Recuerdos adoloridos de Centroamérica: mataron a un d’Aubuisson

Aquel febrero de 1992, poco después de que gobierno y guerrilla salvadoreños firmaran la paz o el armisticio o vaya usted a saber qué, y casi tres años después de la masacre, fuimos a la UCA con Lekuona. Saludamos a Sobrino y conversamos con Obdulio. De su mujer, Julia Elba, de su hija, Celina Mariceth, de las matas de mango y las rosas que crecían en el mismo lugar en el que la soldadesca dejó tirados los cuerpos sin vida de ellas y de los cinco jesuitas. De Ellacuria, Martín Baró, Montes, Moreno, López. Luego entramos en la capilla donde están enterrados los jesuitas y vimos llorar a una joven. Tal vez rezar también.

Angelito (Ruiz de Azua, fotógrafo de Deia) y yo veníamos tocados ya por el recitado de Obdulio, por la manera como nos explicaba lo que había pasado y lo que él había hecho luego allí, en la tierra que había filtrado la sangre de los muertos. Supimos más tarde que en cuanto las matas se hicieron fuertes se murió. Estábamos ya tocados, decía, cuando entramos en la capilla de la Universidad Centro Americana de San Salvador, acogedora, sencillamente impresionante.

  

Fuimos luego a la iglesia en la que asesinaron a monseñor Romero, capilla modesta de religiosas. Lo mataron mientras celebraba misa. Nos lo contó la misma monja que le preparaba lo necesario para celebrar. Nos enseñó sus cosas, su casa. Y después, seguido, fuimos al cementerio en el que dos días antes habían enterrado a Roberto d’Aubuisson Arrieta, fundador de ARENA, promotor de guerras sucias, militares y paramilitares. Su tumba estaba cubierta de coronas, ramos y flores. Estropeadas, descuidadas, abandonadas. Y sola.

He recordado estas y otras emociones ahora al enterarme de que han asesinado en Guatemala, junto a otros dos parlamentarios y al chofer, a uno de los hijos del fundador de ARENA, él mismo dirigente de ese partido. Y he recuperado lo que él y sus hermanos contaban de su padre hace unos años: “Lo vimos sufrir, lo vimos llorar; lo vimos cuando se molestó mucho, se encabronó por lo de monseñor Romero. Estábamos en San Miguel cuando le hablaron para que pusiera la televisión; vio lo que estaba pasando y dijo: ‘cómo es posible que haya pasado’ y añadió: ‘Hoy ya lo hicieron mártir’ “.

“Y con lo de los jesuitas fue así; sonó el teléfono oficial, el rojo, y estábamos dormidos. Contestó Martaluz y ella le llevó el mensaje de que habían matado a Ellacuría; se puso histérico. Ella cometió el error de decir que por qué se enojaba, que ese señor andaba metido y le contestó: “Usted no sabe que aquí perdimos la guerra; hoy todo el mundo se va a meter”. Agarró el teléfono y le habló a Cristiani, y Cristiani le dijo: “No sé qué pasa”, y habló a un militar, no sé a quién del Estado Mayor, cuando le contestó no le preguntó nada, sólo lo empezó a putear, le dijo: “Ustedes la cagaron, vendieron a El Salvador”, y después le colgó. “Nos volvió a pasar lo de Honduras, nos va a volver a pasar lo de Honduras”, ésas fueron las palabras que utilizó”.

0 pensamientos sobre “Recuerdos adoloridos de Centroamérica: mataron a un d’Aubuisson

  1. Eduardo Rothe

    Asi como en el camino del informante siempre es de noche, en el del matapueblo sólo lo acompaña la familia, los que no lo escogieron, y no toda.
    Además, al matapueblo no le interesan los muertos después de muertos (salvo para mantenerlos callados) y, en cambio, siempre habrá alguien para escupir sobre la tumba solitaria del abyecto.

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