Religión, sexualidad femenina y paternidad

Banani, un pueblo típico dogón

Las normas religiosas relativas al control de la sexualidad femenina cumplen la función de garantizar o tratar de garantizar la certeza del varón en relación con la paternidad de “su” descendencia. En un estudio realizado recientemente al respecto, se ha investigado, mediante análisis de ADN, el fenómeno denominado “cuckoldry” (de cuckold) en africanos de etnia dogón. El fenómeno en cuestión consiste en la infidelidad de las mujeres como consecuencia de la cual, sus hijos lo son de un padre diferente del que es su esposo.

Los dogón son un grupo étnico de Mali. Viven al sudoeste de la curva del río Níger y se estima que su población ronda el medio millón de personas. Hasta 1930, aproximadamente, todos los dogón practicaban una religión propia, pero durante el pasado siglo se ha producido una fuerte penetración del Islam y, en menor medida, del catolicismo y del protestantismo evangélico. Estas religiones son monoteístas y penalizan, de algún modo, el adulterio y los comportamientos que reducen la certeza de los maridos acerca de la paternidad de “sus hijos”.

En el estudio citado se utilizaron marcadores genéticos del cromosoma y en 1.700 parejas padre-hijo, lo que permitió determinar los casos en los que no hay correspondencia entre los marcadores de uno y otro. La incidencia global de “cuckoldry” resultó ser muy baja, de un 1’9%.

Lo más interesante del estudio fueron las diferencias en la incidencia del fenómeno entre diferentes grupos de personas. Los dogón mantienen una tradición que consiste en obligar a sus mujeres a permanecer durante el periodo menstrual en una cabaña especial, a la que se denomina “cabaña menstrual” (menstrual hut). La permanencia en la cabaña permite que los habitantes de la aldea sepan qué mujeres se encuentran en cada momento en esa condición. Y son las pertenecientes a las familias que mantienen sus creencias religiosas ancestrales las que conservan esa práctica. Pues bien, resulta que la incidencia de “cuckoldry” es de tan solo el 1’3% en las familias de estas mujeres, mientras que es más del doble (2’9%) en las que no lo practican. En términos absolutos la diferencia es pequeña (2’9% vs. 1’3%), debido a la bajísima incidencia global del fenómeno, pero a pesar de ello, se trata de diferencias estadísticamente significativas.

Si se atiende a la religión como variable, el fenómeno de “cuckoldry” es cuatro veces más probable entre los dogón de religión cristiana (la mayoría católicos) que entre quienes practican la religión original de la etnia. La diferencia es estadísticamente significativa. Pero es curioso que en los dogón de religión musulmana la incidencia es intermedia entre la de los cristianos y la de quienes mantienen las creencias anteriores, y las diferencias no son estadísticamente significativas. También merece la pena comentar que el islám se introdujo hacia 1930 y el cristianismo llegó dos décadas después. En consonancia con esas fechas de introducción de las nuevas creencias, se observa que la incidencia de “cuckoldry” es más alta conforme las parejas padre-hijo analizadas son más jóvenes.

La diferente incidencia de “cuckoldry” entre quienes tienen unas u otras creencias religiosas tiene relación con las normas, propias de cada religión, conducentes a evitar que tal cosa ocurra. Los dogón que practican la religión propia de la etnia, se valen de la noción de la “contaminación (o impureza) menstrual” para obligar a las mujeres a hacer pública su condición mediante la estancia en la cabaña. De esa forma, no solo el marido, sino todos los miembros de su linaje, son conocedores de su estado; eso les permite reforzar su vigilancia de la mujer tras finalizar la menstruación, lo que hace que disminuya la probabilidad de encuentros con otros hombres. Las mujeres cristianas, por el contrario, no se recluyen en la “cabaña menstrual”, ni dan a conocer de ninguna otra forma si tienen la menstruación o no la tienen. Las mujeres musulmanas tampoco se recluyen en la “cabaña menstrual”, pero deben dar a conocer a sus maridos su condición y no les está permitida la oración; así pues, aunque no tan explícito o “visible” como en el caso de las mujeres de religión dogón, la menstruación de las mujeres musulmanas también puede ser conocida, hasta cierto punto, por el resto de miembros de la comunidad.

Para entender estos comportamientos es preciso tener en cuenta que las mujeres dogón no practican ninguna forma de contracepción y que la gran mayoría (>80%) de ellas tienen entre 7 y 13 hijos vivos. La amenorrea propia de la lactancia dura, en promedio, 20 meses, y la menstruación es un evento poco frecuente y seguido normalmente por un nuevo embarazo, ya que los maridos reanudan las prácticas sexuales con sus esposas inmediatamente tras la menstruación.

Cabaña menstrual (menstrual hut) dogón

Así pues, lo que tratan de evitar la reclusión en la “cabaña menstrual” y los comportamientos asociados es que la mujer tenga hijos con hombres que no sean su marido, y tratan de hacerlo mediante métodos que se revelan ciertamente eficaces. En el caso de los dogón, tal y como ha puesto de manifiesto este trabajo, las prácticas (ligadas a la religión) que regulan de un modo más intenso la sexualidad femenina son las que limitan en mayor medida la incidencia del fenómeno de “cuckoldry”. Pero en otras sociedades también hay o ha habido normas y prácticas con ese mismo objeto.  La “infidelidad” femenina está penalizada en las sociedades patriarcales, porque las relaciones con otros hombres aumentan la probabilidad de que tengan hijos con ellos, y eso puede conducir a que quien herede los bienes familiares no sea hijo del marido. Y por esa razón, todas las religiones de esas sociedades han establecido normas específicas con el objeto de evitar que se produzca “cuckoldry” y, de hecho, los textos sagrados suelen establecer fuertes castigos a las mujeres adúlteras.

En las sociedades modernas, de base industrial y comercial, las normas relativas al comportamiento sexual de sus miembros, y muy especialmente de las mujeres, se han relajado mucho, han dejado de ser cumplidas o, sencillamente, han dejado de existir. Tras esa “relajación” hay factores socio-laborales y avances médicos y farmacológicos evidentes que no es necesario precisar. Pero no debe dejarse de la lado el hecho de que en estas sociedades haya una gran movilidad social y que los bienes de los que disfruta la mayoría de la gente no son bienes heredados, sino bienes adquiridos por uno mismo. Así pues, en estas sociedades, las herencias en la secuencia patrilineal han dejado de ser una fuente significativa de riqueza para la gran mayoría y, por ello, las normas sexuales han perdido su funcionalidad.

Fuente: Beverly I. Strassmann, Nikhil T. Kurapati, Brendan F. Hug, Erin E. Burke, Brenda W. Gillespie, Tatiana M. Karafet, and Michael F. Hammer (2012): “Religion as a means to assure paternity” PNAS 109 (25): 9781–9785 (www.pnas.org/cgi/doi/10.1073/pnas.1110442109)

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