Inteligencia emocional

Todo es más sencillo


Viernes especial. Tenemos nuestra habitual cita con la inteligencia emocional en nuestra tertulia. Mónica, Sonsoles, Iker, Tomas, Sergio y yo celebramos aniversario ¡10 años desde que este sexteto inauguró un lugar de recreo para compartir lecturas emocionales! Una rareza, una afición tan inusual como necesaria. Un privilegio compartir mesa y mantel una década plagada de conversaciones sin órdenes del día.

Hoy tenemos una cita con “El extraño orden de las Cosas” de Antonio Damasio. Este neurocientífico es un invitado habitual a nuestra tertulia. En 2010 nos animamos con “El error de Descartes”. Un clásico imprescindible. Poco tiempo después volvió a ocupar silla con “Y el cerebro creó al hombre”. Aún no hemos degustado “En busca de Spinoza” pero estoy convencido de que le convocaremos a un próximo menú viernesero. Veremos.

En su última propuesta, Damasio se plantea una original hipótesis: “los sentimientos de dolor y placer, desde el bienestar y el malestar y la enfermedad, habrían sido los catalizadores de los procesos que llevaron al ser humano a interrogarse acerca del mundo y a tratar de comprender y resolver problemas, es decir, a aquello que distingue con mayor claridad la mente humana de la mente de otras especies vivas” Sensatez y originalidad a raudales.

Tradicionalmente, los sentimientos apenas se han tenido en cuenta al describir este proceso tan humano y humanizador que es la cultura. Se les ha atribuido un papel secundario, en minúsculas, frente al papel estelar de la RAZÓN -en mayúsculas- en el cultivo del alma que decía Cicerón. Dualismo cartesiano …

Tres son -según Damasio- las maneras en las que los sentimientos contribuyen a la cultura:

  1. Como factores de motivación de la creación intelectual.
  2. Como controladores del éxito o el fracaso de instrumentos y prácticas culturales.
  3. Participando en la negociación de los ajustes que el proceso cultural requiere a lo largo del tiempo.

Para este neurocientífico … “La confrontación con el dolor, el sufrimiento y la certeza de la muerte -en contraste con la posibilidad aún no alcanzada de bienestar y prosperidad- bien pudiera estar detrás de algunos de los procesos creativos humanos que dieron origen a los instrumentos de cultura. Estos instrumentos son el resultado de una santa alianza entre sentimientos e inteligencia creativa.”

Leo entre asombrado e incómodo, el modesto comienzo de este proceso de creación de la cultura.

Asombrado porque según la tesis del autor, no fue la mente de homo sapiens, el particular “principio constitutivo” de la cultura y el gobierno social. Aunque debiéramos estar acostumbrados a estas burlas del destino (recordemos los varapalos a nuestro ego de Copérnico, Darwin y Freud) seguimos obstinados en el error de autopercibirnos en “nivel dios”.

Incómodo porque debiéramos haber interiorizado que todo es más sencillo y no lo hemos hecho. Para muestra, un botón relativo a lo social. Organismos unicelulares -como las bacterias- utilizaban moléculas químicas hace millones de años para sentir y responder, para detectar determinadas condiciones en el entorno, incluida la presencia de otros organismos, y para decidir sobre las acciones necesarias para organizar y mantenerse con vida en un entorno social determinado. Sin cerebros ni unos ni trinos: ni reptiliano, ni límbico ni racional. Con una sencillez unicelular.

Hoy sabemos que las bacterias cuando crecen en un terreno fértil, rico en nutrientes, pueden permitirse “el lujo” de vivir una vida relativamente independiente; cuando viven en entornos más hostiles, no. En éstos últimos, cuando las bacterias viven en la escasez, se agrupan en colonias. Digamos que son individualistas en la opulencia; sociales para surfear en colonia la escasez. Sociales por deprivación.

La forma más primitiva de vida -las bacterias- crean una dinámica social compleja durante la cual pueden cooperar con otras. El éxito frente a la escasez, a las adversidades del entorno y en la rivalidad con otros grupos, depende de la cooperación entre sus miembros.

“Podemos reconocer en organismos tan simples como las bacterias patrones que anticipan comportamientos que el ser humano ha empleado en la construcción de la cultura. Y en la vida de insectos sociales como las hormigas y las abejas, avispas y termitas. Su comportamiento no está guiado por un sentido filosófico de responsabilidad, sino por las necesidades de regulación de su vida”.

Otra más. La cultura nos hace más humanos. Desde la sencillez. Todo es más sencillo. Como una bacteria.

Un pensamiento sobre “Todo es más sencillo

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