Inteligencia emocional

Entre las nieblas de la mente

264148-Squirrel-monkeys-on-banana-alert-0034847512… ¿alguien puede recordar esta secuencia de números sin volver a leerla? Si es así, está dentro del grupo de los afortunados que pueden retener estos nueve elementos sin relación entre sí. En psicología de la percepción hace mucho tiempo que conocemos que nuestra capacidad para incorporar información nueva tiene este límite. Podemos retener una cantidad de 7 +/- 2 elementos de cualquier tipo que no tengan nada que ver entre sí, es decir, entre tres y nueve números aleatorios, por ejemplo, nombres, rostros, indicaciones, etc. Una vez que le aplicamos alguna regla que los asocie, el número evidentemente puede ser mucho mayor, pero por así decirlo, en crudo, éste es el límite de nuestra percepción y retención. Realmente nuestra capacidad espontánea para extraer estímulos informativos nuevos del entorno y hacerlos propios es francamente reducida.

También nuestra atención a dichos estímulos es reducida; la atención es una función de nuestra mente más avanzada, una de las funciones ejecutivas superiores y es la encargada de “despertar” nuestra actividad mental para responder con la mayor velocidad y precisión posible a las circunstancias que se nos plantean. Sin embargo, la atención requiere de una gran cantidad de energía por lo que su intensidad no puede ser mantenida durante mucho tiempo. ¿Se imaginan estar igual de alerta ante un coche que pasa delante de nosotros por la calle que ante un ruido que nos despierta en casa a las tres de la mañana? Sería intolerable, por lo que cuando los estímulos nuevos se van haciendo familiares, nuestra atención hacia ellos disminuye, razón por la que por ejemplo, ya no notamos el roce de la ropa o el ruido de los pájaros si vivimos en el campo. No, reservamos nuestra alerta para las situaciones nuevas, es decir, aquellas que desafían nuestros esquemas de cómo es el mundo, el resto de personas, o nosotros mismos. A pesar de ser un mecanismo probado durante miles de años, compartirlo con otros animales y ahorrarnos gran cantidad de energía, no deja de ser impresionante la cantidad de información que damos por hecha a lo largo de un día. Y no sólo eso, sino que a nuestra propia limitación, se suma el resultado de la presión social para asumir ciertos esquemas de pensamiento que dan forma también a nuestra atención. Nos llama la atención ver a alguien vestido de una manera extravagante, o hablando solo en el transporte público. Y todo lo nuevo, por aquello de que no estamos tan lejos de nuestros antepasados primates, entraña peligro; tras ese ruido inesperado, tras esa actitud extraña, puede haber un depredador, o por lo menos una amenaza.

Así que, ante lo que es diferente a nuestras expectativas, nuestra tranquilidad, nuestra flexibilidad, incluso nuestra sensación de estar seguros se mantiene en un equilibrio bastante precario. Somos fáciles de sorprender y entonces tampoco podemos aprehender demasiada información, sólo unos pocos datos que abran o cierren la puesta a esquemas bien aprendidos, por lo que también somos fáciles de asustar. Acto seguido buscamos rápidamente volver a lo conocido, lo seguro porque no podemos mantener la alerta demasiado tiempo, o porque no nos sale a cuenta arriesgarnos. Como monitos saltamos externa e internamente a las ramas más altas donde lo nuevo no puede afectarnos, y lo miramos desde lejos. Algunas personas más osadas son capaces de descender algunas ramas y emplear su curiosidad para evaluar el riesgo y la potencialidad.
Y parece que estoy hablando de neurología pero las implicaciones de nuestros circuitos son más cotidianas y profundas. Por ejemplo, pensemos en los roles que asignamos a las personas con las que convivimos, trabajamos, etc. una vez asignado el rol, la etiqueta, nuestra neurología juega en nuestra contra cuando de cambiar se trata. Sonará ingenuo pero ¿cuál es nuestra reacción cuando oímos la noticia de que un deportista ha escrito un libro, o que un guitarrista de rock es físico nuclear? Más allá, nuestra neurología también nos lo pone difícil para considerarnos a nosotros mismos en roles diferentes por dentro, con capacidades distintas. ¿Por qué a veces siento que necesito la aprobación de los demás o otras yo mismo pienso que es una tontería necesitarlo? La primera reacción es a menudo una crítica: soy incoherente, o una de las dos no es cierta. Sin embargo, la conclusión es bastante más compleja e incómoda: la realidad tiene muchos más matices de los que nosotros somos capaces de aprehender espontáneamente, las personas pueden ser de muchas maneras, más allá de lo que mis esquemas puedan definir, y yo, de hecho puedo tener reacciones, pensamientos, necesidades contrapuestas. Y lo más difícil de todo: los diferentes escenarios son reales a la vez, nuestro empeño por escindirlos es a menudo fruto de nuestra limitación para hacerlos convivir mentalmente.

¿Cómo podemos ejercitar la visión dual, la convivencia de los opuestos dentro de nosotros? Ahí es nada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *