Colombia como pretexto para un par de oteizianas

Xabier Santxotena se ha enamorado de Colombia. La ha paseado días atrás de la mano de los promotores del Centro Vasco de Bogotá y de Josu Legarreta, y ha quedado prendado del país y los paisanos. Los paisas. Me habla con entusiasmo de la visita a la precolombina San Agustín que Oteiza conoció y reconoció y desde donde escribió su Carta a los artistas de América. Sobre el arte nuevo en la posguerra.

Me habla de la Plaza Gernika, recuperada recientemente, donde estuvo una escultura de Oteiza de homenaje a la villa bombardeada, donde estará una suya pronto. Y me suelta ideas sobre qué hacer en esa plaza, acaso un frontón, un templete, un lugar de unión de lo vasco y colombiano, a la sombra de un retoño del Arbol. Sale en la conversación, repetidamente, la figura de Francisco Abrisqueta, un ilustre colombiano de Bilbao.

  

Me recuerda Santxotena que Expovacaciones tendrá este año de invitado especial a Colombia, lo mismo que tuvo el año pasado a Argentina. Quedamos en coincidir allí con Jaime Almansa, un colombiano que conoce todos los rincones de Euskadi, el más indicado para tender puentes entre nuestras culturas, entre nuestros pueblos, me dice.

En una oportunidad anterior, Santxotena me había hablado con entusiasmo de la influencia de Jorge Oteiza en ilustres artistas colombianos. Me había hablado de Negret, de Beltrán. Y de Abrisqueta, siempre. Oteiza tuvo una relación fascinante con Colombia. Tuvo una relación fascinante con la América toda.

A cuanto está en Internet al alcance de cualquiera, añado dos historias sobre su relación americana, seguramente apócrifas, pero qué más da en una biografía que crece todos los días con cuentos como éste. El primero que me habló de Oteiza fue Eneko Irigarai, en 1964. El debió ser quien me contó que Jorge había tenido amores con Eva Perón. Y, por supuesto, que había tenido que ver con la fundación de un par de partidos comunistas en el Cono Sur.

En 1965, Oteiza se dejó caer por París. Le recuerdo en Passy escribiendo puntualmente a su esposa Itziar en una de esas minúsculas mesas de esos minúsculos cafés parisinos, como sólo hacen los que tienen mucho que hacerse perdonar. Le recuerdo reclamando no sé qué a un museo que había robado a los vascos no sé qué. Ander Landaburu lo debe recordar mejor que yo. También debe recordar, como yo, la visita que hicimos a la Embajada de Cuba para protestar porque no eran capaces de entender que también en Europa había luchas liberadoras de pueblos, protestando porque no habían invitado a ETA a la Trincontinental de La Habana… Nos recibió el agregado cultural, intelectual amigo del oriotarra, que debió pensar: “cosas de Oteiza”.

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