Archivo por días: 24 noviembre, 2011

A la cárcel por ser violada

La madre de Guinaz salió una maña de casa para ir al médico. Esta ausencia fue aprovechada por un familiar para entrar en la casa y violar a la joven de 19 años. Guinaz guardó silencio durante cuatro meses hasta que le resultó imposible disimular el embarazo fruto del ataque. Calló por miedo a la deshonra, por terror a las consecuencias que en una sociedad extremadamente tradicional tienen para las mujeres este tipo de agresiones. Su silencio, sin embargo, fue también el argumento que llevó a la Justicia a encerrarle bajo la acusación de “esconder la agresión durante demasiado tiempo”, según el portavoz del fiscal general de la capital afgana, Rahmatullah Nazari, que argumentó que “con el paso de tanto tiempo no se pueden tener pruebas de un ataque” por lo que tipificaron el caso como adulterio.

Cárcel para mujeres de Herat (M.A, 2010)

Su caso es uno de los muchos que se producen a diario en el país, la gran diferencia es que Guinaz ha decidido contarlo con detalle ante las cámaras de la cadena CNN desde la celda en la que permanece encerrada desde hace dos años junto a su bebé. El Código Penal afgano no reconoce la violación como un delito, en cambio, sí que considera que lo es el adulterio, como destacaba en su artículo de elmundo.es Mónica Bernabé. El sexo fuera del matrimonio es motivo de largas condenas en un país al que llegaron las fuerzas internacionales hace diez años. El peso de la tradición es tan fuerte que poco importan los millones de dólares gastados en proyectos de distintas ONG o de ayuda a la reconstrucción del sistema judicial, es lo que ha vuelto a sacar a la luz un caso como el de Guinaz que supone una lección de realismo para una comunidad internacional que ya ha dejado atrás su planes utópicos de democratizar y occidentalizar el país asiático para centrarse en una retirada lo más decorosa posible en 2014.

El enlace con su violador podría salvarle de cumplir condena (al originalmente de doce años, pero reducida a tres), pero también lo puede hacer la presión internacional generada por su aparición ante las cámaras ya que “pronto obtendrá el perdón presidencial”, declaró a la CNN Nazari.

Cadenas, pan y agua

Hay que salir de Kabul a primera hora para poder regresar antes del anochecer. El camino a Jalalabad, 150 kilómetros al sureste de la capital, es el mismo que va a Pakistán y constituye la principal ruta de abastecimiento de las fuerzas de la OTAN. Por lo tanto es objetivo de los grupos insurgentes que tienen el control de las zonas rurales de Afganistán.

El fotoperiodista Diego Ibarra (Zaragoza, 1982) prepara sus cámaras e inicia el camino hacia el santuario Alí Baba Mia, un viaje directo a un lugar donde poder retratar sin filtros algunas de las consecuencias ocultas de tres décadas de conflicto en el país asiático. El lugar se encuentra más allá de Jalalabad, se trata de un pequeño complejo formado por el santuario donde descansan los restos del santo sufí, un cementerio y una decena de celdas donde enfermos mentales y drogadictos buscan la curación.

Las familias llevan a los suyos guiados por la fe en la figura de Ali Baba Mia. El milagro de la sanación pasa por un tratamiento de choque en los que los pacientes pasan cuarenta días encadenados a la pared a base de pan y agua, una terapia que busca limpiar cuerpos y mentes de todo mal.
Mental illnes in Afghanistan: the invisible consequences of war

“Es un lugar que da miedo, miserable y donde los enfermos sobreviven en condiciones durísimas“, recuerda Diego que ha visitado el santuario en dos ocasiones como parte de un amplio proyecto sobre centros psiquiátricos que desarrolla en Afganistán y Pakistán para mostrar las huellas menos visibles de los conflictos en la región. “El impacto es brutal, pero la prisa apremia porque hay que trabajar con rapidez antes de que se difunda en el área la noticia sobre la presencia de un extranjero, todo un caramelo para los insurgentes”, apunta el fotoperiodista aragonés. Esa brutalidad se plasma en las fotografías en blanco y negro de Diego donde el grito de los enfermos traspasa el papel y golpea los oídos de quienes las observan. Una bofetada a los sentidos, un cubo de agua helada sobre una opinión pública cansada de la guerra de Afganistán y que se refugia en las estadísticas de ejércitos y ministerios que maquillan con números el fracaso de la intervención internacional.

Muertos en vida, encadenados a las paredes de sus celdas a la espera de que les llegue la hora de dejar este mundo, abandonar un Afganistán donde solo sobreviven los más fuertes. Tres décadas de conflicto han dejado en el país asiático más de dos millones de enfermos mentales graves, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). El sistema de salud público no es capaz de atender el problema y los cinco centros psiquiátricos que se reparten en Herat, Kabul, Mazar-e-Sharif y Jalalabad (dos) se han convertido en lugares donde los enfermos se limitan a esperar la llegada de la muerte. Sin medicinas ni tratamientos que les abran la puerta a una posible recuperación los familiares sólo confían en que un milagro salve a los suyos.

“En el vecino Pakistán muchos centros comparten la misma filosofía y los ciudadanos piensan que los suyos sanarán sólo cuando se rompan las cadenas que les atan a la pared“, recuerda Diego, residente en Islamabad, que espera terminar con este proyecto en los próximos meses. Tiene que darse prisa debido a la inestabilidad creciente en la zona y a que este tipo de centros creados bajo la filosofía sufí no son del agrado de las autoridades. Kabul apenas dedica atención a estos santuarios por lo que se ven obligados a sobrevivir de las discretas donaciones que pueden realizar las familias con cada ingreso. Al final de los cuarenta días el enfermo vuelve a la calle y con él regresan los fantasmas que dominan sus mentes y corazones a quienes la violencia ha arrancado cualquier signo de normalidad.