Inteligencia emocional

¿Qué emociones necesitamos para viajar al futuro?

 d8bce90753f1e7c67c602975973e7761

Viernes 22 de abril, estoy tecleando en el ordenador para ultimar el post del lunes (por hoy). A las siete de la tarde, salgo a buscar un libro que quiero comprar, en la tercera librería en la que pregunto, lo tendrán el próximo lunes. Mientras espero a que conformen el pedido, entre diversos libros que descansan sobre una mesa, un título llama la atención de mi vista: “El explorador del futuro” de Albert Bosch. Lo ojeo rápida y brevemente, habla sobre los cambios radicales que el mundo nos depara y sobre que tendremos que adoptar una actitud de exploración y atrevernos a protagonizar una expedición extrema, compleja, incierta y arriesgada, pero llena de oportunidades que nos llevará a descubrir y trazar el mapa de nuestro futuro.

No lo pienso más, está claro, habla de inteligencia emocional, de las emociones que necesitaremos para llevar a cabo la exploración. Me inspira y decido cambiar el post.

Porque Albert Bosch nos habla de la actitud ante la vida, ante las dificultades, ante las incertidumbres. Y nos propone que ha llegado la hora de los exploradores, de los aventureros del futuro. Una reflexión que comparto y con la que me identifico. Esta idea y concepto del ser explorador y aventurero, me apasiona.

Sin duda estamos a punto de protagonizar el momento más importante de la historia de los humanos, según multitud de análisis de tendencias, este será el siglo más radical, por la velocidad y magnitud de los cambios, por su capacidad de impacto en nuestra manera de vivir y de relacionarnos con el mundo. El mundo a final de siglo no se parecerá en nada a lo que conocemos como humanidad.

Ante esto surgen muchas preguntas: ¿Cómo va a ser el futuro?, ¿cómo queremos que sea el futuro?, ¿cómo necesitamos que sea el futuro?, ¿qué papel vamos a desempeñar en el futuro?.

Hay tantas variables de cambio que, a su vez, están generando nuevas alternativas de forma exponencial, que no es fácil aportar respuestas, sin embargo, para el autor una cuestión está clara, podemos observar a los exploradores como metáfora para identificar la actitud y comportamiento y manera de entender el futuro.

Debemos cambiar nuestra forma de hacer las cosas y asumir el papel de cartógrafos de los mapas de nuestro futuro, siendo conscientes de que tanto a nivel individual como a nivel de la sociedad, tenemos el poder de influir en lo que va a pasar.

De manera optimista, como los grandes exploradores de la historia, optimistas realistas que persiguen sus sueños, sus objetivos, sin ser ilusos y sin dejarse vencer por el nagativismo y sin necesidad de creer que todo será magnífico y maravilloso.

El secreto está en la ilusión, (de la que tanto nos habla Pablo) en la pasión y en el entusiasmo y coraje.

Habrá que reflexionar y tomar decisiones sobre lo que pasa en nuestra existencia individual y en nuestra vida en sociedad, sobre cómo nos sentimos y qué nivel de bienestar y felicidad queremos alcanzar.

Nos hacen falta personas dispuestas a aprender nuevas habilidades y capacidades que exigen emprender una aventura, y ponerlas en práctica en un entorno imprevisible y desconocido, para ello hace falta fortaleza emocional, porque aprender a explorar nuevas realidades es altamente difícil.

Preparar una viaje tiene sus complicaciones, más aún se presentan a la hora de preparar un viaje de exploración, una aventura. Podemos identificar tres momentos; el antes, el durante y el después.

En el antes, aparte de los propios preparativos logísticos y de intendencia, habrá que gestionar las ansiedades y los miedos, las preocupaciones y las tristezas por las despedidas. Para eso disponemos de la ilusión, de la esperanza, de la confianza, del entusiasmo que nos ayuda a canalizar nuestros sueños, nuestras fantasías.

En el durante, debemos evitar vivir angustiados, sumidos en el miedo, atendiendo a todo lo que ocurre con actitud de sorpresa y curiosidad, de admiración.

En el después hay que emplearse con sosiego, porque tras explorar el futuro, tendremos que contar, que narrar lo visto y descubierto, y elaborar el mapa del futuro para alumbrar nuevas expediciones. Esta es una bonita fase porque los viajes tienen un acto consustancial y necesario, el de la escritura.

Albert Bosch, nos apunta a la primera gran transformación radical en la forma de vida de la humanidad, a través de la revolución cognitiva y la capacidad de comunicarse usando el lenguaje, cuestión que supuso un salto evolutivo.

Hoy somos reticentes a perder lo que tenemos, de tal manera que no hacemos el menor esfuerzo por atisbar cómo pueden ir las cosas, pero mientras, se está gestando un gran sistema, una suma de revoluciones, que suponen una situación de gran estrés.

La enorme actividad de cambio representa una gran oportunidad de disfrutar del entorno , de aprender a superarse, de mejorar y cuidarse físicamente, y de tener pasión.

Albert, aventurero y corredor de maratones, dice que para correr una maratón, se necesita una importante infraestructura y preparación, pero también esfuerzo, perseverancia, disciplina y saber sufrir, pues bien, la vida de hoy y menos el futuro, no es una carrera organizada, no es una maratón,  es una aventura, no hay nada organizado ni preparado, no hay línea de salida ni de llegada, estamos en la época de la aventura, una aventura en la que cada uno deberá liderar su rumbo, tomar riesgos y organizar sus circunstancias, adaptarse constantemente a los cambios para encontrar oportunidades en el entorno y en las posibles alianzas. Requerirá convicción, seguridad interior, fortaleza.

Podemos encontrar nutrientes en los valores, en los seres queridos, en nuestros propósitos y en el compromiso con los demás. Y sobre todo, recurriendo al ancestral espíritu de exploración constante de nuestra especie.

Necesitamos el cambio de la mentalidad de homo explotador a homo explorador.

Sin embargo, tenemos un gran temor que nos frena, es el perder lo que se ha conseguido a nivel individual y de sociedad. Al parecer, el miedo será la emoción dominante en nuestra vida.

Por eso, quien tenga mentalidad exploradora, de constructores de  futuro para enfrentar situaciones y problemas, tomará el control de su vida. Aquí aparece la capacidad de resiliencia, de autonomía emocional, dejarse llevar por la curiosidad, ver la oportunidad de desarrollo personal y mejora social.

Al igual que Shackleton, que a pesar de no conseguir su propósito aventurero, su triunfo fue la supervivencia de toda la tripulación, gracias al enorme coraje y confianza en sus posibilidades, demostrando una enorme capacidad de lucha, de resiliencia, de adaptación humana a los cambios y exigencias requeridas por las circunstancias.

A primeros de mes acudí al Foro sobre Tendencias Sociales, en esta ocasión denominado Encuentro sobre Tendencias Científico-Tecnológicas. Retos, Potencialidades y Problemas Sociales

En él, se expuso que nos encontramos en una época de enormes frustraciones, y que desde ellas nos enfrentamos a grandes avances y revoluciones que presentan tres vectores tecnológicos: la informática, la robótica y la biotecnología. El futuro pasa por la interacción y confluencia entre las tres.

Las tres posibilitan algo desconocido hasta ahora, la enorme hiperconectividad entre miles de millones de personas, algo que también generan un gran estrés.

Pero como aquí hablamos de emociones, algo que también se expuso, es que, si bien, las revoluciones científico-tecnológicas a las que estamos asistiendo cambiarán nuestra relación con la vida y con el empleo, existen una serie de profesiones en las que la máquina, la tecnología, no podrá sustituir a la persona, estos son las relacionadas con la manipulación de objetos en entornos desordenados (por ejemplo, en la industria más robotizada como la de automoción, las fases de ensamblaje y montaje las tienen que realizar los humanos), por otro lado están las profesiones relacionadas con la creatividad y la imaginación, y por supuesto, las relacionadas con las Emociones, con la inteligencia socioemocional ( por ejemplo, la atención a la persona).

Dejaré aquí este post, el libro de Albert Bosch da para varios, con la idea y cuestión de que en esta exploración del futuro, cómo nos pueden ayudar las infinitas posibilidades que nos ofrece la plasticidad del cerebro para transformar las emociones, por tanto las personas y sus relaciones, y por tanto, la sociedad.

Baudelaire escribió en su Le Voyage (El Viaje); “¡Saber amargo, aquel que se aprende del viaje!”, Un saber que nos devuelve nuestra propia imagen como especie, a modo de espejo inmisericorde —sincero— que refleja las cosas que hemos hecho y que no queremos ver; y las grandezas que muchas veces olvidamos.

Pero el viajero también inventa y reinventa los lugares que otros recorrieron previamente, redescubriéndolos con nuevos ojos. En realidad, el viajero “nos hace ver nuestra propia imagen” con cada paso que da, con cada observación y opinión que nos brinda. Las huellas que dejan, profundas y perennes, no son más que la improntas de su propia cultura.

Termino con este poema de Tibor Sekelj,

Por Tierras de los indios

Allí, donde terminan los caminos y rastros aislados;

donde la palabra muere para dar cabida al susurro misterioso

de las selvas y tierras vírgenes; donde todos los horizontes

se esfuman, sin saber nadie por qué ni cómo, allí están los

límites del país en que tan bien me encuentro.

Se llama “La Aventura”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *