La risa alivia el dolor

Reímos a menudo. Otros animales también ríen, sobre todo los grandes simios, y dicen que incluso algunos no primates también lo hacen. Dependiendo de la personalidad, unas personas ríen mucho más que otras. Y los niños lo hacen muchísimo más que los adultos. Reímos con más facilidad y en más ocasiones si estamos acompañados; y es evidente que la risa es muy contagiosa. Me refiero a la risa involuntaria, a la llamada risa de Duchenne, no a la risa o sonrisa que obedecen a un impulso consciente y deliberado de agradar.

La risa cumple una función importantísima en nuestras vidas, especialmente en las relaciones sociales. A la risa se le atribuye el papel de transmitir señales de interés social (también de emparejamiento) hacia otras personas y, con carácter general, induce actitudes positivas en las personas con las que nos relacionamos, facilitando la interacción y reduciendo la amenaza. Quizás, incluso, facilita la cooperación entre los miembros del grupo, y es posible que, por esa razón, haya jugado un papel fundamental en la evolución humana, al haber facilitado la organización en grandes grupos sociales. Es posible que la risa cumpla, en cierto modo, el mismo papel que cumple el “atusamiento” en los grupos de primates, solo que el atusamiento tiene alcance limitado y la risa puede surtir sus efectos en grupos relativamente grandes de personas.

Pero una cosa es la función o funciones que cumple la risa, y otra diferente es el mecanismo biológico mediante el que ejerce esos efectos. Y al respecto, hay quien sostiene que ese mecanismo tiene que ver con un hipotético potencial analgésico del humor, porque se sabe que pacientes hospitalarios a los que se les permite ver comedias en la televisión necesitan dosis menores de analgésicos que los que ven otro tipo de videofilmes. Según ese punto de vista, el efecto analgésico sería la recompensa placentera para el individuo del acto de reír, mientras que en términos sociales, la risa facilitaría la cohesión del grupo o el establecimiento o consolidación de vínculos entre personas.

Para comprobar si, efectivamente, la risa tiene efectos analgésicos, un equipo de psicólogos y biólogos, encabezado por Robin Dunbar, ha llevado a cabo una serie de experimentos en los que han medido el umbral del dolor de personas sometidas a diferentes tratamientos, tanto en el laboratorio (viendo videofilmes de humor o neutros) como en una situación de la vida real (espectadores de teatro humorístico o dramático). En el laboratorio el umbral de dolor se determinaba como el tiempo que los sujetos experimentales toleraban en su brazo una funda de enfriar botellas (a ta inicial -16ºC y duración máxima: 180 s) o un esfigmomanómetro completamente inflado (a una presión de 260-280 mmHg), y en el teatro, como el tiempo que los sujetos aguantaban en posición de sentados en ángulo recto, sin silla y manteniendo la espalda apoyada en una pared. Las pruebas de umbral de dolor las realizaban unas horas antes de exponer a los sujetos al tratamiento e inmediatamente tras concluir la sesión (de video o de teatro).

Los resultados fueron concluyentes: en todos los experimentos se comprobó que al ver películas o representaciones de humor los sujetos se reían con frecuencia y con ganas, y en ellos se elevaba de forma significativa el umbral de dolor tras la experiencia. Solo se elevaba el umbral de dolor cuando lo que habían visto les había provocado la risa.

Según los autores de la investigación, la elevación del umbral de dolor es consecuencia de la producción y liberación de endorfinas en el encéfalo[1]. Y suponen, además, que son los movimientos musculares característicos de la risa los responsables de estimular esa liberación. De ser cierta esa suposición, no tendrían los mismos efectos analgésicos una serie de carcajadas enérgicas y una leve sonrisa.

A la vista de datos como estos, o de otros muchos que muestran bien a las claras los efectos beneficiosos de la risa, uno se pregunta por qué tienen tanto prestigio los dramas y tan poco las comedias y obras literarias de humor. Es como si la cultura de prestigio estuviese empeñada en ir contra el bienestar humano, como si Jorge de Burgos, el monje ciego de “El nombre de la rosa” de Umberto Eco, se hubiera salido finalmente con la suya.

Addenda: Aquí puedes ver  La discusión entre Guillermo de Baskerville y Jorge de Burgos sobre la risa

Apostilla a la discusión entre el monje y el fraile: “…los monos no ríen…” dice Guillermo de Baskerville; pero se equivoca, porque los monos si ríen.

Fuente: R. I. M. Dunbar, Rebecca Baron, Anna Frangou, Eiluned Pearce, Edwin J. C. van Leeuwen, Julie Stow, Giselle Partridge, Ian MacDonald, Vincent Barra and Mark van Vugt (2012): “Social laughter is correlated with an elevated pain threshold” Proceedings of the Royal Society B 279: 1161-1167


[1] Aunque ese es un extremo de difícil contraste, porque las endorfinas no ataraviesan la barrera encefálica y, de hecho, suele utilizarse el umbral de dolor como indicador de su producción.

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