El número necesita a la palabra

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Los números tienen mucho que ver con las palabras. Tienen tanto que ver, que hasta nuestra capacidad para manejar con precisión el valor exacto que expresa un número depende de que conozcamos la palabra con la que se denomina ese número. Por ejemplo, sin conocer la palabra ocho careceríamos del concepto que expresa esa palabra; la cantidad precisa de ocho nos sería desconocida y no la podríamos manejar con precisión.

Esto lo sabemos porque hay seres humanos que carecen de palabras para denominar cantidades. Los mundurukú son un pueblo amazónico brasileño cuya lengua carece de palabras para denominar los números superiores a cinco. Y los piraha no tienen ninguna palabra para denominar números. Además, no han desarrollado ningún método para comunicar las cantidades para las que no tienen números y son incapaces de representar números altos con precisión.

Los miembros de esos dos grupos humanos no son los únicos que no han aprendido las palabras que designan a los números. Los sordos de nacimiento de países occidentales que no han tenido la oportunidad de aprender un lenguaje de gestos convencional, tampoco conocen las palabras con las que designamos a los números. Estos sordos se comunican con las personas de su entorno mediante gestos, aunque se trata de gestos desarrollados por ellos mismos o por su familiares o personas de su entorno. Es, por lo tanto, una especie de lenguaje informal, no convencional y que no se atiene a normas establecidas con carácter general. En inglés se les denomina “homesigners”, palabra de la que desconozco si existe acepción en español, pero que quiere decir algo así como “gesticulantes domésticos”.

Los sordos a los que me he referido en el párrafo anterior, como los miembros de los grupos

Mundurukús

Mundurukús

mundurukú y piraha, desconocen las denominaciones de los números, pero a diferencia de aquellos, se encuentran inmersos en una sociedad en la que los números forman parte del entorno social y cultural, y en la que es importante y valioso manejar valores numéricos precisos.

Pues bien, al contrario que los miembros de los grupos amazónicos citados, los “homesigners” utilizan gestos para expresar cantidades. Saben que a un conjunto de objetos les corresponde un valor cardinal exacto y que un único gesto puede servir para comunicar tal valor. De hecho, utilizan los dedos de las manos para realizar los gestos que expresan el valor cardinal deseado. Así pues, el entorno cultural numérico de los “homesigners” estimula la comunicación en la que intervienen números y, de hecho, les capacita para razonar de modo bastante preciso acerca del dinero y su valor. Sin embargo, cuando deben representar valores cardinales correspondientes a más de tres objetos, cometen muchos errores. Esto es, encuentran dificultades crecientes conforme los números se van haciendo más grandes.

Esas personas se desenvuelven en un contexto cultural en el que es muy valiosa la representación de números exactos y un contexto social en el que los interlocutores comparten una rutina de contaje y un sistema asociado de números exactos. Y sin embargo, esos entornos no son suficientes para generar una rutina de contaje o representación de números exactos que sean flexibles y utilizables en diferentes ámbitos o con diferentes propósitos.

manosLa conclusión que yo he extraído de este conjunto de observaciones es que los números, -o al menos los números superiores a tres o cuatro-, forman parte intrínseca del lenguaje. Si el lenguaje de una persona carece de números o si, por las razones que fuere, no aprende las palabras que los expresan, esa persona no puede manejar números exactos mínimamente altos con precisión. Los números no tienen, por lo tanto, una existencia independiente de las palabras. Son palabras. Para algunos esto quizás es una obviedad; no lo es para mí.

Fuente: Elizabet Spaepen, Marie Coppola, Elizabeth S. Spelke, Susan E. Carey, y Susan Goldin-Meadow (2011): “Number without a language model” Proceedings of the National Academy of Sciences 108 (8): 3163–3168

4 pensamientos sobre “El número necesita a la palabra

  1. celia

    Algunos de tus posts tienen errores muy importantes. Haces interpretaciones equivocadas de algunos conceptos que utilizamos los lingüistas o los neurólogos y eres demasiado atrevido a la hora de elaborar conclusiones. La ciencia no es algo sobre lo que se ‘opine’. Los hechos de la realidad se demuestran científicamente o no. Los científicos no opinamos sobre ellos sino que los intentamos demostrar o falsar.
    Debe haber un espacio para la divulgación científica pero es muy importante que, a pesar de hacer los datos más sencillos para el público general, nunca debe perderse el rigor de la información porque puede acabarse diciendo mentiras.

    1. Juan Ignacio Pérez Iglesias Autor

      Es posible que sea como dices. Normalmente trato de glosar el trabajo que comento sin hacer interpretaciones y limitando mucho la opinión que me merece. Para que el lector pueda consultar la fuente, la incluyo, creo que sistemáticamente, de manera que se puede comprobar si mi “vulgarización” altera o no el contenido del trabajo original. Rara vez elaboro conclusiones que no consistan en las conclusiones que publica el trabajo original. Y no, no es cierto que la ciencia no admita opiniones. Por supuesto que las admite, sobre todo porque el punto débil de muchos de los trabajos es la metodología, y dado que los trabajos pueden haber sido muy afectados por artefactos metodológicos, también las conclusiones a las que llegan admiten opinión. Eso es aún más claro si las conclusiones del trabajo se basan en elaboraciones estadísticas, porque la estadística no admite seguridades. El mismo sistema de publicación se basa, en gran medida, en que lo que se publica es materia acerca de la que se puede opinar. Por esa razón el sistema de revisión por pares implica a más de uno, y muchas veces de dos, revisores, porque “opinan” de forma diferente.
      Por último, reitero que es posible que sea como dices, que cometo “errores muy importantes”, pero sería más eficaz, y sobre todo más honrado por tu parte, si los casos en los que eso ocurre los señalases. De esa forma podría, al menos, servir para no repetir el error. Y en todo caso lo podríamos discutir acudiendo a la fuente original. Y desde luego está fuera de lugar hablar de decir “mentiras”. Incorrecciones, malentendidos, errores, etc., pasen; mentiras son palabras mayores. Es una simple cuestión de respeto.

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