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Aguirre, o la cólera antisilbante de Dios

Espe Aguirre, igual que aquel Lope de Aguirre, ha vuelto a expresar la cólera de Dios.

Esta vez ha elevado el silbido a la categoría de arma delictiva. Nos encontramos ante la catalogación de la música de viento como instrumento ofensivo. Estamos en la antesala de que la Guardia Civil pueda decirle a un propio: “Bien, bien ¿con que sabe usted silbar, eh? Acompáñeme al cuartelillo, pedazo de subversivo”.

Quizá en breve se puede leer en los oficios judiciales algo así “levantándose el peligroso elemento antisistema y agrediendo a los presentes con un silbido agudo con el que entonaba el himno de Riego, lo que produjo fuertes alergias entre el personal más sensible e incluso desvanecimientos entre las señoras”.

La señá Espe, según Asier y Javier (En Deia)

La señá Espe, según Asier y Javier (En Deia)

Porque, si, es cierto lo que les han comentado en el bar, la tasca o el consejo de grandes accionistas de Bankia: la presidenta de Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ha sugerido que se suspenda la final de Copa del Rey de Fútbol en caso de que el himno o el príncipe Felipe sean silbados en el Vicente Calderón.

Así, a bote pronto, lo primero que ha logrado la señá Esperanza Fuencisla Aguirre y Gil de Biedma es que también le silben a ella si asoma en el palco. Aunque asome por equivocación.

El general Ísimo
Vaya por delante que esta servidora de ustedes no está a favor de la silbada. En el partido de fútbol que sea, disfruto más estando a favor que mostrándome en contra. Y pienso que la mayor parte del personal opina lo mismo. También creo que había muchos más motivos para silbarle a aquél, cómo se llamaba, si hombre, Paquito Ísimo, el que entregaba la Copa del General Ísimo. Pero no había demasiados silbidos. Lo que evidencia que se trataba de una dictadura. Lo mismo que los silbidos públicos de ahora, al Rey, al himno, o a Hommer Simpsom, son una clara muestra de que vivimos en democracia.

Esta es la parte que a Esperanza Fuencisla se le ha atragantado ligeramente. Hubiera hecho mejor poniéndose unos calcetines rosas con unas sandalias verdes y diciendo otra cosa. Con sus palabras ha elevado la silbada a protesta general. Ha dado a los pitidos categoría de guerrilla sonora, porque ella misma cree que es tal. Y lo gordo es que quienes quieran disimular en la grada tampoco van a poder hacer lo propio del disimulo: o sea, mirar hacia otro lado…y silbar.

Por cierto, los juzgados han terminado aprobando para el mismo día de la final de copa, y en Madrid, la celebración de un acto contradictorio en los términos: una marcha de la falange. Cierto, nada hay menos marchoso que la falange, pero qué le vamos a hacer.
Siguiendo la teoría de la señá Esperanza, si se juntaran unos cuantos en la calle y silbaran al paso de la marcha de la falange…habría que suspenderla o celebrarla a puerta cerrada ¿no?. Pues eso.

Bueno, iré al Calderón. Y silbaré nada, salvó que pase por delante de mí George Clooney. Pero ¿dónde hay que ir a silbar a la señá Esperanza para que espabile? Silbar flojito, digo, como disimulando.