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Joël Dicker, insistiendo en la fórmula ganadora

La sabiduría popular asegura, en contra de lo que dicen quienes no la han logrado,  que si consigues la fama ya no tendrás que esforzarte en mantenerte en ella. Y Martin Amis asegura que nadie puede destruir a alguien famoso, salvo él mismo. Joël Dicker consiguió ser reconocido como un autor interesante a raíz de la publicación de La verdad sobre el caso Harry Quebert. Esta era la segunda novela de Dicker, que ya había publicado anteriormente Los últimos días de nuestros padres, con gran esfuerzo y dedicando mucho tiempo al empeño. Pero Harry Quebert le puso en el mapa de los triunfadores, así que desde entonces da a la imprenta, puntualmente cada tres años, una nueva novela. En 2.015 El libro de los Baltimore y ahora La desaparición de Stefanie Mailer.

¿Qué es lo que ofrece Dicker? Básicamente misterios por resolver, en gran cantidad, y amontonándose en las páginas de sus novelas. Hay aquí un asesinato que inmediatamente remite a otros asesinatos cometidos tiempo atrás. Los policías encargados de aquel caso fueron advertidos de que no lo habían cerrado correctamente, que el supuesto culpable era inocente y que de aquellos polvos estos lodos. Y entonces la periodista que cuenta eso, desaparece. Otro cualquiera hubiera utilizado cien páginas para contar todo eso, pero Dicker tienen muchas más trampas que plantear, así que en veinte páginas ya nos pone en marcha y cada media docena de ellas da un giro a la historia y se permite continuos cliffhangers para mantener entretenido al lector.

Es un subgénero que tiene varios ejemplos recientes, como El cuarto mono de J. D. Barker donde se supone que el asesino muere en las primeras páginas, o El día que se perdió la cordura/El día que se perdió el amor, el díptico escrito por Javier Castillo. O las historias de John Verdon protagonizadas por el expolicía David Gurney, y que partiendo de Sé lo que estás pensando han alcanzado ya los seis volúmenes. En casi todos los casos se trata de retroceder en el tiempo y añadir capas a la intriga, en un sentido o en otro. Puede que ustedes piensen que esto es algo nuevo y declaradamente revolucionario en la literatura, pero ya lo hacía hace cincuenta años y mas, Francisco González Ledesma, primero como Silver Kane en novelitas de “a duro” y después con su propio nombre en novelas ganadoras de premios. Quien le iba a decir al bueno de Paco que, tantos años después se iba a convertir en tendencia.

Pero, ¿a todo esto merece la pena leer a esta buena gente? Bueno, esto es ya cuestión de cada lector. A mí reconozco que me aburren tantas vueltas y revueltas, muy forzadas en su mayoría, rozando lo fantástico, que nunca van más allá de la propia intriga, que no necesitan de la caracterización de los personajes, ni la más mínima reflexión, ni la verosimilitud de lo que ocurre. La incredulidad de los lectores ha sido suspendida y ya podemos poner lo que nos apetezca. En ese sentido La desaparición de Stefanie Mailer es un ejemplo de cómo se puede aburrir al lector a base de entretenerle. En el año 41 del pasado siglo hicieron una película, titulada Loquilandia, en la que los chistes no daban respiro al espectador. Fue un fracaso porque hay que dar al consumidor algo de oxigeno para que pueda recuperarse de la humorada, del susto, del impacto, de lo que sea. Y eso que los lectores pueden marcar su propio ritmo. Pero, ya digo, es difícil aguantar la tormenta de sorpresas repetitivas, forzadas, difícilmente creíbles, que Joël Dicker deja caer sobre nosotros. En cualquier caso, como siempre, el lector tiene la última palabra.

Félix Linares

The best of… Harkaitz Cano, el cuentista

Mecanografiak es el título de la antología de cuentos de Harkaitz Cano (el título incluye, por tanto, el apellido del autor donostiarra) que ha preparado la escritora Irati Jiménez. Aunque se trata de una antología incompleta (creo que es vocación de la antología ser incompleta), como señala la propia Jiménez en el prólogo, lo cierto es que ofrece una jugosísima selección de relatos extraídos de la mayor parte de los libros de este género publicados por Cano (por ejemplo, de Bizkarrean tatuaturiko mapak, Neguko zirkua o del más reciente Beti oporretan), también se suma algún texto que no se había publicado en euskera y cuentos que habían sido editados en prensa o en obras colectivas. Pero además de explicarnos los entresijos de la selección, Jiménez sitúa muy bien al antologado y destaca su versatilidad y su pasión por las letras y su transmisión, tan vivaz: “Zeuri ere gertatuko zaizu, behin baino gehiagotan, ipuin hauek irakurtzerakoan literatura bila joan eta bizitza besarkatzen duzula sentitzea, edo alderantziz”.

En Mecanografiak nos reencontramos con algunas de las biografías ficticias que realizó para la radio -destaca el estremecedor texto sobre Chopin– y regresamos también a Bizkarrean tatuaturiko mapak, un personalísimo libro de viajes. En esa sub-selección, sorprenden textos tan hermosos como el que brinda a Lisboa: “Lisboa itsas amildegi batetik behera suizidatzera zihoan hiria da, azken momentuan damutu eta ia zintzilik geratu dena kresalaren pozoitik salbu oraingoz, baina nork daki noiz arte”. Confiesa Jiménez en el prólogo que su cuento preferido es Argentinar lotsatia, el que abre esta antología, y lo cierto es que es también uno de mis favoritos. Incluido en el libro Neguko zirkua narra  la relación de un niño con su padre, un buscavidas alcohólico con un punto de loco encantador, y reflexiona sobre las herencias emocionales. El relato incluye un cameo de Julio Cortázar, un divertido recurso metaliterario al que el autor ha acudido en más ocasiones.

Es difícil quedarse con un solo relato, pero a mí me gusta mucho Igerilekuak, que describe una fiesta de adolescentes en la casa de los padres de uno de ellos. Un cuento que aloja, entre baños en la piscina, tequila y bromas, una bomba de relojería. Pero como decía es difícil seleccionar solo uno, y tiene que ser muy difícil seleccionar cuentos de Cano, por el altísimo nivel medio que tienen. Por eso creo que es un meritorio el trabajo que ha realizado Irati Jiménez. Desde luego, logra ubicar la cuentística de Cano y nos muestra su obra en lo que a relatos se refiere. Si aún no habéis leído los cuentos del autor de Twist podéis empezar por aquí e ir tirando luego del hilo, y si ya lo habéis leído creo que merece la pena hacerse con la antología por la visión panorámica que ofrece y que refleja a un autor capaz de transmitir a veces con desenfado, otras con intensidad, siempre con clase, su amor por las historias.

Txani Rodríguez

Fernando Aramburu, autorretrato sin retrato

Tras el abrumador éxito de Fernando Aramburu con Patria, el autor donostiarra ha querido publicar un libro totalmente diferente. Si Patria era una mirada hacia el exterior, hacia la sociedad que le rodeaba en un tiempo determinado (aunque en ausencia, pues él ha vivido en Alemania), su nuevo texto (que podría haber estado escrito hace mucho tiempo) es una mirada hacia el interior, hacia el personaje Fernando Aramburu al que se disecciona como a un extranjero del que hay que recelar, pero al que hay que acabar comprendiendo e incluso queriendo porque, a la fuerza, hay que convivir con él.

Aramburu hace entonces lo que promete el título del libro un “autorretrato” sin él, un vistazo a uno mismo desde fuera, sin apasionamiento, aunque con un cierto cariño. Es decir, que nadie espere que el autor cuente muchas cosas en primera persona sobre sí mismo, porque ya nos dice desde el principio que va a hablar del tal Aramburu como de “otro mismo”. Un pequeño juego, pero un juego más interesante de lo que pueda parecer en un principio, porque al final quizás el autor no hable mucho de sus interioridades, pero sí vamos a conocer a las personas que le rodean (físicamente e intelectualmente) y lo que piensa sobre algunos asuntos que le interesan.

Formalmente el libro se nos presenta en pequeños capítulos, como escuetas entradas, de un par de páginas, sin el orden cronológico de un diario, que se ordenan como le ha dado la gana al autor, como un caleidoscopio de sensaciones. Vamos a conocer un poco a las personas que le rodean, a su padre, su madre, una vieja novia, su hija Cecilia, algunos amigos, varios parientes queridos, su mujer alemana La Guapa (muy someramente, como si le hubiera dicho “no me pintes en tus cosas”), su hija Isabel, el primo Enrique y su sable, García Lorca, la manzana que siempre le acompaña, Albert Camus, el grupo Cloc e incluso al propio Aramburu en la tumba.

También vamos a disfrutar con algunas reflexiones. Sobre la vista desde la ventana de su despacho; sobre la depresión y el retorno al hogar; sobre la niñez que nos habita; sobre la lectura; sobre la infancia y el mar; sobre el asesinato terrorista y la indiferencia; sobre la belleza; sobre la naturaleza y las palabras; sobre el amor y la soledad; sobre la música; sobre aportar a la Humanidad lo poco que puedas dar; sobre la cama y la religión; sobre los besos y la juventud perdida; sobre la poesía y la lluvia; sobre el alma y la vida; sobre la lengua castellana; sobre los pájaros; sobre la compasión; sobre el alcohol y la pasión por los libros; sobre el arte de morir; sobre una bofetada en 1971; sobre la pasión por los niños; sobre la amistad perdida; sobre las compañeras; sobre el atardecer de la vida; sobre el “casi” morirse; sobre la sidra; sobre las personas que uno no fue; sobre el yo.

Aramburu nos deleita con un libro precioso en el que amaga pero no da, en el que intuimos más que vemos, en el que disfrutamos con su prosa delicada y precisa. Estamos ante un retrato personal en el que no se descorre del todo la cortina de la intimidad. Nos gustará leer el autorretrato definitivo, aquel en el que aparezca descarnadamente Fernando Aramburu.

Enrique Martín

Rodolfo Walsh, cuando el Nuevo Periodismo era argentino

El 9 de junio de 1956, el peronismo derrocado nueve meses antes realizó su primera tentativa seria de retomar el poder mediante un estallido de base militar con algún apoyo civil activo. La proclama firmada por los generales Valle y Tanco denunciaba la tiranía en la que vivía el país, donde estaba incluso prohibido mencionar a Perón. Los hechos que narra Operación masacre se centran en las detenciones que los militares de la llamada Revolución Libertadora –una dictadura anticomunista liderada en aquellos días por el general Aramburu– realizaron aquella misma noche, en una zona obrera. Se llevaron a una docena de hombres, la mayoría escuchaba un partido de boxeo, alguno estaba de visita en casa de su vecino; otros, simplemente, pasaban por allí.  La orden fue la de fusilarlos, a pesar de que la mayoría no tenía ni idea de que estuviera teniendo lugar un tímido estallido militar –que fue sofocado en unas horas- y a pesar de que no se hubiera decretado ninguna ley marcial. La suerte que corrieron aquellos hombres fue dramática: hubo cinco muertos, un herido grave y seis supervivientes.

El 18 de diciembre de 1956, el escritor Rodolfo Walsh se entera de que “hay un fusilado que vive”. Esa frase le cambió la vida porque tal y como señala en el prólogo al libro Leila Guerriero, pues hasta ese momento la política no había sido su preocupación, la justicia no había sido su prioridad y el periodismo de investigación no era de su interés. Pero tras esa frase, llegó la metamorfosis de Walsh. Pasó del periodismo cultural a, con tal de llevar a cabo una investigación sobre aquellos hechos del 9 de junio, cambiar de identidad, hacerse con un revolver e irse de casa. Walsh publicó esta magnífica crónica cuando los ejecutores aún estaban en el poder con lo que el texto se presentaba para preguntar a la Revolución Libertadora si reconocían la acción como suya o la desautorizaban. Dijo: “Tres ediciones de este libro, alrededor de cuarenta artículos publicados, un proyecto presentado al Congreso e innumerables alternativas menores han servido durante quince años para plantear esa pregunta a cinco gobiernos sucesivos. La respuesta fue siempre el silencio”.

Bien, hemos relatado el contexto histórico y el momento vital en el que Walsh se encontraba cuando comenzó con esta investigación, pero quiero ahora hablar de la novela en sí, que supone un espeluznante relato sobre el terrorismo de estado.  El argentino nos presenta a la mayoría de los hombres que van a ser detenidos esa noche: conocemos sus familias, los vemos en sus casas, nos colamos en una parte de sus cotidianidades. Utiliza el presente en la crónica, y recrea escenas  con enorme viveza y precisión descriptiva. Se vale de las técnicas literarias para recrear aquellas horas. El narrador no lo sabe todo, no puede conocer qué pensaban o qué sabían los detenidos, pero sí sabe cómo van a transcurrir los hechos y a veces adelanta pinceladas, algo que añade tensión a la historia. Un ejemplo: “La casa donde han entrado Carranza y Garibotti, donde se desarrollará el primer acto del drama y a la que volverá por último un fantasmal testigo, tiene dos departamentos.” Walsh consigue que la lectura sea adictiva; lo sería sin ser un hecho real, una crónica, y estremece recordar en mitad de la lectura que todo aquello sucedió.

Operación Masacre, reeditada ahora por Libros del Asteroide, es sin lugar a dudas la precursora de lo que décadas más tarde se conoció como Nuevo Periodismo y que tuvo en Truman Capote y Tom Wolfe sus máximos exponentes. Este relato no tiene nada que envidiar a aquellos que llegaron después, a excepción quizá de la inalcanzable A sangre fría. Tras escuchar esa frase, Rodolfo Walsh se comprometió con sus ideas políticas, llegó incluso a formar parte de la organización armada Montoneros. El 25 de marzo de 1977, lo emboscaron miembros del ejército de Videla y lo asesinaron en la avenida San Juan, en su Buenos Aires natal.

Txani Rodríguez

Jonathan Hill escribe otra Gran Novela Americana

Me parece que estamos, por fin, ante la Gran Novela Americana del Siglo XXI, al menos la de este año. Jonathan Hill es un joven autor estadounidense que ha decidido debutar a lo grande con una historia que recorre parte del siglo XX, partiendo de un personaje patético muy común en la tradición de la literatura de los Estados Unidos: el perdedor lamentable. Samuel, el protagonista, está cansado de enseñar literatura a unos jovencitos que no sienten el menor interés por ella. Por supuesto quiere ser escritor, incluso tuvo un amago hace años que le hizo pensar que podría dedicarse a eso, pero no, la cosa no fluye, y la novela que tenía en mente está estancada porque el futuro famoso autor está jugando on line la mayor parte de su tiempo libre. Y en esas está, y en otras que no mencionaremos, cuando le llega la noticia de que su madre ha apedreado a un político republicano especialmente conservador, lo que puede acarrearle terribles consecuencias.

No diré más, salvo que Samuel ve en este hecho la posibilidad de sacar adelante su empantanada carrera literaria, pero para ello necesita conocer la historia de su progenitora. La conoce él y la conoce el lector a través de unos flashbacks convenientemente repartidos que viajan por el árbol genealógico del protagonista hasta conocer las andanzas de su abuelo en tiempos de la II Guerra Mundial. Hay muchos temas en esta novela, están bien tratados, resultan reveladores y son muy interesantes. Nota alta pues para Hill. Además el autor sabe utilizar diferentes técnicas narrativas adecuadas a la situación que quiere contar (capítulos muy breves para mostrar diferentes puntos de vista en la parte del asalto a la convención demócrata en Chicago en 1.968, narración sin puntos para la agonía del jugador que trata de desengancharse de su adicción) lo que permite al lector disfrutar de los acontecimientos contados de la mejor manera posible. Así que le subiremos la nota.

La estructura también parece muy pensada e inteligente. Y las cosas se cuentan a la velocidad precisa y con las palabras adecuadas. Caramba, este chico es un fenómeno. Sin duda, lo es. Y El Nix es una gran novela que no deberían dejar que pasara por su lado sin disfrutar. No vamos a decir que es perfecta porque ¿cuál lo es y para quién? Pero a nada que hayan echado en falta una nueva voz en la literatura estadounidense, no sé desde que Franzen les defraudó la primera vez, acabarán siguiendo encantados las desventuras de Samuel. John Irving dice que Hill es el mejor de sus compatriotas escritores. Lo entendemos porque despierta las mismas expectativas que Irving cuando era joven. ¿Qué más puedo decir para convencerles? Ah, sí, que la novela es tremendamente divertida y que tiene  algunos de los mejores diálogos que he leído últimamente. Sin duda la novela del verano, que sirve perfectamente para ser disfrutada en otoño-invierno. Seguimos a la espera del nuevo descubrimiento literario espectacular, pero ahí tienen un avance.

Félix Linares

El enorme talento para el cuento de Iban Zaldua

Sekula kontatu behar ez nizkizun gauzak es el nuevo libro de relatos de Iban Zaldua. Se trata de una colección de cuentos, con registros muy diferentes, ya que van desde la ciencia-ficción hasta la crónica social; sin embargo, a pesar de esa variedad, creo que hay una intención única: explicar el mundo. La mirada que los recorre es una mirada muy atenta a la actualidad y que se interroga tanto sobre qué estamos haciendo en el presente como sobre qué será de nosotros en el futuro. Para eso se vale de textos muy realistas, como Erdizka esnatzen hasi denean, un texto duro sobre una violación, de distopías, como Zaborra desagerrarazteko makina (un cuento en el que tratan de solucionar problema de la basura enviándola al futuro) o de la ciencia ficción, como en Babes eskaera, protagonizado por extraterrestres, pero que pone el acento en la falta de voluntad para acoger a personas desplazadas por las guerras. 

El tono de los cuentos va desde la asepsia de un narrador que se limita a narrar lo que ve hasta la profundidad de la primera persona. Y transitan por la seriedad, la ironía o incluso el humor negro. Zaldua maneja bien los detalles y nos presenta personajes creíbles (sí, aunque se trate de una niña que hace vudú con un tamagochi). Las nuevas tecnologías, y en especial la Wikipedia, se revelan como elementos inquietantes, y dibuja situaciones familiares en las que la traición pone en aprietos a los protagonistas, y los secretos guardados, como en Ihes egindakoak, sorprenden.

Hay textos en los que la música –Zaldua ya ha mostrado en anteriores ocasiones su melomanía, por ejemplo, en el libro Bibliodiskografiak– funciona como un factor desencadenante. Y por supuesto hay cuentos sobre la literatura y sobre los escritores.  Sekula kontatu behar ez nizkizun gauzak juega también con la idea, tan literaria, del reencuentro. La “Cosa”, ese término acuñado por el propio Zaldua y que tanto éxito ha tenido, es también protagonista de cuentos como Ibilbidea, un relato sobre el relato y una crítica a la maternidad subrogada o como Pareko tabernan, el texto que cierra el libro y que es estremecedor.

La capacidad para mirar la realidad desde distintos puntos de vista y la enorme imaginación del autor, generoso por la ambición de cada una de las tramas, hace que este libro confirme algo que ya sabíamos: que Zaldua es uno de los maestros indiscutibles de este género.

Txani Rodríguez

Oviedo y Sierra o el fin del periodismo cultural, ¿o no?

Álex Oviedo y Elena Sierra son periodistas, plumillas, gente que se gana la vida cubriendo asuntos de la cultura, sobre todo de la literatura. Son gente muy currada en el arte de hacer entrevistas, incluso cuando no se sabe nada de lo que ha escrito el entrevistado (les aseguro que es un auténtico arte), al que hay que entrevistar porque el jefe de turno le ha indicado que lo haga en el último segundo, sin tiempo para leer más que cuatro párrafos del libro correspondiente y unas notas interesadas en unas cuartillas confeccionadas por el equipo editorial de turno. Aunque no siempre es así, ¿eh? (los plumillas exageramos mucho), a veces hacemos una entrevista con conocimiento de causa, es decir, habiéndonos leído el libro y sabiendo, más o menos, la biografía y la bibliografía del escritor. Álex Oviedo además ha escrito un montón de novelas, cinco, y un libro de relatos. Guardo muy buen recuerdo, por ejemplo, de Las hermanas Alba y Cuerpos de mujer bajo la lluvia. Y ahora Álex y Elena han decidido unir sus fuerzas para escribir una novela a cuatro manos.

El hacedor de titulares es, en apariencia, una novela negra. Lo es porque hay un muerto, un escritor de oscuro pasado y presente ficticio, y porque hay una investigación. Es novela negra porque además estudia un ecosistema determinado, en este caso el mundillo que se mueve en torno al negocio editorial y al negocio periodístico, que a veces es más turbio de lo que pudiera parecer. Pero es una novela negra encubierta, porque aquí no interesa tanto desentrañar un misterio como hablar de las condiciones en las que se desenvuelven los periodistas culturales, una especie en extinción, con unas condiciones laborales tremendas. Porque en este campo hay mucho periodista que cobra “a la pieza” y que ni siquiera está en plantilla de los medios para los que trabaja. Pringados, vamos. Profesionales (sí, profesionales) que tienen que soportar a jefes que han acabado en la sección porque otros jefes no saben dónde ponerles y que desprecian olímpicamente lo cultural. Jefes capaces de vender la progenitura por un buen titular. Profesionales que se mueven, en esta novela, en los primeros años de la crisis económica que tan brutalmente afectaron a los medios de comunicación, que fueron golpeados por los EREs, por los despidos, por la precariedad y por la necesidad de que el profesional buscara su propia salida creando agencias de comunicación que valían, y valen, para un roto y un descosido: escribir un artículo, realizar una entrevista, organizador un congreso o impartir unos cursos y talleres.

Os aseguro, porque lo conozco de cerca, que todo lo que se cuenta en esta novela, crimen aparte, es totalmente verdadero y que en este sentido estamos ante una de las radiografías de los medios de comunicación y de su relación con el hecho cultural más exactas, crudas y veraces que uno haya podido leer. Una novela que golpea a unos y a otros, al entramado periodístico y al entramado editorial, convertido éste en una máquina de falsedades, donde los editores, los profesionales de antaño, han sido sustituidos por “hacedores de propaganda”: “todo es bueno, no, perdón, todo es buenísimo”. Por si cuela vender al último cantamañanas (popular sobre todo por salir en la tele) y conseguir así un nuevo bestseller que nos haga contemplar por unos meses el infierno desde unas leguas, hasta que las llamas nos vuelvan a cercar y tengamos que matar para mantenernos en la cúspide.

Álex Oviedo y Elena Sierra lo cuentan todo con precisión, con amenidad y con un cierto toque de sorna que se agradece. En ningún momento hay fisuras en la narración, en ningún momento notamos que haya dos escritores tras la novela. Se lo han currado muy bien. El lector les está agradecido. El lector les ha seguido el juego y se ha divertido y cabreado a partes iguales. Una novela notable. ¿Repetirán?

Enrique Martín

Versus, el náufrago metafísico de Linazasoro

Un náufrago llamado Versus y una isla. Esos son los recursos concretos con los que Karlos Linazasoro —autor de una extensa obra—  estructuró esta novela breve sin trama que tras haber sido publicada por Elkar en euskera, llega ahora en castellano de la mano de Jekill & Jill. De Versus sabemos que naufragó cuando tenía veintidós años cuando se dirigía a cumplir con algún tipo de negociado poético, que fue al parecer el único superviviente, que la noche anterior a la tragedia conoció a una mujer, Alice, “más bella que un delirio de Chagall”,  de la que se acuerda a menudo, y de que a su regreso quiere escribir un libro sobre náufragos del que toma notas mentales: Versus no pierde la esperanza de que algún barco asome y lo devuelva a su hogar; de hecho, tiene escrito un discurso para leerlo a su vuelta. De Versus también sabemos algo que condiciona el aliento mismo del libro: que a pesar de su juventud, es un hombre muy culto, instruido y sensible.

Un náufrago y una isla. En Versus leemos: “Es difícil escribir una narración digna con cuatro elementos. Eso solo lo logran los grandes escritores, pero no tenemos más”. Sin embargo, el autor tira también de los recuerdos de su protagonista absoluto —echa de menos los baños en la piscina, las sesiones de cine-club de los lunes, los besos de miles de siglos que daban a la cruz en la cima de los montes, las ganas de hacer patria de cuando fue concejal, los sempiternos hombros cansados de su padre, el tocino de cielo de su madre…—. Otro de los elementos abstractos de los que se vale Linazasoro es el de los pensamientos, a veces muy sofisticados, de Versus, y que sitúan esta narración en un vaivén entre la metafísica y el absurdo, en cuyo manejo el tolosarra es todo un maestro. “Ahora ya la metafísica no le interesa lo más mínimo -leemos-. ¿Por qué? Pues porque ya se sabe todas las respuestas. Se mira a sí mismo, a su hondo interior, y ahí tiene todas las respuestas”. Además de sumergirse en hondas disquisiciones filosóficas,  Versus quiere montar un zoo, a veces se hace el muerto, descubre mediante complejas fórmulas matemáticas que en la isla los días tienen más minutos, y mil cuitas de extraordinaria ineficacia práctica.

En Versus hay humor, emoción y lirismo, un lirismo que contrasta con los descensos a asuntos más terrenales, como el sexo, que tampoco se rehúyen. Son noventa y nueve estampas escritas a golpe de ingenio, que revelan el amor por las palabras, algo tan sencillo, pero tan importante, de un autor que siempre resulta capaz de robarnos una media sonrisa, incluso en esta narración minimalista, honda y clara, como el agua del mar.

Txani Rodríguez

David Monteagudo, maestro de lo inquietante

Hace ocho años apareció como un ciclón en el panorama editorial español un autor desconocido. Se llamaba David Monteagudo y su primera novela, Fin, se convirtió en un éxito inesperado. El libro, que se vendió gracias al boca a boca de los lectores, convirtió a su autor en una referencia de la literatura de género fantástico. Incluso dio lugar a una versión cinematográfica dirigida por Jorge Torregrosa. Lo más curioso del caso es que para entonces Monteagudo, nacido en Vivero, Lugo, en 1962, pero que vive en Cataluña desde los cinco años, tenía 47 años, y hasta entrar en la cuarentena no había sentido la llamada de la literatura. Por entonces trabajaba en una fábrica de cartonaje. Luego llegarían otras tres novelas, Marcos Montes, Brañaganda e Invasión. Y ahora publica otra novela, Crónicas del Amacrana, que bascula entre el fantástico y la ciencia-ficción, y que funciona como un conjunto de relatos encadenados por una historia o un ambiente común.

Como sucede en todas las historias de Monteagudo, en los relatos que componen esta novela se nos describe una situación cotidiana, que acontece a personas normales, y que poco a poco va derivando hacia la extrañeza, lo fantástico, lo terrorífico, todo junto o nada de esto. En la primera historia, por ejemplo, un niño de vacaciones va en busca de su padre que se ha adentrado en el bosque y se topa con un ser luminoso, que bien podría ser el propio padre con una linterna. En la segunda un hombre descreído se ve arrastrado por un compañero de trabajo a la reunión de lo que parece una secta, donde ocurren cosas fantásticas o que lo parecen. En la tercera un ciclista se encuentra ante una moto accidentada y sus dos moteros muertos o gravemente heridos, a los que sigue otro accidente aún más terrible: ¿o no han sido dos accidentes? En  la cuarta historia una pareja huye hacia la frontera ante el inminente estallido de una guerra civil: ¿pero es todo real o ha sido un sueño? En la quinta una mujer que ha sido elegida consejera de una importante empresa multinacional participa por primera vez en su consejo de administración y todo se vuelve sangriento: ¿o se lo está imaginando en su mente por la presión? En la sexta un trabajador encargado de cerrar todas las noches su empresa se encuentra con una brigada de seguridad que cierra a cal y canto el edificio donde trabaja y al que parece hacer volar: ¿vuela de verdad? Y en la séptima y última historia el niño de la primera se ha convertido en una especie de comisario-científico que trabaja para una corporación que busca personajes extraordinarios, superintuitivos, que pueden hacer cosas extraordinarias con su mente.

Lo mejor de las historias de Monteagudo es que no lo deja todo mascado, sino que permite al lector crear su propia película. Porque el autor se mueve entre lo posible, lo imposible y la paranoia, de tal manera que el sentido final de las historias puede ser uno o muchos. Además permite que el lector decida también si todo lo que ha leído forma parte de una misma historia o son relatos que no forman parte del mismo argumento. Eso sí, la esencia de todos los relatos es la misma, el miedo: miedo a perderse, a ser abandonado, a la guerra, a lo extraordinario, al dolor, al desamor, a lo desconocido, a perder un status, a lo nuevo, a los diferentes… Es raro lo que escribe Monteagudo, aunque lo raro parte en su caso de lo cotidiano, y eso claro da un miedo “que te cagas”. La irracionalidad al poder.

Enrique Martín

Las maternidades de Mónica Crespo

Las madres secretas es el sugerente título de la ópera prima de Mónica Crespo. La autora de Bergara despliega en esta colección de relatos un amplio catálogo de situaciones relacionadas con la maternidad. No se trata, ya lo digo, de un alegato en favor de la maternidad, ni de un manifiesto en contra. Así, nos encontramos con niños asesinos -es el caso de El instinto, uno de los mejores cuentos de la colección-, con madres infieles, y con madres entregadas, con mujeres que ven en la cuidadora de sus hijos una amenaza; nos acercamos a la culpa de una madre que mató a uno de sus hijos, al dilema que puede suponer cuidar de la familia o seguir con la carrera profesional, a la maternidad subrogada, o incluso al hecho de que sea un hombre quien se quede embarazado. En ocasiones, el foco de la narración se mueve de la madre al hijo, como sucede en el relato No expliques tu vida a nadie, protagonizado por una chica de padre desconocido a quien su madre abandonó: “¿Habrá un lugar al que van los padres desconocidos? Como el limbo de los niños muertos o un lugar donde se pierden porque son desconocidos ¿y nadie los reconoce? Los hijos de padres desconocidos sí vamos a un lugar.”

Además de personas enfrentadas a muy diversas circunstancias, este volumen en el que el instinto es un tema importante, los animales tienen también protagonismo. Destaca, de hecho, el relato que abre el libro, Gamunia, protagonizados por un ciervo y una leona. Los cuentos se mueven entre la cotidianidad, en la que se enmarca la mayoría de textos, y planos más simbólicos, como el que se advierte en Cadena de Ave, una alegoría inquietante. Del realismo al impresionismo, Crespo propone un itinerario de distintos registros, en el que, en todo caso, siempre se advierte la mirada de esta autora que, sin duda, conoce las técnicas narrativas.

La propia escritura está también presente en estas páginas: “Escribir es así, estar dentro y fuera. Estar dentro de uno mismo y salir de uno mismo; tratar de leer la realidad, zambullirse y volver a respirar”. La lectura de este libro, -la lectura en sí-, puede guardar similitudes con esa reflexión: entrar y salir de vidas ajenas. Sin duda, hay vidas e historias en estos cuentos llenos de ideas, pendientes de la forma, pero comprometidos con el noble afán de querer contarnos algo.  Y se agradece.

Txani Rodríguez