Pequeños gigantes

Gerardo es un niño extremadamente sonriente. Es cariñoso, besucón y un grandioso buscador de abrazos. Tiene 12 años y desde bebé sufre una parálisis cerebral. Según me cuenta su mamá, Julia, cuando Gerardo enfermó a sus 10 meses de vida pasó a estar en cama, sin apenas poder moverse. Gestos tan sencillos como mover una mano o balbucear un par de palabras seguidas se habían convertido de repente en un imposible.

Inmediatamente, la mamá de Gerardo buscó ayuda médica y comenzó a tratar al pequeño Gerardo con fisioterapia. Los altos costes que esto supone en Bolivia obligaron a Julia a fijarse bien en lo que los doctores hacían y ejercer ella misma como uno más. O como una heroína, diría yo. Gracias a la fortaleza, la entrega y el tesón incansable de esta mamá, hoy en día, Gerardo camina, con dificultad, pero camina, mueve sus manitas, empieza a hablar y hasta juega al fútbol, como él me cuenta.

Gerardo asiste todos los días a un centro de educación especial. Allí, junto con otros muchos niños, aprende cosas prácticas para su vida, para convertirse en un jovencito independiente. El resto del tiempo lo pasa dibujando y jugando al futbol. Cuenta muy orgulloso que cuando sea “grande” quiere ser futbolista, como su tío Popeye.

Su mamá cuenta que, a pesar de que todo este proceso ha sido algo muy traumático y doloroso puesto que le ha tocado vivirlo sola, sin el apoyo de un compañero y con escasos recursos económicos, su vida con Gerardo es un regalo: la pelea por la vida de su hijo le llena de fuerza, de energía; su cariño de alegría y cada vez que el peque le grita “te quiero harto”, a esta mamá, se le va la vida. La verdad, no me extraña.

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