Inteligencia emocional

Hablando de ansiedad y cómo reducirla

Uno de los mayores males de nuestro tiempo transmoderno, que atenaza y genera un profundo malestar en las personas, es la ansiedad. Una emoción que se asocia al estrés y a la depresión. De hecho los ansiolíticos e hipnóticos están entre los grupos farmacológicos más prescritos en la mayoría de los países desarrollados. En concreto, en España, el consumo de ansiolíticos e hipnóticos, aumentó un 57.4% en el período 2000-2012. Los sedantes aumentaron un 81,8% y los ansiolíticos un 46,8%.

En Euskadi, contamos con una prevalencia del 20,0% en los síntomas de ansiedad y depresión. Estos son datos que ponen de manifiesto que una gran parte de la población lucha constantemente contra la ansiedad.

En el post anterior, Adriana nos hablaba de la incapacidad para conducir las emociones. Pero ¿cómo podemos conducir la ansiedad?

Para responder a esta pregunta me inspiro en un interesante libro, Ecuaciones emocionales que desde hace algún tiempo utilizo en mis talleres porque contiene unas prácticas indicaciones sobre cómo manejar algunas ecuaciones matemáticas para gestionar de manera creativa las emociones complejas.

222404__cold-winter_pLa ansiedad, forma parte de las emociones complejas, que se materializan en una mezcla de diversas emociones, todas dirigidas hacia algo concreto, pero despertadas por varios y a menudo contradictorios aspectos del objeto o la situación.

Como emoción compleja y socialmente construida, en contextos de dificultad e incertidumbre, la ansiedad (que vuelve a visitar este blog) se contagia y se generaliza.

La ecuación de la ansiedad tiene dos variables; lo que no sabemos (incertidumbre), y lo que no podemos controlar (impotencia), que paraliza y genera malestar, lleva a la tristeza, a la desilusión , baja las expectativas personales y abre la puerta a la depresión. 

Aparece cuando nos anticipamos a los acontecimientos, no importa cual sea la causa, bien por una experiencia que aún no se ha vivido, algo que no ha ocurrido y que posiblemente no llegue a ocurrir, o bien por sobreestimar la percepción de peligro, de una amenaza. Por ejemplo, perder el trabajo, o la casa, que un familiar tenga un accidente, que nuestros hijos tengan un difícil futuro, o que no seremos capaces de realizar un trabajo, una tarea.

Lo cierto, es que ante esta percepción de peligro, menospreciamos nuestra capacidad para enfrentarnos a él, dando paso a la ansiedad. Como emoción que se anticipa al hecho, su dimensión temporal es el futuro, pero vivida en el presente. Por tanto, podemos ver que la ansiedad está alimentada por el miedo a lo desconocido y a la creencia de que no tenemos ningún control, pero también se alimenta de la vergüenza (que es una emoción social paralizante).

En una sociedad y cultura como la nuestra, en la que no se tolera la angustia de la espera, estamos acostumbrados a disponer de todo ¡para ya!, vivimos en una cultura de la prisa, de la inmediatez, de las respuestas para todo en un exceso de racionalidad. Todo tiene que ser perfecto, sin errores, promoviendo una alta autoexigencia por contentar e impresionar a los demás.

Nuestra cultura penaliza, al igual que el error, el mostrar las carencias, las limitaciones personales. Cuestión que genera sufrimiento, y miedo al dolor del mismo. Así mismo, puede promover conductas prepotentes como medida de autodefensa, para ocultar las limitaciones propias. Pero eso, también produce mucha ansiedad y alto estrés, como consecuencia de la resistencia psicológica a lo que sucede, o peor aún , a lo que aún no ha ocurrido.

Al fin y al cabo, la ansiedad es una señal, una alarma de que algo marcha mal en nuestra vida. De echo, he de confesaros, que este post está escrito en un momento y contexto de ansiedad. Por tanto, también me ha servido como estrategia de conciencia y regulación emocional.

Pero ¿cómo podemos (re)conducir la ansiedad?

Echando mano de la ecuación emocional de la ansiedad. Podemos empezar por vivir con humildad, mostrando nuestra vulnerabilidad – al fin y al cabo es una condición humana – porque cuando los demás nos ven vulnerables, siempre hay alguien dispuesto ayudarnos. Siempre hay alguien que nos ofrece su generosidad.

En esta ecuación también entran en juego las expectativas, las cuales debemos ajustar a la realidad en la que nos vemos inmersos, como estrategia “antídoto”, aceptando las limitaciones propias con serenidad, y autovalorando las fortalezas propias.

A lo largo de la vida es imposible controlar absolutamente todo, cuyo intento es comprensible porque las personas necesitamos seguridad, sin embargo, existen variables externas que no podemos controlar, por eso puede ser bueno, a veces al menos, dejar que fluya el caos, que ya lo ordenaremos.

Para combatir la ansiedad también contamos con la relajación, mediante la respiración, muscular y mental. Así como con la visualización positiva y creativa., que ayuda a hacer crecer la autoconfianza y la autoestima. Como parte de esta estrategia contra la ansiedad, una buena medida está en reducir la velocidad de la propia vida, practicar la lentitud.

Y por supuesto, será bueno también darse un tiempo para (pre)ocuparse, eso permite buscar, visualizar alternativas, soluciones, ideas y salidas a las dificultades de la vida.

Y siempre podemos buscar respuestas a grandes preguntas:

¿No estaré sobreestimando el peligro que percibo?

¿De qué recursos personales dispongo para enfrentarme a esa experiencia?

¿Dónde, o en qué puedo, o no puedo influir?, ¿puedo, o no puedo controlar?

 

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