La Guerra de los Balcanes y el waterpolo. Ruptura y reconciliación

Decía Winston Churchill que los Balcanes producen más historia de la que pueden consumir. Una afirmación certera en el caso del waterpolo, pues la historia de este deporte no pueden entenderse sin la participación de las naciones de la antigua Yugoslavia.

Han sido desde su primera aparición en los Juegos Olímpicos un rival a tener en cuenta a la hora de apostar por las preseas. Ya fuera participando como Yugoslavia o, con el nombre de los diferentes países que se independizaron al calor de la guerra civil que asoló ese rincón del Viejo Continente en la década de los noventa del siglo pasado.

Una guerra fraticida de carácter político, religioso y étnico. Es decir, un polvorín cuyas consecuencias fueron nefastas para una población civil que sufrió los desmanes de una guerra sin cuartel. Fue cruel, violenta y sin precedentes en una Europa donde se suponía que tras la Segunda Guerra Mundial, Ares no desataría su furia en los campos europeos.

Así, entre 1991 y 1995 principalmente la población civil de la antigua Yugoslavia contempló los horrores de la guerra desde sus casas. Con una Europa mirando hacía otro lado, el país se fraccionó en seis naciones diferentes y el colapso en todos los ámbitos de la vida del país. Uno de ellos el deporte.

Hermandad y unidad

El Mariscal Tito con la selección yugoslava. / Water Polo Legends
El Mariscal Tito con la selección yugoslava. / Water Polo Legends

Pero ¿fue siempre así? No. En la mayoría de deporte colectivos, los equipos de los Balcanes son, por lo general, rivales con prestigio. Una de las razones de esta fuerza colectiva se debe buscar en los albores de la post guerra mundial. Bajo el lema del Partido Comunista de Iosip Tito, “hermandad y unidad entre las naciones y las minorías nacionales” se trató de que el deporte fuese un elemento social integrador entre diferentes.

El antropólogo Ivan Djordjević, de la Universidad de Belgrado lo explica de la siguiente manera:

Los deportes de equipo en Yugoslavia sirvieron para demostrar que era posible desarrollar una sociedad multiétnica y multicultural exitosa basada en las ideas del socialismo, que el concepto de hermandad y unidad estaba trabajando”.

En el waterpolo, este ejemplo lo encontramos en la generación de polistas yugoslavos de la década de los cincuenta capitaneados por una leyenda del waterpolo internacional: Zdravko-Ciro Kovačić. Este portero fue en su momento uno de los mejores y una eminencia en Rijeka donde sus conciudadanos le seguían llamando cariñosamente hasta su fallecimiento en abril de 2015, “nuestro querido Segnore Ciro” en un lenguaje donde se puede percibir la basta influencia italiana que ha tenido esta ciudad portuaria de Croacia.

Nueve croatas, un serbio y un montenegrino fueron los jugadores que compusieron la escuadra yugoslava para los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 que dirigió el entrenador Božo Grkinić. Dragoslav Šiljak era el único serbio de aquel equipo y, aunque emigró a Estados Unidos en la década de los sesenta, todavía en su casa de Saratoga en California recuerda con cariño aquella etapa de su vida.

Kovacic
Kovacic atajando un disparo. / Water Polo Legends

El serbio, recuerda que a pesar de que al principio no lo tuvo fácil con nueve croatas en el equipo, el capitán de aquella escuadra, Ciro Kovačić, “sigue siendo mi capitán“. Unas bellas palabras que hacen referencia a la buena sintonía que llegaron dentro y fuera del agua. Fue éste sin duda, un elemento que les ayudó a cosechar los grandes éxitos de aquella Yugoslavia de los cincuenta: dos medallas olímpicas de plata en Helsinki 1952 y Melbourne 1956, plata en el Europeo Turín 1954 y bronce en el Europeo Viena 1950.

Del éxito al colapso

Es a partir de esta generación cuando comienza en Yugoslavia un idilio con el waterpolo. El éxito en la participación olímpica hizo que la ambición fuese a más. El país pasó a ganar un total de tres medallas de oro y tres más de plata en los Juegos Olímpicos posteriores y nunca inferior a un quinto puesto.

Los triunfos fueron creciendo para Yugoslavia pero, a finales de los ochenta, cuando el Muro de Berlín comenzó a derribarse por los alemanes de oriente y occidente, Yugoslavia empezó a construir sus barreras internas.

En 1991 se produjeron las últimas apariciones de Yugoslavia en el panorama internacional con sendos éxitos. En primer lugar el Europeo de Atenas y en segundo lugar con el Mundial de Perth. Ambas subiéndose a lo más alto del podium. A partir de ahí la guerra y el reconocimiento de Croacia, hicieron que compitiesen por separado.

Igor Milanovic fue una de las estrellas yugoslavas de finales de los 80 y principios de los 90.
Igor Milanovic fue una de las estrellas yugoslavas de finales de los 80 y principios de los 90.

Si el deporte una vez unió a las naciones yugoslavas, fue el propio deporte uno de los detonantes de la guerra. El 13 de mayo de 1990, una pelea entre los aficionados al fútbol de Dinamo Zagreb y el Estrella Roja de Belgrado en el estadio Maksimir de Zagreb fue visto como un entierro simbólico del Estado yugoslavo, un presagio de la guerra entre serbios y croatas que comenzaría al año siguiente.

Los deportes, habiendo sido utilizados para construir puentes, ahora estaban siendo usados para cavar trincheras. Los políticos de línea dura abrazaron a los hooligans. Los palcos de fútbol se convirtieron en focos de nacionalismo.

Como en toda guerra, el waterpolo también salió perjudicado. Lo más afortunados pudieron marcharse del país y huir de las atrocidades. Otros en cambio, no tuvieron tanta suerte y su destino estuvo ligado a la evolución de la guerra. Jugadores con un futuro prometedor en Europa se marcharon de la zona de conflicto como el croata Hrvoje Cizmic de Split o su amigo Marko Zagar -cuyo padre también perteneció a la selección de Croacia-, en dirección a Estados Unidos por iniciativa de Jovan Vavic, asistente del entrenador de los troyanos USC.

Vavic como entrenador de USC
Vavic como entrenador de USC

Zagar pudo haber tenido una carrera prometedora en la selección croata pero, a pesar de la amenaza que recibió de su seleccionador  -si se marchaba no volvería a ser llamado para jugar con Croacia-, éste decidió emigrar. Atrás quedó ser nombrado máximo goleador de la selección nacional junior en 1989 y el MVP del Campeonato Nacional en 1990.

Como estos dos jóvenes hubo muchos más que salieron de sus países con el objetivo de seguir jugando a waterpolo.

Mientras que para el resto de naciones de la antigua Yugoslavia la guerra hizo estragos en los equipos deportivos, para los croatas comenzó una incipiente época dorada con la consecución por parte del Mladost de la Copa de Europa por clubes y, continuó en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996 con la plata obtenida en aquella final en la que España hizo historia al lograr la presea más codiciada de todas.

Pero la gran mayoría de equipos, fruto del colapso económico de la guerra, no dispuso de dinero y algunos de los equipos con más proyección tuvieron que abandona su actividad.

De la ruptura a la paulatina reconciliación

Seis años después y finalizado el teatro de operaciones en los Balcanes entre Serbia y Croacia, la ciudad croata de Dubrovnik fue sede de las semifinales de Liga de Campeones de Europa de waterpolo. Kovačić, era un invitado de honor en el partido entre las escuadras del JUG (Croacia) y Bečej (Serbia). Corría el año 2001 y las cicatrices no estaban cerradas.

Imagen del encuentro entre Serbia-Montenegro vs Croacia de 2003
Imagen del encuentro entre Serbia-Montenegro vs Croacia de 2003

El ambiente era un infierno. Más de 5.000 personas en la piscina asistieron para ver el encuentro. Un escenario idóneo digno de una semifinal europea. Pero poco después del comienzo del choque, los aficionados croatas comenzaron a corear: “¡Matad a los serbios!”, Kovačić inmediatamente se levantó y se fue. Es cierto que durante ese período, los aficionados serbios en Belgrado utilizaban para cantar “Matad a los Ustasha!“, llamando a los croatas por el nombre del régimen fascista que gobernó el país durante la Segunda Guerra Mundial. Pero para Kovačić, eso no era una excusa.

Un ejemplo de cómo cerrar las heridas para ambos bandos no fue nada fácil. Este y otros episodios tuvieron réplicas en el waterpolo.

En 2003, durante el Europeo disputado en Eslovenia, se enfrentaban en la final Serbia y Montenegro contra Croacia. Curiosamente el partido tuvo lugar en otro ex país yugoslavo. Los aficionados croatas acudieron por millares a la final. Fue un ambiente hostil en las gradas, no así en el agua pues la relación de los jugadores fue cordial e incluso se hospedaban en el mismo hotel.

Serbia y Montenegro venció a Croacia por un tanto –gol de Sâpic-, y al final del encuentro se desató el infierno. Los aficionados croatas se enfrentaron a los serbios a puñetazo limpio e invadieron la zona mixta resultando herido un jugador serbio. La LEN tuvo que suspender la ceremonia de medallas y se hizo en el hotel.

Las imágenes enfurecieron a los serbios en Belgrado que quemaron banderas croatas y atacaron incluso la embajada croata en la capital serbia. El problema tomó un cariz político e, incluso a nivel diplomático los embajadores fueron llamados a consulta. Hubo incluso fallecidos como consecuencia de los disturbios.

Más de una década después la situación ha mejorado mucho. No se han dado incidentes de importancia entre ambas aficiones y parece que la colaboración entre los países de la zona mejora en todos los campos, también en el deportivo. Así, en lo concerniente al waterpolo, en 2008 fue fundada la Liga Adriática de waterpolo que reúne a un total de 16 equipos procedentes de Croacia, Eslovenia, Montenegro y Serbia y fugazmente el Pro Recco italiano. Por consiguiente, los partidos entre clubes croatas y serbios se están volviendo la norma, provocando que sucesos como los del 2003 sean cada vez más improbables. Ahora, el clima bélico que llevan en la sangre, ese carácter especial que les hace jugársela en determinados momentos, sólo se ve en las piscinas para desgracia de los equipos rivales. Y es que los jugadores balcánicos saben lidiar con situaciones de estrés competitivo.