El lenguaje nos ayuda a cooperar

Todas las especies sociales han de afrontar lo que se denominan “problemas de acción colectiva” o “dilemas sociales”; dicho de forma más simple, han de resolver las dificultades que entraña la cooperación. En comparación con otras especies, los seres humanos somos muy buenos a la hora de resolver esos dilemas; de ese modo evitamos, por ejemplo, la denominada “tragedia de los comunes[1]”, “el dilema del prisionero” u otros similares.

A diferencia de los insectos sociales, los seres humanos no tenemos asimetrías en los parentescos genéticos ni especializaciones reproductivas que faciliten la selección de parentesco. Tenemos, eso sí, memoria y capacidad para reconocer a otros individuos, y eso facilita la reciprocidad condicional (altruismo recíproco), pero no hay razones para pensar que en esas habilidades somos mejores que otros primates. Y en cualquier caso, no se puede extrapolar de forma directa a grupos humanos de gran tamaño el altruismo recíproco propio de las relaciones entre dos individuos.

Tanto la evidencia como la teoría sugieren que hay un elemento en la condición social humana que facilita la acción colectiva. Y ese elemento ha sido tentativamente relacionado con varios atributos humanos, como la inteligencia, ciertas habilidades cognitivas especiales (teoría de la mente, intencionalidad), la herencia cultural, la competencia intergrupal o el lenguaje. El antropólogo Eric Alden Smith, de la Universidad de Washington (Seattle, EEUU), ha publicado recientemente un interesante análisis sobre esta cuestión, en el que evalua el papel del lenguaje y atribuye a éste un papel clave en el desarrollo de una acción colectiva exitosa. Llegados a este punto habrá quien piense que todo esto es trivial, pero lo cierto es que no lo es en absoluto, porque no es obvio que uno de los atributos considerados deba ser el responsable de nuestra capacidad para resolver dilemas sociales y hacerlo, además, en la escala propia de los enormes colectivos humanos en que opera con éxito.

Los problemas de coordinación aumentan de forma importantísima conforme los grupos se van haciendo de mayor tamaño. El lenguaje facilita la coordinación compleja en ese contexto, y es esencial para establecer normas explícitas y reglas de asignación de recursos que sirvan para motivar a las personas para que cooperen de forma voluntaria en grupos grandes. Por otra parte, el lenguaje disminuye significativamente los costes que acarrea la detección y el castigo de quienes no respetan las normas; se amplifica así el ámbito y potencial de la reciprocidad condicional estándar. Y además, la comunicación simbólica estimula nuevas formas de actuación colectiva beneficiosa, como por ejemplo, una adecuada gestión de la reputación, algo a lo que en lenguaje evolucionista se denomina “señalamiento” (signalling) y “reciprocidad indirecta”.

La comunicación simbólica también permite obtener otros beneficios de la acción colectiva, como los que se derivan de la posibilidad de compartir información acerca de momentos y lugares distintos del presente y del entorno más próximo. Esos elementos pueden amplificar en gran medida las ganacias potenciales de la cooperación grupal y, por lo tanto, incrementar los incentivos, en forma de mayor éxito, para resolver problemas de acción colectiva.

El lenguaje es una adaptación reciente que abre nuevos nichos para nuestra especie. No se trata de que la capacidad para el lenguaje evolucionase precisamente por su utilidad para resolver problemas de acción colectiva. Lo que sostiene Eric Smith es que una vez que hubo surgido la comunicación simbólica, pudo ser utilizada para ampliar el ámbito e intensidad de la acción colectiva. Y a su vez, ello habría dado lugar a una mejora en la eficiencia y precisión de la comunicación, o lo que es lo mismo, se habría producido una retroalimentación positiva dinámica o coevolución del lenguaje y la acción colectiva. En suma, hay sólidos argumentos teóricos y evidencia empírica que indican que el lenguaje amplifica algunas fuerzas preexistentes que favorecen la evolución de la cooperación, a la vez que crean nuevas oportunidades para la acción colectiva a la que no tuvieron acceso nuestros antepasados primates más próximos.

Este tema no ha sido casi objeto de investigación por parte de las ciencias sociales, ni tampoco de la teoría evolutiva. La ciencia social analiza la acción colectiva sin pararse a considerar, -al dar por supuesta la excepción humana-, el papel de nuestras habilidades comunicativas. En teoría evolutiva se han elaborado modelos de la evolución de la cooperación con suficiente carácter general como para ser aplicados a un amplio conjunto de especies, razón por la cual han evitado cualquier supuesto relativo a habilidades comunicativas especializadas. Por ello, ambas tradiciones, cada una por sus propias razones, han omitido un elemento clave que ha podido permitir que la acción colectiva haya florecido en nuestra especie.

Referencia: Eric Alden Smith (2010): “Communication and collective action: language and the evolution of human cooperation”. Evolution and Human Behavior, vol. 31: 231–245


[1] No me gusta esta traducción de la expresión inglesa “the tragedy of the commons”; me parece más adecuada la expresión “el drama del comun”, pero he dejado la anterior porque es la que he visto en distintas fuentes.

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