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El tocho. La parranda del gallego Eduardo Blanco-Amor

“Cuando yo era todavía un muchacho, seguía hablándose del asunto este entre las gentes de Auria, ciudad donde nací y donde los sucesos ocurrieron. Se contaba de muchos modos, y las coincidencias no casaban más que al final, que en todos era el mismo.

Al ir haciéndome mozo y dar en esa lamentable manía de escribir, hablé con la gente de aquel tiempo, pregunté a unos y a otros y leí los viejos diarios locales que pude encontrar, amontonados y en desorden, en el desván del Casino de Caballeros. Este era el centro de reunión de las “fuerzas vivas” y de los comerciantes maragatos, que, por ser todos ellos denodados jugadores de mus y de codillo, carecían de pasión por las crónicas locales capaces de convertirse en historia o en literatura, y estaban, asimismo, privados de toda propensión a cualquier ordenamiento coleccionista que fuese más allá de sus contabilidades y expedientes”.

Así comienza La Parranda (A Esmorga) de Eduardo Blanco-Amor. Rescatamos a un extraordinario escritor gallego, nacido a fines del siglo XIX en Orense y muerto en Vigo en 1977. Blanco-Amor emigró en su juventud a Buenos Aires donde residió cincuenta años, y además de dedicarse al periodismo, publicó una variada obra, tanto en gallego como en castellano. Es autor de, al menos, dos novelas magníficas: La catedral y el niño, reeditada por Libros del Asteroide en 2014, y la que hoy recordamos, todo un hito de la literatura gallega, publicada en 1959 con el título de A esmorga, y traducida al castellano por el propio autor.

Blanco-Amor pasa de su barroquismo característico, en la breve introducción del supuesto investigador de los hechos, a recrear con maestría el habla popular, por medio de uno de los tres protagonistas: Cibrán el “Castizo”, quien cuenta en primera persona, ante el juez, los acontecimientos, tal y como él los vivió. El lunes por la mañana salía de la chabola de su querida con la intención de no faltar al trabajo, cuando inesperadamente encuentra a sus dos amigos, Juan el “Bocas” y Eladio el “Milhombres”, que están de parranda. Enseguida consiguen torcer su voluntad y que se una a ellos para seguir la juerga. El hielo invernal y la lluvia inmisericorde no les impiden dar tumbos entre tabernas y prostíbulos, de donde son rechazados dejando siempre un rastro destructivo a su paso, regado con abundante vino y aguardiente.

En la relación entre el Bocas y el Milhombres hay una pulsión homosexual y algo masoquista, que Cibrán, a menudo, describe con rechazo. Esta será la causa del funesto desenlace, cuando el violento y testarudo Bocas, líder del grupo, decide terminar la parranda yaciendo con mujer.

Hasta aquí el apretado resumen, de una novela de cortas dimensiones, pero de largo calado en el recuerdo. La Parranda es un alucinado y trágico viaje al fin de la noche, lleno de momentos memorables, escrito con una inmensa capacidad de sugestión, de la que dan prueba las dos adaptaciones cinematográficas que se han hecho de este relato.

La última impresión en castellano es de la asturiana Trea ediciones, de hace ya dos décadas. Les aseguro que vale la pena conseguirla, y que disfrutarán con la rica y recia prosa del autor, mientras comparten el brutal descenso a los infiernos de los tres juerguistas de La Parranda de Eduardo Blanco-Amor.

Javier Aspiazu

El tocho. El inocente, de Mario Lacruz

“Suspiró profundamente y se recostó en el asiento, alisando con la mano el borde del abrigo. Las puntas de los dedos recorrieron de un modo automático el tejido de colores discretamente pálidos; era su mejor abrigo de entretiempo. Le gustaban los tonos opacos y, como decía Sebastián, el sastre, “el dibujo poco decorativo”. A veces, las deliberaciones que sostenían Sebastián y él ante una tela hubieran podido tomarse por la discusión de dos expertos ante un lienzo maestro. Sin embargo, bastaba una ojeada a su persona para que en todas partes fuera anunciado con la misma frase invariable: “Está aguardando un caballero”. Sebastián sostenía, con modestia profesional, que se limitaba a “adaptar la ropa al cliente, a su psicología, ¿comprende?, procurando no romper el equilibrio necesario”.

Así comienza El inocente de Mario Lacruz. Recordamos así el exitoso debut en la novela de un escritor que dejó a un lado su vocación durante décadas para convertirse en uno de los grandes editores de la posguerra. En Plaza y Janés, Argos Vergara y Seix Barral, su labor fue fundamental para dar a conocer a docenas de escritores que hoy son ya clásicos. Pero antes de su larga y fecunda trayectoria como editor, el barcelonés Mario Lacruz publicó en 1953, con solo 24 años, esta sutil y sorprendentemente madura novela que es El inocente. Aclamada por la crítica del momento, fue galardonada con el efímero premio Simenon, y se la consideró precursora de la novela policiaca española.

Con una compleja estructura circular en la que se intercala el tiempo presente con los recuerdos de los personajes, el estilo directo y el indirecto, El inocente cuenta la historia de un experto en música, Virgilio Delise, que vive ocioso de la herencia de su madre hasta que las circunstancias parecen señalarle como autor de la muerte de su padrastro, el antiguo guerrillero Loreto Montevidei. Delise escapa de la policía al comienzo de la novela, y eso no hace sino confirmar las apariencias. El joven y ambicioso inspector Doria está convencido de que es culpable y, para demostrarlo, se permite, incluso, ocultar el inesperado dictamen del forense. Delise pide ayuda al abogado Costa y al periodista Muoli, pero nada pueden hacer por él, y la persecución se estrecha cada vez más… Hasta aquí los mimbres de un argumento desarrollado con la precisión de un reloj suizo, cuyo final les invito a descubrir.

Esta trama en apariencia policiaca suscita, sin embargo, una inquietante reflexión sobre la culpa, y su poder para alterar el destino. Delise es inocente, pero se siente culpable, siente que ha de pagar por hechos que nunca conoceremos y que están únicamente sugeridos por el autor. Este maneja de forma magistral la elipsis narrativa y, no solo Delise, todos los personajes son como icebergs de los que se cuenta una pequeña parte, pero se les presume un amplio pasado.

Novela psicológica, por tanto, casi más que policiaca, escrita con un lenguaje depurado y conciso, El inocente resulta un admirable logro narrativo, cuya lectura sorprende y subyuga al mismo tiempo. Las editoriales Anaya o Debate les permitirán recuperar la novela más conseguida de un gran escritor: El inocente, de Mario Lacruz.

Javier Aspiazu

El tocho. El botín de Julián Zugazagoitia

“Era diciembre. Un día frío, tristón. Los días de diciembre, como se sabe, son cortos; pero lo que pierde el día lo gana la noche. Cuando el teléfono empezó a repartir la noticia, ya era de noche. Joaquín Oñate había muerto. Esta clase de noticias provocan un comentario banal o una reflexión dolorosa; depende, naturalmente, del efecto. Yo era uno de los buenos amigos de Oñate, y su muerte me impresionó. Y, sin embargo, había más de un motivo para esperarla. Joaquín Oñate había dispuesto con demasiada generosidad de su riqueza vital. Su demasiada pasión le impidió encontrar ese punto de equilibrio -un día de sensualidad y otro de ceniza, uno de pelea y otro de sosiego- que conviene a las derrotas largas. Repasar su vida era comprobar cómo no puede llevarse más lejos la lucha contra un destino hosco y pertinaz. Era natural que Joaquín sucumbiera pronto. En sus noches de efusión solía decir:

-Tengo un corazón irrazonable-”

Así comienza El botín del político y escritor bilbaíno Julián Zugazagoitia, uno de los personajes destacados del movimiento socialista, que realizó una prominente labor periodística en diarios como El liberal, La lucha de clases o El socialista, periódico éste que llegó a dirigir. Antes de asumir la cartera ministerial de Gobernación en mayo de 1937, bajo el gobierno de Juan Negrín, Zugazagoitia había ya dejado conclusas varias novelas en las que recreaba la evolución de Bilbao, con su riqueza súbita y su activo movimiento obrero.

Es el caso de El botín, la primera novela de Zuga, como le llamaban los amigos, que se publicó en 1919. En ella nos cuenta la iniciación política y sexual de su alter ego Antonio Zúñiga, joven obrero, vástago de una familia religiosa y carlista, que tiene que enfrentarse a sus prejuicios para avanzar en el ideario socialista. La novela se sitúa temporalmente en el Bilbao de 1917, momento en que la primera guerra mundial permitió a múltiples negociantes bilbaínos hacer súbitas fortunas, y popularizar en sus salidas al extranjero el “agua de Bilbao”.

Los barrios populares hervían, por entonces, de animación; el autor nos pasea, en la iniciación sexual de su personaje, por los distintos tipos de mancebías, o prostíbulos, que podían encontrarse en la villa, de las más populares a las más selectas, y nos recuerda como la riqueza atrajo a miles de prostitutas francesas que competían con las autóctonas por el favor de la clientela.

Pero al mismo tiempo que esta efervescencia, las masas trabajadoras viven el mayor descontento ante la mengua comparativa de sus salarios. Tras aprovisionarse de armas en Eibar, se lanzan a la huelga general en agosto. Antonio es detenido formando parte de un piquete. Oye hablar de la represión, que causa doce muertos en Bilbao, encarcelado ya en Larrínaga. Allí también le llegan ecos de la evasión de Fernando Tuero, nombre con el que apenas se encubre la figura de Indalecio Prieto.

La accidentada fuga nocturna del dirigente a través de Archanda constituye el clímax de una novela escrita con un estilo sobrio, de frases cortas y contundentes. Con un léxico rico, algo arcaizante y un ritmo periodístico, El botín se convierte en un valioso testimonio del ambiente previo, el desarrollo y las consecuencias de la huelga general revolucionaria de 1917, en Bilbao.

Encontrarán El botín de Julián Zugazagoitia en la editorial Viamonte.

Javier Aspiazu

El tocho. Los problemáticos paraísos de John Cheever

“Esta es una historia para leerla en la cama, en una vieja casa, en una noche de lluvia. Los perros están dormidos y se puede oír a los caballos de silla, Donbey y Trey, en sus establos, al otro lado del camino de tierra que hay más allá del huerto. La lluvia es suave y ha sido deseada, pero no con desesperación. Los colectores de agua están mediados, el río cercano va lleno, los jardines y los huertos –estamos a finales de la estación- están perfectamente irrigados. Están apagadas casi todas las luces del pueblecito que hay junto a la cascada, donde hace ya tantos años, la hilandería producía guinga.

Los muros de granito de la hilandería se alzan todavía en la ribera del ancho río y la casa del propietario de la hilandería con sus cuatro columnas corintias, corona aún la colina del pueblo”.

Así comienza ¡Oh, esto parece el paraíso! de John Cheever, la última de las novelas del narrador estadounidense, uno de los más apreciados de la segunda mitad del siglo XX, que se publicó en 1982, el mismo año de su muerte. Desde los años cincuenta Cheever se había ido acreditando como el mejor cuentista de su país, con piezas maestras como El nadador, y también como un novelista versátil y dotado.

¡Oh, esto parece el paraíso!, su breve testamento literario, comienza exhibiendo un tono bucólico, pero pronto se convierte en una historia sobre la búsqueda del amor y la pureza perdidos. Lemuel Sears es un hombre al borde de la vejez, profesional de éxito, que redescubre el placer de patinar, como en su juventud, en el lago Beasley, cercano a la pequeña localidad de Janice donde vive su hija. En ese mismo pueblo encuentra a una mujer mucho más joven con la que inicia una relación amorosa. Algún tiempo después, con el deshielo, se descubre que oscuros intereses han convertido el lago Beasley en un vertedero. Sears contrata, entonces, al ecologista Chisolm para investigar los peligros implicados en esta decisión e intentar evitar el desastre, algo que habrá de solventarse en un juicio oral. La vida de Sears se complica aún más cuando, abandonado repentinamente por la mujer, encuentra un amante masculino. Su sexualidad se vuelve entonces tan problemática como las posibilidades de salvar el lago Beasley, pero todavía queda margen para lo imprevisible…

Hasta aquí la síntesis de una obra inteligente y sutil, como todas las de Cheever, que trasluce las preocupaciones del autor, su culpabilidad ante una bisexualidad no asumida, que le impulsa a comparar la corrupción interior de su personaje con la del lago Beasley. Los lectores de esta novela disfrutarán con el “tono Cheever”, ese estilo tan característico que convierte los recuerdos en una nostálgica alegoría del paraíso perdido, y algunas vivencias cotidianas en experiencias de angustioso extrañamiento. Por último, ésta breve pero sustanciosa novela, les dará una idea de los retos a que hubo de enfrentarse la naciente conciencia ecológica en los Estados Unidos.

Encontrarán ¡Oh, esto parece el paraíso! de John Cheever, en ediciones Alfaguara.

Javier Aspiazu

El Tocho. De la vida de un inútil de Joseph von Eichendorff

“Sentado en el umbral de la puerta me restregaba los ojos aun llenos de sueño. Escuchaba como daba vueltas sin cesar la rueda del molino de mi padre. El ruido se entremezclaba con el gorjeo de los gorriones que revoloteaban por los tejados de donde la nieve empezaba a gotear. El sol ya calentaba un poquito, lo que me hacía sentirme muy a gusto. De pronto, mi padre, que llevaba trabajando en el molino desde el alba, salió de la casa con el gorro de dormir todavía colgándole a un lado, y algo enfadado me dijo:

-¡Tú inútil! Ya estás tomando el sol otra vez y estirándote los huesos hasta cansarte mientras yo trabajo por los dos. Ha llegado el momento. No puedo mantenerte más tiempo. La primavera acaba de empezar, coge tus cosas, sal a ver el mundo y gánate la vida tú solito.

-Pues bien –dije- si me consideras un inútil, me iré a ver el mundo y a hacer fortuna.”

Así comienza De la vida de un inútil de Joseph von Eichendorff. Rescatamos del olvido a un poeta romántico alemán cuyos versos fueron admirados y utilizados por grandes compositores de su tiempo como Schumann, Mendelshon, Brahms o Richard Strauss. Durante su juventud Eichendorff se alistó voluntario en la guerra contra Napoleón, y ya en su madurez se convirtió en alto funcionario del gobierno prusiano, sin dejar de ser católico entre protestantes, y sin dejar de producir, además de poemas y dramas, narraciones memorables como esta divertida novela corta, De la vida de un inútil, publicada en 1826 y considerada una pequeña joya de la literatura germana.

Eichendorff es uno de los creadores literarios del paisaje romántico alemán, y esa sensibilidad a los encantos naturales, ya sean jardines, bosques o pájaros, está siempre presente en esta narración, donde seguimos las andanzas del ingenuo hijo del molinero, quien, acompañado tan solo por su violín, se deja llevar, una vez expulsado de casa, donde el azar quiera. Recogido en el camino por unas damas, es conducido a un castillo en las cercanías de Viena, en el que ejercerá sucesivamente las funciones de jardinero y aduanero. Pero enamorado de Aurelia, la bella dama, que no parece corresponderle, y dominado por la congoja, decide continuar sus viajes. Llega a Italia donde conoce a multitud de personajes: músicos, estudiantes, artistas, y cae fascinado por Roma, antes de que la añoranza del Norte y el recuerdo imperecedero de Aurelia le impulse al retorno.

La satisfacción de sus anhelos, en un final inesperado, cierra el círculo de una obra salpicada de poemas joviales y bucólicos, en la que la naturaleza, la música y la búsqueda de la felicidad son los motivos predominantes. Relatado en primera persona, con el tono cándido de que hace gala en todo momento el simpático protagonista, De la vida de un inútil se lee como un canto de amor a la vida. El autor nos recuerda que la felicidad es una cuestión de actitud, y que solo podremos conseguirla, o aproximarnos a ella, si sabemos apreciar las cosas más cercanas.

Les recordaré por último que la editorial Rey Lear ofrece una bonita edición actualizada de este delicioso texto titulado De la vida de un inútil de Joseph von Eichendorf.

Javier Aspiazu

El tocho. Las bodas de Cadmo, Harmonía y Calasso

“El dios griego no impone mandamientos. ¿Y cómo podría prescribir un acto, si él ha cometido ya todos los actos buenos y malvados? En Grecia circulaban máximas que aspiraban a la misma universalidad que los mandamientos. Pero no eran preceptos descendidos del cielo. Si lo observamos de cerca, en su insistencia sobre el sophronein, sobre el control, sobre el peligro de cualquier exceso, descubrimos que tienen un carácter completamente distinto: son máximas elaboradas por los hombres para defenderse de los dioses. Los griegos no sentían la menor inclinación por la templanza. Sabían que el exceso es el dios y que el dios altera la vida. Cuanto más inmersos se sentían en lo divino, más deseaban mantenerlo a distancia, como esclavos que se pasan los dedos por las cicatrices. La sobriedad occidental, que dos mil años después, se convertiría en el sentido común, fue al inicio un espejismo entrevisto en la tempestad de las fuerzas.”

Este es un párrafo de Las bodas de Cadmo y Harmonía de Roberto Calasso. El tercero de los libros del gran ensayista italiano, cofundador de la prestigiosa editorial Adelphi, apareció en 1987 y supuso un hito en la apreciación de la mitología griega. Utilizando multitud de fuentes clásicas, a veces muy poco conocidas, Calasso mezcla de forma sorprendente la reflexión filosófica, la historia comentada, la antropología y el relato literario en un recorrido a veces laberíntico, pero siempre fascinante, por los mitos griegos. La andadura se inicia con Zeus transformado en toro, raptando sobre sus lomos a la doncella Europa, y termina trescientas setenta páginas después con el rey Cadmo invitando a todos los dioses a sus esponsales con Harmonía, última vez en que coinciden dioses y hombres. Cadmo, según la tradición griega, inventará el alfabeto y su figura simboliza el paso del mito a la historia escrita. Entre un cabo y otro, asistimos al nacimiento del universo y de los dioses olímpicos, a sus desvaríos amorosos, que no se detienen, como en el caso de Zeus, ante el estupro y el incesto, y a la azarosa y violenta interacción entre dioses y hombres.

Según los griegos, es la presencia de lo divino en la vida humana la que hace a ésta digna de ser vivida, aunque a menudo conduzca a la pasión, al exceso, a la locura, o a la muerte; tal como les asaltan a los héroes, a Teseo, Jasón, Ulises o Aquiles, a Medea o Ifigenia. Junto a esta idea fundamental, Calasso destaca la ambivalencia del mito, su pluralidad de sentidos y versiones. Y pone como ejemplo supremo el de Helena de Troya, que quizá solo fuera un simulacro: una de las versiones del mito de Helena nos cuenta que esta recaló con su raptor, Paris, en Egipto, donde el faraón se incautó de sus bienes y le impidió la salida de Menfis. Lo que Paris se llevaría a Troya, entonces, fue una doble, un simulacro. El engaño se erige así, ya desde la Grecia clásica, en motor de la literatura y la historia.

Les diré por último que Calasso cautiva al lector con una prosa poderosa, concisa, de asombrosa inteligencia. Con ella consigue hilvanar un texto de sabiduría desbordante, que exigiría repetidas lecturas. Me refiero a Las bodas de Cadmo y Harmonía de Roberto Calasso, en editorial Anagrama.

Javier Aspiazu

El tocho. La sociedad del espectáculo de Debord

“La alienación del espectador en beneficio del objeto contemplado (que es el resultado de su propia actividad inconsciente) se expresa así: cuanto más contempla, menos vive, cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de necesidad, menos comprende su propia existencia y sus deseos. La exterioridad del espectáculo respecto del hombre activo se manifiesta en que sus propios gestos ya no le pertenecen a él, sino a otro que los representa. Es por eso que el espectador no se siente en su sitio en ninguna parte, porque el espectáculo está en todas.”

Esta es una de las 221 máximas que componen La sociedad del espectáculo de Guy Debord. Filósofo y cineasta experimental, el parisino Debord fundó la Internacional Situacionista en 1957, grupo de artistas y revolucionarios que llevaron a la práctica su crítica radical durante el Mayo del 68, al que influyeron de forma decisiva, en asociación con el grupo anarquista de los “enragés”. Un año antes, en 1967, Debord había publicado el libro que ahora recuperamos, La sociedad del espectáculo, el análisis crítico más revelador de la última estrategia alienante del capitalismo (su conversión en imagen espectacular), y el que más ha influido, de forma solapada, en el actual pensamiento de izquierdas.

Según Debord, el capitalismo moderno ha optado por el “espectáculo” (la representación por medio de imágenes de la globalidad de las mercancías) como medio más eficaz para la colonización íntegra de la vida –tanto física como psicológica- de las masas. En nuestra época, el espectáculo es capital en tal grado de acumulación que se transforma en imagen. O dicho en un lenguaje más asequible, una imagen atrayente se vende tan bien, es vehículo tan privilegiado para hacer negocios, que se convierte en la forma más segura de incrementar el capital, hasta transformarlo en pura representación.

En esta coyuntura no sólo es alienante el trabajo sino también el ocio, compuesto por un denso conglomerado de mercancías espectaculares –televisión, cine, teatro, melodías banales, deportes, etc.- recibidas de manera unilateral (sin que participemos para nada en su creación), y tendentes a reforzar la pasividad y la dependencia psicológica del sistema. Una consecuencia lógica es que todo lo que aparece en el espectáculo es falso, (el mejor ejemplo: la TV), porque todo es mercancía, todo tiene la función de hacer negocio, al mismo tiempo que alimenta el consenso ideológico.

Otra de las consecuencias, todavía más negativa, es que no vivimos nuestra historia, no la hacemos nosotros; trabajo y ocio son confeccionados para nosotros desde el espectáculo, nos limitamos a vivir la vida programada por el espectáculo. Salir del tiempo espectacular y recuperar el tiempo vivido se convierte así en tarea prioritaria para nuestra liberación, pero si quieren conocer las dificultades con que se encontrarán los rebeldes que se decidan a abordarla, deberán leer este ensayo, denso y complejo, brillante heredero del legado de Hegel y Marx.

Contemplar nuestra sociedad con cierta distancia crítica basta para comprobar que este texto, el más importante que ha producido la heterodoxia marxista en el siglo XX, sigue en plena vigencia.

Javier Aspiazu

El tocho. El húsar en el tejado, de Jean Giono

“¡Qué desgraciados son los hombres!”, se dijo Angelo. “Todo lo hermoso se hace sin su intervención. El cólera y las consignas son inventos suyos. Rugen de celos o se mueren de tedio, lo cual viene a ser lo mismo, si no les es posible intervenir. Y cuando intervienen, triunfan la hipocresía y el delirio. Basta estar aquí o en las soledades que atravesaba yo a caballo el otro día, para saber donde se hallan los verdaderos combates y para volverse muy quisquilloso en materia de victorias. En definitiva, para no contentarse nunca más con poco. En cuanto estamos solos, las cosas nos conducen por sí mismas y nos fuerzan siempre a tomar los caminos que andan cuesta arriba. Pero entonces, y aunque no se llegue, ¡qué panoramas más hermosos vemos y cómo nos llenan de paz!”

Este es un párrafo de El húsar en el tejado de Jean Giono. Evocamos así a un maestro de la prosa francesa del siglo XX, veterano de la gran guerra, y con el paso de los años, pacifista militante. De orígenes humildes y formación autodidacta, Giono vivió siempre muy ligado a su región natal, la Provenza, a la que convirtió en escenario y tema recurrente de buena parte de su obra. Además del célebre relato El hombre que plantaba árboles, al castellano se han traducido novelas como El canto del mundo (para Juan Rulfo una de las mejores jamás escritas) o Un rey sin diversión, esta última en editorial Impedimenta. Pero la más conocida de todas ellas es la que hoy les recomendamos: El húsar en el tejado.

Novela de aventuras en la que seguimos al itinerante protagonista, el joven húsar piamontés Angelo Pardi, cuyas reflexiones nos desvelan, bien avanzada la novela, que está exiliado en el sur de Francia después de haber matado en duelo a un espía. Joven aristócrata e idealista, comprometido con los carbonarios para liberar Italia, Angelo cabalga en solitario por una Provenza devastada por la violenta epidemia de cólera de 1830, escapando del contagio, al que parece inmune, de soldados y cuarentenas tumultuosas, en busca del zapatero Giuseppe, su contacto y tesorero, residente en el pueblo de Manosque. Una vez allí, las turbas aterrorizadas le toman por un envenenador y se ve forzado a refugiarse en los tejados. Bajando de las alturas conoce a Pauline, la valerosa dama que le acompañará el resto de su accidentado periplo…

Aunque se publicó en 1951, El húsar en el tejado es una novela de hechuras clásicas que recuerdan a Stendhal en el uso del monólogo interior y el personaje protagónico, idealista y ambicioso; pero también a Manzoni, en la cuidadosa recreación de la epidemia. Giono exhibe una prosa de calidad pictórica por su riqueza de matices. Las descripciones de la naturaleza o de las panorámicas desde los tejados son fastuosas. Así mismo, el detalle de los estremecedores síntomas del cólera alcanza una precisión forense. La trama, abundante en lances, se sigue con deleite, y la obra trasciende su condición de novela de aventuras cuando nos percatamos de que los enemigos de Angelo no son los agentes del gobierno o los ladrones emboscados, sino la misma naturaleza que se sirve del cólera para desafiar la arrogancia humana. Tal y como en nuestra época…

Encontrarán El húsar en el tejado de Jean Giono en editorial Anagrama.

Javier Aspiazu

El tocho. Martin Eden, el doble literario de Jack London

“Uno de ellos abrió la puerta con un llavín y entró seguido por un hombre joven, que, torpemente, se quitó la gorra. Este último vestía ropas mal cortadas, que delataban al marino, y, a todas luces, se sentía desplazado en la amplia sala en la que acababa de entrar. No sabía qué hacer con la gorra e iba a guardársela en el bolsillo del abrigo cuando el otro se la quitó. Lo hizo con mucha naturalidad, cosa que apreció el joven. “Lo comprende -se dijo-. Quiere ayudarme.”

Se pegó a los talones de su compañero, balanceando los hombros y con las piernas muy abiertas, igual que si el piso se agitara a los impulsos del mar. Las amplias salas le parecían pequeñas para su modo de andar y temía que sus anchas espaldas chocaran con las jambas de las puertas o derribasen los jarritos que adornaban las mesas.”

Así comienza Martín Eden de Jack London. Resulta casi innecesario recordar a la audiencia la breve y extraordinaria biografía de este escritor estadounidense, que tras ejercer los más esforzados oficios (entre ellos marino o buscador de oro), y vivir en la extrema pobreza, se convirtió gracias a su tesón y talento en el autor más leído a principios del siglo XX. Obras como La llamada de lo salvaje o El lobo de mar fueron extremadamente populares en la época. Así como esta novela que hoy les recomendamos, Martin Eden, publicada en 1909, y vuelta de nuevo a la actualidad, gracias a una reciente adaptación cinematográfica: es el texto donde London puso más elementos de su propia vida e incluso profetizó su trágico final.

El joven marino Martin Eden, tras ayudar en la calle al benjamín de la adinerada familia Morse, es introducido por este en su selecto círculo. Allí Martin cae fascinado por la cultura, y a partir de apasionadas lecturas, concibe el deseo de convertirse en un escritor de éxito para hacerse así merecedor del amor que le inspira Ruth Morse, una estudiante universitaria de belleza pálida, cabellos rubios y ojos azules, arquetipo literario del amor ideal. Frente a esta figura ambigua y perversa, surge la influencia benéfica del poeta socialista Russ Brisenden, que representa el elemento ético necesario para dar sentido al esfuerzo denodado del joven marino por convertirse en escritor. Brisenden le sugiere el socialismo como instrumento para mejorar la sociedad mientras Martin, influido por sus desordenadas lecturas, admira a autores como Herbert Spencer o Nietzsche, que, con su individualismo, justifican el orden social. A este respecto, Jack London declaraba que su objetivo había sido “atacar el individualismo en la persona del héroe” y que debía haberse confundido, “ya que ni un solo crítico lo ha descubierto”.

La consecución del éxito literario no va unida a la plenitud vital que Martin esperaba, la ruptura con Ruth y la muerte de su amigo Brisenden le sumen en una profunda depresión que conduce a un desenlace de forzado dramatismo, aún más incomprensible en la versión cinematográfica. Es lo menos logrado de un relato escrito con el característico estilo directo y vigoroso del autor, que consigue imbuirnos en una historia apasionante sobre la lucha por realizar las ambiciones y alcanzar la gloria, dejándonos un recuerdo imperecedero.

Decir por último que la editorial Alba les ofrece una cuidada edición de este clásico del siglo XX: Martin Eden, de Jack London.

Javier Aspiazu

El tocho. Los novios de Alessandro Manzoni

Todo el día, se oía por las calles un murmullo de voces suplicantes; por la noche, un susurro de gemidos, roto de cuando en cuando por altos lamentos que estallaban de improviso, por gritos, por profundos tonos de invocación que terminaban en agudos chillidos.

Es cosa notable que, en tanto exceso de penurias, en tanta variedad de quejas, no se viese nunca un intento, no escapase nunca un grito de rebelión: al menos no se encuentra de ello el mínimo indicio. Y, sin embargo, entre los que vivían y morían de aquella manera, había un buen número de hombres educados en todo lo contrario a tolerar; había cientos de aquellos mismos que, el día de San Martín, se habían hecho oír tanto…. Pero los hombres estamos en general, hechos así: nos revelamos indignados y furiosos contra los males medianos, y nos inclinamos en silencio bajo los extremos; soportamos, no resignados, sino pasmados, el colmo  de lo que en un principio, habíamos llamado insoportable”.

Este es un párrafo de Los novios de Alessandro Manzoni, uno de los grandes clásicos italianos del siglo XIX, una novela objeto de cientos de reediciones desde que se publicara por primera vez en 1827. El milanés Alessandro Manzoni había iniciado su carrera, como poeta y dramaturgo, sin excesiva repercusión, cuando en 1821 comenzó a escribir la primera de las tres versiones de esta gran novela, tanto en dimensiones, como en peripecias. Manzoni ambienta la obra en diversas localidades de la Lombardía, incluida su capital, Milán, entre 1628 y 1630, años en que la región se encontraba bajo el dominio español. La boda próxima entre dos personajes humildes del pueblo de Leco, el hilador Renzo y la campesina Lucia, se ve impedida por los secuaces del señor local Don Rodrigo, encaprichado con la chica, que amenazan de muerte al párroco don Abbondio, si celebra el matrimonio. Los novios, con la ayuda del padre Cristoforo, deberán huir del acoso de Don Rodrigo y encontrar refugio en conventos de otras localidades cercanas.

Hasta aquí, se perciben ecos de la novela bizantina o del drama de honor barroco, pero Los novios trasciende estos modelos cuando, acto seguido, se convierte en una novela histórica que bebe directamente de los cronistas del siglo XVII, de una manera quizá demasiado literal. A través de los ojos de Renzo, que llega azarosamente a la capital, Manzoni nos cuenta la terrible hambruna que vivió Milán en 1628. La carestía del grano provocó la sublevación de los habitantes que asaltaron y destruyeron las tahonas. Pacificado el motín, la región vivió a continuación uno de los muchos episodios de la Guerra de los Treinta Años, con la entrada de las tropas imperiales. Éstas, además de la violencia y el pillaje, trajeron consigo una peste devastadora que acabó con dos tercios de la población a lo largo de 1630. Los episodios en los que se narran las reacciones irracionales del pueblo, que creía en “untadores” y envenenadores demoníacos, son los más interesantes de una novela escrita con un estilo tan cuidadoso, que resulta a veces sobrecargado por larguísimas frases subordinadas de dificultosa lectura.

Manzoni fue un ferviente converso al catolicismo, de ahí que su obra tenga una intención moralizadora, más que evidente en los largos discursos de los eclesiásticos que aparecen en la trama, fray Cristoforo o el cardenal Borromeo. Por eso, los buenos obtienen reparación y los malos su merecido. Pero, a pesar de este forzado maniqueísmo, como novela histórica y de costumbres, Los novios resiste el paso del tiempo, ofreciéndonos momentos de sumo interés y una perspectiva enriquecida desde la que contemplar nuestro problemático presente.

Encontrarán una traducción actualizada de este gran clásico en editorial Akal: Los novios de Alessandro Manzoni.

Javier Aspiazu