Inteligencia emocional

Sobre la culpa y otras cuestiones

*Hace unos días presencié en un espacio público la parte final de una conversación –si se le puede llamar así- entre dos personas adultas. No sé cuál era el tema que se traían, pero el tono iba adquiriendo un matiz agrio y de lo que pude escuchar (no tenía posibilidad de escapatoria) se deducían reproches y justificaciones. Aunque intentaban disimular o, al menos, no llamar mucho la atención sus gestos y expresiones eran elocuentes. Una de las personas denotaba enojo y casi furia, la otra expresaba cierto bochorno y azoramiento. Trataban de hablar bajo, pero los picos de tensión emocional nos telegrafiaban a los demás los mensajes más comprometidos. En una de estas, la persona que llevaba la parte más activa de la discusión le espetó con desprecio a la otra: “¡Allá tu con tu conciencia!”. Y ahí se terminó la conversación. Mi mirada sorprendida se cruzó con la mirada turbada de la persona despreciada.

Yo terminé mis asuntos y salí a la calle. Una vez que ordené mentalmente las gestiones que acababa de realizar me vino a la cabeza, de pronto, esa lapidaria frase. Seguramente, la intención de quien la dijo era reprobar un acto de la otra persona, tratando de que esta lo sometiera al juicio de su propia conciencia y se sintiera culpable de algo. Esta explicación me dejó satisfecho pues era coherente con el proceso de la culpa adaptativa.

Sin embargo, algo me resultaba inquietante: la frase en sí misma, la expresión de las caras de los protagonistas, la situación en la que la escuché… o tal vez todo ello. Automáticamente, tratando de darme una respuesta, me puse a repasar mis conocimientos sobre la culpa:

La culpa es una emoción compleja, de carácter social, de origen y desarrollo cognitivo y que está muy influenciada, en su génesis y mantenimiento, por factores sociales, religiosos, culturales, familiares y de personalidad.

…Sentimos culpa o nos sentimos culpables cuando somos conscientes de que hemos contravenido un acuerdo o una norma con nosotros mismos, con alguien cercano, de un grupo al que pertenecemos y en general, de la sociedad.

…La capacidad para sentir culpa surge ya en nuestra infancia, a la par de nuestra maduración psico-afectiva y del proceso de socialización. Todos los humanos tenemos esta capacidad (incluso algunos especialistas dicen que es innata) y está mediada por el mecanismo de la empatía, por lo que cualquier eventualidad en su desarrollo le afectará de manera determinante (los psicópatas parece que no desarrollan la empatía y, por lo tanto, no se sienten culpables de sus actos).

…Podemos distinguir por su origen una culpa social y otra interna. La culpa social está basada en una “autoridad externa” a nosotros (una persona de referencia, nuestro grupo, la sociedad, etc.) que tiene el poder de castigarnos (privarnos de un bien o de afecto), y que implica vergüenza y miedo. La culpa interna proviene de un “malestar interno” generado por nuestra conciencia, la cual nos castiga emocionalmente creándonos intranquilidad, angustia y ansiedad.

Pensé sobre cuál sería la razón por la que aquella persona se debería sentir culpable y el pensamiento se me fue hacia mí mismo. ¡Anda que en más de una ocasión no habré hecho méritos para sentirme culpable! Sobre todo cuando se ha tratado de los sentimientos de otras personas. Esta es un tipo de culpa adaptativa, porque nos ayuda a mantener en la memoria un repertorio de expresiones, cosas, actitudes o situaciones que pueden herir a otra persona, de tal manera que cuando lo utilizamos y percibimos su efecto, el sentirnos culpables nos ayuda a saber qué es lo que hemos hecho mal y tratar de enmendarlo.

Pero yo seguía sin estar tranquilo. La dichosa frase “¡Allá tú con tu conciencia!” repiqueteaba en mi cabeza y veía la expresión afligida y sumisa de quien la recibió como si hubiera escuchado la sentencia inapelable de un juez.

¿Cómo se estaría sintiendo esa persona? Parecía inquieta, abatida, avergonzada y angustiada. Realmente se estaba sintiendo culpable de algo, la frase había surtido efecto en su conciencia. Porque es la conciencia de cada uno quien nos juzga verdaderamente. El origen de la culpa es social, pero está integrada en los valores propios, y su experiencia es íntima, subjetiva y personal. Aunque no queramos compartir con otras personas nuestro sentimiento de culpa y el hecho que lo genera, no nos lo podemos ocultar a nosotros mismos, es imposible escapar a nuestra propia conciencia. Y también es la propia conciencia quien nos castiga, ya que por lo general no necesitamos que la “autoridad externa” lo haga.

Cada individuo tiene un umbral de tolerancia a la culpa, y de remordimiento y arrepentimiento, que son los otros sentimientos asociados al proceso. Recuerdo un compañero de trabajo al que si se le peguntaba con gesto inquisidor y reprobatorio “¿dónde estabas cuando mataron al presidente Kennedy?”, se ponía a temblar y a dar todo tipo de excusas. Esto, dado su carácter, se lo hacían en broma. Pero el hombre lo pasaba mal, porque hay personas cuyo umbral de tolerancia es muy bajo. Sin embargo hay otras que no lo tienen tanto; pensemos en un malhechor que comete un robo: sabe que lo que hace está mal, pero ha aprendido seguramente a dejar de sentir culpa y, mucho menos, remordimiento y arrepentimiento.

Sentía pena por aquella persona de gesto doliente. ¿Qué habría hecho? ¿Qué norma o convención habría quebrantado? Y de repente comencé a notar cómo mi cuerpo se alteraba, empecé a sentirme airado y vi delante de mí el gesto amenazante y en tensión del que lanzó la frase como si arrojara una piedra sobre el otro. “¡Allá tú con tu conciencia!” era, desde luego, una sentencia condenatoria en toda regla: “Yo, por el poder que a mí mismo me otorgo, te condeno a que sientas el cruel martirio de la culpa y te desposeo de tu paz interior. Que la angustia te corroa y no encuentres calma ni sosiego”.

Este individuo se arrogaba el derecho de juzgar al otro con un afán desmedido,  por medio de sus reproches pretendía que se sintiera culpable sin darle ninguna opción a la defensa, sus comentarios eran perversos y pretendían desvalorizar a su acompañante. Era sin duda un manipulador, un elemento peligroso y tóxico.

“¡Vaya escenita me ha tocado ver!” pensé. Es como si la ley de la atracción hubiera funcionado: no hay manipulador sin elemento susceptible de ser manipulado y viceversa. Seguramente el manipulado habría crecido en un ambiente muy rígido, donde cualquier hecho poco relevante o apenas trasgresor tenía un castigo asegurado; podría sentir también una falta de control sobre su manera de asumir responsabilidades que le provocara una baja autoestima. También el manipulador podría haber crecido en un entorno similar o en uno en el que la distinción entre el bien y el mal era una línea fina y difusa, y seguro que tenía una auto-percepción y una auto-valoración desmesuradas; podría ser una persona rígida y autoritaria, con miedo a perder el control y a tener que enfrentarse a los propios errores.

Como estudioso de las emociones creo que la culpa tiene un sentido adaptativo y que es un regulador de las relaciones interpersonales. Nos informa y pronostica las consecuencias adecuadas o inadecuadas de nuestros actos, otorgándonos un sentido de lo que es correcto o incorrecto. Nos ayuda a definir e integrar valores propios y a asumir las pautas y convenciones sociales. Nos lleva a tener en cuenta los sentimientos de los demás y por lo tanto a valorar el alcance de nuestras relaciones. Está anclada en nuestra conciencia, de tal manera que gracias a esta podemos regular nuestros actos sin pensar únicamente en que vamos a ser reprendidos, o en que vamos a sentir miedo y vergüenza por sus consecuencias.

Nuestra sociedad o nuestro grupo de referencia han fijado unas normas y unos parámetros de conducta que regulan nuestras relaciones y nuestra estructura social. Cuando alguien las contraviene o las transgrede –sobre todo si causa un mal- el grupo le castiga por medio del rechazo o de apartarle. Esta circunstancia provoca tristeza (se vive como una pérdida), la cual lleva al individuo a la introspección. Este proceso reflexivo provoca la asunción de la culpa, que se experimenta como pesar (con o sin remordimiento), y pone en marcha el mecanismo del arrepentimiento (pena que se siente por el acto cometido y deseo explícito de reparación). A su vez, este arrepentimiento es comprendido y aceptado por el grupo, que a través del perdón, promueve la reintegración. Este perdón –que también tiene que ser auto-perdón- provoca en la persona un gran alivio y una sensación de bienestar. La percepción del dolor sincero de quien sufre su culpa también genera en el promotor del castigo otro sentimiento importante: la compasión.

Podemos ver que la empatía está detrás de todo el proceso: si yo no me pongo en el lugar del otro no puedo comprender el daño cometido y la necesidad de reparación, y si el otro no se pone en mi piel no puede sentir mi arrepentimiento y mi necesidad de perdón.

El problema gordo viene cuando asumimos una culpa que no obedece a un hecho real, cuando aceptamos la propiedad de un acto erróneo que no nos corresponde. También cuando nuestra conciencia actúa reactivamente castigándonos con dureza ante cualquier situación buscando culpables y no responsables, e incluso cuando pone un límite severo a nuestros propios pensamientos. En estos casos la culpa no tiene ninguna función constructiva, es una culpa falsa y no nos ayuda a crecer, por así decirlo, el mecanismo regulador de nuestra conciencia se ha averiado.

Cuando esto ocurre, ¿qué podemos hacer para intentar corregir dicho mecanismo? ¿Cómo nos podemos proteger de los tremendos y perniciosos efectos de la frasecita “¡Allá tú con tu conciencia!”? ¿Qué debemos hacer cuando nos enfrentamos a un manipulador? Desarrollar la capacidad de reflexionar sinceramente, propiciar nuestro autoconocimiento, mejorar las habilidades para resolver conflictos, aprender a relativizar y a desarrollar el pensamiento positivo, darnos permiso para equivocarnos sin juzgarnos, emplear técnicas para proteger nuestra autoestima y, sobre todo, aprender a perdonar a los demás y a uno mismo son parte de una caja de herramientas que todos deberíamos llevar integrada. No olvidemos que la culpa falsa nos ata con cadenas al pasado, condiciona y manipula nuestro presente y nos roba la energía, la ilusión y la esperanza por el futuro.

*Post publicado en agosto de 2011

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