La empatía quizás no sea cosa de hombres

La testosterona es un esteroide y es la hormona masculina por excelencia. También se puede decir que es la hormona masculinizante, aunque las mujeres también producen una cierta cantidad de esta hormona. Su acción durante la preadolescencia y adolescencia es la responsable de la aparición de los caracteres sexuales masculinos secundarios, y de la masculinización de los rasgos faciales y de la voz. Durante la madurez ejerce efectos múltiples de diversa índole, tanto en relación con el funcionamiento de los genitales como sobre la masa muscular y el crecimiento de los huesos. Además, durante el periodo fetal, entre la cuarta y la sexta semana de embarazo, la testosterona es la hormona responsable de la masculinización anatómica (formación de los genitales) y cerebral.

Los efectos de la testosterona no se limitan a lo anatómico o a lo puramente fisiológico en relación con la reproducción o la sexualidad. También afecta a algunas facetas del comportamiento. Por ejemplo, parece ser que la predisposición a adoptar comportamientos de riesgo, depende de los niveles de testosterona sanguínea. Y hay otros rasgos del comportamiento que están bajo el control de ese esteroide. El último descubrimiento publicado en relación con esta hormona se refiere a su efecto sobre la empatía.

Desde hace tiempo se sabía que las mujeres tienen más empatía cognitiva que los hombres y, en general, mayor inteligencia social. La empatía cognitiva consiste en la capacidad para inferir los sentimientos o emociones de otras personas a partir de un conjunto de claves, principalmente faciales, y más en concreto, de la zona que rodea a los ojos. Pues bien, resulta que el suministro experimental de testosterona provoca una disminución de la empatía cognitiva, tal y como se determina de manera estándar utilizando un test en el que se determina la capacidad para “leer la mente” de otras personas a partir de las claves que ofrece la zona de la cara que rodea los ojos. El test empleado en este estudio fue el RMET (reading the mind in the eyes task), muy utilizado en estudios sobre autismo, dada la conocida incapacidad de las personas autistas para “leer la mente” de los demás.

Este trabajo se realizó con mujeres jóvenes. Dado que las mujeres gozan, como se ha dicho, de mayor inteligencia social que los hombres, el margen de variación (disminución) por efecto de la testosterona es mayor que el que hubiese habido si el trabajo se hubiese realizado con hombres. Pero hay más, resultó que el efecto de la testosterona fue muy variable, y esa variabilidad se puedo relacionar con el nivel de testosterona al que habían estado expuestas las mujeres durante el periodo de gestación entre las semanas cuarta y sexta.

Aunque desconozco la base del fenómeno, un indicador anatómico sencillo informa acerca de si una persona ha experimentado una alta o baja concentración de testosterona entre la cuarta y la sexta semana de gestación. Se trata del índice entre la longitud del dedo índice (D2) y la del dedo anular (D4): D2:D4. Al parecer, valores bajos e inferiores a 1 de ese índice (dedo índice de menor tamaño que el dedo anular) indican que el feto ha experimentado altas concentraciones de testosterona, y valores altos indican lo contrario. Se trata de un indicador que también funciona en otras especies de mamíferos, y cuya validez ha sido probada experimentalmente en alguna especie, aunque hay investigadores que manifiestan dudas acerca de su significado y alcance.

El caso es que las mujeres con un valor bajo de la ratio D2:D4 (dedo índice bastante más corto que el anular) se vieron mucho más afectadas por el suministro experimental de testosterona y las que tienen una valor más alto de ese índice (dedo índice algo más largo que el anular) se vieron menos afectadas o no experimentaron cambio alguno.

Hasta donde me alcanza, me da la impresión de que el estudio está, metodológicamente, bien hecho, y aunque el número de mujeres estudiadas es quizás bajo (16), las conclusiones están estadísticamente bien fundamentadas. Hago esta observación porque el resultado del estudio me ha parecido, en un principio, bastante sorprendente.

La conclusión de este trabajo es que el efecto negativo de la testosterona sobre la empatía se produce a través de una doble vía: para que se produzca no basta con se eleve la concentración sanguínea del esteroide masculino; es preciso que la misma hormona haya actuado sobre la organización cerebral en las etapas tempranas del desarrollo. El efecto de la testosterona durante el periodo fetal se enmarca en el conjunto de efectos “masculinizantes” de esta hormona a que me he referido antes, y  consistiría, en concreto, en una especie de preprogramación. Más sorprendente me resulta el efecto a corto plazo (menos de cinco horas) del suministro experimental del esteroide masculino; según los autores del trabajo es posible que tal efecto se ejerza a través de la inhibición de la producción de la oxitocina (hormona/neurotransmisor de la que me he ocupado aquí en otras ocasiones), ya que, dependiendo de las condiciones, la testosterona puede reducir la producción de oxitocina. A favor de esta hipótesis juega el hecho de que el suminstro experimental de oxitocina a hombres jóvenes provoca un aumento de su empatía cognitiva; esto es, el efecto contrario al descrito en este trabajo para la testosterona.

La testosterona nos hace más masculinos, nos da más fuerza, nos hace más agresivos, eleva nuestro deseo sexual, provoca que adoptemos comportamientos más arriesgados. Y por si lo anterior fuese poco, nos hace más insensibles a las emociones ajenas, pues es eso y no otra cosa lo que se deriva de esa menor empatía cognitiva. Se me ocurre que si no es un subproducto evolutivo con el que hemos de cargar, quizás sea una adaptación para hacer de los hombres seres menos influenciables por las emociones ajenas, más insensibles, quizás más despiadados. Da que pensar, desde luego.

Fuente: Jack van Honk, Dennis J. Schutter, Peter A. Bos, Anne-Wil Kruijt, Eef G. Lentjes, and Simon Baron-Cohen (2011): “Testosterone administration impairs cognitive empathy in women depending on second-to-fourth digit ratio” Proceedings of the National Academy of Sciences USA 108 (8): 3448–3452

2 pensamientos sobre “La empatía quizás no sea cosa de hombres

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