Inteligencia emocional

Cuando el tiempo se detiene

Tiempos de cambio

Tengo una relación curiosa con mi percepción del tiempo. En general lo siento como caballo galopando, es decir, fuerte, avanzando con paso firme y rápido, sin esperar ni detenerse. Pero hay ocasiones que siento que se congela y, prácticamente se detiene. Es en este segundo momento cuando una sensación fría de vértigo me avisa de que se acerca un cambio importante. Tras más de 40 días en casa por la alerta sanitaria que vivimos por la pandemia del COVID-19, estoy notando cómo el tiempo se está deteniendo.

La mayor parte de los cambios que se dan en nuestras vidas son impuestos. Me refiero a que pocas veces son decisiones individuales. En una sociedad orientada a la individualidad esta afirmación puede resultar, más que paradójica, casi provocativa. Es verdad que sería más certero matizar la primera frase diciendo que en el universo de los cambios personales, pero entiendo que también en los colectivos, el ritmo lo marca principalmente el contexto. Y, sí, las decisiones de las personas aceleran o retardan los cambios que antes o después se imponen en la mayor parte de las ocasiones. Ciertamente me ha quedado bastante determinista esta

introducción, lo cual no deja se ser una paradoja en un optimista recalcitrante como creo ser.

Me gustaría compartir algunas reflexiones sobre esta situación:

 

PONER LIMITE A LA DEPENDENCIA.

Creíamos que la globalidad respondía a nuestras necesidades, vivíamos en una lógica consumista en la que pagando obtenías unas comodidades que no parecían tener límite más allá de la capacidad económica de cada cual. Delegar se nos ha revelado como un asunto peligroso. Por una parte necesitamos distribuir tareas, tiempos, organizarnos como familia, como comunidad, a nivel social. Pero, ¿cuales son los criterios con que dejar que otros se encarguen? y, sobre todo, ¿qué limite marcamos?. Hablemos de mascarillas, de medicinas, hablemos de servicios sanitarios, o de la distribución de los cuidados. Cuando veo lo que he arriesgado por comodidad soy mucho más consciente de aquello que no quiero delegar en otros.  Saber cocinar rico y sano, cuidar a los míos y dedicarles tiempo de calidad es irrenunciable. Pero también lo es tener productos saludables, disponer de personas que hacen que los alimentos nos lleguen o que los espacios públicos o privados estén limpios. Independientemente de aplausos concentrados a una hora determinada de cada día, estos días he descubierto con intensidad el valor de algunos trabajos, de los hechos en casa y de los que otros hacen para todos. Creo que el culto al dinero nos ha llevado a una lógica equivocada, aquella que nos permite desatender ciertas obligaciones por un módico precio, aquella que nos hace dar más valor a consumir que a hacer, a ser servidos que a servir. El tiempo de estas semanas ha hecho que la imagen de nuestro vivir frenético se ralentice lo suficiente para observar detalles que, antes, se nos pasaban desapercibidos o podíamos dejar de mirar con mucha más tranquilidad.

 

LA DEPENDENCIA REAL ES LA INTERELACIÓN

De lejos todo forma parte del paisaje. La vista general nos permite ubicarnos en un espacio amplio, tal vez uno que no somos capaces de recorrer en un solo día. Por contra, si ponemos el foco en el sendero, cada detalle parece adquirir relevancia. Aquella montaña que se ve a lo lejos, esa que tal vez nunca tenga que subir, tiene una inclinación que importa menos que la loma que tengo que subir esta tarde con mi pesada mochila al hombro. El tiempo, estas semanas, pasa más silencioso, más tranquilo, y por ello también hace ver ciertas cosas de otro modo. Nuestro tiempo nos permite grandes viajes, grandes logros, pero caminando seguimos pudiendo avanzar parecida distancia a hombres y mujeres de otras épocas. Es la tecnología, los aviones, las compañías de los cost, el acceso a internet de banda ancha, los ordenadores de mano que nos servían para hablar (smartphone los llaman), lo que hace que podamos hacer cosas que otras generaciones no imaginaron. Pero nuestra vida sigue dependiendo de cosas sencillas como poder alimentarse, tener un lugar donde vivir, ser miembro de uno o varios grupos humanos en el que ser queridos y querer, en el que ser útiles y en el que apoyarnos. Además del entorno cercano en el que los míos, mi tribu es mi familia, mis amigos, mis compañeros o mis vecinos hoy sabemos, con mucha más consciencia, que hay unos sanitarios, unos productores de alimentos, unos distribuidores, unos repartidores, unos limpiadores, unos cuerpos de seguridad, entre otros, que permiten que lo sencillo de mi vida sea posible. Me resulta curioso que los aplausos, o nuestra atención mediática, antes se los llevasen famosos futbolistas y hoy anónimos sanitarios. Sabemos mejor que dependemos de ellos.

 

APRENDER PARA CAMBIAR

Trauma o crecimiento post-traumático

Pronto el tiempo retornará a su velocidad habitual. El impacto de esta situación se mantendrá junto con las consecuencias económicas y sanitarias vinculadas. Algunos dejarán atrás este tiempo detenido como un mal sueño, otros tendrán que vivir adaptándose a las consecuencias que les hayan impactado. Pero todos tenemos la oportunidad de aprender de lo que estamos viviendo. Es así como poder hacer cambios estables, más allá de que hayamos sido empujados por las circunstancias. Hay cosas que no quiero perder de lo vivido cuando el tiempo se me detuvo durante 40 días, cosas sobre las que reflexionar, cosas que no deberíamos olvidar. Para acabar no puedo dejar de recomendar el artículo publicado por Carmelo Vázquez titulado “Trauma o crecimiento post-traumático” en el que presenta una visión del futuro post COVID-19 basada en estudios de los efectos de otras crisis anteriores.

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