Inteligencia emocional

Boicot interno

Un conocido llega a nuestra ciudad a trabajar y después de pasear el fin de semana por las calles, nos pregunta por la dirección del lugar al que tiene que ir.

  • Entonces mañana, ¿cómo puedo hacer para llegar a esta dirección lo antes posible?
  • Pues al salir de casa puedes ir caminando, según sales a la derecha y cuando llegues a una plaza, la segunda calle hacia arriba. Estarás allí en un momento.
  • Ya pero igual me pierdo y no me gustaría llegar tarde.
  • Bueno, también puedes coger el autobús enfrente de casa, pero pasa cada diez minutos.
  • Hombre, si está cerca, ir en autobús… Además no sé la parada.
  • Puedes preguntar.
  • Si voy justo de tiempo no sé yo…
  • Si es por tiempo y estás apurado, puedes coger un taxi.
  • No voy a pagar un dineral para ir ahí al lado.
  • Pues haz lo que quieras. Yo ya te he dicho lo que puedes hacer.
  • Jolín, chico, no te enfades.

Ésta es una escena conocida que nos ha sucedido a todos de una u otra manera. Parece que por mucho que nos empeñemos en dar solución o alternativa a un problema que nos plantean, quien tenemos enfrente encuentra siempre una excusa para no tomar nuestras opciones en serio, o como la respuesta perfecta. A veces es como si nos tendieran una trampa en la que saben de antemano que no vamos a poder encontrar la solución.

Trasladado al ámbito de educación, empresa o de relaciones interpersonales en general, éste es un mecanismo que ciertas personas encuentran francamente desesperante, y genera normalmente cierto resquemor que hace que la próxima vez no tratemos siquiera de ayudar en una situación similar.

Parece como si dentro de su cabeza hubiera un filtro con la etiqueta “sí, pero…”. Este mecanismo puede tener distintas manifestaciones, que van desde el desprestigio directo como “para decirme eso no me digas nada”, a la broma, más aceptada y socialmente menos agria pero igual de desesperante a la larga “sí, hombre, como haga eso los tengo a todos colgados de una lámpara, ja, ja, ja”.

Supongo que a estas alturas la mayoría de los lectores habrán identificado alguna situación de su vida diaria en la que esto haya sucedido, y es que es ciertamente paradójico: por un lado está la necesidad de resolver algo y por otro la continua negativa y distorsión de las opciones. Entonces, algo que podemos hacer es contrastar ese mecanismo y decirle al otro, sin rabia, o por lo menos antes de que aparezca, que está desechando las opciones que le damos y que esto es lo que podemos hacer. Pero no por intentarlo va a funcionar…

Pues bien, por la definición de sistema, sabemos que un sistema tiende a permanecer invariable, es decir que no suele aceptar ningún elemento que pueda poner en peligro su existencia, y de primeras normalmente lo rechaza, igual que haría un organismo ante un agente externo. Por ejemplo un sistema social que rechaza nuevas ideas de organización a pesar de que sean beneficiosas, una empresa que teme cambiar cuestiones que la afecten estructuralmente a pesar de que sea a favor de la competitividad, una familia que rechaza a la pareja de uno de los hijos por tener un aspecto muy distinto, e incluso en un ámbito tan privado como la mente, en el que un estilo de pensamiento rechaza de primeras nuevas ideas que puedan perturbar su curso habitual.

Pero el pensamiento no sólo no cambia porque lleva ahí mucho tiempo, sino también porque deshacernos de una forma de pensar para dar paso a otra nueva, implica que voy a poner en duda algo que me ha servido durante un tiempo, y dejarlo de lado es como desvestirse al caer al agua con la ropa: sí, me quito la ropa mojada, pero al hacerlo, durante un tiempo me quedo desnudo.

El cambio de las creencias, a pesar de ser favorable y deseable, supera a veces la mera lógica e incluye lo que Ignacio Morgado ya apuntaba: entonces son las emociones las que influyen en la decisión.

Cambiar no implica sólo querer hacerlo. ¿cómo podemos ayudar, entonces?

Un pensamiento sobre “Boicot interno

  1. Arantza Echaniz

    Ciertamente he identificado muchas situaciones como la que planteas e incluso personas con las que la comunicación suele ser así. Tengo que reconocer que a mí, que soy bastante resolutiva, me cuesta enfrentarme a esas situaciones porque me cuesta ponerme en su lugar. Lo que suelo hacer es método socrático, pregunta tras pregunta para que el otro encuentre su solución. Y, a veces, no entro forzando que el otro decida.

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