Inteligencia emocional

El camino de Santiago, el camino de las emociones.

El Camino de Santiago, el Camino de las emociones.

 

Desde adolescente convivo con la sensación continua de que la vida se me va, que se me escapa como granos de arena entre los dedos, así que me gusta coger unos días y hacer una ruta antes de que se me vapore

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Agarro mi mochila, mis zapatillas, mi palo y un camino para andar. Y entonces entro en conexión con la naturaleza y con una parte de mí que me lleva a estar muy cerca del cielo. Es como si de repente, recibiera una transfusión de amor que me expande y me transporta a una sensación serenidad y amorosidad difícilmente descriptible.

Me gusta ir sola, poniendo consciencia a todo lo que sucede cada día. Observar quien se acerca a mí, quien se queda para hablar, que me cuentan, quien me busca, que parte de mi comparto, que parte de los demás me dejan y se produce una bella sincronicidad.

En el camino se comprende que necesitamos muy poco para simplemente Vivir, ser felices. Procuro poner atención en agradecer el momento, en poner en valor lo sencillo, que se convierte en mágico a cada instante. El olor de la colza, la lluvia cayendo por las mejillas, los campos de trigo verde coloreados con amapolas, el brezo morado de las veredas. Poder observar como el sol se despereza dando la bienvenida al día, escuchar la sinfonía sin director de los pájaros celebrando el día al compás del ruido de mis propias pisadas.

Caminando he descubierto que la alegría lava a carcajadas lo cotidiano, que llevas tanto peso en la mochila como miedo tengas en la vida, que hay grandes personas que están librando grandes batallas, que un desconocido te puede lavar tus pies y curar tus ampollas, y que somos el palo de sostén de algunos y en que nos apoyamos nosotros.

Un día después de seis horas andando, cuando las piernas flaquean y el calor es insoportable apareció mi mente tirana con su discurso “Ya no puedo más, que cansada estoy, no puedo más”. En ese momento descubrí que las hojas de los arboles cantan, que no suenan igual los olmos, las encinas o los fresnos y que los cipreses son los que cantan más bajito para no molestar a los pensamientos.

 

El camino es

siempre un tiempo conmigo.

 

Un tiempo sin tiempo.

 

Tiempo de parar y reparar,

de ser, sólo ser.

 

Puedo recorrer

miles de montañas y valles

de oriente a occidente

pero sino he encontrado

la libertad de ser yo misma,

no he llegado a ningún sitio.

Ultreya!!

Cristina Zurita.

 

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