociedad futura que describe Darceles está totalmente condicionada por las nuevas tecnologías y absolutamente vigilada. La población ha asimilado que las cámaras garantizan su seguridad, y han olvidado que también hacen que vivan en ciudades controladas.

La autora de Hondarribia ha creado una intriga futurista, una distopía, que engancha desde las primeras páginas; además, Darceles ha imaginado con tanto detalle ese futuro que el libro incluye un glosario con nuevos términos como Holopantaila, Worldpedia o Glasa. Bihotzean daramagun mundua engrosa la poco nutrida lista de libros de ciencia ficción escritos en euskera y se interpela por la necesidad de permanecer atentos, de nos arrellanarnos en un presunto confort. Una ópera prima sobre el futuro que habla, sin duda, de nuestro presente.

Txani Rodríguez

Descubriendo a Sharon Bolton, talento en negro

Reconozco que leo poca novela negra. La razón es que influenciados por los autores nórdicos, todos los escritores, de caso todas las latitudes, se han puesto a escribir novela criminal. Pero, es bien sabido, los autores escandinavos y de países vecinos miente. En sus sociedades hay muchos suicidios, pero pocos crímenes. Así qie se tienen que inventar cosas. Y les falta imaginación. Se arreglan bien con las cosas introspectivas, tipo Ingmar Bergman, pero les falta salir un poco, vamos, que se les nota la falta de socialización. Y así la plaga de la novela negra nórdica se ha extendido y ya practican ese estilo hasta los más mundanos mediterráneos.

Valga esta introducción para explicar que necesito un impulso adicional para acercarme a una novela negra. El artesano me la recomendó la editora. Bueno, tampoco hay que creer en las recomendaciones que llegan desde la editorial. Al fin y al cabo son parte interesada. Pero, bueno, siempre se pude dejar el libro en cualquier momento. El caso es que me puse a leer y oye, al cabo de unas cuantas páginas ya estaba liado. Sharon Bolton no inventa nada, pero juega de manera diferente con los elementos propios del género para conseguir un relato con sabor diferente.

La acción comienza, no teman no contaré nada que no deban saber, cuando muere el supuesto asesino de unos adolescentes, treinta años después de sus tropelías. La inspectora que investigó este caso vuelve al lugar de los hechos, ahora acompañada de su hijo adolescente (esta quizás sea una situación algo forzada que indica al lector que el hijo tendrá mucho que ver en el futuro) con la intención de despedirse de quien, a lo largo de estos años ha mantenido con ella una relación intermitente. Vaya, ya conocemos al culpable, Bueno, en realidad intuimos que no. Entonces ¿por qué dedicar doscientas páginas a la investigación de aquel caso cuando ya sabemos el resultado? Pues porque Bolton tiene confianza en su escritura y se permite todo ese trabajo cuando el elemento fundamental de la novela policíaca, el culpable, ya está sobre la mesa.

Efectivamente esta parte es muy interesante, entre otras cosas sirve para mostrar el machismo en la policía en una ciudad no demasiado grande de la Inglaterra industrial en tiempos en que comenzaba el desmantelamiento de esa industria, y las dificultades de una investigadora novata rodeada de unos tipos muy poco recomendables, mientras indaga en el mundo de la brujería, las sociedades secretas, la vida campestre y mil asuntos más llevados con mano maestra por la autora. Naturalmente hay más que esta investigación, pero creo que ya no debo contar más cosas.

Solo decirles que Sharon Bolton sabe manejar a sus personajes, que se detiene lo justo en las situaciones, que no abusa del color social, que dota de tensión prácticamente a todas las páginas de la novela. Después de diez novelas, cuatro de ellas pertenecientes a la serie de Lacey Flint, empieza Bolton una nueva serie, la de Florence Lovelady, que ya tiene un nuevo título previsto. No preguntemos pues dónde estaba esta autora, alegrémonos de que haya aparecido entre nosotros y disfrutemos de sus libros.

Félix Linares

Edurne Portela desmenuza el maltrato psicológico machista

Tras el aplaudido ensayo El eco de los disparos y de la novela Mejor la ausencia, la escritora vasca Edurne Portela publica Formas de estar lejos, una historia en la que vuelve al tema de la violencia, en esta ocasión de la violencia psicológica, una forma de maltrato extendida más allá de lo que nuestras vidas privadas evidencian y que llega, como se refleja en este libro, a hacer que la víctima se sienta muy, muy pequeña.

La novela está protagonizada por Alicia, una joven inteligente y decidida que  deja Santurtzi, su pueblo natal, y se establece en Estados Unidos para hacer carrera universitaria. Allí, en Southville, un pequeño pueblo del sur, donde la gente es “distantemente amable”, conoce a Matty, un joven atractivo que, tras haberse licenciado en Empresariales, cursa un máster. Se conocen, se gustan… y pronto empieza a ir todo un poco rápido: él toma la iniciativa de instalarse en  el apartamento de Alicia, y será solo la primera de una serie de resoluciones que él propone y ella acepta. Desde el principio de la relación, Matty incurrirá en algunos comportamientos extraños, y el, por entonces, único amigo que Alicia tenía, Alfredo, le advierte de que se está aislando. Sin embargo, la pareja sigue  su vida en común que sellarán con el matrimonio.

Portela logra que nos metamos dentro de esas dos vidas, que vayamos asistiendo a una escalada de faltas de respeto y desconfianza por parte de Matty. La narración, que intercala los puntos de vista de él y de ella, no carga las tintas, no abunda en clichés o en soluciones fáciles, sino que va tejiéndose en torno a acciones que una a una podrían ser soportables, pero que en conjunto logran asfixiar y lograr que la situación reviente. Hay algo revelador: en ninguna de las tres casas por las que pasa la pareja, logra Alicia sentirse a gusto, disfrutar de la confortabilidad del hogar. Matty no es descrito como el demonio ni es Alicia ninguna santa, y eso es lo que hace interesante esta historia en la que se mantiene bien la tensión ya que asistimos a un distanciamiento que presagia un estertor final.

Portela nos muestra la pareja de manera multidimensional, para que así obtengamos una visión panorámica de sus vidas, que conoceremos al detalle, tanto sus vidas públicas, como las privadas como las secretas, que diría García Márquez. Conocemos el trabajo de los protagonistas, las relaciones con sus padres, con sus amigos: ella tiene un amigo preso por pertenencia a banda armada y conserva la cuadrilla de amigas con las que creció en el País Vasco; él también tiene un pequeño grupo de amigos con los que juega al baloncesto y bebe cervezas…

Portela demuestra una gran habilidad a la hora de estructurar la novela, a la hora de “montarla”. La lectura avanza por una secuencia de escenas bastante absorbentes, que muestra situaciones muy concretas; la autora ha seleccionado momentos relevantes o elocuentes de las vidas de estos dos personajes y, al mostrar lo importante, podemos imaginar el resto. A veces hay escenas que ya están en marcha, como una que recrea una cena de Nochevieja en casa de unos familiares en la que podemos adivinar que la pareja había discutido en el coche, de camino. Intercala también, en ocasiones, algunos capítulos en los que se cuentan episodios que le han sucedido a otros personajes, como el que se dedica a una alumna que ha sufrido abusos sexuales; estos capítulos, aunque dan la temperatura de cómo es, por ejemplo, el mundo universitario en Estados Unidos, no quedan tan vinculados a la poderosa corriente principal del libro.

Resultan destacables, a mí me han interesado mucho, las observaciones de Alicia, su mirada sobre Estados Unidos, un país que refleja como racista y tendente a la segregación: “Y había que rellenar varias casillas; afroamericano, hispano, blanco, nativo americano, otros… y yo no sabía qué poner. Pam me miró muy seria y con un gesto que parecía un reproche, me señaló la casilla de hispano. Pues tendrá razón y seré hispana yo que sé”.

Formas de estar lejos es una incisiva inmersión en una relación insana de pareja y un estudio de los resortes de la violencia psicológica, que despliega un catálogo de actitudes y conductas con las que, en una medida u otra, podremos sentirnos identificados, tanto en el rol de quien padece esa violencia como, en una u otra medida, en el de quien la inflige.

¿Quién podría imaginar que una mujer a la que acaban de conceder un cum laude llore en su coche tras una exitosa conferencia porque, tal y como le había dicho su marido, se pierde en el camino de vuelta a casa? Esta novela lo explica.

Txani Rodríguez

Miedo, incomunicación, ira y odio en la obra de Isabel Alba

Isabel Alba nació en Madrid en 1959, pero vive en Donostia desde 1994. Ha sido guionista de radio, cine y televisión. En este medio ha trabajado en programas infantiles emblemáticos como Barrio Sésamo o La bola de cristal, programa que dirigía su madre, la recientemente fallecida Lolo Rico. Licenciada en Filosofía, ha impartido todo tipo de cursos y talleres de lenguaje audiovisual para niños, adolescentes y jóvenes. Es además una fotógrafa reconocida y una feminista muy apreciada: en 2012 dirigió el documental Será feminista o no será. Su experiencia en el mundo audiovisual la resumió en el libro Detrás de la cámara: como narrar en imágenes. Del guión a la película. Ha publicado tres novelas Baby spot, La verdadera historia de Matías Bran. El recinto Weiser (finalista del Premio Euskadi de Literatura) y 65% agua. La danza del sol es su cuarta novela.

Esta novela transcurre en un fin de semana en un hotel de vacaciones barato, el Solymar, en la costa mediterránea española. La familia Moscardó, compuesta por una madre viuda, sus dos hijos casados, las esposas de estos y sus hijos respectivos, han decidido pasar unos días juntos. Se supone que para descansar y aliviar tensiones. Pero será todo lo contrario, porque los demonios que asolan las vidas de varios de ellos, irán apareciendo poco a poco y amenazando con romper los pocos y delgados hilos que les unen. Alrededor de la viuda Pilar Treviño de 71 años, de sus hijos Manolo y Antonio Moscardó, de 42 y 44 años, de sus nueras Rocío y Paloma, también en la cuarentena, y de sus nietos Nuria de catorce años –hija de Manolo y Rocío– y Lidia de 13, Mireia de 11 y Héctor de cinco años –hijos de Antonio y Paloma-, orbitarán otras vidas: la de un jubilado alemán que echa en falta a su hijo, la de un joven animador de la piscina que ha fracasado en todo, la de otra joven animadora que todavía tiene esperanzas, la de una jovencísima camarera que solo piensa en sexo, pasárselo bien y dejar KO a los babosos que la acosan y la de dos adolescentes que parecen inmigrantes a los que muchos miran con sospecha. Y luego, en un edificio de apartamentos frente al hotel, están dos hermanos árabes (?) que limpian sus Kalashnikovs mientras rumian su desgraciado pasado y planean su venganza.

Isabel Alba ha escrito una novela impresionante en la que, con una sencillez apabullante para el lector, pero muy compleja para la escritora, habla de todo, pero sobre todo de la violencia de los hombres sobre otros hombres y mayormente contra las mujeres. Violencia masculina que ha provocado guerras, muertes, feminicidios, racismo, xenofobia… Una novela que habla del odio que todos sentimos alguna vez, y de los miedos que nos hacen cometer actos abominables. Porque no nos engañemos, todos tenemos miedo, a todo y a todos; y todos tenemos miedo a sufrir de nuevo, cuando se ha sufrido mucho. Y todos tenemos la necesidad de culpar a los otros, a los diferentes, de nuestros miedos, de nuestras desdichas, de nuestra ira.

Isabel Alba se inventa un narrador que en capítulos muy breves se mete en las cabezas de todos los actores de este drama, de esta tragedia, que es la vida contemporánea. Una vida en la que nadie sabe cómo somos realmente y cuánto hemos sufrido o cuánto hemos hecho sufrir. Una vida en la que nadie es inocente del todo y, quizás, como nos dice la autora, nadie es culpable del todo, aunque cometa la mayor de las iniquidades. En La danza del sol todas las piezas acaban encajando suavemente para provocar el estallido final y aunque todos intuimos ese final, porque la autora nos muestra casi todas las cartas desde el principio, en ningún momento se lo reprochamos, porque bastante tenemos con no derrumbarnos ante una conclusión que, como lectores, nos deja anonadados.

Isabel Alba nos ha regalado (no se me ocurre mejor palabra) una novela estremecedora, estupendamente escrita y estupendamente armada, que nos enseña a conocer mejor nuestro mundo, sus contradicciones, las razones de sus pulsiones y sus terrores, y también sus pequeños resquicios para la esperanza y el perdón, esos agujeros diminutos por los que entran los rayos de “la danza del sol”.

Enrique Martín

Landabaso/Goia, una conversación lenta y feminista

1.362 km EURI es el título del libro que han escrito a cuatro manos Garazi Goia y nuestra compañera Goizalde Landabaso.  El libro refleja la correspondencia que ambas autoras mantuvieron entre julio de 2017 y julio de 2018, cuando deciden darse un descanso con la promesa de volver a escribirse, con el repertorio renovado, digamos. Estas dos mujeres, en plena hegemonía del correo electrónico y el WhatsApp se intercambian cartas al viejo estilo para reivindicar una forma de comunicación alejada de la inmediatez, lo fraccionario, lo epidérmico. En todo caso, las nuevas tecnologías están presentes –hay alusiones al WIFI en el transporte público o a cómo Google satisface nuestras curiosidades- y algunas de las preocupaciones de estas escritoras revisten mucha actualidad. Goia, por ejemplo, lucha contra el tiempo en su ajetreada vida; Landabaso se rebela contra la imposición del deber de perfección que hoy se impone.

Aunque Landabaso vive en Bilbao y Goia en Londres, lo cierto es que muchas de estas cartas están escritas en tránsito, durante viajes de trabajo o de placer, en trenes, en aeropuertos, en aviones. Ambas mujeres viajan mucho y el libro se dota de cierto cosmopolitismo y mundanidad. 1.362 km EURI también tiene mucho de confidencialidad porque las autoras, sin exponer en exceso sus vidas privadas, si comparten sus inquietudes íntimas: Goia, embarazada durante la correspondencia, habla por ejemplo de la maternidad y de su confrontación con la libertad; Landabaso hace lo propio con su decisión de no ser madre; ambas comparten las cosas que les quedan por hacer y nos descubren algunos de sus temores. “Etxe honen gauak-dice Landabaso- beldurtzen nau, aitortzen dut. Amets gehiegi ditut lo-tarteetan eta arrotz (eta intrus) sentitzen naiz (…) Koadernotxoa mesanotxean utzi dut lo-eteneetan sortzen zaizkidan ideiak apuntatzeko”. Sin embargo, hay un hilo argumental que recorre todo el libro: la reivindicación de algunas mujeres que quedaron ensombrecidas por sus maridos, por sus hermanas, y, sobre todo, por el signo de los tiempos que les tocaron vivir. “Itzalean” es, de hecho, una palabra que se repite en el texto. Garazi Goia confiesa lo siguiente: “Itzalean egotea sufrimendu izugarria izango zen niretzat. Ez nintzateke egokituko, Itzalari nola irabazi pentsatuz beti, oinazeak gainezkatuko luke nire arima. Itzalari aurreratu nahian, etengabe ibiliko nintzateke lehia batean. Imajinatzen duzu borroka hori?”.

Como decía, las cartas se detienen en las vidas y trayectorias de muchas mujeres, algunas más lejanas, como la pintora Paula Modersohn-Becker, la escritora y periodista Milena Jesenká  o la Premio Nobel Sigfrid Undset; también nos hablan de otras mujeres de muy cerca,  de aquí mismo, como la fotógrafa Eulalia Abaitua, la panderetera Maurizia Aldeiturriaga, la música Marian Arregi o la escritora de Iparralde, Marie Darrieussecq. Creo que Landabaso y Goia corrían el peligro de insertar las trayectorias de las artistas que mencionan de una manera forzada, pero, desde luego, han esquivado bien ese obstáculo porque son los libros que leen, las coincidencias cronológicas, un documental proyectado en un avión, o las derivas de sus conversaciones las que traen, con naturalidad, a esta correspondencia todos esos nombres.

1.362 km EURI nos ofrece, por tanto, la posibilidad de conocer, a menudo de descubrir, a un ramillete de mujeres pioneras, valientes y talentosas, además de asistir al intercambio de ideas, inquietudes y confidencias entre las autoras de este libro en el que, como el título indica, llueve bastante, y en el que se logra que cale  cierta sensación de oprobio por el olvido que cayó sobre mujeres tan valiosas.

Txani Rodríguez

Sobre un tipo encerrado de por vida en un hotel de lujo

Un caballero en Moscú es la historia de un aristócrata ruso que se vio atrapado en la revolución del 17. Cinco años más tarde estaba en serio peligro de ser fusilado cuando alguien descubrió que el noble en cuestión había publicado años atrás un poema que le ponía del lado de los insurrectos, del pueblo, y a un simpatizante no se le puede eliminar. Pero también era un noble, así que el tribunal llegó a una decisión salomónica. Como el tipo en cuestión residía en el Hotel Metropol de Moscú le condenaron a seguir viviendo allí sin poder salir nunca del hotel. Los siguientes treinta años de vida de este superviviente es lo que cuenta la novela que comentamos.

Podría parecer que hay poca materia sobre la que tratar, pero eso es porque no conocen las infinitas posibilidades de estos establecimientos, podrían preguntarle a Vicki Baum que escribió media docena de novelones sobre diferentes residencias, que están repletos de personajes apasionantes, desarraigados los más, supervivientes bastantes, intrigantes unos cuantos. La novela adopta el estilo de contar diferentes episodios, la mayor parte de los cuales acaban siendo habilidosamente entrelazados en torno a la figura protagonista que ve como sus amistades y sus amores, incluso sus enemigos, aparecen y desaparecen mientras él está obligado a permanecer estáticamente anclado en el hotel.

Hay algunas peculiaridades en esta narración que conviene resaltar. Por una parte la escritura adopta un tono semifantástico que convierte al Metropol en un territorio imaginado lleno de pasadizos secretos, habitaciones misteriosas, restaurantes mágicos, salas de baile fantasmales y el cuartucho que acoge a nuestro héroe que, incluso, tiene una entrada secreta a través de un armario que le lleva a otro lugar desconocido por los habitantes del hotel. No es una novela de fantasía, es el encanto del tono literario, algo vintage, de palabras elegantes, estilo florido, carácter melancólico, rematado por una neblina y un color evidentemente de otros tiempos lo que hace que tengamos esa sensación.

Los acontecimientos históricos, lo que ocurre en el exterior, no tiene apenas repercusión en lo narrado. Hay, incluso, como una identificación del autor, de Amor Towless, con el personaje protagonista al que imprime un aire de superioridad sobre el resto de personajes, y traza así el retrato de un tipo que acepta sin llantos su destino, su incómoda situación, sintiéndose por encima no solo de los que le han condenado, sino de sus compañeros de narración, por muy amigable, incluso enamorado, que se muestre con algunos de ellos. Nuestro héroe es un personaje de otro tiempo, narrado como antes se hacía. En ese sentido la novela es ejemplar y cumple con lo que pretende. Y el lector sigue entusiasmado a su protagonista por los lugares que muestra hasta sentirlos muy suyos aunque no los hayamos visto nunca.

Un caballero en Moscú es un encantador libro que siempre interesa, que conmueve frecuentemente, que arrebata en ocasiones y que siempre está por encima de la media literaria del momento. Es en definitiva, el libro que deben leer en las próximas semanas. Háganse el favor.

Félix Linares

Amar las librerías, alabar a Kaouther Adimi

Nuestras riquezas. Una librería en Argel es un libro delicioso que desprende un conmovedor amor por los libros. La autora, Kaouther Adimi, nacida en Argel en 1986, pero afincada en París, cuenta la historia de Las Verdaderas Riquezas, una librería abierta en 1936, en la calle Hamami, antigua calle Charras, por Edmnont Charlot. “Será una biblioteca, una librería, pero será sobre todo un lugar para los amigos que aman la literatura y el Mediterráneo. Apenas instalado y ya me siento ebrio de felicidad. He empezado a conocer a los vecinos, a los comerciantes, a los camareros. Estos son los nuevos personajes de mi universo”, escribe Charlot en su diario.

En los años 90, el estado argelino la incautó y pasó a ser un anexo de la Biblioteca Nacional. Abdallah, un humilde funcionario que no pudo ir a la escuela, pide que le destinen allí tras enviudar, y allí permanecerá incluso después de su jubilación porque el gobierno parece haberse olvidado de él y no envía un sustituto. “Incapaz –leemos- de abandonar el local y no teniendo nada que hacer ni lugar adonde ir, se quedó allí sin quejarse ni decir nada a nadie”. Y allí siguió, instalado en el pequeño altillo del local donde ha dispuesto un colchón, un hornillo y un frigorífico, regentando aquel espacio lleno de libros al que ni él ni los vecinos del barrio dejaron nunca de referirse como “la librería”. Sin embargo, un día llega una comunicación del Ministerio de Cultura en la que informan de que la librería/biblioteca va a ser vendida a un comprador privado, que, pronto lo sabremos, planea vender buñuelos en ese mismo local. Para vaciarlo, llegará de París Rayd, un ingeniero en prácticas, que no ama los libros, pero que no se muestra del todo insensible al legado impresionante de esa librería frecuentada en su momento por autores como Albert Camus, que publicó precisamente allí su primer texto cuando era un autor desconocido.

La historia de la librería, que bregó con el desabastecimiento y la censura, primero, y con la apatía del sistema, después, y la de las personas que han estado vinculadas a ella es también la historia de Argel, de un Argel colonizado por los franceses, primero; después del Argel de la Segunda Guerra Mundial, cuando  fue la base general de Charles de Gaulle; más tarde experimentaría la efervescencia del socialismo revolucionario y ya en 1962 conquistó su independencia. Pero el arco temporal alcanza hasta el 2017, y refleja también un Argel moderno, que adolece de los mismos problemas, o parecidos, de los que pueda adolecer una ciudad como la nuestra. Con un hábil juego de narradores, que pasa por el diario, la narración en segunda persona y una parte en tercera persona, más cercana a la crónica sentimental, Nuestras riquezas consigue retratar el barrio que alberga la librería, y también a sus gentes.

Esta novela, que mezcla la ficción con la recreación documental, ha sido finalista de los premios Goncourt y Médicis.

Txani Rodríguez

La ira es mala consejera, dice Piñeiro con razón

Hay que decirlo, para que quede claro desde el principio, la argentina Claudia Piñeiro es una escritora estupenda. Y además escribe de todo y bien: novelas, relatos, obras de teatro, guiones, artículos para la prensa… Textos por los que ha recibido muchos premios, desde el Clarín, al Sor Juana Inés de la Cruz, pasando por el Pepe Carvalho que premia su obra más negra, más criminal. Obra en la que destacan libros como Las viudas de los jueves, Tuya, Las grietas de Jara, Betibú, Un comunista en calzoncillos o Las maldiciones. Además de publicar en nuestro mercado su libro de relatos Quién no, se acaba de reeditar también la novela Elena sabe, publicada originalmente en 2007 y galardonada con el Premio Liberaturpreis en Alemania.

Los relatos de Quién no parecen partir de una misma premisa: “quién no ha hecho algo de lo que se arrepiente en un momento de locura o desesperación”. Estamos hablando de situaciones cotidianas, protagonizadas por personajes reconocibles, que en un momento determinado se salen de madre o se transforman en algo raro. Estamos hablando de obsesiones, de secretos malsanos, que pueden conducir incluso al asesinato. Un abuelo que construyó una pared cuando desapareció la abuela. Un hombre recién divorciado que se refugia con sus hijos en una casa vacía que está en proceso de venta. Un marido que viaja con dos maletas en las que lleva las mismas cosas. Una bolsa de la basura que se saca de casa con precipitación. Un hijo problemático que tiene una madre que lleva una pistola en su bolso. Un niño que llama, peligrosamente, “hijo de puta” a otro niño. Una vecina que ve a su vecino atropellar a un niño y huir. Una trabajadora de una editorial que no consigue hablar con su amiga escritora. Una mujer que abre demasiado “por equivocación” la llave del gas. Un hombre que abandona a su mujer porque “huele raro”. Una pareja que tras la muerte de su hijo no hace otra cosa que oír llorar a un niño en el apartamento contiguo. Un escritor de éxito que es acusado por un vagabundo de plagio. Un hombre y una mujer atados por unos ladrones que han robado en su oficina. Un hombre que regresa al pueblo que abandonó de joven por duras desavenencias con su padre. Una mujer que en soledad coloca los adornos de un árbol de navidad, sin su marido, sin sus hijos. Una pareja de peluqueros que discute por “ideas creativas”. Son historias que abundan en la idea de que hay que desconfiar de la gente, que quien más quien menos, tiene secretos y algunos inconfesables, secretos que nos pueden afectar para mal.

Algunas de estas historias hablan de desamor, de desconfianza, de clasismo, de violencia machista, de miedo a los pobres, de abuso de autoridad, de injusticia. Algunas de estas historias son tan ridículas que ponen una sonrisa e incluso una carcajada en boca del lector. Algunas de estas historias juegan con el “cómo podría haber sido nuestra vida si…” y en la mayoría de ellas se concluye que seguramente habríamos hecho lo mismo. Son historias sobre la condición humana y nuestras miserias, sobre la parte más oscura de nuestro ser. “Es lo que hay”, parece decir Claudia Piñeiro, y desgraciadamente es así: “somos lo que somos”. Literatura grande en sorbos pequeños.

Enrique Martín