Alicia

MI NOMBRE NO ES ALICIA

de Llum Saumell

Cuentos silenciosos, de Benjamín Lacombe. Editorial Edelvives. Foto Llum.

Cuentos silenciosos

Había pasado más de una docena de veces por delante de ese añoso edificio de piedra, desgastada por las lluvias y el tiempo.
Destacaban sus ventanas pintadas de vivos colores, como si albergaran niños. Colocada de una manera peculiar,como si colgara un poco, algo ladeada, como si no diera acceso a ningún espacio, había una puerta, chiquitita en contraste con las dimensiones de esa casa torre. Aunque me llamaba la atención ese edificio solía pasar de largo; siempre con prisa, corriendo porque llegaba o volvía tarde del trabajo.

No sé muy bien qué me impulsó, esa lluviosa mañana de finales de octubre, a pararme ante la casa. Observé su fachada principal como quien mira un rostro, una cara conocida, pues eso parecía, una cara: dos ventanales azules hacían de ojos, cerrados por unos párpados pintados de violeta pálido y, justo en medio, una especie de gárgola no siniestra – pues aunque estaba rota, simulaba un rechoncho gato que provocaba más sonrisa que pavor- hacía a su vez de nariz, por la que goteaban gotas de lluvia incesante.

En su “frente”, algunas grietas dibujaban arrugas, como si algo preocupara al edificio y el tejado de pizarra negra caía cual corta melena. La boca era pequeña, roja, amable, aunque algo torcida. Me acerqué a ella: colgaba un cartel en forma de tetera inglesa, también algo inclinado.

– El gato de Cheshire – leí en él, entonces aún sin recordar.

Decidí tomarme un descanso y un té. Empujé la puerta y ante mí apareció una sala espaciosa y muy iluminada, como si allí dentro brillara el sol.

-¡Qué sensación más extraña! – pensé al entrar-. Es como si me encogiera, como si entrara a través de un telescopio.

Era, en efecto, como si midiese poco más de cincuenta centímetros, pues el techo se me antojó lejísimos. Las paredes eran muy altas y estaban decoradas con enormes naipes de la baraja francesa y con pequeños dibujos de carbonilla. Dibujos enmarcados de relojes, personajes con grandes sombreros, árboles con puertas y gatos. Gatos sonriendo.

Las pocas ventanas y las puertas, por contra, parecían muy pequeñas. Las pocas mesas y sillas que había estaban pintadas de distintos colores y eran de tamaños distintos. Elegí la que me pareció más adecuada para estar cómoda . Me sentía a gusto, aunque todo era muy extraño, como si estuviera dentro de un sueño, acogedor, a resguardo de la cotidiana, rutinaria vida.

Me pareció ver a alguien al fondo, alguien alto y muy delgado, hasta que me di cuenta de que se trataba de un espejo que reflejaba mi imagen distorsionada.
-Un espejo de feria –murmuré.

No sé cómo, apareció a mi lado un hombre de pelo algo rizado y porte añoso. Me fijé en su pajarita blanca y su traje gris, pulcro, que destacaba en ese entorno de colores pastel.

-Alicia, le recomiendo el té de Surrey y la tarta del Sombrero – me dijo.

– No, creo que se confunde. Mi nombre no es Alicia. Yo soy…

– Eres tú la que te confundes- Aquí sí lo eres – interrumpió él sin brusquedad-. Permíteme que me presente: soy Charles Lutwidge Dodgson, pero puedes llamarme Lewis, querida niña.

Que me llamara “niña” a mis cuarenta y tantos años no me disgustó demasiado. Obvié su extraño comportamiento, pues en el fondo me estaba divirtiendo aquel momento no previsto, rayando el absurdo, y murmuré un gracias antes de pedir, efectivamente, el té recomendado y, saltándome la dieta de después denavidad, la tarta del Sombrero al asegurarme el caballeroso camarero que debíamos celebrar “un no cumpleaños”.

Todo fue delicioso: el té, la tarta, sobre todo, la conversaciín con Lewis que me contí que era profesor de matemáticas, pero para caer en la no menos húmeda, esos días, Bilbao.

En algunos momentos el diálogo se torní absurdo y reconozco que me divertí charrando con frases sinsentido.
Escuché, fascinada como si me narraran un cuento, que había publicado dos libros, “que público y críticos han acogido como si fueran para niños” y que le gustaba la fotografía. Me regalí una en blanco y negro y con las esquinas algo amarillentas. Era de una niña de tirabuzones enlazados, expectante ante un espejo enorme y antiguo.Era una fotografía algo ambigua, no del todo infantil.

Me despedí con pena tras horas de conversación y salí a la calle, sorprendiéndome de nuevo la fiereza de la lluvia, pero con esa sonrisa que te quita una década… Hasta que me volvieron las prisas y el recuerdo de un montón de papeles sobre la mesa de mi despacho.

Miré mi reloj: ¡imposible! A penas había transcurrido un cuarto de hora desde que había entrado en la curiosa tetería.

He vuelto un par de veces más, pero la casa está cerrada y ya no existe ninguna puerta roja. Me han dicho que está en venta. No sé si es buen momento para invertir en ladrillo, con todo esto de la crisis, pero en esa casa el tiempo se detuvo y, con él, mi ansiedad, mi trabajo y mi monotonía. Tal vez sea el momento de cambiar de vida y de abrir ese bar, ese local con el que a veces sueño: un espacio tranquilo, donde ofrecer tarta, té y narraciones.