Inteligencia emocional

Navidad

El azar ha dispuesto que tal día como hoy, víspera de Navidad de 2018, fuera mi turno para publicar estas líneas. No es tarea fácil. Las emociones andan enfrentadas y la inteligencia, la de cada cual, queda aturdida por diferentes motivos. Algunas personas rememoran su infancia, cuando ajenos al dolor, las dificultades, los contratiempos inherentes a cada vida, fueron felices. Otras no quieren ni oír hablar del tema y se sienten mucho más identificadas con, incluso atraídas por, el duende que Theodor Seuss Geisel (Dr. Seuss) creó en 1957: El Grinch.

Los medios de comunicación y las redes sociales se desbordan y nos inundan con todo tipo de frases, mensajes, cuentos, fotografías, melodías, cortos, películas… que acaban colmando y saturando no solamente las memorias y procesadores de nuestros teléfonos inteligentes, sino también nuestra paciencia.

Los ayuntamientos e instancias públicas tampoco escatiman en gastos para iluminar de colores y figuras nuestras noches, decorar nuestras calles, plazas y parques y organizar todo tipo de actividades dirigidas a las y los más pequeños,  al menos en los centros neurálgicos de nuestros municipios.

No podemos olvidar dos clásicos ya para las personas bilbaínas: Santo Tomás y la lotería de Navidad (recomiendo la lectura de la entrada en el blog de Enrique Pallarés Molíns A propósito de la lotería), ni la vorágine de compras, tanto de alimentos como de regalos, y las tradicionales comidas o cenas de empresa.

Es maravilloso celebrar juntos nuestros deseos de un mundo mejor y más feliz, y que un año termine y dé paso a uno nuevo cuyas páginas están aún por escribir. Sin duda hemos ido llenando estos días de luz, colores, adornos, regalos, música, alegría, nostalgias, esperanza en el azar, desembolsos extraordinarios… y los hemos ido vaciando de su auténtico sentido.

Hace en torno a unos 2018 años una joven judía, embarazada, tiene que abandonar su casa por cuestiones administrativas y recorre junto a su marido unos 12 km por una zona montañosa para llegar a un pueblo en el que no tienen posibilidad de alojarse en ningún sitio. De pronto se pone de parto y el único lugar vacío que encuentran es un establo, donde consiguen improvisar una cuna para el recién nacido. Ese niño, con los años, dirá a sus paisanos que el segundo mandamiento, semejante al primero, era amar al prójimo como a uno mismo (el primero era amar a Dios con toda el alma, el corazón y la mente). Ese niño diría después, y sobre todo viviría, muchas otras cosas que chocan frontalmente con la mentalidad humana en torno al poder, la codicia, el dinero, la manipulación, la esclavitud, la explotación…

Aquella joven, unos meses antes del nacimiento del suyo, visita por amor a su prima quien ya mayor también espera un hijo y necesita ayuda. Cuando las dos se encuentran y se saludan, respondiendo al saludo de su prima, la joven futura madre contesta:

Mi alma canta

Canta la grandeza del señor

Y mi espíritu

Se estremece de gozo en Dios

Mi salvador (…)

Derribó del trono a los poderosos

Y elevó a los humildes

Colmó de bienes a los hambrientos

Y despidió a los ricos con las manos vacías

(Magnificat, Gen Verde)

Hoy celebramos a esa mujer y a ese niño.

¡Feliz Navidad!

Magnificat, Gen Verde

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *