Inteligencia emocional

Disonancias

Algunas veces, quizás más de las que pensamos – al menos a mí me pasa -, las circunstancias de la vida, nuestra educación, nuestra profesión, nuestras creencias y conocimientos, nuestras tendencias y razonamientos, nuestra familia y círculo de amistades, la salud, el género, nuestras costumbres y nuestro propio carácter nos hacen afrontar algunos episodios vitales concretos pensado que somos capaces de superar cualquier cosa o, por el contrario, sumiéndonos en un cierto desánimo: nos venimos arriba o nos venimos abajo. Cómo los resolvamos y cuánto tiempo estemos en una u otra posición dependerán de la gravedad, duración, intensidad e implicación emocional del episodio en cuestión e, inexorable y curiosamente, de todos y cada uno de los factores mencionados al comienzo de este párrafo. Como dijo Ortega y Gasset, yo soy yo y mi circunstancia.

Además de estos episodios vitales concretos, diremos que especiales, si hemos llegado hoy hasta aquí es porque hemos ido viviendo cada fase de nuestra vida – cada año, mes, semana, día, hora, minuto y segundo – y con mayor o menor éxito hemos sabido y podido sobrevivir.

Así de feliz, alegre, satisfecho y seguro de mí mismo y de mis capacidades para la supervivencia estaba yo, hasta que hace unos días recibí un informe de unas pruebas psicotécnicas que realicé recientemente en el que se me decía, entre otras cosas muy positivas – por desgracia acabamos fijándonos siempre casi exclusivamente en aquello que no nos gusta, que nos baja la puntuación o que no queremos que nos digan -, que tenía que

ganar en autoconfianza y autoestima, aprendiendo estrategias de resolución de conflictos y de comunicación adecuadas para ser más asertivo, con objeto de aprender a gestionar y resolver los conflictos en las relaciones afectivas y controlar la necesidad de aprobación por parte de los demás y así intentar evitar situaciones de abuso hacia mi persona y vías de escape inadecuadas, con objeto de establecer vínculos afectivos duraderos y sanos

Echando la vista atrás y recapacitando sobre estas últimas palabras, he caído en la cuenta de que ciertamente ha habido experiencias vividas que han sido particularmente conflictivas y dolorosas, de larga duración y que, si bien he salido de ellas porque hoy estoy aquí escribiendo, los daños colaterales durante y después de su paso podrían haberme pasado desapercibidos, y no solo, sino que las estrategias de resolución de las mismas quizás no hayan sido las más adecuadas, prolongando innecesariamente en el tiempo los efectos negativos y condicionando mi conducta incluso a día de hoy.

Tras tomar la decisión de poner manos a la obra para afrontar este nuevo reto de aprendizaje, he comenzado a buscar documentación, para profundizar en este tema, y a poner en práctica algunas técnicas básicas para intentar automatizar mi comunicación asertiva. Obviamente, a la mayor brevedad buscaré también la colaboración de alguna persona experta con la que contrastar tanto la búsqueda como la puesta en práctica, no vaya a ser que el remedio con el intento de autoterapia resulte peor que la enfermedad

¿Quién no ha oído hablar de la asertividad? Ahora bien, ¿sabemos qué es? Es más, ¿somos capaces de ser asertivos de forma proactiva, consciente y operativa? Me temo, y ojalá me equivocara, que la respuesta no es muy halagüeña. Basta ver un rato – mejor corto que largo – alguna tertulia televisiva o escuchar durante menos tiempo todavía algún debate o discurso político… O más cerca de nosotros: las discusiones con nuestra pareja, hijas o hijos, amistades, familiares, vecinos, responsables laborales, colegas, amistades, etc.

Nos han hecho creer que ser asertivo consiste en defender lo que pienso, empezar a decir que no y exigir que me respeten. Pero, ¿refleja esto una verdadera comunicación asertiva?

Experimentamos que defender nuestros derechos con firmeza nos hace sentir que hacemos que se respeten nuestras  opiniones y convicciones, nos da seguridad en nosotros/as mismas/os, pero muchas veces, confrontados con las exigencias de quienes nos rodean, acabamos tirando la toalla y claudicamos adoptando una actitud pasiva, incoherente e incómoda que, tarde o temprano, cuando ya no podemos más acabará haciéndonos estallar.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua nos dice que disonancia, del latín dissonantia, es bien un sonido desagradable, o la falta de la conformidad o proporción que naturalmente debe tener algo o, en música, un acorde no consonante, esto es, no armónico. En cualquier caso, algo que no encaja, que llama la atención por distanciarse de lo esperado y que puede ser desagradable.

Leon Festinger en los años cincuenta del siglo XX propone su teoría de la disonancia cognitiva refiriéndose a esos momentos o situaciones en los que tenemos la sensación de no actuar coherentemente con relación a nuestras creencias, ideas, conocimientos o pensamientos y que se manifiesta a través de sentimientos de incomodidad y de conflicto interno que instintivamente buscamos resolver. Y en muchos casos, resolvemos claudicando.

La comunicación asertiva consiste en afrontar estas disonancias sin olvidar que nuestros derechos terminan donde comienzan los de las demás personas, esto es, de forma empática y, como afirmó el Dr. Marshall B. Rosenberg, no violenta, reconociendo que detrás de cada uno de nuestros actos hay una necesidad no satisfecha (Pau F. Navarro, Desarrolla Tu Comunicación Asertiva: Guía Paso a Paso).

De momento, la técnica que estoy intentando aplicar es la que, como fruto de la lectura, he denominado obsenepe. Es una regla mnemotécnica para recordar los cuatro elementos que componen una fórmula para ejercitar la comunicación asertiva:

Ob: Observar sin juzgar. De la manera más objetiva posible sin evaluar.
Se: Identificar cómo me siento, qué me hace sentir lo que observo.
Ne: Identificar mi(s) necesidad(es) no satisfecha(s), esto es, qué es lo que me hace sentir así.
Pe: Formular una petición clara. Expresar claramente lo que se quiere o espera de los demás.

Ejemplos de comunicación asertiva (Navarro, Op. Cit.)

Si unimos las 4 etapas de la comunicación asertiva quedaría algo así:
1- Observación: Cuando veo/oigo [tu observación]
2- Sentimiento: Siento que [tu sentimiento]
3- Necesitad: Porque necesito [tu necesidad no satisfecha]
4- Petición: ¿Podrías/Te importaría hacer [algo concreto]?

Imagínate que quieres pedirle a un compañero de trabajo que deje de presentar los proyectos en equipo como si él fuera el único responsable. Sí, un día puedes perder la paciencia y decirle “¡Estoy harto de que nunca me reconozcas nada!”.

O también puedes usar este esquema asertivo y decir:

Las dos últimas veces que has presentado el proyecto no has mencionado mis aportaciones (tu observación) y eso me desconcierta (tu sentimiento) porque me gustaría que se reconociera mi trabajo (tu necesidad). ¿Te importaría mencionar de qué forma yo también he colaborado la próxima vez que lo presentes? (tu petición)

Ahora supón que tu pareja se pasa varias horas al día viendo series en la televisión y lleváis meses sin hacer algo juntos.

Puedes decirle: “Está claro que ya no te importo porque nunca salimos juntos”

O usar la comunicación asertiva y decirlo así:

Llevamos varios meses sin salir a hacer algo juntos (la observación) y eso me entristece (tu sentimiento) porque me gustaría sentir que me quieres (tu necesidad). ¿Podemos salir este sábado a cenar a nuestro restaurante favorito? (tu petición)

A menudo no será necesario que menciones todos los componentes del proceso porque ya quedarán claros, pero al principio es buena idea que te acostumbres para no dar pie a otras interpretaciones.

Tras varios días ejercitándome con el obsenepe he de reconocer que mi percepción de la realidad circundante se ha enriquecido, que me siento más relajado, que percibo que mi actitud de diálogo con las demás personas se va modificando  poco a poco y que he descubierto a un interlocutor al que casi no prestaba ninguna atención y con el que necesitaba poner en práctica mi asertividad: yo mismo. Pero como toda técnica, hay que seguir practicando.

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