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Helen Garner retrata la indoblegable realidad

Poco sabíamos de Helen Garner hasta la fecha: que es una autora australiana y que aunque ha publicado muchos libros, en castellano solo encontrábamos la novela La habitación de invitados, publicada por Salamandra. Ahora, en una acción conjunta entre dos editoriales, algo poco habitual, podremos acercarnos a la obra de no ficción de esta autora.  Por un lado, Libros del Asteroide ha publicado Historias reales, un libro que reúne sus principales reportajes y artículos; por otro, Libros del K.O. nos trae La casa de los lamentos, una larga crónica judicial que se lee como una novela. Vayamos a su historia: tras celebrar el Día del Padre (que en Australia se celebra en septiembre), Robert Farquharon, un tipo normal, en principio, se dirige en coche a casa de su ex mujer para llevar allí a sus tres hijos.  De repente, el coche cae en una balsa y el único que consigue salir a flote y sobrevivir es el padre. Tras la tragedia, llegó un juicio en la Corte Suprema de Victoria en el que tenían que determinar si Farquharon había querido vengarse de su mujer de la que se había separado hacía poco o si, como él decía, todo se había debido a un desmayo que había sufrido al volante.

Helen Garner, atraída por el caso, acudió cada día a la Corte, y el caso llegó a convertirse para ella en una obsesión que transformó en La casa de los lamentos. En el libro, vemos desfilar a los testigos por la sala, a los familiares, observamos cómo se derrumba el acusado en algunas ocasiones, y cómo defensa y acusación preparan sus estrategias y cómo el juez decide, por cuestiones procesales, no presentar ciertas pruebas ante el jurado popular que tendrá que dictar sentencia. “Al jurado no se le permite especular. Esa posible interpretación quedaba fuera de su alcance. Me molestaba verlos entrar en la sala y ocupar su sitio desinformados, con los hombros inclinados y la expresión seria y confiada”, dice. Pero Garner nos enseña también el ambiente, podríamos decir, que se genera entre los distintos periodistas que acuden a la sala, entre los más curtidos, que nunca se conmueven y los más impresionables.

Garner demuestra su habilidad para describir a los personajes y componer escenas, pero lo que quizás más me haya sorprendido es la manera en la que estructura, ordena y facilita toda aquella información que recabó. Su relato del juicio no resulta pesado ni monótono; al contrario, el oficio y el talento de la autora logran que tramos del libro sean adictivos e inquietantes. La periodista, además, no se limita a recoger, ordenar y escribir una historia, como sucede en A sangre fría, sino que ella muestra su peculiar trastienda: “En aquella ocasión había llevado conmigo a la hija de una amiga íntima, una adolescente de dieciséis años pálida, callada, con pelo rubio platino y ortodoncia, enfundada en unos vaqueros y en una sudadera gris claro. (…) Nos instalamos en los asientos para la prensa de la sala tres, al lado de un grupo de alegres periodistas”.

La casa de los lamentos se lee como si fuera una novela, pero, a cada poco, nos sacude la certeza de que no estamos ante una obra de ficción, y eso hará que queramos que las cosas vayan por un determinado camino, pero la realidad, ya se sabe, es indoblegable.

Txani Rodríguez

Rodolfo Walsh, cuando el Nuevo Periodismo era argentino

El 9 de junio de 1956, el peronismo derrocado nueve meses antes realizó su primera tentativa seria de retomar el poder mediante un estallido de base militar con algún apoyo civil activo. La proclama firmada por los generales Valle y Tanco denunciaba la tiranía en la que vivía el país, donde estaba incluso prohibido mencionar a Perón. Los hechos que narra Operación masacre se centran en las detenciones que los militares de la llamada Revolución Libertadora –una dictadura anticomunista liderada en aquellos días por el general Aramburu– realizaron aquella misma noche, en una zona obrera. Se llevaron a una docena de hombres, la mayoría escuchaba un partido de boxeo, alguno estaba de visita en casa de su vecino; otros, simplemente, pasaban por allí.  La orden fue la de fusilarlos, a pesar de que la mayoría no tenía ni idea de que estuviera teniendo lugar un tímido estallido militar –que fue sofocado en unas horas- y a pesar de que no se hubiera decretado ninguna ley marcial. La suerte que corrieron aquellos hombres fue dramática: hubo cinco muertos, un herido grave y seis supervivientes.

El 18 de diciembre de 1956, el escritor Rodolfo Walsh se entera de que “hay un fusilado que vive”. Esa frase le cambió la vida porque tal y como señala en el prólogo al libro Leila Guerriero, pues hasta ese momento la política no había sido su preocupación, la justicia no había sido su prioridad y el periodismo de investigación no era de su interés. Pero tras esa frase, llegó la metamorfosis de Walsh. Pasó del periodismo cultural a, con tal de llevar a cabo una investigación sobre aquellos hechos del 9 de junio, cambiar de identidad, hacerse con un revolver e irse de casa. Walsh publicó esta magnífica crónica cuando los ejecutores aún estaban en el poder con lo que el texto se presentaba para preguntar a la Revolución Libertadora si reconocían la acción como suya o la desautorizaban. Dijo: “Tres ediciones de este libro, alrededor de cuarenta artículos publicados, un proyecto presentado al Congreso e innumerables alternativas menores han servido durante quince años para plantear esa pregunta a cinco gobiernos sucesivos. La respuesta fue siempre el silencio”.

Bien, hemos relatado el contexto histórico y el momento vital en el que Walsh se encontraba cuando comenzó con esta investigación, pero quiero ahora hablar de la novela en sí, que supone un espeluznante relato sobre el terrorismo de estado.  El argentino nos presenta a la mayoría de los hombres que van a ser detenidos esa noche: conocemos sus familias, los vemos en sus casas, nos colamos en una parte de sus cotidianidades. Utiliza el presente en la crónica, y recrea escenas  con enorme viveza y precisión descriptiva. Se vale de las técnicas literarias para recrear aquellas horas. El narrador no lo sabe todo, no puede conocer qué pensaban o qué sabían los detenidos, pero sí sabe cómo van a transcurrir los hechos y a veces adelanta pinceladas, algo que añade tensión a la historia. Un ejemplo: “La casa donde han entrado Carranza y Garibotti, donde se desarrollará el primer acto del drama y a la que volverá por último un fantasmal testigo, tiene dos departamentos.” Walsh consigue que la lectura sea adictiva; lo sería sin ser un hecho real, una crónica, y estremece recordar en mitad de la lectura que todo aquello sucedió.

Operación Masacre, reeditada ahora por Libros del Asteroide, es sin lugar a dudas la precursora de lo que décadas más tarde se conoció como Nuevo Periodismo y que tuvo en Truman Capote y Tom Wolfe sus máximos exponentes. Este relato no tiene nada que envidiar a aquellos que llegaron después, a excepción quizá de la inalcanzable A sangre fría. Tras escuchar esa frase, Rodolfo Walsh se comprometió con sus ideas políticas, llegó incluso a formar parte de la organización armada Montoneros. El 25 de marzo de 1977, lo emboscaron miembros del ejército de Videla y lo asesinaron en la avenida San Juan, en su Buenos Aires natal.

Txani Rodríguez