Erradicar enfermedades es difícil, disminuir su prevalencia no tanto…

…aunque depende, como veremos, de los esfuerzos que podamos -o queramos- hacer para conseguirlo. Pero vayamos por partes.

La riqueza de especies de mamíferos y de aves, el gasto sanitario y la población humana total son las tres variables que explican la mayor parte de la variación observada en la riqueza de patógenos entre regiones políticas. Es más, tan sólo el primero de esos tres factores, la riqueza de mamíferos y de aves, explica el 72% de la variación observada en riqueza de patógenos. La prevalencia de los patógenos, si embargo, está relacionada, sobre todo, con la riqueza de patógenos y con los esfuerzos que se realizan para controlar las enfermedades, y en menor medida con el clima y la población humana. Antes de seguir adelante, aclararé que la riqueza de especies se refiere a su diversidad, a si hay muchas o pocas, y la prevalencia se refiere al porcentaje de población que se ve afectada por un patógeno determinado o, si nos referimos al conjunto de enfermedades infecciosas, al porcentaje de población afectada por tales enfermedades.

La fuerte relación entre la riqueza de patógenos y la de mamíferos y aves puede obedecer a diferentes motivos. Es posible que sean los mismos factores los que inciden en la diversidad de unos y de otros. Se sabe que en las zonas cálidas y húmedas hay alta producción primaria y la diversidad de mamíferos y aves se eleva con la producción primaria.  Además, en los entornos de alta producción la tasa de extinción de especies, ya sean patógenas o huespedes, es baja. Y por otra parte, en las zonas cálidas y productivas las tasas de mutación son más altas, los tiempos de generación más cortos (menor espacio entre generaciones) y, como consecuencia de ello, las tasas de especiación resultantes, también son más altas. Muy probablemente, el efecto de la riqueza de aves y mamíferos refleja, en realidad, el efecto de un conjunto de variables difíciles de sistematizar y cuantificar.

Mapa de la malaria

Una segunda posibilidad es que la abundancia de especies de aves y mamíferos ofrezca más posibilidades para que se produzcan saltos de los patógenos desde esas especies a los seres humanos , con lo que si son muchas las especies de una zona desde las que se puede producir el salto, muchos son, a su vez, los patógenos que acaban parasitando a los seres humanos de esa zona. Igualmente, las especies de aves y de  mamíferos pueden ser reservorios alternativos para los patógenos que afectan a las personas. Sin embargo, no parece que ese tipo de relaciones sea la causa del vínculo observado: si lo fuese, cabría esperar que existiese una relación clara entre la riqueza de aves y la de patógenos procedentes de aves, o entre la riqueza de mamíferos y la de patógenos procedentes de mamíferos, y esas relaciones no existen. De hecho, la abundancia de especies de mamíferos es el factor que mejor explica la riqueza de patógenos originarios tanto de mamíferos como de aves.

Y una tercera posibilidad es que la relación causal se produzca a la inversa. Esto es, podría ocurrir que la abundancia de patógenos provocase una mayor especiación (debida a fenómenos de coevolución o carreras armamentísticas coevolutivas entre patógenos y huespedes) o incluso, una menor competencia entre especies huespedes, si esa menor competencia da lugar a una menor extinción de algunas de ellas[1].

En otro orden de cosas, y refiriéndome ahora a la prevalencia de los patógenos, ésta está relacionada con la riqueza de especies de patógenos. Sin embargo, es el esfuerzo que hacen los países en controlar las enfermedades infecciosas la variable que más incide en la prevalencia.

Chinche besucona, el insecto que transmite el mal de Chagas

Todo esto tiene evidentes consecuencias prácticas de cara a la formulación de políticas públicas en materia de salud. Por un lado, hay que asumir que la diversidad de los patógenos seguramente no es una variable en la que se pueda incidir de manera muy efectiva, por lo que hay que partir de la base de que siempre se va a producir un cierto nivel de incidencia de enfermedades infecciosas. Sin embargo, los esfuerzos, económicos y de otro tipo, por controlar la extensión de las enfermedades sí son efectivos, pero lo son para hacer disminuir la prevalencia de las enfermedades infecciosas, y no tanto para eliminarlas completamente. Por esa razón, intensificar esos esfuerzos tendría consecuencias muy positivas en términos de salud pública. Además, desde el punto de vista de los organismos y organizaciones internacionales dedicadas a combatir las enfermedades, esta información es útil, pues seguramente es mucho más efectivo dirigir los recursos hacia el control de las enfermedades, desestimando quizás la pretensión de la total erradicación de algunas.

Esta historia me ha traido a la cabeza algo que escribí aquí hace ya tiempo. Existe una relación entre la diversidad de enfermedades y la de religiones en una determinada área geográfica. Según los autores que describieron esa relación, ello podría deberse, quizás, a que las religiones surgen como mecanismos de aislamiento grupal y evitar así los contagios de patógenos para los que se carece de inmunidad. Y también he recordado otra historia de hace tiempo, según la cual, existe una relación negativa entre la incidencia de enfermedades infecciosas en un área geográfica y la inteligencia media de la población de esa área, relación que se debería a la competencia por los recursos entre el sistema inmune y el cerebro. El caso es que estas tres historias, tomadas en conjunto, dan para una curiosa reflexión.

Fuente: Robert R. Dunn, T. Jonathan Davies, Nyeema C. Harris & Michael C. Gavin (2010): “Global drivers of human pathogen richness and prevalence” Proc. R. Soc. B 2010 277, 2587-2595 (publicado online el 14 de abril de 2010; doi: 10.1098/rspb.2010.0340)


[1] A mí esta posibilidad me parece poco verosómil, porque de hecho, pienso que un patógeno puede facilitar la extinción de una especie al debilitarla y reducir las posibilidades de supervivencia y de reproducción de sus miembros.

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