Inteligencia emocional

La emocionante aventura de viajar

  Quiero dedicar este post, a modo de recuerdo y homenaje, a esa gran cantidad de niños y niñas que debido a la pobreza sufren la privación de cualquier opción de vivir la emocionante aventura de viajar y vivir experiencias excepcionales. 


¿Adónde vas? ¿Dónde has estado? Estas son preguntas que hacemos, nos hacen y escuchamos con insistencia durante estos días estivales. Tiempo de vacaciones, de viajes, de turismo, de playa, de montaña o de regreso a la casa de pueblo. Cualquiera de las opciones es valida, que cada cual opte por la que más le plazca o pueda.

Pero de lo que yo quiero hablar en este post es de la ilusionante experiencia de viajar y del emocionante contenido de la literatura de viajes, porque viajar es una apertura a la vivencia de montones de emociones, así como narrar el propio viaje y leer sobre lo acontecido en los viajes y aventuras de otras personas.

Yo me reconozco como un ser de espíritu explorador y aventurero, tal vez por eso me fascina la literatura de viajes, y me entusiasma la idea de afrontar el reto de aprender y probar a ser un Narrador de viajes. Existen extraordinarias referencias de las cuales aprender, aquí expongo algunas de las que he leído últimamente, empezando por Julio Verne de quien aún conservo siete de sus obras de viajes fantásticos y Robert. L. Stevenson, en cuyo legado literario hay una vasta obra de crónicas de viajes como En los mares del Sur.

Javier Reverte y su excelente libro La aventura de viajar que ahora estoy  leyendo y que me ha inspirado para escribir este post. Éste es un libro ecléctico, donde narra su vida como viajero, desde las excursiones infantiles, pasando por las crónicas de guerra que le llevaron por todo el mundo, hasta sus vivencias como mochilero, que le han llevado a conocer lugares inhóspitos y alejados de nuestro mundo occidental. Su lectura me está generando una gran satisfacción y alegría porque en él estoy encontrando multitud de referencias que me conectan con muchas anécdotas y recuerdos personales de mis viajes y aventuras.

Manuel Leguineche, descubrí su genial El camino más corto de la mano y recomendación de Maribel y Roberto, que dan vida a El guisante verde, un magnífico blog de narración de viajes. En su último post escriben sobre la futurista Nantes y sus “máquinas vivientes”. Una ciudad de la que guardo fantásticos recuerdos. Fue una gratísima sorpresa viajera.

Disfruté muchísimo leyendo Últimas noticias de Sur, una crónica del viaje realizado por dos amigos, Luis Sepúlveda y Daniel Mordzinski a la Patagonia, un lugar en el que según ellos escriben; al sur del paralelo 42º la confianza nace sin términos medios, sin ambigüedades ni torpes llamadas a la prudencia. Parajes andinos que forman parte de mi baúl de sueños y lugares a descubrir.

Viajar es apasionante, te llena la vida de anécdotas, de sucesos que ayudan a descubrir nuestro auténtico y genuino “yo”, porque en los viajes suceden cosas extraordinarias, insólitas, fuera de lo común. En este mismo blog, Maribel describe con certeza grandes beneficios que conlleva el viajar.

El hecho de viajar se torna necesidad, está enraizado en lo más profundo de los genes humanos. Quizás sea debido a la inmensa experiencia emocional que aporta, viajar es una actividad que hace “sentir la vida”. Desde la ilusión, alegría y nerviosismo de los preparativos, de la ansiedad y ganas de que llegue la hora de partir, pasando por la sorpresa permanente en destino, y sí, también por la tristeza del regreso.

En mi caso particular, recuerdo con intensidad aquellos primeros y excepcionales viajes durante mi infancia y adolescencia en los que toda la familia nos trasladábamos a veranear en el antiguo tren de vía estrecha, desde la desaparecida (1968) estación de la calle Los Herrán (Vitoria-Gasteiz) a Deba, a casa de mis abuelos maternos.

Aquel tren de vía estrecha era un medio de transporte para las clases sociales menos pudientes y servía para viajar a localidades de baja o mediana población y era utilizado por los aficionados al montañismo, que realizaban excursiones los fines de semana a los picos de Gipuzkoa, cercanos al recorrido del tren.

Yo viajaba cautivado por los misteriosos y húmedos túneles, por el verdor de prados y bosques, en mi recuerdo guardo el rítmico movimiento y sonido de “traqueteo” de aquel tren, hasta que al llegar a Mendaro intuíamos con alborozo infantil la cercanía de la costa y los maravillosos días que nos quedaban por disfrutar. Al igual que a Javier Reverte,“mi visión del mar en un día de la infancia, son sensaciones y emociones que identifico con el viaje”.

Después, desde joven hasta la actualidad, he tratado de conservar y cultivar esa ilusión y fascinación por viajar e impregnarme del particular ambiente de cada lugar. A este respecto, en La aventura de viajar, Reverte escribe: “a todos los niños, desde siempre, les han gustado los hechos excepcionales, las sorpresas. Muchos poseen un alma aventurera que suele estar en primer plano de su personalidad. Lo que ocurre es que, mientras van creciendo, la sociedad adulta se ocupa de ir desvaneciendo esa sed de aventura, borrándola entre las tinieblas del corazón del niño”.

En mi caso particular, os aseguro que mi alma aventurera ha permanecido intacta, he tenido la fortuna de poder viajar con asiduidad, a diferentes lugares y de diferentes y divertidas maneras.

Recuerdo aquellos viajes a Francia a finales de los años 70 del pasado siglo, a comprar material de montaña y fotografía, al regresar, llenos de miedo, inventábamos mil peripecias para esconder la compra y pasar la frontera sin declararla porque esto suponía un importante incremento del precio y nuestros recursos eran muy limitados.

También en edad juvenil llegaron los viajes y aventuras de escalada y ascensión de montañas, y como narra Reverte: “El sabor caldorro del agua de una cantimplora y la frescura del agua en las fuentes serranas, el olor a pinos en verano, el gusto de un bocadillo frío de tortilla de patatas, a veces, un filete ruso y un par de naranjas”.

En Francia recorrimos la región Centro-Valle del Loira (Orleans) durante diez días en un carro tirado por una mula de nombre Coquette, de regreso, casi sin tiempo de hacer de nuevo la maleta, nos fuimos a Marruecos (en autobús litera) allí probé por primera vez una comida bereber que me encanta desde entonces, el cuscús (cous-cous). En México hicimos un traslado en una avioneta, “durante una tormenta tropical”, en la que tuve que ir sujetando la puerta desde dentro porque se abría, no olvidaré nunca ese viaje, mi segundo hijo se concibió allí. Aunque bien es cierto, que ningún viaje se olvida si te ha emocionado.

Así ahora, cuando escribo estas líneas y lo recuerdo (ya escribí sobre este viaje en mi blog) aún siento la misma emoción de amargura y rabia que sentí en el cementerio americano junto a la playa de Omaha (desde Vierville hasta Coleville-Normandía), escenario del Día D, lo mismo que sentí el pasado año en Croacia al ver que en algunos lugares aún permanece la desolación de la guerra; “el perfume de la guerra”, como describe Reverte en La aventura de viajar.

Viajar consiste en una intensa experiencia emocional, te cambia, te convierte en otra persona. En los viajes pueden ocurrir cosas extraordinarias, como dice Reverte, extraordinarias en el propio sentido de la palabra, lo que se sale de lo ordinario.

Y al igual que Reverte narra, “ahora a mis sesenta años, me sigo sintiendo capaz de apasionarme en cada uno de mis viajes y cada una de mis aventuras”.

En El camino más corto, Manu Leguineche introduce un escrito de H. Keyserling: El camino más corto para encontrarse uno a sí mismo da la vuelta al mundo. Quiero anchuras, dilataciones donde mi vida tenga que transformarse por completo para subsistir, donde la intelección requiera una radical renovación de los recursos intelectuales. Quiero que el clima y otros aspectos imprevisibles envuelvan mi ser y actúen sobre mi alma, para ver lo que será entonces de mí.

Sea lo que sea que suceda en mis próximas emocionantes aventuras y viajes, bienvenido será; unas líneas más de Javier Reverte a modo de metáfora para concluir este post: El viaje concluyó una mañana de intensa luz. Ya en el aeropuerto, tras pasar los trámites de facturación y aduana, nos dirigimos a pie atravesando las pistas de aterrizaje para alcanzar el avión. Llegamos sudorosos a la escalerilla de la parte trasera del aparato y aún hubimos de quedarnos allí un rato, esperando bajo el sol de fuego. Había surgido un problema….(podéis seguir la lectura en La aventura de viajar, pág. 118)

Os dejo con mi próxima lectura: El arte de caminar. Un viaje a escala humana. Altair.

Caminar puede ser un hecho erótico, o resultar un asunto exótico. 

Puede ser, es, un hecho artístico.

Caminar…es crear mapas dibujados con nuestros pasos.

Caminar es preguntar sin esperar respuesta,

es huir de nuestra sombra en una búsqueda incierta al ritmo del camino

embarcamos en ese «viaje a escala humana», que nos permite redescubrir territorios desde los caminos.

También comprender las emociones e ideas, entender el paseo como desafío.

Caminar, viajar como acto de libertad creativa, de pensamiento y acto revolucionario.

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