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Ramón Palomar o los malos también lloran

De repente todo el mundo se ha puesto a escribir thrillers. Esto más que una moda parece una plaga. Aunque puede que “de repente” no sea una definición adecuada porque esto es algo que se veía venir, porque tenemos a la espalda unos años de reverencia por el noir nórdico y algunos éxitos televisivos con la especialidad. Y teniendo esto en cuenta no es de extrañar que donde los ejecutivos pedían comedias ahora exijan thrillers. En la tele y en el cine, que hay que ver cómo está la cartelera. Y tengo la impresión de que algunos guionistas que han visto rechazadas sus tramas camino de la pantalla, las han remodelado para que se adapten a la letra impresa. Y así nos encontramos con una superproducción un tanto angustiosa donde no todo es bueno, donde no todo está bien escrito, donde el género negro se desdibuja en beneficio de otros subgéneros. Así que me emociono cuando me encuentro con autenticas novelas negras, con empaque, con lenguaje, con actitud.

Ramón Palomar ya había publicado una novela hace seis años titulada Sesenta kilos, con bastante retranca, violencia desatada, retratos ajustados, denuncia de la corrupción, lo que uno espera en estos casos y pocas veces se le da. Y ahora publica La gallera, muy parecida a la anterior, pero más concreta, más percutante, más rebosante de verdad. Ramón Palomar es valenciano, aunque nació en Francia, y se gana muy bien la vida trabajando en la radio y en los periódicos. Pero, de vez en cuando, se siente arrastrado al otro lado de la realidad, es decir a la ficción más real, y le da por escribir un texto como La gallera. Vamos, tenemos aquí a un asesino, un tipo que descubre que lo que mejor sabe hacer es matar al prójimo. No hay complejos, no hay culpa, no hay problema. Tenemos luego a un narcotraficante, un tipo apocadito, pero que saca el gallo que lleva dentro cuando ve que la competencia es dura y si hay que aliarse con los colombianos, que gran hallazgo los narcobeatos, para que eliminen al opositor, pues se hace y hasta la próxima. Y luego hay un policía corrupto, muy corrupto, el más corrupto, pero que también sufre porque a su padre le pegó unos tiros el asesino que citábamos antes.

No hay mucha novedad en todo esto ¿verdad? Es cierto, lo bueno está en cómo se cuenta. En principio Palomar adopta el estilo Ellroy y estructura su novela en capítulos breves, que le permiten contar muchas cosas porque lo hace con frases muy cortas que siempre aportan información y/o estilo literario. Y, al igual que el maestro estadounidense, es bastante bruto con los asuntos que aborda, tan reales, tan impactantes que nos deja sin aliento. Por cierto, alguien debería pensar en llevar esta novela a la pantalla, a no ser que los productores se dediquen a beber agua de litines en lugar de los copazos de licor seco que tanto han definido al género.

La gallera es una novela implacable, dura, sucia, que cuenta hechos reales aunque no lo anuncie, que revela la banalidad de la infamia, que pone el ojo en la cotidianidad de la iniquidad y nos hace perder la esperanza en que nuestras quejas encuentren algún día solución. Eso a pesar de que, como queda aquí claro, los malos también lloran.

Félix Linares

Las verdades de Pier Paolo Pasolini

Se da estos días la circunstancia de que dos editoriales, Altamarea y Ediciones El Salmón, han publicado sendos trabajos escritos por el cineasta y escritor Pier Paolo Pasolini, que nunca antes se habían podido leer en castellano. Altamarea nos ofrece La ciudad de Dios y Ediciones El Salmón Las bellas banderas. Ambos libros se circunscriben a la, digamos, “etapa romana” de Pasolini, ya que en 1950 se trasladó a la ciudad desde el pueblo natal de su madre porque le habían denunciado por escándalo público. Además, a ello se sumó, poco después, el alejamiento dictado por el Partido Comunista. Cuando llegó a Roma con su madre, la ciudad celebraba el jubileo convocado por Pío XII, quizá por eso La ciudad de Dios se titule de ese modo. Hasta la publicación en 1955 de su célebre novela Chavales del arroyo, sobrevivió como profesor, traductor y escribiendo artículos.

Precisamente, La ciudad de Dios agrupa textos de aquellos años, relatos, reportajes periodísticos y una entrevista que concedió más tarde, en 1973, al Il Mesaggero, en la que se muestra muy decepcionado con Roma, una ciudad que llegó a amar, y con Italia en general. Tras la derrota del fascismo, el país vivió varios años de esperanzas para la renovación cultural y política, pero pasadas un par de décadas, poco quedaba de aquella efervescencia. Ese desencanto se aprecia con nitidez en el artículo Ocaso de una posguerra.  Son interesantes, a pesar de la servidumbre de la información, esos ejercicios periodísticos atravesados siempre por su mirada tan atenta ya entonces a los cambios medioambientales, por ejemplo. En los relatos incluidos en La ciudad de Dios su calidad literaria se despliega con mayor libertad, y nos muestra las vidas de un niño que se ganan la vida porteando maletas, de un vendedor de castañas, de un parado, de un pícaro que trajina con el pescado… La culpa y la salvación, la inocencia y lo doloso, conviven en estas historias con centro en la periferia.

Esa empatía, curiosidad y respeto por sus vecinos que sentía Pasolini queda patente en Las bellas banderas. Este libro es el primero de los tres volúmenes que van a recoger la correspondencia que Pasolini mantuvo con sus lectores desde 1960 a 1965 en Vie nuove, y desde 1968 hasta 1970 en Tempo. Lo cierto es que los lectores le preguntaban por lo humano y por lo divino: sobre si debían bautizar a sus hijos, sobre cómo combatir la censura, sobre la revolución cubana o sobre por qué se hizo comunista si era de una familia pudiente. A todos respondía con el mismo respeto. Hay  una carta muy entrañable de dos obreros que habían estado discutiendo sobre Victor Hugo y Dostoievsky para convenir cuál de los dos genios era mejor escritor. Como ellos no lo habían estudiado a fondo, decía el remitente, porque eran obreros, le pedían la opinión a Pasolini a quien tenían por “un escritor moderno y muy preparado”.  Ya os avanzo que el italiano prefería al ruso, pero la respuesta, el tono de la misma, merece ser leída.

Pasolini siempre fue polémico y su producción –para muchos inadecuada- se miró con lupa.  En el año 1975 lo asesinaron en unas circunstancias que jamás se esclarecieron.  Pero clara y cristalina queda su visión del mundo, una visión que se recoge tanto en La ciudad de Dios como en Las bellas banderas.

 Txani Rodríguez

Los brillantes e inteligentes aforismos de Ramón Eder

El Premio Euskadi de Literatura en castellano ha roto moldes en su última edición. Porque el jurado ha decidido premiar un libro de aforismos, algo no muy habitual. El galardón ha recaído en el veterano Ramón Eder, un navarro, nacido en Lumbier en 1952 que vive en Donostia. Un tipo que estudió filosofía y que ha desdeñado siempre los géneros más vendidos como la novela y el ensayo. Es decir que es un escritor que cultiva géneros que no llegan al gran público, como la poesía o el relato breve. Pero en los últimos tiempos le ha dado por el aforismo, que según define el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española es “una máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte”, una definición que se queda un poco corta, como vamos a demostrar. En los últimos años Eder ha publicado once libros de aforismos, el último este galardonado Palmeras solitarias.

El autor dice que “un libro de aforismos es una especie de diario, no de lo que uno hace sino de lo que uno piensa”. No puedo estar más de acuerdo. También asegura que “el buen aforismo es el que dice más de lo que parece, no el que parece que dice más de lo que dice” y que, atentos, “no todas las frases buenas son aforismos, porque el aforismo tiene que tener algo autónomo y desconcertante”. El aforismo debe ser, como dice en el prólogo el escritor Juan Bonilla, algo parecido al punto final con el que “se solventa una conversación de la que no se nos da noticia”. También a mi entender es una argumentación de la que se elimina la paja, la cháchara.

Se nos sugiere que el aforismo es al pensamiento, lo que el cuento a la literatura; que  puede llegar a ser metafísica de bolsillo; que debería de tener un punto de mala leche. Este es un libro que reflexiona sobre el sentido de la vida: “entre dos eternidades vivimos unos años y lo llamamos vida” o “tan misteriosa es la vida que necesita una explicación misteriosa” o “la vida es una ficción basada en hechos reales” o “la vida consiste en resistir la tentación de tirar la toalla”. También es un libro que reflexiona sobre las cosas de la vida con un punto de cachondeo: “el carácter se forma los domingos por la tarde” o “los que triunfan póstumamente tienen la suerte de no enterarse de la mala suerte que han tenido” o “a veces hay que darle la razón al que no la tiene para que aprenda”. Hay además sabiduría en este libro: “hay cosas importantes que sabemos pero que no sabemos que las sabemos”; y resignación: “es triste darse cuenta de que ya es tarde para cometer ciertos errores”; y constataciones sobre la realidad, sobre lo que sucede a nuestro alrededor: “el fin justifica los miedos”.

Estamos ante un libro de aforismos inteligente, doloroso, sensible, divertido, hermoso, vital, reflexivo, sentimental, entrañable, poderoso y tierno, muy tierno. Un libro en el que se nos dice con absoluta sinceridad que no todo lo que se busca se encuentra y que a veces lo encontrado de chiripa puede ser luminoso: “los mejores aforismos suelen ser serendipias”. Hay que leer a Ramón Eder, ofrece consuelo espiritual y brillantez literaria.

Enrique Martín

Recuperando al Mujika Iraola de 1987

“Auzunea zaintzen duten hiru tontorretan, oraindik pasa berria den elurteko arrastoak lekuko gisa, harkaitz artean eta belaze garaietan bakarrik gordetako elur bildu zuriei deitzen zien osabak azukrea”. Esta explicación, que aclara también el título de este libro, nos llega a través de la voz de quien fuera un niño que escuchaba embelesado las historias a veces un tanto fantasiosas de su tío. Los rastros de las nevadas eran azúcar, y si al escarbar en la arena de la playa surgía agua, era txakolí. Tío y sobrino son solo dos de los numerosos personajes que pueblan una cartografía concreta: los montes cercanos a Tolosa: Auzune y su plaza, en un valle, rodeado de tres cumbres, Itturro, Albiztur, los caseríos, los campos, las rocas, las fuentes, los árboles y entre ellos un cerezo japonés al que responsabilizaron de distintas calamidades un año que no floreció al llegar abril. Es la vida del caserío y sus habitantes lo que refleja Mujika Iraola en esta colección conformada por once relatos, y aunque el entorno que describe es realmente bello, sin extralimitarse con sublimaciones, no creo que podamos hablar de un homenaje bucólico a la vida en el campo.

Estos cuentos reflejan la dureza que conlleva trabajar la tierra, y también lo claustrofóbicas que pueden resultar las pequeñas sociedades, tan cerradas. Ese ambiente se refleja bien, por ejemplo, en el relato que abre el libro, Terralez bilduak, una historia hipnótica y sugerente que tiene como desencadenante la llegada de un forastero a aquellos montes, y la llegada con él del terral y de la desgracia. Hasta qué punto es el foráneo el responsable de todo lo que ocurre tendrá que decidirlo el lector. Sobre espacios poco ventilados, digamos, estremece el relato titulado Regina que habla de una relación incestuosa, narrada desde el punto de vista de la víctima, una cría que hace una lectura de su realidad particular, pero también lógica. Lo cierto es que todos los relatos tienen  alguna torcedura, y la muerte se cuela en las páginas a través  de la venganza, de duelo de honor, de la mala fortuna o de las guerras. El rango temporal que abarca el libro es amplio, y con el tiempo, bien es sabido, siempre pasan cosas.

Mujika Iraola echa a andar en cada cuento una porción de realidad que revive con la lectura, y a  veces algunos elementos se trasvasan de un relato a otro. Sin caer en sobre-explicaciones y mostrándonos lo que sucede a través de escenas bien estructuradas, y muy bien focalizadas, el donostiarra elaboró un libro realmente sólido, concreto, personal. Respecto al euskera hay que destacar que combina el batua con el habla de esa zona de Tolosa y eso confiere al texto vivacidad.

Azukrea belazeetan fue editado por primera vez en 1987, y en su momento se saludó como una de las colecciones de relatos más relevantes del momento. La verdad es que no ha perdido elocuencia, y varias décadas serían suficientemente delatoras. No cualquier libro aguanta el paso del tiempo, y este se mantiene fresco como el azúcar de nieve.

Txani Rodríguez

Los animales de Lucy Cooke: humor y verdad

La inesperada verdad sobre los animales de Lucy Cooke es una obra muy documentada tanto sobre la actualidad en zoología y etología, como sobre la evolución de la historia natural, partiendo de las teorías de Aristóteles, que se han mantenido desgraciadamente vigentes hasta hace poco. Nos habla, sobre todo, de animales con leyenda negra, como la hiena, el buitre o los murciélagos o desconocidos como la anguila, cuyas gónadas anduvo buscando el mismísimo Freud. Es un libro lleno, por tanto, repleto de interesantísimas informaciones y no pocas curiosidades.

La autora, es una zoóloga británica que ha realizado múltiples documentales para la BBC y ha viajado por todo el mundo hablando con los máximos especialistas sobre cada animal en estudio. Cabe destacar en esta autora y en su obra, la frescura y el desparpajo con que nos cuenta las vidas tanto públicas como íntimas de los animales sin ahorrarnos los más escabrosos detalles sobre el sexo oral de los murciélagos o la prostitución de las hembras de pingüino. Pero los máximos objetivos de la autora son los falsos sabios que perpetuaban sin ninguna comprobación las más disparatadas creencias sobre animales que nunca habían visto.

Y todo lo cuenta con un humor que sonrojaría a más de uno de ellos y un descaro y crudeza que en estos tiempos de galopante puritanismo  tal vez no se le aceptarían  a un autor masculino. Más de cuatro cientas páginas de verdadero disfrute.

La inesperada verdad sobre los animales de Lucy Cooke está editado por Anagrama.

Jokin Aldazabal

Las nouvelles chinas de Eileen Chang

El libro Incienso está conformado por dos novelas breves, Primer Incensario y Segundo Incensario, ambos reflejan cómo era la vida en el Hong Kong colonial, cuando el comercio florecía, se había adoptado cierto refinamiento británico que, sin embargo, debía competir con las sugerentes costumbres chinas:  “Es una sociedad –leemos en referencia a Hong Kongque copia las costumbres inglesas, pero le gusta tanto “añadir patas” al dibujar una serpiente, que acaba perdiéndose por completo el carácter original”.

La primera nouvelle está protagonizada por la joven Weilong. Hija de una familia modesta, que escapó de Shanghai a Hong Kong ante los rumores de guerra; pero la vida en aquella ciudad se encarece y deciden regresar a su hogar, que parece, además, haberse tranquilizado. Sin embargo, Weilong desea permanecer en su escuela y no perder ningún curso. Para ello, recurre, con la complicidad de su madre, a una tía paterna, adinerada y de vida algo licenciosa para ser una mujer de aquella época. La novela, que tiene algo de Las amistades peligrosas, en plan oriental, resulta tan elegante como turbia, y el lector asistirá a la transformación de la joven y hermosa Weilong, que irá perdiendo su candidez poco a poco y conocerá el amor y sus quebrantos.

El segundo incensario, un alegato a favor de la educación sexual, es la narración de una joven irlandesa a una amiga en una biblioteca china. Esa historia rememora el matrimonio de Roger Empton, un profesor universitario de Hong Kong, que se enamora de una mujer mucho más joven que él, Susie. La noche de bodas desencadena una serie de acontecimientos que se llevarán por delante la honorabilidad del profesor. En esta segunda novela breve, leemos que los libros viejos son la cámara frigorífica de los sentimientos. Y algo de eso tiene, en realidad, la literatura.

Este libro nos permite hacernos una idea, siquiera vaga, de cómo era la vida de las mujeres en aquella época, y de cómo el refinamiento exigía más que códigos estéticos que morales; había libertad, pero era necesario guardar las apariencias. “Para una mujer -dice uno de los personajes- lo más importante es su reputación. La reputación de la que hablo es un poco distinta de la que encomian los moralistas. Hoy en día, la gente de mentalidad mínimamente moderna no da tanta importancia a la castidad. Solo hay un tabú, y es amar a un hombre que no te ama o que te deja tirada después de haberte amado. ¿Cómo pueden los huesos de una mujer soportar esa afrenta?”.

La autora de Incienso, este libro hermoso y perturbador, es Eileen Chang. Nacida en Shanghai, tras el divorcio de sus padres, quedó bajo la custodia del padre que la maltrató. Consiguió estudiar literatura y comenzar a publicar en revistas cuentos y novelas cortas que la convirtieron en una famosa escritora. La llegada de los comunistas al poder, hizo que en 1955 se instalara en Estados Unidos, donde murió cuarenta años más tarde sin haber regresado nunca a China.

Txani Rodríguez

Daniel Serrano, el retrato de una herencia miserable

Un padre y un hijo y los últimos sesenta años por medio. El padre, militante antifranquista, revolucionario sesentero, dirigente del PSOE después, pirómano y bombero según indica la edad, yace en la cama abatido por un ictus, repasa su vida, arrima el ascua a su sardina, justifica lo injustificable y se amarga porque no pudo ser ministro con la ilusión que le hacía. El hijo, periodista en trabajos indignos y mal pagados, con contratos al límite de la ley, se propone contar, de verdad, lo que la generación de su padre ha hecho a  la suya, mientras sobrevive emocionalmente a un tiempo turbulento. De vez en cuando se cuelan trozos documentales del pasado a través de escritos de uno y otro, y fragmentos de opiniones de su madre y hermana, esposa e hija del primero.

Daniel Serrano es hermano de Ismael, el cantante aquel de Papá, cuéntame otra vez, donde ya se ponía en solfa las aventuras de los héroes de la Transición, y coautor del texto. Aquella ironía, aquella mala leche, se traslada ahora a las páginas de un libro de manera menos edulcorada, más brutal, más impactante, denunciando cosas que no habíamos leído en otros escritos, al menos de ficción y poniendo continuamente el dedo en la llaga, todavía sangrante, de tantas cosas como se hicieron mal. Sorprende que Daniel Serrano no haya abordado ante estos asuntos en una novela. Es cierto que escribió con su padre, Rodolfo, Toda España era una cárcel, un ensayo sobre estos tiempos y un opúsculo de notas urgentes sobre los revolucionarios de los sesenta con el título de la canción de su hermano, pero estábamos necesitando Cal viva, que ya desde el título deja claro que no va a ser demasiado complaciente con su análisis.

Bueno, digo que necesitábamos esta novela y no es cierto, porque parece que haya una legión de lectores esperando estos asuntos novelizados. De otra manera hubieran tenido éxito otras novelas como Todo está bien de Daniel Ruiz, Salvaje Oeste de Juan Tallón u Candidato de Antonio J. Rodríguez, desiguales en calidad pero todas interesantes por lo que cuentan, o, ya puestos, las últimas películas de Costa Gavras y Ken Loach, que salvo el habitual seguidor de estos directores no han encontrado audiencia en las nuevas generaciones. Sorprende que los debates televisivos tengan tanta audiencia y tratamientos mucho más interesantes no llamen la atención de las personas interesadas en la política. Cuestión de formatos, supongo.

La novela de Serrano es desigual, quizá demasiado larga, pero consigue algo que no suele darse últimamente: que las voces de los personajes sean distintas al margen de lo que cuentan. Y que los retratos, y no solo los de los protagonistas, sean fidedignos, solo hay que ver las definiciones de las cuidadoras del padre con solo cuatro pinceladas. Cal viva es la mejor novela que he leído esta temporada, quizás este año. Si algún día van a hacerme caso en una recomendación, que sea con este libro.

Félix Linares

Las miradas encontradas de Balde y Arzallus

En la primera página de Miñan leemos  la siguiente aclaración: “Liburu hau Ibrahima Baldek idatzi du, ahoz; eta Amets Arzallus Antiak idatzi du, eskuz”. Y así es, Ibrahima Balde le cuenta su azarosa vida al bertsolari Amets Arzallus, que muda la palabra oral a la palabra escrita. Y es notable la voluntad de que resuene la voz, la manera de hablar de Ibrahim y su mirada sobre las cosas. Las experiencias de este migrante están contadas de forma muy sencilla, sin artificios, como si él nos hablará, pero transmiten mucha fuerza.  A veces, por ejemplo, el relato retrocede porque al narrador se le ha olvidado contar algo, y ese tipo de giros acentúa la ficción de la oralidad.

Pero hablemos ya de la historia del joven Ibrahima Balde. Nace en un pueblo de Guinea, en el seno de una familia pobre. Su padre trabaja en la capital, Konakry, y vende zapatos en un puesto callejero. El padre regresa al pueblo en la época de lluvias para ayudar a su madre a trabajar la tierra. Desde los cinco a los trece años, Ibrahima vivirá con su padre. Cuando este fallece, regresa al pueblo, pero su madre vende dos vacas y le da el dinero para que aprenda un oficio en la ciudad. Un conductor de camiones le toma como aprendiz y parece que ese va a ser su destino; sin embargo, su hermano pequeño –en el idioma de Ibrahima “hermano pequeño” se dice “miñan”- se escapa a Libia para tratar de  llegar a Europa. Ese hecho supone un punto de inflexión en la vida de Ibrahima porque no dudará en buscarle: “(…) Asko maite nuen nik txiki hori. Nire bizitzako helburu bakarra zen, haur hori atzeman, haur hori babestu, eta ikasketetan lagundu”, confiesa Ibrahima.

Esa búsqueda llevará al protagonista de esta dura historia a emprender una auténtica odisea a través de varios países africanos: irá a Libia, Argelia, Marruecos… Atravesará desiertos, sufrirá hambre y sed, será vendido como un animal, secuestrado, vivirá en campos de refugiados, conocerá a las mafias que trafican con personas, asistirá al negocio del paso del estrecho, embarcará en una zodiac, ya frente a las costas españolas, y será rescatado por salvamento marítimo… Un verdadero calvario. No contaré qué pasa con el hermano, pero sí quiero destacar que el narrador no edulcora la historia: habla de la violencia de las mafias, y él no siempre se comportará como un héroe. También refleja el racismo que se da entre los propios africanos: “Herrialde magrebtarretan umiliazioa etengabea da. Eta ez da Polizia bakarrik, jende arrunta da, zu eta ni bezalakoa, askotan haurrak”.

Creo que es muy recomendable, si no necesaria, la lectura de Miñan porque resuena a verdad, porque pone piel a lo que a menudo no es más que un número, y porque es una verdad que aunque resulte incómoda no deberíamos olvidar en estos tiempos de muros cada vez más altos.

Txani Rodríguez

Luisa Etxenike: la violencia de otros, nuestra culpa

Hace una década la donostiarra Luisa Etxenike publicó la novela El ángulo ciego. Era su primera aproximación al terrorismo de ETA y a sus consecuencias, concretamente a las consecuencias directas: un atentado, un asesinato y las víctimas que quedan a la intemperie. Con ese libro ganó el Premio Euskadi de Literatura en castellano: un premio más que merecido. El año pasado, y tras el final de ETA, la escritora volvió a bucear en las consecuencias de esta terrible tragedia en Absoluta presencia, una novela en la que reflexionaba sobre los efectos del terrorismo en los amenazados y sus familiares, pero también nos hablaba sobre el miedo en general, el miedo que puede derivar de una amenaza de muerte o el miedo a que tu vida se pueda destruir en cualquier momento. Y ahora completa esta visión sobre el terrorismo (formando así una trilogía) con Aves del paraíso, en la que fija su mirada sobre los familiares de los miembros de ETA que no han comulgado con las ideas de sus seres queridos.

La novela arranca de manera excepcional. Estamos en Iparralde y los vecinos de una casa desocupada alertan a la Gendarmería de que hay alguien en esa casa, de que hay luz en su interior. Cuando los gendarmes llegan se encuentran a un vagabundo, y sorprendentemente éste se identifica como el dueño de la casa. Es un hombre extraño, que casi no habla, que duerme en la casa sobre unos cartones y tapado por una manta, que pasea mucho, que deambula, mejor dicho, por calles, playas y veredas. Un hombre que asiste al intento de suicidio de una mujer o que imagina el intento de suicidio de una mujer; un hombre que habla de vez en cuando con su ex mujer que vive en Hegoalde y que encuentra una llave misteriosa en la caja fuerte de la casa que le hace temblar porque imagina que esconde un terrible secreto. Un hombre que recuerda a su hijo y una imagen recurrente con él: un paseo por el monte cuando su hijo era niño y se pinchó con una castaña sin que él le alertara de que podría lastimarse. Un hombre que se siente culpable y también avergonzado, por lo que otros hicieron y, quizás, por lo que él calló. Y que va a encontrar la redención o por lo menos el camino a la redención gracias a una guía de aves que encontrará abandonada en un banco y gracias a la persona que conducirá ese extraño descubrimiento.

En Aves del paraíso Luisa Etxenike se adentra en otra de las aristas (hay tantas) del denominado conflicto vasco. Una arista que hasta ahora se había investigado poco, la de los familiares que no pudieron, no supieron o no se atrevieron a impedir las acciones que cometieron sus allegados. Y de lo que sucede cuando estos se dan cuenta de que la inacción produjo muerte y sufrimiento, mucho sufrimiento. ¿Hubiera podido cambiar todo si la relación con ese hijo, ese hermano, ese primo, hubiera sido distinta? Y una vez que pasó lo que pasó, ¿cómo enfrentarse a ello?, ¿cómo expiar los pecados?, ¿cómo hacerle comprender al ser querido que seguirás queriéndole pero que no compartes lo que hizo?

Una novela realmente interesante en la que las aves y especialmente las ilustraciones clásicas de James Ellsworth adquieren un papel fundamental. Como ha dicho la autora, “los pájaros son portadores de las metáforas que construyen al personaje, como son la migración y la muda”. Una novela que aboga por las revisiones de los comportamientos individuales y no colectivos para entender qué es lo que nos pasó y por qué sucedió lo que sucedió. Una novela repleta de silencios y de verdades, verdades que hay que descubrir sin apenas información, simplemente dejándonos guiar por la intuición, intuición que funciona como esa extraña brújula que parecen tener los pájaros cuando emigran hacia el sur.

Enrique Martín

La anatomía sensible de Andrés Neuman

El escritor argentino, ya casi granadino porque hace treinta años que vive en esa ciudad andaluza, es dueño de una trayectoria portentosa. Nacido en 1977, ha publicado libros de aforismos, poemarios, colecciones de cuentos y novelas. Y ha merecido reconocimientos como el Premio de la Crítica, el Premio Alfaguara de Novela o el Premio Hiperión de poesía, entre otros. Estos días presenta Anatomía sensible, su último trabajo, que podrías definir como multigénero, ya que aunque se trata de una colección de textos centrados en distintas partes del cuerpo, el estilo se aleja del ensayo para acercarnos a territorios más poéticos, de hecho, hay multitud de frases que podrían funcionar de forma independiente como aforismos. En todo caso, el libro no se queda en un estiloso conjunto de descripciones, sino que encierra también una reflexión sobre la actualidad en la que la estética funciona como una tirana.

El libro parte de la certeza de que el cuerpo es un campo de batalla social y político. En el capítulo dedicado a la nalga se afirma: “La austeridad física es otro imperialismo, el capital engorda adelgazándonos”.  No estamos, desde luego, ante un libro que canta a la belleza formal o clásica, Anatomía sensible reivindica, en la era del Photoshop,  las cicatrices y las supuestas imperfecciones, o las características tradicionalmente entendidas como imperfecciones de los cuerpos de todo género.  Los textos, que están primorosamente escritos, cuentan con el humor como aliado. Por ejemplo, leemos: “El cabello conoce dos temibles enemigos: la alopecia y la poesía; una lo va debilitando; la otra lo remata. Por cada verso que se comete acerca de alguna cabellera dorada como el sol, un pelo se arroja al vacío en señal de protesta”.

Anatomía sensible se abre con un capítulo dedicado  a la piel, que ejerce de frontera entre nuestro mundo interior y el mundo exterior y se cierra, es curioso, con uno dedicado al alma. Con un toque de humor, afirma Neuman que “el alma existe lo mismito que el codo”, un capítulo que se cierra con un último párrafo de gran musicalidad; en realidad, todos los textos son muy rítmicos y conviene leerlos poco a poco para que no se nos pasen por alto frases hermosas, como la siguiente: “Quien besa una espalda obtiene el perdón de Narciso: se ve a sí mismo buscando compañía”.

Txani Rodríguez