La cara no siempre es espejo del “alma”

El gesto con el brazo y la mano denota que ha ganado el punto

Según el conocido dicho popular, la cara es el espejo del alma. Es una expresión ambigua. Puede querer indicar que la cara expresa la naturaleza, más o menos bondadosa, más o menos malvada, de una persona, y también que refleja estados de ánimo. Pero resulta que esto último no es del todo cierto, no al menos si los estados de ánimo generan respuestas extremas.

Una investigación cuyos resultados se han publicado hace unas semanas en la revista Science ha permitido concluir que la cara no es un elemento diagnóstico fiable para diferenciar estados emocionales extremos opuestos. Para llegar a esa conclusión los autores hicieron diferentes experimentos, según la secuencia que se presenta a continuación.

En un primer experimento un conjunto de personas, -los participantes-, valoraron las reacciones expresivas máximas que se producen, alternativamente, tras vencer o perder un punto en partidos de tenis profesional. Los participantes valoraron el signo y la intensidad de las reacciones emocionales que reflejaban las fotografías de los tenistas a partir de (a) la imagen completa (cara y cuerpo), (b) el cuerpo y (c) la cara. Los resultados indicaron bien a las claras que los participantes no eran capaces de diferenciar el signo de la emoción (victoria o derrota) al contemplar la cara, pero sí lo diferenciaban e identificaban correctamente al ver el cuerpo solo o la imagen completa. Así pues, las caras solas no tienen valor diagnóstico para identificar el signo de la emoción, pero sí lo tienen para valorar su intensidad; esto es, el gesto facial permite identificar que la emoción es extrema (máxima alegría o máximo abatimiento), pero no de qué signo es (alegría o abatimiento).

Lo curioso del asunto es que la mitad de los participantes que valoraron el signo emocional de las imágenes completas afirmaron haberse basado en la expresión facial, y la otra mitad en las claves corporales. Es más, cuando se preguntó a otras personas (distintas de las anteriores) qué parte de la anatomía corporal sería mejor indicador del signo emocional, el 80% respondió que la cara y el 20% restante, que la imagen completa; nadie opinó que el cuerpo solo. Los autores consideran que esa creencia obedece a una ilusión.

En un segundo experimento, los investigadores montaron imágenes en las que combinaron cuerpos de ganadores con caras de perdedores, y viceversa. Y esas imágenes se introdujeron (se diluyeron) en un grupo más amplio de imágenes no manipuladas; se trataba, lógicamente, de que los participantes no fuesen conscientes de que estaban valorando imágenes manipuladas. El signo que percibieron los participantes en las fotos manipuladas dependió del cuerpo, de manera que la misma cara era interpretada como de victoria o de pérdida, dependiendo de que el cuerpo correspondiese a una o a otra.

En un tercer experimento, los participantes valoraron el signo emocional de tres intensas situaciones positivas (alegría, al ver la casa tras haber sido remozada; placer, al experimentar un orgasmo; y victoria, tras ganar un punto en un partido de tenis) y tres negativas (aflicción en un funeral; dolor, mientras se realiza un “piercing” en un pezón; y pérdida de un punto en un partido de tenis). De nuevo, las caras no tuvieron valor diagnóstico. Y en las comparaciones por parejas (aflicción vs. alegría, placer vs. dolor, y victoria vs. derrota) las expresiones faciales tampoco sirvieron para distinguir correctamente el signo emocional. Igualmente, al insertar caras de un tipo en cuerpos correspondientes a la situación emocional opuesta, el cuerpo resultó ser el elemento diagnóstico.

En un cuarto experimento, los participantes contemplaron cuatro tipos de imágenes: (a) caras ganadoras en cuerpos ganadores, (b) caras ganadoras en cuerpos perdedores, (c) caras perdedoras en cuerpos perdedores, y (d) caras perdedoras en cuerpos ganadores. También este caso las imágenes fueron “diluidas” en un grupo mayor de imágenes normales para que los participantes no se percataran de que las fotos habían sido manipuladas. A estos se les pidió que reprodujeran los gestos que expresaban las imágenes, y esos gestos se grabaron en vídeo; de cada vídeo se capturó la foto fija que representaba la reacción expresiva máxima. Y a otras personas, distintas de las anteriores, se mostraron simultáneamente las dos fotos que habían registrado los gestos que reproducían las expresiones faciales de dos imágenes que tenían las mismas caras pero cuyos cuerpos correspondían a estados emocionales opuestos. Pues bien, estos segundos observadores valoraron como más positivas las caras que reproducían el gesto de caras cuyos cuerpos correspondían a la expresión de emociones positivas.

En definitiva, en contra de la creencia general, resulta evidente que las expresiones faciales con que respondemos a estados emocionales extremos carecen de valor diagnóstico en lo relativo al signo de la emoción. Lo curioso es que experimentamos la ilusión que consiste en atribuir a esas expresiones faciales valor diagnóstico. Estos resultados ponen de manifiesto la importancia del contexto corporal en la percepción de las emociones a través de la expresión facial, y la existencia de una brecha elusiva entre la verdad artística (la expresión que esperamos) y la verdad óptica (las expresiones que realmente se producen).

Esa incapacidad para diagnosticar el signo emocional a partir de la expresión facial puede deberse a que la musculatura facial no sea suficientemente adecuada para reflejar emociones muy intensas, quizás porque la calidad de la señal facial se degrada o contiene demasiado “ruido” bajo esas condiciones extremas. Pero también puede reflejar una incapacidad neurológica para diferenciar el signo emocional cuando las respuestas expresivas son extremas. Se sabe que tano el dolor como el placer son modulados por los sistemas opioide y dopaminérgico, y los estudios de imagen encefálica muestran que determinadas regiones (insula, striatum, corteza orbitofrontal, nucleus accumbens y amígdala) son activadas tanto por emociones positivas como negativas. Por lo tanto, es perfectamente posible que exista una imposibilidad funcional de diferenciar el signo de las emociones extremas a partir de las expresiones faciales, y que esa imposibilidad tenga que ver con el modo en que se produce el procesamiento neurológico de la correspondiente información visual.

En todo caso, parece claro que eso no representa un hándicap de consideración, pues si en el curso de la evolución de nuestro linaje no se ha adquirido (o se ha perdido) la posibilidad de diferenciar esas emociones a partir de la información visual de la cara, es porque no ha resultado determinante desde el punto de vista de su valor adaptativo. En otras palabras, si nos hemos arreglado perfectamente sin esa capacidad es o bien porque casi siempre tenemos acceso visual al cuerpo en su conjunto, o bien porque esa información no es demasiado relevante. ¡Quién lo hubiera dicho!

Fuente: Hillel Aviezer, Yaacov Trope y Alexander Todorov (2012): “Body cues, not facial expressions, discriminate between intense positive and negative emotions” Science 338: 1225-1229

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