Inteligencia emocional

30 años de inteligencia emocional: balances y retos.

En 1990 era un flamante licenciado en Psicología. Había todo un mundo profesional esperándome del que, la verdad, poco sabía. Aunque no lo recuerdo con detalle, creo que en aquellas épocas me interesa tanto la sexología, las teorías de Freud y la llamada “psicología comunitaria”. Yo no lo sabía pero en ese momento dos psicólogos americanos, Peter Salovey y John Mayer, estaban publicando en la revista “Imagination, Cognition and Personality” lo que sería la primera referencia académica sobre la inteligencia emocional.

31 años después podéis imaginarme con canas y con una cierta perspectiva de vida y de mi propio recorrido profesional. Al igual que Natalio Extremera, Nicolas Sánchez-Alvarez y Sergio Mérida-López, de la Universidad de Málaga, creo que es tiempo de reconocimientos, reflexiones y descripción de retos. Empezaré recomendando la lectura del artículo que los tres publicaron en Diciembre del año pasado y que me ha inspirado a tratar este tema en el blog. Se trata del trabajo titulado “Inteligencia emocional: avances teóricos y aplicados tras 30 años de recorrido científico”.

 

BALANCES

 

Hay un reconocimiento social del concepto, sobre todo desde que Daniel Goleman publicara en 1995 su exitoso libro “Inteligencia Emocional”. Hay una presencia del concepto y de otros asimilados en términos de lenguaje común en ámbitos como la educación, la empresa, la salud o el desarrollo personal/competencial. Una señal de esta realidad es que “Google” referencia más de 42 millones de entradas sobre inteligencia emocional, que se antojan muchas comparadas con los142 millones que el buscador localiza sobre “inteligencia”.

Este éxito se ha mostrado como un arma de doble filo puesto que por una parte se ha convertido en una moda con efectos peligrosos, que a la vez que ha permitido visualizar y dedicar esfuerzos a aspectos no suficientemente atendidos hasta ese momento. En el aspecto negativo habría que mencionar que la popularidad ha traspasado la velocidad de la investigación científica y, como resultado de esto, en demasiadas ocasiones, profesionales no suficientemente preparados han realizado intervenciones poco rigurosas. Como ejemplo de esta realidad bastará indicar que en estos 30 años no ha habido en ninguna universidad vasca ningún curso de postgrado o master sobre inteligencia emocional. En este sentido cobran vigencia las palabras con las que el profesor Rafael Bisquerra nos explicaba la dificultad para introducir en la universidad el término de “educación emocional” en la década de los 90.

En otro orden de cosas, y sin ninguna intención de ser exhaustivo, merecería la pena detallar algunas iniciativas. La primera que me viene a la memoria es la que puso en marcha en 2008 la Diputación Foral de Gipuzkoa para hacer de ese territorio un lugar emocionalmente inteligente. O en paralelo a ésta el impulso de Innobasque por la gestión centrada en las personas primero a través del cluster del conocimiento y, posteriormente, con el alumbramiento del Consorcio de Inteligencia Emocional. Por otra parte la apuesta de la Fundación Botín por promover la educación emocional con la colaboración de la Universidad de Málaga a través de la figura de Pablo Fernandez Berrocal.

Es importante señalar que las luces y las sombras forman parte de este recorrido. Entendiendo ambas podemos tener una visión más “real” sobre el impacto de la inteligencia emocional en nuestra sociedad. Mi impresión personal es que ha sido una idea, un concepto muy bien acogido por una parte de la sociedad, señal de que ha generado la esperanza de atender cuestiones descuidadas y que se observan como prioritarias. Seguramente, y lo digo como afectado, esto nos debería hacer reflexionar y planear más de lo que lo hemos hecho, tal vez guiados por el entusiasmo de creer haber encontrado un trozo de la piedra filosofal. Por otra parte hay que agradecer y poner en valor muchas iniciativas que han contribuido a aumentar el conocimiento científico sobre el concepto y su aplicación en distintas áreas de nuestra actividad humana. En este contexto me permitiré un doble reconocimiento. El primero a Rogelio Fernandez Ortea, alma mater de este espacio junto con Arantza Etxaniz desde 2007, y el segundo a Itziar Urkijo Cela joven investigadora y recién doctora por sus trabajos en este campo.

 

RETOS

 

Ya hace siete años publiqué en este mismo espacio un post sobre el futuro de la inteligencia emocional. Mi sorpresa al leerlo tanto tiempo después es que no ha habido grandes avances en las cuestiones planteadas. Creo que hoy señalaría algún otro elemento más bien como reto, es decir, como problema que resolver para seguir avanzando.

Por una parte me parece importante que los profesionales conectemos los conocimientos sobre inteligencia emocional para enmarcarlos en espacios de conocimientos como la Psicología, la Pedagogía, la Filosofía o la Ética. Si algo ha podido criticarse con razón en estas tres décadas ha sido la simplificación tanto de la conceptualización como de las herramientas de intervención, como descontextualizándolas de otros saberes como los mencionados. Recuerdo en particular una conversación sobre una investigación que describía la relación entre maquiavelismo, agresividad e inteligencia emocional y cómo se desprendía de ésta la importancia de trabajar la inteligencia emocional desde la ética para prevenir su uso inadecuado.

Otro reto clave es la incorporación como perspectiva trasversal de la inteligencia emocional en los modelos de gestión basados en personas. En épocas como las que estamos viviendo se observa la importancia de este enfoque en la prestación de todo tipo de servicios a la sociedad, especialmente aquellos considerados esenciales. El ámbito de la salud, pero también el de la educación o el de los cuidados (sociosanitarios o sociales) requieren de modelos de gestión de personas que, entre otras competencias, incluyan la capacitación de los trabajadores para entender y actuar adecuadamente ante sus emociones y las de los demás.

Por último creo importante señalar la importancia de educar a la ciudadanía para prevenirla de la manipulación emocional a la que estamos sometidos a través de los desarrollos de la ingeniería social. Una sociedad culta y educada debe incluir la capacidad para reflexionar sobre la vida emocional propia y ajena. De algún modo parte de la libertad está vinculada cada vez más a la gestión de la información, así como de las influencias emocionales a las que estamos constantemente expuestos. En este sentido, el de la educación emocional, permitidme una última recomendación, recién salida de imprenta, que es el trabajo “Teaching with the heart in mind. A complete educadores Guide to social emocional Learning” de Lorea Martínez Pérez.

 

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