Inteligencia emocional

El viaje es aprendizaje

 Viaje. Siempre metáfora de iniciación, de búsqueda, de transformación, ¿qué queda en nosotros cuando regresamos de un viaje? ¿qué nos traemos en la mochila que va a acompañarnos en nuestro día a día?

Atardecer desde Uskudar, Estambul.

Atardecer desde Uskudar, Estambul.

Siempre me ha gustado fijarme en las palabras, detenerme a pensar en su significado, como cuando salimos de casa con “prejuicios”, es decir prejuzgamos, nos adelantamos, vemos lo que esperamos ver. Es muy fácil caer en la tentación de juicios apresurados y nos cuesta darnos cuenta de que nuestra forma de ver el mundo viene dada por nuestra formación, nuestra experiencia, nuestro estado de ánimo, las expectativas con las que partimos… ¿Qué esperábamos de este viaje?

Como nos explica Olaia en el post anterior ¿y si pudiéramos ver a través de los ojos del otro?

El cerebro busca siempre conexiones con lo conocido y de ahí que continuamente estemos comparando lo que vemos nuevo con algo que guardamos en nuestra memoria. El viaje nos cambia si tenemos predisposición, si queremos, o si las emociones son lo suficientemente intensas para grabar páginas en nuestro libro de recuerdos. Y esto cuesta más si lo identificamos como “otro más”, “igual que”…

En El Guisante Verde Project tenemos estas reflexiones a menudo, ¿de verdad hemos visitado estos destinos increíbles?¿han dejado huella en nosotros? Nos gusta pensar que si, y en muchas ocasiones nos sorprendemos reparando en una costumbre, una receta, una manera de ver “importada” de uno de nuestros viajes. Son muchas las ocasiones en las que una imagen acude con fuerza a la memoria sin haberla llamado.

El viaje es aprendizaje, eso sí, si salimos con la curiosidad puesta, con la mirada atenta a los detalles, con la humildad suficiente para comprobar cuánto pueden enseñarnos otras miradas, otras culturas diferentes a la nuestra. Y de ahí que siempre hablamos de los destinos como viejos amigos, a los que nos gusta volver a visitar y de los que nunca sabes lo suficiente. Conocer un nuevo destino es a veces enamorarse, querer saberlo todo de él, identificarlo enseguida en cualquier contexto, preocuparte por lo que todo lo que le sucede. (Comprobar por ejemplo este año la deriva de Turquía nos entristece, mucho más después de haber conocido un país donde la mujer tenía más libertades que hoy, ver que bellísimas ciudades se transforman en escaparates y dejan de ser un lugar amable para sus residentes. )

Conocer un nuevo destino y a sus gentes nos cambia, nos transforma, nos provoca, nos conmueve. Igual que con las personas a las que queremos, a veces uno desea, egoístamente, que ese destino se mantenga “auténtico”, que no cambie, aferrándonos a nuestros recuerdos.

He dado muchas vueltas a estas reflexiones de Amalio Rey sobre las contradicciones del turista viajero

¿Conectamos de verdad con las personas en nuestro camino?

Nos ha ayudado mucho en nuestros viajes vernos como ellos nos ven, a veces sólo un monedero ambulante, a veces un curioso insaciable, en cualquier caso cuando vamos dispuestos a mirar y escuchar a la persona, sus sueños, sus inquietudes, sus ambiciones,  de pronto esa conexión mágica se produce y  alguien en un zoco te recita pasajes del Quijote, o te cuenta que tiene una formación igual a la tuya, o se sorprende porque eres tú el que preguntas por su ciudad de origen o por su equipo de futbol que has memorizado para entablar conversación.

Una  de las mayores satisfacciones es intentar aprender algunas palabras de otro idioma y buscar como jueces a los niños, ellos te enseñan, se ríen de ti sin complejos, te corrigen, y buscan la mirada orgullosa de sus padres, están hablando con un extranjero.

Me gusta la reflexión que hace Javi: siempre hay tiempo para la ternura

Vivir el viaje como un reto, como una aventura, nos devuelve a casa con  un buen número de ejemplos en los que nos vemos solucionadores, resolutivos, animados e incluso eufóricos. El cerebro está en alerta, es creativo, las inhibiciones son menores.

Nos reinventamos, brillamos hablando con libertad de aquello que nos apasiona.

En el viaje uno quiere ser niño de nuevo, quiere alegrarse, sorprenderse, probar, está dispuesto a todos los esfuerzos.

¿qué queda en nosotros cuando regresamos de un viaje? ¿qué nos traemos en la mochila que va a acompañarnos en nuestro día a día?

 

3 pensamientos sobre “El viaje es aprendizaje

  1. Rogelio

    Quedan reucerdos, experiencias, emociones, sensaciones, aprendizaje en el mejor de los casos y, quizás, deseos de cambio. Lo que no tengo tan claro es cuánto tiempo nos acompañarán dichos deseos ni tan siquiera si habrá un propósito de enmienda que dure lo que necesita un cambio para producirse… pero confiemos en que los propósitos de este último viaje se hagan realidad con nuestro tesón y convencimiento de la bondad del cambio soñado. Gracias Maribel!!

  2. Olaia Agirre

    De un viaje traes nuevas reallidades, nuevas ideas, aire fresco,… Cuando sales de tu círculo, resulta que ves que hay cosas que son, se hacen o se viven de otra forma. ¡Resulta que no hay una única forma de hacer las cosas! Y te puede gustar más o menos… pero todo lo que te haga ampliar el abanico de opciones, es enriquecedor. Gracias Maribel por llevarnos de viaje!!!

  3. Francisco Javier Bárez Cambronero

    Gracias Maribel por recordarme Estambul. ¡como me gustó!. Sí fue un viaje que me conmocionó. Un viaje con aprendizaje sólo es posible desde la “con-moción”, movilizar emociones, eso ayuda a conectar con el lugar, con su gente, con su cultura y problemas. Se trata de comprender cómo las gentes de un lugar hacen que sea de una determinada manera, ¿o viceversa? No sé.
    Hay turistas que se dejan embeber por el lugar y otros que añoran de inmediato su hogar, sus límites conocidos de seguridad. Los turistas van de un lugar a otro porque así lo desean, sin embargo los vagabundos van de un lugar a otro porque el mundo les parece insoportablemente inhóspito. Turistas y vagabundos en palabras de Z. Bauman, son metáforas de la vida contemporánea.
    Buen viaje.

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