Inteligencia emocional

Preferiría no hacerlo

Gracias a un hallazgo en linkedinn, hace unos días descubrí a “Bartleby, el escribiente”. Relato corto que comparte autor -no fama- con Moby Dick, la obsesiva persecución del célebre cachalote.

1800, en una oficina cualquiera de Wall Street. Herman Melville nos narra la singular historia de Bartleby, solícito y ejemplar copista de textos legales. Remedo de “photocopier man” con precisión y diligencia maquinal.

Bartleby es contratado por “circunstancias de la producción” en un despacho poblado por excéntricos personajes. Su laboriosidad le hace acreedor de la confianza del narrador, un tranquilo abogado y sin ambiciones. Comparte funciones con dos copistas apodados Turkey (rechoncho y mutante, rosado de mañana y exaltada “parrilla llena de brasas” tras el almuerzo) y Nippers (ambicioso, amarillento y joven “cantinero de sí mismo”, nervioso de nacimiento). Personajes de irritabilidad consecutiva a mayor gloria del equilibrio emocional en este bufete: cuando uno se muestra enérgico, el otro permanece tranquilo y viceversa en sesiones de mañana y tarde. Junto a ellos, Ginger, estudiante de derecho ejerce de recadero.

Hasta aquí, lo que podría ser el aburrido argumento protagonizado por una tediosa vida laboral en un anodino lugar. Hasta que el relato atrapa tu curiosidad cuando un día Bartleby -parapetado tras su biombo-, responde con un lacónico “Preferiría no hacerlo” a una orden del abogado.

Su primera reacción es de incredulidad. ¿Habré oído mal? Atónito, reformula la pregunta obteniendo la misma respuesta. Desconcierto ¿No me habrá entendido? Irritación. Cada vez más airado recibe -una y otra vez- la misma respuesta: Un “Preferiría no hacerlo” que se convierte en particular mantra por los siglos de los siglos.

“I would prefer not to”. Sin más explicaciones, sin aclaraciones. Cada vez más frecuente, cada vez más generalizado, hasta impregnarlo todo.

A lo largo del relato, el abogado transita entre la cólera y la exasperación por la resistencia pasiva del empleado con momentos de compasión hacia este afanoso copista que nunca salía. Ni a almorzar. Ni a nada. Bartleby se convierte en parte del mobiliario, en eterno y fiel inquilino del despacho que renuncia a todo excepto a la inacción, a la quietud, en una misteriosa y sedentaria actitud de rebeldía.

Al principio porque prefiere no hacer nada que le mueva de su “zona de alcanfor”. Después, por hábito. Finalmente, por adicción.

Bartleby me ha recordado al protagonista de otro relato corto El artista del hambre, de Frank Kafka quien también sucumbe de inanición, en soledad, en el olvido.

Víctima de sí mismo su comportamiento ha sido interpretado como un acto de rebeldía de quien no quiere seguir ejerciendo su función social; como síntoma psicopatológico de esquizofrenia, como muestra de la falta de propósito y sentido. Incluso como ejemplo frente a la alienación.

Es un relato curioso, abierto a interpretaciones diversas. Cada lectora, cada lector, la suya. ¿La mía? “Preferiría no hacerla” …

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