Manolo

La Soledad del Aeropuerto

Llum Saumell

No entendí nada. Agudicé ambos oídos. La voz metálica repitió la llamada. No era aún mi vuelo. Íbamos con retraso y, justo antes de volver a mi novela, le vi.

Estaba sentado a pocos metros y absorto en algún pensamiento que provocaba bonachonas arrugas en su calva y alrededor de sus ojos achinados, tras las gafas con exceso de dioptrías. Me fijé en sus pies, enfundados en mocasines oscuros e impecables. Me parecieron pequeños para su corpachón en traje oscuro, camisa algo arrugada, sin corbata colgando. Notó mi examen y, a su vez, me miró. Algo azorada, me refugié en mi libro.

– ¿Te gusta? Siempre aprovechaba el tiempo en los aeropuertos para leer, poco más se puede hacer aquí, ¿no? ¡se come tan mal! ¿cuál es el título?

Le mostré la portada de Las golondrinas de Kabul. No sé qué curioso interruptor se accionó en mi mente y le solté: ¿Has leído Los pájaros de Bangkok?

Creí advertir, entre sus ojeras, un destello burlón. Se levantó con insólita agilidad y se sentó a mi lado. No me molestó. Su aspecto era reconfortante.

– ¿Se parecen ambos libros?

– Poco o nada que ver – la vergüenza me subió a las mejillas.

– ¿Te gustó Los pájaros de Bangkok?

– Sí. Y Los mares del sur, La Rosa de Alejandría, El Balneario… Pepe Carvalho me cae bien ¿y a ti?

– No es mal tipo, aunque queme libros… o tal vez por eso. La verdad es que me ha dado más alegrías que disgustos, aunque siempre le he recriminado un poco que su fama restara importancia a la poesía o a los ensayos… supongo que nuestra época es así. Gustan más los libros que, aparentemente, son ficción.

– De todos modos –salí en defensa de Carvalho- sus casos son más reales y suelen estar muy bien documentados.

– ¿Te has tropezado con asesinatos como los de Carvalho? – sonó a sorna.

– No, pero tampoco he viajado a los mares del sur y existen – la brusquedad no palió mi endeble argumentación, pero él me concedió un susurrante “en eso tienes razón” y me envalentoné-: los detectives de las series novelescas son muy previsibles, como el Poirot de Agatha Christie, que siempre sigue un esquema parecido, un método muy forzado en ocasiones. El asesinato de Rogelio Ackroyd es la única que logró sorprenderme, por lo que recuerdo.

– Estoy de acuerdo, pero Diez negritos creo que es merecedora de su fama… Últimamente estoy un poco alejado del mundo: antes leía todo lo que podía: periódicos, libros, ensayos… ¿Maruja ha publicado algo?

– ¿Torres? – no hay otra Maruja – No hace mucho publicó uno sobre El Líbano.

– Todos tenemos nuestras fijaciones…. Está enamorada de Beirut.

– ¿Cuál es tu ciudad? – intuí su respuesta. Aunque no sentí temor alguno, recordé su libro Mis almuerzos con gente inquietante.

– Bangkok, por supuesto… Recuerdo un recorrido solitario por la ciudad, por Chiang Mai, por el Triángulo del Opio, bajé en un tren hasta la costa del golfo de Siam, me fui a una isla, que entonces era desértica y maravillosa, Koh Samui e incluso publiqué un libro de poemas sobre ella… Praga también me inspiró un poemario.

– ¿Has estado en todos los países que aparecen en tus libros?

Manuel Vázquez-Montalbán, aunque muerto, conservaba su perspicacia y su aplomo, así que su semblante no mostró agrado ni disgusto por reconocerle.

– Lo más interesante de todo el proceso de creación de una obra, es la reacción del lector. Ahora tal vez ya no debería importarme, pero… ¿crees que he estado en todos esos países?

– Lo parece, sí… Tal vez en Milenio hay demasiados párrafos que parecen extraídos tal cual de guías de viaje o folletos turísticos…

– No tuve tiempo de corregir ese libro. No creo que sea necesario decirte que, precisamente, me estaba documentando para él cuando sucedió el desagradable imprevisto.

Su voz había decrecido en intensidad, pero pronto recuperó el tono grave de profesor que yo recordaba cuando, hará casi veinte años, aceptó la escueta invitación telefónica de un grupo de estudiantes en huelga para participar en una mesa redonda, en la Universidad Autónoma de Barcelona.

– En alguna ocasión he escrito sobre ciudades que no conozco, pero con angustia porque como periodista me preocupaba dar impresión de veracidad.

– ¿Qué es o sería de Carvalho ahora?

– Pues, no lo sé. Es un personaje tan independiente que incluso ha publicado su propio libro de recetas… –intentó un amago de sonrisa- pero Milenio tiene un final tan….

– No he leído el segundo tomo de Milenio – me da mucha rabia que me cuenten los finales y él lo captó.

– En la novela que publiqué antes de Milenio, El hombre de mi vida, intento con mucha sorna que se convierta en un espía de la Generalitat, pero no sale bien… Quería también recuperar una novela radiofónica de espías, que escribí hace casi cuarenta años, con un Carvalho joven…

– ¿De dónde sacabas tiempo para escribir tanto y de tantos temas? Incluso el libreto del musical Flor de Nit… ¡Hubo una época en la que parecías estar por todas partes, saber de todo!

– Escribía a veces muchísimo y a veces nada, pero son muchos años de oficio y me cundía. El hecho de abordar diferentes géneros, de publicar en prensa, daba la sensación de estar más presente que otros escritores, más encerrados en su mundo recreado, como Elías Canetti, que no salió a la calle ni cuando ganó el Nobel…

No insistí en los muchos proyectos que, seguro, le quedaron por escribir. Montalbán publicó más de treinta libros, entre novelas, poemarios, cuentos, ensayos, obteniendo varios galardones – como el Planeta, del que luego se reiría, creo yo, en El premio– e incluso participó en guiones durante la niñez de la televisión catalana. Hablamos de todo. “Llámame Manolo”, me dijo en un momento dichoso, hablando, cómo no, de gastronomía.

De repente anunciaron mi vuelo y, sorprendentemente, entendí la voz. Guardé el libro de Yasmina Khadra, mantenido contra mi pecho como escudo protector inconsciente, y me alcé.

– ¿Y Biscuter? – le pregunté, ya en la cola de embarque.

– Estará preparándome unas sardinas, que deben ser pequeñas, pero sin exagerar. Primero hay que limpiarlas bien y él le añade un aliño de aceite de oliva, ajo y perejil..

No me despedí. Foto Maria EspeusD30

No es necesario.

Cuando quiero su compañía la hallo en sus libros.

3 pensamientos sobre “Manolo

  1. Edu

    Me encontré casualmente con Vázquez Montalbán hace mucho tiempo, pero no en un aeropuerto, sino en una estación. No le dije nada, simplemente le observé: coincido con la descripción (bonachón, arrugas de reflexión, lentes gruesos…)

    ¡Me gusta el final!

    No me despedí.
    No es necesario.
    Cuando quiero su compañía la hallo en sus libros.

    Allí nos encontraremos, ¡compañero!

  2. mafalda

    A mi me encantan los aeropuertos, las estaciones, las paradas de bus…… me gusta observar a la gente y he encontrado actores, deportistas, escritores, famosetes, etc, etc, a algunos los he saludado y ha aumentado mi admiracion hacia ellos como es el caso de los escritores Josep Mª Espinas o Miguel Delibes, actores como Ramón Madaula o Josep Mª Pou. No les pido autografo ni me fotografio con ellos, solo les saludo y si puedo mantengo una conversacion y me gusta ver que son “normales” y estan nerviosos por subir al avion o por perder el equipaje o encantados de llegar a una ciudad desconocida, en fin lo mismo que nos pasa a todos. Me gustan los aeropuertos, mejor dicho el movimiento humano que hay en ellos.

  3. milagros de rosell

    Me seducen los aeropuertos; con ese semblante de prisa y ansiedades que llevamos todos al llegar a los controles aeropiortuarios, la incertidumbre emocionante del país a visitar y la otra: si llegaremos a disfrutarlo realmente ,porque nunca se sabe! cuando un motor comienza a chisporrotear. En fin…al llegar, otra emoción : si es Frankfurt, por ejemplo, con sus avisos de que todo el mundo cabe en tu mano, y que para quienes vivimos en América es casi imposible de concebir: tanta Europa junta. Lo variopinto y hermoso de los ropajes de lan mujeres indias o de los africanos . Las tienditas con sus comidas y artesanías locales, los cosméticos imposibles de conseguir en países con controles de importación. En fin, un mundito apretado de corazón.Buscaré las obras de Manolo Vásquez.

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