Inmigración vs. políticas natalistas

En una entrada anterior decía que hay razones muy poderosas para que nuestros gobernantes incurran en el sinsentido de implantar políticas natalistas. Exlicaré ahora por qué lo decía.

Empiezo por reiterar la idea de que habiendo demasiada gente en el planeta es un despropósito favorecer que nazcan más. Lo más lógico sería que si aquí nacen pocos niños, hiciésemos lo posible por que viniesen, -niños y no tan niños-, de otros lugares del mundo. A todos los pueblos, antes o después, ha tocado emigrar; a casi todas partes del mundo, antes o después, han llegado personas de fuera. Los movimientos migratorios son tan antiguos como la misma Humanidad. Ni siquiera es probable que allí donde surgió la especie permanezcan seres humanos cuyo linaje haya permanecido en la zona desde hace 150.000 años. La emigración no es un fenómeno extraño a nuestra especie. Así pues, si en unas zonas del planeta falta gente y en otras sobra, parece que lo más natural es que vengan de donde hay a donde no hay.

Pero eso no ocurre con facilidad; a la inmigración se le ponen trabas. Se las ponen todo tipo de sociedades, todo tipo de gobiernos, sean del color que sean. Sólo se me ocurre una razón para que eso sea así: no queremos vivir en una sociedad en la que hay gente “diferente”. No queremos personas de otro color de piel, de otra cultura, de otras creencias, entre nosotros. Y ante todo, no queremos personas más pobres que nosotros entre nosotros. No creo que ese sentimiento forme parte de un legado cultural profundo; más bien creo que tiene base genética, aunque no lo sé. Pero, seguramente, en nuestro pasado como especie tuvo valor adaptativo. La gente “diferente” representaba, quizás, una amenaza y de ahí que tuvieran mayor éxito reproductivo (sobrevivieron más, tuvieron más prole o ambas cosas a la vez) los que rechazaban al extranjero. No lo sé; lo cierto es que todas las sociedades rechazan al extranjero, y lo rechazan más cuanto más pobre es, aunque lo necesiten. Vemos al extranjero como una amenaza, y al extranjero pobre como una amenaza aún mayor.

Todas las sociedades, -aunque unas más que otras, todo hay que decirlo-, tratan de preservar sus rasgos identitarios. Tratan de conservar lengua, cultura, costumbres, valores considerados propios. Nos reconforta sabernos partícipes de unas tradiciones, formar parte de un grupo que comparte señas de identidad, vernos a nosotros mismos como miembros de una comunidad que se proyecta en el tiempo. No es cierto que esto sea propio sólo de sociedades atrasadas o fundamento de nacionalismos reaccionarios. Esto es algo que comparten daneses, españoles y bereberes. Y además, hay quien sostiene, -aunque yo esto no sé si es cierto-, que las sociedades más homogéneas culturalmente cuentan con sistemas de solidaridad interna mucho más fuertes que las sociedades más heterogéneas.

Sea como fuere, creo que la razón para que regulemos estrictamente y limitemos la inmigración tiene más que ver con consideraciones como las que acabo de tratar que con cualesquiera otras. Pero así y todo, para mí es un despropósito promover más nacimientos, porque sin hacerlo podríamos resolver nuestros problemas demográficos recibiendo a más gentes de otros paises y de otras culturas.

Eso nos obligaría a aprender a convivir con la heterogeneidad y, ya puestos, incluso a sacar partido de ella. En todo caso, deberíamos tratar de conservar una identidad colectiva, unos valores comunes, unos rasgos culturales propios, en definitiva, los elementos que nos permiten sentirnos parte de una comunidad que se proyecta en el tiempo y nos da cobijo y protege.

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