Archivo por días: 11 diciembre, 2010

Amor de abuelos, un cuento de la argentina Marita Echave.

AMOR DE ABUELOS

“¿Qué sentirán al besarse  ¿Se besarán? ¿Cuál será la impresión al acariciar la piel arrugada o los muslos fláccidos? ¿Podrá existir pasión en la vejez?”

Con la idea que el amor sólo anida en los cuerpos jóvenes, pensando que el alma que los habita envejece al mismo tiempo, no me era posible imaginar -en la niñez, menos en la adolescencia- el amor, la pasión, la sexualidad ardiente en los ancianos. No concebía el amor sino en el presente y en la juventud.

Pero de vez en cuando me asaltaba aquel recuerdo de mis abuelos besándose con deleite y ternura a los casi ochenta años. Ella estaba en cama con reposo indicado por el médico. La habitación olía a magnolias. En la cómoda alta, donde guardaba las sábanas, siempre había un vaso de cristal labrado con un ramo de magnolias que religiosamente le traía la “Negra” Araya, la vecina amiga, porque sabía que eran sus flores preferidas. Esa tarde mi hermano y yo entramos, creyendo que dormía, pero nos encontramos con la más bella escena de amor que pudimos ver a nuestros siete u ocho años. El abuelo estaba reclinado sobre ella besándola en la boca, y ella le había sacado la txapela -la boina- y jugaba con sus escasos cabellos devolviéndole el beso. No olvido la mirada que lo decía todo:”Zenbat maitezu, nere txotxolo” –  Cuánto te amo zonzito mío-

El nerviosismo y la sorpresa nos hicieron reír. El abuelo se dio vuelta, y al vernos, se puso la boina y quiso escapar pero ella lo tomó de un brazo, se colgó de su cuello y lo besó con más fuerza aún “Pero no sea txotxolo, tonto, hombre -le dijo-¿No ve que son nuestros nietos, que ellos saben como nos queremos aunque seamos viejitos?.” Con el brusco ademán, la larga cabellera, que ella usaba, torzada en un rodete sujeto con peinetas, se había derramado sobre sus hombros, y a mí me pareció que era una chica jovencita la que nos decía eso riéndose, y no mi abuelita enamorada, a la que yo siempre había visto como una anciana frágil y enferma.

Quizás fue esa imagen la que nos quedó en el alma como una indeleble impresión de ternura…como el mandato que todo amor debía ser eterno.

Y quizás por eso también me ha costado tanto comprobar que nuestros amores posmodernos son casi fugaces, descartables, sujetos al paso del tiempo, a los cambios de la economía y a los descubrimientos constantes de las nuevas aplicaciones del colágeno, las siliconas, y el ácido hialurónico.

Hoy que he caminado poco más de medio siglo. Que he vivido el desmedido e inexperto amor de la juventud; la aventura, la pasión y el amor con todas las caras y fases de la madurez.  Hoy ya no me es difícil entender que no hay diferencia aunque los cuerpos cambien, porque el alma que los habita no tiene tiempo ni frontera.

Así como el ser de mi abuela, mi ser siente de la misma manera, con la placidez y la sabiduría que me han dado estos años, con amores perdidos y encontrados, con pequeños y grandes amores, con amores de película y de tragicomedia, con amores propios y ajenos. En fin, no ha sido mi vida la que soñé viendo a mis abuelos y a mis padres. Nadie sabe exactamente qué encontrará en

amor de abuelos

ese camino. Y en cierta forma el ser de mi abuela lo recorrió en cada etapa con el compañero que envejeció físicamente a su lado.

La incertidumbre, las posibilidades, la capacidad de manejar el propio destino – y no la segur

idad, lo exacto, la fidelidad, el amparo-  son más bien las condiciones que nos impone el divino Eros sobre el final de estos tiempos.

Quizás el gran cambio que se

está produciendo en las condiciones del planeta y de la humanidad nos obligue a valorar en todas las etapas de vida, la piel, los ojos, el pecho, las manos, el cuerpo todo, de quienes son objeto de nuestro amor, a verlos con una mirada más profunda; a sentirlos con un corazón abierto y no con un cerebro condicionado. Quizás el cambio nos enseñe a Amar.