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El tocho. La mujer de la arena de K√īb√ī Abe

‚ÄúCierto d√≠a de Agosto, un hombre desapareci√≥. Aprovechando sus vacaciones, hab√≠a ido a una playa que estaba a medio d√≠a de viaje en tren, y no se volvi√≥ a saber de √©l. La b√ļsqueda que emprendi√≥ la polic√≠a y los avisos en los diarios no dieron ning√ļn resultado.

Por supuesto, los casos de desaparici√≥n de personas no resultan realmente fuera de lo com√ļn. Las estad√≠sticas registran muchos cientos de avisos de desaparici√≥n por a√Īo. Adem√°s, la proporci√≥n de individuos encontrados es sorprendentemente peque√Īa. Los asesinatos y accidentes invariablemente proveen ciertas evidencias claras, y aun en casos de secuestros, los motivos, al menos para las personas emparentadas con el ausente, son dea lg√ļn modo explicables. Pero cuando una desaparici√≥n no encaja en ninguno de estos dos casos, es dificil√≠simo encontrar alg√ļn indicio…‚ÄĚ.

As√≠ comienza La mujer de la arena de K√īb√ī Abe. Surgido de la generaci√≥n japonesa de escritores nacidos en los a√Īos 20 del pasado siglo, entre los que se encuentran Sushaku Endo o el c√©lebre Yukio Mishima, el autor que hoy recordamos, K√īb√ī Abe, fue considerado el m√°s vanguardista de su tiempo, a partir de novelas como La pared, de 1951. Sin embargo, no es hasta la d√©cada siguiente cuando su obra alcanza repercusi√≥n internacional, con La mujer de la arena publicada en 1961, y¬† llevada a la pantalla cuatro a√Īos despu√©s, una adaptaci√≥n cinematogr√°fica que ganar√≠a el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes.

El esquema argumental es sencillo: el joven entom√≥logo Jumpei, interesado por los insectos que viven en medios arenosos, se acerca a un pueblo costero donde, dado lo avanzado de la hora, se ve obligado a pernoctar. Los lugare√Īos se prestan a hospedarle en una caba√Īa al fondo de un barranco al que solo se puede acceder bajando por una escala. En la caba√Īa, medio invadida por la arena, vive una mujer solitaria con la que tendr√° que afrontar un destino incierto. Sin la ayuda de los aldeanos, que a partir del d√≠a siguiente solo utilizan la escala para bajarles provisiones, Jumpei y la mujer se ver√°n forzados a palear arena constantemente para evitar ser engullidos por las paredes arenosas del barranco. Como destaca el autor, los granos de arena tienen apenas un octavo de mil√≠metro de tama√Īo como media, y presentan id√©nticas propiedades en cualquier lugar del mundo. Su presencia masiva e inquietante supone una amenaza continua para la supervivencia.

En el barranco, las relaciones entre Jumpei y la mujer se convierten por ello en una perversa cadena de fingimientos, incluidas las tortuosas relaciones sexuales. Los desesperados intentos de huida de Jumpei son in√ļtiles y el final de la novela, sorprendente, ilustra como pocos la parad√≥jica condici√≥n humana y su ambiguo aprecio de la libertad.

Estamos ante una novela angustiosa, con aire de pesadilla, escrita con una prosa precisa y sobria, de la que el autor se sirve para hacer una cr√≠tica sutil de las vanas pretensiones de trascendencia del ser humano. Encontrar√°n La mujer de la arena de K√īb√ī Abe, en editorial Siruela.

Javier Aspiazu

El Tocho. Los extramuros de Jes√ļs Fern√°ndez Santos

“Extramuros la luna se detuvo. Más allá del camino real quedó inmóvil sobre la ciudad, encima de sus torres y murallas, dominando los prados empinados donde cada semana se alzaban las fugaces tiendas del mercado. Los recios muros revelaban ahora las tramas de sus flancos, sus cuadradaos remates, sus puertas blasonadas, con sus luces de pez y estopa, movidas por el aliento solemne de las ráfagas. De lejos llegaba intermitente el rumor del río, dando vida a la noche, la voz de la llanura estremecida, el opaco silencio de la tierra, de las lomas peladas y de los surcos yermos.

Todo se hab√≠a congelado, detenido, muerto bajo el manto de aquella luz tan fr√≠a, a los pies de las nubes heladas como husos blancos de una rueca invisible, como reba√Īos fantasmales, empujados, amenazados, divididos por los veloces canes del viento‚ÄĚ.

As√≠ comienza Extramuros de Jes√ļs Fern√°ndez Santos. Perteneciente a la llamada generaci√≥n de los cincuenta, en la que tambi√©n se integran escritores como Ignacio Aldecoa, S√°nchez Ferlosio o Ana Mar√≠a Matute, el madrile√Īo Jes√ļs Fern√°ndez Santos (1926-1988) ubic√≥ en tierras leonesas, de donde proced√≠a la familia, sus novelas de m√°s acentuado car√°cter social, caso de Los bravos o Los jinetes del alba, pero junto a esta vertiente cr√≠tica, el autor desarroll√≥ tambi√©n una inclinaci√≥n cada vez m√°s acentuada, a partir de los a√Īos 70, por la ambientaci√≥n hist√≥rica. El libro de la memoria de las cosas o esta novela que hoy les recomendamos, Extramuros, publicada en 1978, son un buen ejemplo de ello.

Extramuros es un texto febril y alucinado, que gan√≥ justamente el Premio Nacional de Literatura. Se sit√ļa¬† en un momento impreciso del siglo XVII en una Castilla decadente asolada por la sequ√≠a y la enfermedad. El lugar es un convento¬†¬†en el que dos de las hermanas mantienen una relaci√≥n √≠ntima y secreta. Relatado casi en su totalidad en primera persona, es una de ellas la que nos cuenta las penalidades que sufre la comunidad, su extrema pobreza. La necesidad impulsa a su amante a urdir un falso milagro, unas llagas en sus manos que no cesan de supurar, para atraer devotos y donaciones de extramuros que permitan restaurar la comunidad. El enga√Īo resulta un √©xito. La falsa santa es elegida priora y todo parece ir bien hasta que la hija de un arist√≥crata decide ingresar en el convento atra√≠da por su fama creciente. A partir de ese momento, los celos y las rencillas har√°n descarrilar el sue√Īo de prosperidad, y la inquisici√≥n jugar√° su papel.

Más que la evocación de una época con sus miserias y obsesiones, o la historia de amor entre mujeres, muy atrevida en el momento de su publicación, lo que destaca en esta novela es el estilo, la expresión tan ajustada a las modulaciones del pasado, no solo en las palabras, sino también en el ritmo y la cadencia en el hablar. En este sentido, Fernández Santos consigue con Extramuros un acierto pleno. Un clásico con una prosa depurada que se paladea en cada frase, y que parece querer demostrarnos que solo el amor sobrevive a  las vicisitudes del tiempo.

Encontrar√°n Extramuros, de Jes√ļs Fern√°ndez Santos en editorial Seix Barral.

Javier Aspiazu

El tocho. El imperio espa√Īol de Hugh Thomas

‚ÄúSin embargo, la memoria parece sacada de una novela de caballer√≠as m√°s que obra de un fil√°ntropo, porque Fray Bartolom√© de Las Casas propon√≠a la fundaci√≥n a lo largo de la costa del Caribe de una cadena de pueblos y fortalezas, cada cien leguas. Un centenar de colonos cristianos se establecer√≠an en cada enclave, que estar√≠a al mando de un capit√°n. Estar√≠an prohibidas las entradas en el interior so pena de severos castigos. A los indios se les garantizar√≠a la libertad y todos aquellos que hubieran sido apresados y sacados de la regi√≥n y convertidos en esclavos ser√≠an liberados. Tambi√©n habr√≠a libertad de comercio y a los indios se les explicar√≠a que los espa√Īoles estaban interesados en obtener oro y perlas. Se nombrar√≠an obispos que deber√≠an ser frailes dominicos o franciscanos y estas √≥rdenes ser√≠an las que controlasen la evangelizaci√≥n‚ÄĚ.

Este es un p√°rrafo de El imperio espa√Īol de Hugh Thomas. El c√©lebre historiador e hispanista ingl√©s fallecido hace tres a√Īos alcanz√≥ el reconocimiento mundial con su historia de La guerra civil espa√Īola aparecida en 1961. Desde entonces Thomas public√≥ tambi√©n una extensa historia de Cuba, de la trata de esclavos, e incluso del mundo en su conjunto. En las √ļltimas d√©cadas de su vida, como colof√≥n a su carrera, concibi√≥ una vasta trilog√≠a dedicada al imperio espa√Īol. El libro que hoy comentamos, publicado en 2006, ser√≠a la primera parte de este proyecto. Su t√≠tulo en ingl√©s, Rivers of goldR√≠os de oro-, se acerca m√°s a su verdadera intenci√≥n: mostrar c√≥mo la codicia, la avidez del oro, fue el verdadero motor de la colonizaci√≥n.

Thomas abarca en este libro el periodo que va desde la entronizaci√≥n de los Reyes Cat√≥licos y los cuatro viajes de Col√≥n hasta la conquista de M√©xico por Hern√°n Cort√©s, poco m√°s de cuarenta a√Īos llenos de acontecimientos tr√°gicos y determinantes para la historia de Am√©rica y Europa. Uno de los aciertos de este texto, adem√°s de descubrirnos personajes incre√≠bles, se encuentra en la extensa atenci√≥n que dedica a la pol√©mica suscitada sobre la capacidad de los indios para ser cristianos, entre las √≥rdenes religiosas y las autoridades pol√≠ticas. Para Bartolom√© de las Casas y los dominicos los ind√≠genas pose√≠an alma y entendimiento de las cosas espirituales y no deb√≠an ser tratados como esclavos. Pero a pesar de los intentos de reforma de las encomiendas y del dise√Īo de comunidades ut√≥picas del padre Las Casas, la brutalidad de los conquistadores y enfermedades importadas, como la devastadora viruela, acabaron con la libertad y la vida de millones de ind√≠genas.

Otro de los aciertos de Thomas consiste en hacernos conscientes de la simultaneidad de acontecimientos cruciales, a uno y otro lado del oc√©ano. Baste como ejemplo el a√Īo 1520, en que coincidieron la coronaci√≥n de Carlos V como emperador, la rebeli√≥n de los Comuneros de Castilla, la entrada en M√©xico de Hern√°n Cort√©s y la circunnavegaci√≥n del globo iniciada por Magallanes y culminada por Elcano en 1522.

Entre las deficiencias, habr√≠a que citar la m√≠nima informaci√≥n sobre la conquista de Navarra, apenas rese√Īada, las imprecisiones en algunas fechas, el estilo, que aunque √°gil, resulta algo descuidado, y el acopio abrumador de datos no demasiado relevantes, que elevan el volumen a m√°s de 800 p√°ginas. En definitiva, estamos ante una gran recreaci√≥n hist√≥rica, que se lee como una novela, apasionante en algunos pasajes, y atropellada y farragosa en otros.

El imperio espa√Īol. De Col√≥n a Magallanes, de Hugh Thomas en editorial Planeta.

Javier Aspiazu

El tocho. La dulce Anna de Dezsö Kosztolányi

‚ÄúNo amo a la humanidad porque ni la he visto ni la conozco. La humanidad es un concepto abstracto. F√≠jese usted en que todos los impostores aman a la humanidad. Los ego√≠stas, los que no le dan ni un trozo de pan a su hermano, los maliciosos suelen tener como ideal a la humanidad. Ensucian su altar familiar, echan a la calle a sus mujeres, no se preocupan ni por sus padres ni por sus hijos, pero aman a la humanidad. Es lo m√°s c√≥modo que existe. Al fin y al cabo, no obliga a nada. Jam√°s se ha presentado nadie ante m√≠ llamado ‚Äúhumanidad‚ÄĚ. La humanidad no pide pan, ni ropa, sino que permanece a una distancia prudencial, en un segundo plano, con una aureola sobre la augusta cabeza. S√≥lo existen Peter y Pal. S√≥lo existen los seres humanos. La humanidad no es nada.‚ÄĚ

Este es un fragmento de Anna la dulce de Dezs√∂ Kozstol√°nyi. Recordamos hoy a uno de los creadores m√°s influyentes de la literatura h√ļngara de inicios del siglo XX, autor admirado por Sandor Marai y las generaciones m√°s recientes de escritores magiares.

A lo largo de los cincuenta a√Īos de su corta vida, Kozstol√°nyi cultiv√≥, casi con el mismo √©xito, la poes√≠a, la narrativa, el ensayo, el periodismo y la traducci√≥n. Pero son solo sus breves y sobrias novelas las que se han vertido al castellano en la primera d√©cada de nuestro siglo por Ediciones B, donde se pueden encontrar tres de las cuatro que escribi√≥: Alondra, La cometa dorada y esta que hoy recordamos, Anna la dulce, su √ļltima novela, y la m√°s importante, publicada en 1926.

El autor la sit√ļa temporalmente algunos a√Īos atr√°s, en 1919, en el Budapest posterior a la guerra y a la ef√≠mera rep√ļblica comunista liderada por Bela Kun. Los Vizy, un matrimonio burgu√©s, integrado por un alto funcionario y su neur√≥tica esposa, toman como criada a Anna, una jovenc√≠sima campesina, ingenua e incansable, que se convierte en la sirvienta ideal. A pesar de la frialdad de sus patronos¬† y del extenuante trabajo diario, Anna parece inalterable. Solo cuando Janczi, el sobrino tarambana de los Vizy, la seduce y deja embarazada, empieza a sentirse abatida. Pero nada hace presagiar la reacci√≥n de la dulce Anna, su terrible venganza.

Este es el esquema argumental de una novela escrita con una prosa sucinta, extremadamente concisa, en la que Kozstol√°nyi reduce el lenguaje a su esencia. Junto a la historia de una criada y su inesperada respuesta a la opresi√≥n, su maestr√≠a en el empleo de la econom√≠a narrativa le permite tambi√©n al autor ofrecernos, en poco m√°s de doscientas p√°ginas, todo el panorama de una √©poca de transici√≥n. Un ir√≥nico y amargo fresco social en el que casi nadie sale bien parado, ni los que dominaban durante la fugaz rep√ļblica sovi√©tica de Hungr√≠a y vuelven ahora a mostrarse serviles, como el portero Ficsor, ni los burgueses que han recuperado sus privilegios mostrando una total ausencia de piedad, caso de los Vizy. Solo un personaje, el doctor Movizster, enfermo y pat√©tico, se erige como la excepci√≥n, la conciencia moral capaz de sentir compasi√≥n por la suerte de Anna. Y de evidenciar, en p√°rrafos como el que encabeza esta rese√Īa, la falsedad de creencias comunes a ambos bandos.

Todo un descubrimiento. Un cl√°sico de las letras h√ļngaras que les sorprender√° y conmover√°. Anna la dulce de Dezs√∂ Kozstol√°nyi, en Ediciones B.

Javier Aspiazu

El Tocho. El rey de las Dos Sicilias de Kusniewicz

‚ÄúDespu√©s de un d√≠a demasiado caluroso, cuando por fin se pod√≠a respirar con alivio un poco de aire m√°s fresco que nac√≠a junto a los viejos estanques en el barrio c√≠ngaro, una suave brisa que llegaba a intervalos casi r√≠tmicos, en gamas musicales, justo detr√°s de la calle Kerti, o sea la calle de los Jardines, all√≠ donde empieza el barrio c√≠ngaro, Cig√†nyv√†ros, ya que la calle Kerti no pertenece a√ļn a aquel barrio, reson√≥ un corto grito y luego se hizo el silencio. Una gruesa capa de polvo cubre la calzada, tapa las hojas de la bardana, la achicoria y el malvavisco silvestre. Una bandada de gorriones volar√° un momento antes de posarse en la acacia m√°s cercana… Alrededor de las once de la noche de aquel mismo d√≠a, alguien informar√° al puesto de la gendarmer√≠a que, en uno de los gredales abandonados desde hace tiempo, hab√≠a encontrado el cad√°ver de una joven c√≠ngara.‚ÄĚ

Este es uno de los comienzos de El rey de las Dos Sicilias de Andrzej Kusniewicz. Procedente de la Galitzia oriental (remota provincia entre Polonia y Ucrania), el autor que hoy recordamos, Andrzej Kusniewicz, vio interrumpida su carrera diplomática por la invasión nazi. Se unió a la resistencia, y apresado en 1943 fue deportado al campo de Mauthausen. Tras la victoria aliada Kusniewicz siguió ejerciendo como cónsul de Polonia en diversas ciudades francesas, mientras mimaba en secreto su vocación literaria, que eclosionó de forma tardía, cuando sobrepasando la cincuentena, empezó a publicar versos.

De sus doce obras en prosa la m√°s recordada es esta novela: El rey de las Dos Sicilias, publicada en 1970. Probablemente se trata de la √ļltima gran evocaci√≥n literaria del imperio austro-h√ļngaro. Por sus p√°ginas vuelve a desfilar aquel mundo abigarrado de h√ļsares, jud√≠os, z√≠ngaros y nacionalidades en forzada convivencia, tan presente ya en la obra de Joseph Roth. Un mundo¬† en franca decadencia, cuando se inicia la acci√≥n de la novela en el verano de 1914, momento del estallido de la primera guerra mundial.

El rey de las Dos Sicilias es una novela escrita con un estilo po√©tico, que hace gala de una estructura compleja desde el mismo planteamiento, pues el autor considera que todos los acontecimientos simult√°neos tienen la misma validez, son igualmente necesarios e interdependientes para tejer el devenir hist√≥rico. Ilustrando su teor√≠a, Kusniewicz hace coincidir en el tiempo el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo el 28 de junio de 1914, detonante de la guerra, con los ejercicios cotidianos del regimiento de caballer√≠a austriaca Rey de las Dos Sicilias, acantonado en el pueblo de Fehertemplon, enclave h√ļngaro fronterizo con Serbia. Y tambi√©n con el descubrimiento del cad√°ver de una joven prostituta c√≠ngara a las afueras del citado pueblo.

Junto a este desarrollo de acciones simult√°neas, el autor utiliza distintas voces narrativas. La m√°s representativa es la del¬† subteniente Emil R. en cuyo diario asistimos al nacimiento y desarrollo de la pasi√≥n por su hermana Lisbeth. Emil es un esteta, un intelectual atormentado, consciente de que va a la guerra buscando la muerte como √ļltimo remedio a su amor incestuoso. Pero el azar pone en su camino a una z√≠ngara inocente…

Ambiciosa novela que retrata un mundo ag√≥nico; todo un alarde de t√©cnica narrativa, de conocimiento erudito de la historia, y de sensibilidad al color y sus matices. Especialmente recomendable para nost√°lgicos del imperio austro-h√ļngaro. El rey de las Dos Sicilias de Andrzej Kusniewicz en editorial Anagrama.

Javier Aspiazu

El tocho. El palomo cojo de Eduardo Mendicutti

“Mi padre apreciaba mucho la belleza masculina. Por eso se casó con mamá.

Mi madre era muy femenina, y tenía un estilo tremendo, pero en mi casa se hacía siempre lo que decía ella, y mi padre se lo tomaba a broma y decía tu madre es  la que lleva aquí los pantalones. Por eso cuando yo me puse malo, mi madre lo organizó todo y mi padre dijo amén.

Y es que el m√©dico hab√≠a dicho que ten√≠a que quedarme en cama, que la fiebre seguramente me durar√≠a alg√ļn tiempo y que necesitaba mucho reposo, mucho cuidado con la humedad y con las corrientes, muchas vitaminas, mucho l√≠quido, una inyecci√≥n diaria, y sobre todo, tranquilidad. Repiti√≥ un sinf√≠n de veces lo de la tranquilidad y mi madre dijo:

-Este ni√Īo, siempre tan oportuno.

Cuando el médico se fue, mi madre me miró como si yo tuviese la culpa de haberme puesto malo, y después se pasó días enteros quejándose:

-Qu√© desav√≠o por Dios, ahora que el verano ya estaba encima‚ÄĚ.

Este es el comienzo de El palomo cojo de Eduardo Mendicutti. Recordamos hoy una de las novelas m√°s celebradas del autor gaditano, publicada en 1991, y finalista del Premio Nacional de Narrativa al a√Īo siguiente. Mendicutti recuerda en este delicioso relato autobiogr√°fico las¬† vivencias cruciales que experiment√≥ cuando, afectado en su infancia por unas fiebres recurrentes, hubo de pasar el verano en el soleado caser√≥n de su bisabuela, situado en el barrio alto de Sanl√ļcar de Barrameda. El autor enmascara solo levemente su presencia utilizando la voz en primera persona de Felipe, ni√Īo de diez a√Īos, resignado a pasar un est√≠o triste y olvidable. Pero lo que se presentaba como un verano aburrido termina siendo un aut√©ntico viaje inici√°tico para Felipe en el que descubre los secretos de los adultos, las extravagancias de sus familiares y su propia identidad sexual.

En ese caser√≥n, impregnado de un olor especial y atestado de cuadros que parecen hablar entre ellos, Felipe tendr√° como confidente a la criada de la mansi√≥n: la p√≠cara y deslenguada Mary. El ni√Īo ser√° testigo de la vida misteriosa y enloquecida del t√≠o Ricardo, que solo sale de sus habitaciones de noche y se dedica a criar palomas. O de las andanzas de la perturbada tata Caridad, que va perdiendo su ‚Äúperfil‚ÄĚ por la casa. Pero tambi√©n asistir√° deslumbrado a las visitas de la glamurosa t√≠a Victoria, acompa√Īada por su fornido secretario Luigi, y del seductor y aventurero t√≠o Ram√≥n, por quien tanto Felipe como La Mari sentir√°n una irresistible atracci√≥n que desencadenar√° la catarsis final.

Muchas otras novelas recrean morosamente ese periodo culminante del paso de la pubertad a la adolescencia, en que abandonamos por fin al ni√Īo que fuimos. En cambio, en El palomo cojo, Mendicutti solo emplea tres meses de un verano para contarnos esa transici√≥n que marc√≥ su vida. Y lo hace de forma fascinante, con una gracia especial, mezclando la ingenuidad infantil, pero siempre alerta, de Felipe, con el habla popular de La Mary, logrando un registro narrativo perfecto, mezcla de candor, melancol√≠a, sensualidad y humor.

El resultado es una lectura gozosa, francamente recomendable. El palomo cojo de Eduardo Mendicutti, en editorial Tusquets.

Javier Aspiazu

El tocho. Estados Unidos visto por Julio Camba

‚ÄúHasta ahora, cuando un vecino de Nueva York quer√≠a establecer una lecher√≠a o una papeler√≠a, una casa de comidas o una tienda de flores, eleg√≠a por s√≠ mismo el Sindicato de criminales que le ofrec√≠a m√°s cr√©dito y se pon√≠a de este modo a salvo de posibles sorpresas. El Sindicato pasaba a robarle todas las semanas la cantidad convenida, y esta operaci√≥n se realizaba con tanta normalidad y tan poca violencia como el cobro de la luz o el del alquiler. A veces, aparec√≠a por la tienda un ladr√≥n desconocido…

  • Lo siento mucho -dec√≠a el tendero, entonces-. Pero yo me entiendo con la firma Tal. Aqu√≠ tengo precisamente el √ļltimo recibo‚Ķ

Y si el ladr√≥n desconocido cre√≠a que aquella tienda entraba dentro de su zona y que su Sindicato era el √ļnico Sindicato con derecho a robarle, all√° los dos Sindicatos que resolviesen el asunto por las malas o por las buenas, pero el tendero no sufr√≠a jam√°s violencia ninguna. Los gangs o Sindicatos de pistoleros son una de las organizaciones criminales m√°s serias que hay en Nueva York, y el abonarse a uno de ellos ofrec√≠a hasta ahora ventajas innumerables‚ÄĚ.

Este es un fragmento de La ciudad autómatica de Julio Camba, uno de los grandes periodistas de la primera mitad del siglo XX, dotado de un fino humorismo y una ironía legendarios. El gallego Julio Camba escapó de casa siendo todavía un adolescente, rumbo a la Argentina, donde entró en contacto con círculos anarquistas y aprendió el oficio de escribir de forma autodidacta, publicando proclamas y panfletos revolucionarios. De vuelta en la Península, se convirtió en un fecundo articulista y uno de los más originales corresponsales de prensa del ámbito hispano, como lo atestiguan los libros sobre sus estancias en Londres, París o este que hoy les recomendamos publicado en 1934, donde se recogen sus crónicas de viajes por los Estados Unidos para el diario El Sol.

Como el propio Camba cuenta, ‚Äúen la primavera del a√Īo 29 la dotaci√≥n Carnegie para la Paz Internacional invit√≥ a doce periodistas europeos a recorrer los Estados Unidos. Bajo los auspicios de una entidad tan prestigiosa no tuvimos la menor dificultad para entrar en ninguna parte. Hablamos con todo el mundo, desde el presidente Hoover al jefe de los pieles rojas de Montana‚ÄĚ.

El resultado de ese viaje de 18.000 kilómetros es la aguda percepción de Camba de estar ante una sociedad presidida por el maquinismo y la producción en serie: la misma estandarización que Ford había introducido en la fabricación de automóviles se extiende también a los gustos, actitudes y a la forma de vida del ciudadano medio. El autor, que escribe todavía en la época de la prohibición, descubre que el gangsterismo, al que dedica páginas tan graciosas como perspicaces, cumple también una función social, la de proveer de alcohol y diversiones a una sociedad que todavía no ha desalojado al puritanismo de su conciencia.

Pero este no ser√≠a un resumen fiel sin destacar la gran protagonista del libro, Nueva York, ciudad exasperada y fren√©tica, con su variedad de razas y de rascacielos, que tanto llaman la atenci√≥n de Camba, y donde el principal peligro es ‚Äú¬°hacerse millonario!‚ÄĚ.

Un libro original y divertido, con sorprendentes vueltas de tuerca a las opiniones vigentes, muy representativo del esp√≠ritu del autor, empe√Īado siempre en no tomarse nada en serio.

Javier Aspiazu

El tocho. Los pensamientos de Epicteto

‚ÄúDe lo existente, unas cosas dependen de nosotros; otras no dependen de nosotros. De nosotros dependen el juicio, el impulso, el deseo, el rechazo y, en una palabra, cuanto es asunto nuestro. Y lo que depende de nosotros es por naturaleza libre, no sometido a estorbos ni impedimentos; mientras que lo que no depende de nosotros es d√©bil, esclavo, sometido a impedimento, ajeno. Recuerda, por tanto, que si lo que por naturaleza es esclavo lo consideras libre y lo ajeno propio, sufrir√°s impedimentos, padecer√°s, te ver√°s perturbado, har√°s reproches a los dioses y a los hombres, mientras que si consideras que solo lo tuyo es tuyo y lo ajeno, como es en realidad, ajeno, nunca nadie te obligar√°, nadie te estorbar√°, no har√°s reproches a nadie, no ir√°s con reclamaciones a nadie, no har√°s ni una sola cosa contra tu voluntad, no tendr√°s enemigo, nadie te perjudicar√° ni nada perjudicial te suceder√°‚ÄĚ.

Este es el comienzo del Manual de Epicteto, sin duda el pensador m√°s influyente del estoicismo tard√≠o, que se desarrolla en el imperio romano entre los siglos I y III despu√©s de Cristo. En contraste con la mayor√≠a de los miembros de la escuela en este periodo, como S√©neca, Cat√≥n o Marco Aurelio, procedentes de las √©lites romanas, Epicteto fue un esclavo griego nacido en Frigia, alrededor del a√Īo 50 despu√©s de Cristo, a quien su amo llev√≥ a Roma siendo todav√≠a un infante. All√≠ Epicteto consigue la libertad y establece su propia escuela. Pero la persecuci√≥n desatada por el emperador Domiciano contra los fil√≥sofos y astr√≥logos en el a√Īo 93, le obliga a exiliarse a la ciudad de Nic√≥polis, en el noroeste griego, donde restablecer√° la escuela y vivir√° los √ļltimos treinta a√Īos de su vida.

Son los breves rasgos biográficos de un filósofo que tiene más de un paralelismo con Sócrates; como éste, Epicteto estaba más interesado en la puesta en práctica de sus principios morales que en el conocimiento teórico del mundo. Por eso al igual que Sócrates, Epicteto nunca escribió nada. Ni su Manual, donde se sintetizan sus pensamientos en 53 fragmentos bastantes breves, ni las Disertaciones, a modo de diálogos platónicos, serían hoy conocidas de no ser por uno de sus discípulos, Arriano de Nicomedia, que recogió por escrito todo lo que recordó de las lecciones de su maestro.

Seg√ļn Epicteto, el hombre est√° dotado de la capacidad racional para hacer uso de las representaciones, es decir para considerar o imaginarse en su interior las cosas como bienes o como males, y de acuerdo con eso, desearlas o rechazarlas. Solo haciendo un uso correcto de las representaciones se puede alcanzar la felicidad. Esto supone desear, considerar bienes, solo aquellas cosas que dependen de nosotros: tener un juicio libre e independiente, o mantener el √°nimo sereno, depende de nosotros; sin embargo, tener riquezas, belleza o salud no depende de nosotros.

Adem√°s, si hacemos un correcto uso de las representaciones, estas no podr√°n perturbarnos. Una de sus m√°ximas m√°s c√©lebres, y que m√°s influencia ha ejercido, no solo en filosof√≠a, sino tambi√©n en corrientes psicol√≥gicas como la Gestalt, es la que dice: ‚ÄúLos hombres se ven perturbados no por las cosas, sino por las opiniones sobre las cosas‚Ķ As√≠ que cuando suframos impedimentos o nos veamos perturbados o nos entristecemos, no echemos nunca la culpa a otro, sino a nosotros mismos, es decir a nuestras opiniones‚ÄĚ.

Por √ļltimo, tambi√©n como S√≥crates, Epicteto pensaba que los que actuaban mal lo hac√≠an por ignorancia; de ah√≠ los ejemplos de humanidad y de conmiseraci√≥n ante los malvados que se encuentran en las Disertaciones. Seg√ļn Epicteto, los que conocen el bien lo eligen forzosamente. Pero para lograrlo tendr√°n que aprender a discernir correctamente entre sus representaciones.

Como ven, estamos ante una filosofía moral surgida de una época de crisis para preservar la libertad y la imperturbabilidad del ánimo. Un mensaje que vuelve a estar de actualidad en estos tiempos de crisis periódicas cada vez más devastadoras, en los que la confusión reinante hace muy difícil distinguir nuestras verdaderas necesidades.

Javier Aspiazu

El tocho. La verdad sobre Estados Unidos, seg√ļn Zinn

‚Äú… la mudanza de los indios, como amablemente la han llamado, despej√≥ el territorio entre los montes Apalaches y el Mississippi para que fuera ocupado por los blancos. Se despej√≥ para sembrar algod√≥n en el Sur y grano en el Norte, para la expansi√≥n, la inmigraci√≥n, los canales, los ferrocarriles, las nuevas ciudades y para la construcci√≥n de un inmenso imperio continental que se extender√≠a hasta el Oc√©ano Pac√≠fico. El coste en vidas humanas no puede calcularse con exactitud, y en sufrimientos, ni siquiera de forma aproximada. La mayor√≠a de los libros de historia que se dan a los ni√Īos pasan de puntillas sobre esta √©poca‚ÄĚ.

Este es un p√°rrafo de La otra historia de los Estados Unidos de Howard Zinn. Este es un libro ins√≥lito, publicado en 1980, que intent√≥ un cambio de perspectiva en la manera de ver y contar la historia. En general, toda la historia que se nos narra es el relato de la burgues√≠a triunfante, la historia de los l√≠deres pol√≠ticos y militares que establecieron los principios de los estados nacionales. Muy pocos cap√≠tulos de los gruesos vol√ļmenes de historia, se dedican en cambio a relatar la importancia del trabajo an√≥nimo de la multitud de personas desconocidas que contribuyeron a la formaci√≥n y al devenir de esos estados.

Frente a esa realidad injusta se situ√≥ el historiador y polit√≥logo de Boston, Howard Zinn, quien tuvo el atrevimiento de contarnos la historia de su pa√≠s desde la perspectiva de los que la padecen, de las clases populares, tal y como reza el t√≠tulo original de este libro: A people history of the United States. Para conseguirlo Zinn realiza un detallado relato de todas las opresiones sufridas por los criados blancos, esclavos negros, campesinos pobres, indios, mujeres y trabajadores industriales¬†de los Estados Unidos, y sus revueltas e intentos de liberaci√≥n, en el amplio espacio temporal que va desde la llegada de Col√≥n hasta el pasado m√°s inmediato, hasta la √©poca de Clinton. El resultado es brutalmente desmitificador, y nos lleva a la conclusi√≥n de que los Estados Unidos, la supuesta cuna de la democracia moderna, utiliz√≥ continuamente el enga√Īo y la violencia como instrumentos de dominaci√≥n pol√≠tica.

Vayan como ejemplo solo algunos datos: tras acabar con todas las tribus indias que se opusieron al desplazamiento forzoso, y arrebatarle a M√©xico m√°s de la mitad de su superficie, los Estados Unidos extendieron su influencia a los mares cercanos haci√©ndose con Cuba y Filipinas. La resistencia de los filipinos supuso una guerra que caus√≥ la muerte de m√°s de un mill√≥n de personas, un genocidio sistem√°ticamente ignorado.¬†Tras la Primera Guerra Mundial, el √ļnico sindicato de izquierdas del pa√≠s, Industrial workers of the world, fue desarticulado meticulosamente por el FBI, y cualquier l√≠der obrero inc√≥modo result√≥ exiliado o ajusticiado. Desde ah√≠, el libro de Zinn sigue ascendiendo en el tiempo, en una escalofriante secuencia, hasta la √©poca de Nixon¬† y su b√°rbara actuaci√≥n en Vietnam y los pa√≠ses del entorno.

Si es usted un admirador del estilo de vida americano, tendrá muchas dificultades para admitir la multitud de hechos violentos en que se basa, espléndidamente documentados por este libro, incluso es muy posible que quiera dejar de leerlo, pero yo les aconsejaría que siguieran hasta el final, porque no hay nada más saludable psicológicamente, se lo aseguro, que enfrentarse a la realidad.

Javier Aspiazu

El tocho. El Danubio de Claudio Magris

‚ÄúLa soberan√≠a habsb√ļrguica no es como el despotismo centralista y nivelador de Luis XIV, Federico II o Napole√≥n, no sofoca las diferencias ni supera las contradicciones, dej√°ndolas subsistir en su sustancia y poni√©ndolas en juego, en todo caso, unas contra otras. El regidor del imperio era, por definici√≥n, tambi√©n √©l, un Proteo, que cambia de m√°scara y de pol√≠tica con d√ļctil movilidad y no por ello quiere transformar a sus s√ļbditos Proteos en ciudadanos de una sola pieza, sino que les deja que pasen del amor a la revuelta y viceversa, de la depresi√≥n a la euforia, en un juego sin final y sin progreso, que no quiere imponer una r√≠gida unidad a los diferentes pueblos, sino dejarles subsistir y convivir en su heterogeneidad….

El estado parece querer hacer olvidar la pol√≠tica o por lo menos atenuar su injerencia, mitigar y frenar las transformaciones, convencer a sus s√ļbditos de que los cambios se operan en periodos largos -y son, por tanto, perceptibles para las generaciones m√°s que para los individuos- y dejar que las cosas permanezcan como est√°n el m√°ximo de tiempo posible, as√≠ como los sentimientos, las pasiones, las memorias.‚ÄĚ

Este es un p√°rrafo de El Danubio, de Claudio Magris, gran germanista italiano, especialista, entre otras muchas cosas, en la historia de la dinast√≠a austr√≠aca de los Habsburgo. En este fragmento explic√≥ el secreto de la larga vida del imperio austro-h√ļngaro, a pesar de su extrema diversidad.

Es solo una de las muchas perlas que se pueden encontrar en El Danubio, un ensayo justamente c√©lebre, publicado en 1988. Seg√ļn el propio autor, puede leerse, dado su car√°cter h√≠brido, como una met√°fora sobre la compleja identidad europea, como un libro de viajes, e incluso, como una novela de formaci√≥n, que va cambiando al personaje narrador a medida que transcurre el tiempo y se desplaza por la geograf√≠a danubiana.

Al hilo de un viaje que dura cuatro a√Īos, a lo largo de los tres mil kil√≥metros del r√≠o m√°s emblem√°tico del centro y este de Europa, desde las discutidas fuentes en Baden-Wurtemberg hasta la desembocadura en el Mar Negro, el personaje narrador recorre, solo o en compa√Ī√≠a de un grupo de amigos, parte de Alemania, Austria, Eslovaquia, Hungr√≠a, Serbia, Bulgaria y Ruman√≠a; buena parte de la otra Europa, la que form√≥ parte del imperio austriaco o del turco. De esa Europa oriental, mestiza, de identidad estratificada, en la que se pueden encontrar regiones fronterizas como el Banato, cuyas ciudades se nombran hasta en cuatro idiomas, alem√°n, serbio, h√ļngaro y rumano.

Pero el libro es sobre todo un viaje a través del tiempo y de la cultura europea, de los conflictos que tuvieron su escenario en las cercanías del Danubio, y de los escritores y artistas que poblaron sus orillas. Y también de los personajes del pueblo que se va encontrando el narrador, como la abuela Anka, crítica implacable de las distintas nacionalidades danubianas.

Un ensayo de apabullante y amena erudición, escrito con gran soltura (aunque el autor abuse de términos y adjetivos recurrentes), cuya lectura muy probablemente les enganchará de principio a fin. Ese fue mi caso, y por eso se lo recomiendo. El Danubio, de Claudio Magris, en editorial Anagrama.

Javier Aspiazu