Inteligencia emocional

Regulación: la intención es lo que cuenta

Nuestra capacidad para deducir lo que otras personas están pensando y sintiendo depende de la atención que prestemos a los signos externos que esa o esas personas muestran. Realmente, como si de detectives se tratara, escrutamos los rostros, los tonos de voz, las posturas corporales, los gestos,

la indumentaria, etc. Todo ello para poder llegar a una conclusión de las intenciones del otro. Cuando no recibimos mensajes directos -y también cuando los recibimos- nos fiamos de esta percepción para poder reaccionar a la acción del otro. Nadie puede penetrar en la mente de otra persona sin su consentimiento, pero sí es posible deducir lo que otros pueden estar pensando o sintiendo. 

Sin embargo, siempre hay huecos, siempre hay pedazos de información que se nos escapan, que no percibimos. De esta forma, igual que en esas pruebas de inteligencia en las que hay que deducir el siguiente número de la secuencia, nosotros deducimos las reacciones e intenciones del otro. Y al igual que en esas pruebas, llegamos a la conclusión con un proceso de pensamiento propio, con nuestras propias expectativas, conocimientos e incluso deseos, llegamos a conclusiones. En resumen, llenamos los huecos que hay en la información que el otro nos da con nuestra propia historia, es decir, muchas veces, atribuimos a los demás lo que nosotros sentiríamos en esa situación si nos sucediera o lo que pretenderíamos conseguir si fuéramos los protagonistas.

Hasta aquí todo comprensible. Sucede que en las relaciones que tenemos, nos movemos por intenciones de las que hemos hablado hasta ahora. A veces, la perspectiva que tenemos de por qué las personas hacen lo que hacen, nos lleva a actuar de formas muy distintas ante la misma situación. Un ejemplo sencillo de entender es el de un padre o una madre que atribuyen a su hijo de dos años la intención de hacerles la vida imposible con sus pataletas. Quien ante una rabieta atribuye un interés al niño por hacernos enfadar, por desafiarnos, reaccionará ante esta situación de forma muy distinta a quien atribuye al niño un interés por conocer sus capacidades para impactar en las personas importantes para él, y probar los mecanismos que le hacen conseguir lo que necesita. Del mismo modo podríamos hablar de las personas a las que consideramos malintencionadas, o que intentan quedar por encima de los demás a toda costa. Si pienso en que simplemente es un o una narcisista y que trata de hacerme la vida imposible, mi enfado será la reacción lógica, y probablemente me vuelva combativo y suspicaz con esa persona. Por otro lado, si pienso que esa misma persona necesita estar por encima para sentirse suficiente, valiosa, puedo enfadarme por cómo lo que hace para conseguirlo me molesta, pero la emoción será momentánea y podré ponerle límites sin estar todo el día sospechando, consumiendo energía. 

A veces, nuestra habilidad para regularnos, para estar bien, pasa por poner en el otro pensamientos más compasivos. Nos viene mejor pensar que el otro necesita, que no que el otro es malo por naturaleza. Al fin y al cabo, las personas hacemos las cosas para conseguir algo y estar lo mejor posible. 

¿Con quién podríais cambiar la perspectiva? ¿Qué pasaría si lo hicierais?

2 pensamientos sobre “Regulación: la intención es lo que cuenta

  1. Gotzon

    Si mejora uno el software propio, como bien dices en el texto, de seguro que el efecto es multiplicador en la interacción con los demás.

    La perspectiva se abre mucho más, lo que nos da un respiro, oxigena las interacciones y, a no dudarlo, tendrá un reflejo también en la actitud de los demás

  2. Arantza Echaniz Barrondo

    Igor, todo lo que dices es bien cierto. A mí me pasa con mis hijos. No reacciono igual si pienso que una conducta suya es para fastidiarme o es fruto de alguna necesidad que tienen. El problema es que no siempre puedo verlo de la segunda manera…

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