Inteligencia emocional

Civismo: educación y emociones

Por Juan Carlos Duque Ametxazurra

Según la segunda acepción que da el Diccionario de la lengua española, civismo  (Del fr. civisme, y este del lat. civis ‘ciudadano’ y el fr. –isme ‘-ismo’) es el comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública. En esta definición encontramos los dos elementos que acompañan al concepto y encabezan estas líneas. Un comportamiento respetuoso implica una actitud, una emoción, y las normas de convivencia pública presuponen un conocimiento de las mismas, por tanto, una formación -educación- que contribuya a que la ciudadanía primero conozca y luego sepa qué y cómo se puede, o debe, hacer y qué no.

Imagen publicada por José Campanario Alvarez, 21/02/2016 en Los tributos del progreso

No ha mucho tiempo, estos diecinueve puntos, y bastantes más, eran reglas que se aprendían en casa, en familia, y se reforzaban insistentemente en los centros educativos. Nadie nace aprendido. Un fotógrafo, una bailarina, un enfermero, una ejecutiva, un carpintero, una escritora profesionales pasan muchas horas aprendiendo y practicando para poder cumplir satisfactoriamente con su quehacer. Educar las emociones supone también un proceso de aprendizaje y práctica. Y todo aprendizaje y práctica suponen una metodología y un esfuerzo. Emocionarse con la buena educación no es algo que surja espontáneamente en el ser humano. Las reglas básicas de convivencia (=civismo) son el compendio de lo que siempre se ha conocido como buena educación.

La sociedad moderna y contemporánea, la de las declaraciones de derechos universales, adolece de dos graves carencias: ausencia de límites y falta de coherencia. Mis derechos terminan –exactamente- donde comienzan los de los demás. Derechos: ¡sí! Obligaciones: ¡también! Esto no quiere decir que los derechos, stricto sensu, terminen. Pero además de los míos, no debo olvidar que quienes y todo lo que me rodean tienen también los suyos.

Las declaraciones tienen que ser cumplidas.

“Otro mundo es necesario, no sólo posible (…). Y es necesario porque el que tenemos no está a la altura de lo que los seres humanos merecen; no está a la altura de las grandes declaraciones que hemos hecho (Declaración Universal de los Derechos Humanos, Objetivos del Milenio, Objetivos del Desarrollo sostenible, etc.)… tenemos que proteger y respetar los derechos de todos sin exclusiones.

El lenguaje nos compromete (‘le tomo a usted la palabra’)… cuando decimos “Declaramos”, es más que soñar o una utopía, supone un compromiso. Y nuestras realizaciones están muy por debajo de nuestras declaraciones…” (Arantza Echaniz Barrondo, sobre la ponencia de Adela Cortina Nuevo Modelo Social: ¿razones para la esperanza?).

La mala educación evidencia una profunda falta de civismo, por tanto, un profundo desconocimiento y uso de las reglas básicas de convivencia con uno mismo, con los demás y con su entorno.

Sin entrar en la manida discusión respecto de las reformas educativas en el Estado Español y el consabido tira y afloja respecto de la asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos (presente en el último ciclo de la Educación Primaria y en toda la Secundaria en el período 2006 – 2016), se aprecia el carácter optativo, por tanto no troncal, que en la formación preuniversitaria estatal actual (regida por la LOMCE – Ley orgánica para la mejora de la calidad educativa) tienen los valores sociales y cívicos ( El currículo en Primaria, ESO y Bachillerato).

Luís María Cifuentes, en su artículo Fundamentos filosóficos de le educación cívica intercultural, cuya lectura recomiendo, introduce una breve historia del concepto de virtud cívica y sus derivadas virtud individual y virtud cívica; reseña cómo la idea de las virtudes cívicas ha estado asociada a las ideologías políticas dominantes a lo largo del siglo XX –comunismo y capitalismo- y termina subrayando la necesidad social de una educación en los valores cívicos y la toma de conciencia de que ésta no puede obviar el componente intercultural que caracteriza las sociedades del ya mayor de edad siglo XXI.

Una clara manifestación de falta de civismo, diría casi generalizada, es la que padece nuestra ciudadanía en las fiestas populares, y recientemente, en la cada vez más recurrente celebración del botellón, durante las que parece abrirse la veda del esparcimiento de restos y desperdicios de todo tipo en cualquier lugar y hora, amén de la evacuación de aguas menores – a veces incluso mayores – por parte de especímenes humanos de todo género en los sitios más insospechados y frente a los públicos más variados, sin vergüenza ni pudor. Afortunadamente, al menos en la capital vizcaína, el servicio de limpieza urbana suple con creces las carencias de una gran multitud de mal llamados ciudadanos y palía los estragos causados.

En este sentido, desde febrero de 2017, el Ayuntamiento de Bilbao ha lanzado una campaña para promover los valores cívicos de convivencia pública en materia de limpieza y usos del espacio público, y ha habilitado una página web a tal efecto: Bilbao es tu casa. Reconozco que, aunque sensible a estos asuntos, inquieto buscador de temas de interés, atento receptor de informaciones por todos los medios a mi alcance, he venido a tener conocimiento de esta campaña un año después de su lanzamiento. Sin embargo, rompo una lanza en favor de mi municipio por su esfuerzo por contribuir a una educación cívica y quiero aportar mi granito de arena para su difusión.

Incluyo a continuación un interesante vídeo que recoge una experiencia educativa japonesa. Me temo, muy a mi pesar, que algo similar en nuestros centros educativos – en nuestra sociedad occidental -, sería, por el momento, impensable…

El hecho de que ordenen sus propias cosas significa prepararlos para toda la vida.

 

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