Kurt Epstein, el waterpolista que sobrevivió al exterminio nazi

El checo Kurt Epstein (1904-1975) nació en la antigua provincia de Bohemia perteneciente al otrora imperio Austrohúngaro. Se crió en una familia judía y pronto se interesó por los deportes acuáticos, destacando en la natación y el waterpolo durante su periodo escolar.

A los 24 años y con una planta de 1,85 m de altura –todo un portento para el waterpolo de aquel entonces-, ingresó en el ejército checo y fue allí donde el combinado nacional se interesó por sus servicios para que compitiese en la olimpiada de Amsterdam 1928. Pero la cita holandesa no fue la única en la que Epstein compitió en unos Juegos Olímpicos ya que con 32 años volvió a la selección en una de las ediciones más famosas y esperadas para muchos atletas que no veían con buenos ojos el ascenso al poder de Adolf Hitler.

Amsterdam 1928.
Amsterdam 1928.

 

La derrota por un sendo 6-1 frente al conjunto anfitrión dejó a los checos fuera de la lucha por las medallas, obteniendo un noveno puesto empatados con Estados Unidos, Yugoslavia y Reino Unido.

Pero para Kurt Epstein, no sería la última vez que su vida se topase en manos alemanas pues, dos años después de Berlín 1936, Hitler comenzó sus osadías fronterizas con la anexión de los sudetes checos. Pronto comenzaron las detenciones y deportaciones, siendo el jugador de waterpolo uno de ellos.

A lo largo de la contienda entre 1939 y 1945 estuvo encarcelado en diferentes campos de concentración como Terezin, Frydlant o el temible Auschwitz, donde al parecer, pudo estar poco tiempo debido a que los nazis constantemente enviaban trabajadores forzados a diferentes lugares donde se necesitaba mano de obra.

El trabajo os hará libres. / Auschwitz
El trabajo os hará libres. / Auschwitz

Probablemente la condición atlética de Epstein hizo que fuera sacado del campo de la muerte por excelencia. Es decir, sus aptitudes físicas y psíquicas por haber jugado a waterpolo fueron elementos vitales para que Kurt Epstein pudiera sobrevivir a la miseria y a los horrores de los campos de exterminio nazis como reconoció su hija años más tarde.

Al acabar la guerra y ser liberado, tuvo constancia de la muerte de sus familiares tras ser gaseados por las SS. Volvió a Praga y fue nombrado miembro del Comité Olímpico de su país pero, tras la llegada al poder de los comunistas en Praga (1948), emigró a los Estados Unidos donde desembarcó en Ellis Island (Nueva York), punto de entrada de millones de emigrantes que acudían a probar buena fortuna.

Ahí formó una familia pero apenas volvió a tener contacto con el waterpolo. El histórico New York Athletic Club le invitó a ver uno de sus partidos tras un encuentro fortuito entre Epstein y un jugador de waterpolo en el restaurante donde trabajaba el checo de forma temporal, pero curiosamente, en el NYAC, -ubicado en el corazón económico de la nación más “libre” del mundo-, no eran aceptados como miembros los judíos, así que Epstein no pudo ser contratado como entrenador.

La de Kurt Epstein es una de esas miles y miles de historias humanas que esconde el balón amarillo. Ésta es quizá, por las condiciones históricas en las que se desarrolló, una de las grandes olvidadas.