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El tocho. El Berlín nazi de Hans Fallada

‚ÄúLa cartera Eva Kluge sube despacio los pelda√Īos de la escalera del n√ļmero 55 de la calle Jablonski. Su lentitud no se debe solo a que la caminata del reparto la ha fatigado, sino tambi√©n a que su cartera contiene una de esas cartas que odia entregar y tiene que hacerlo dentro de un momento, dos tramos de escalera m√°s arriba, en el hogar de los Quangel. Seguro que la mujer la espera con impaciencia, desde hace m√°s de dos semanas espera recibir una carta oficial del Ej√©rcito…

Ella no siente el menor inter√©s por la pol√≠tica. Es una mujer sencilla y como tal piensa que no hay que traer hijos al mundo para que los maten de un tiro‚ÄĚ.

As√≠ comienza Solo en Berl√≠n, de Hans Fallada. La tremenda biograf√≠a de este escritor alem√°n, morfin√≥mano, alcoh√≥lico y suicida, muy conocido en la primera mitad del siglo XX, en la que alguna de sus novelas lleg√≥ a superventas en Alemania, nos hace admirar a√ļn m√°s la pujanza de su talento, capaz de sobreponerse a tantas circunstancias adversas. Una de ellas, fue la dif√≠cil convivencia, desde 1933, con el r√©gimen nazi.

La novela que hoy les recomendamos, Solo en Berl√≠n, la √ļltima que public√≥ el autor, apenas un a√Īo antes de su muerte en 1947, se puede interpretar, precisamente, como su ajuste de cuentas personal con el nazismo. Bas√°ndose en un hecho real rescatado de los archivos de la Gestapo, Fallada nos narra una historia de resistencia an√≥nima y casi sin esperanzas. Es la que lleva adelante el matrimonio Quangel: Otto, un jefe de taller de carpinter√≠a, hombre en extremo recto y lac√≥nico y Anna, una sumisa ama de casa. Ambos han perdido a su hijo en la guerra, y el golpe moral recibido les impulsa a alejarse del nazismo y a actuar en su contra. Deciden escribir postales denunciando las mentiras y los cr√≠menes de Hitler. Postales que dejan abandonadas en edificios p√ļblicos esperando la reacci√≥n de sus eventuales lectores.

En torno a los Quangel, el autor teje una tupida red de relaciones que comienzan en su mismo edificio, donde viven tambi√©n el confidente de la polic√≠a Barkhausen, el juez retirado Fromm, la entusiasta familia nazi de los Persicke y una anciana tendera jud√≠a, la se√Īora Rosenthal, cada vez m√°s atemorizada. Son solo una parte de la variada fauna humana que puebla esta novela, casi coral en su desarrollo, y con ingredientes de thriller, introducidos por las pesquisas del brillante comisario Escherich, el √ļnico personaje que recibe una verdadera lecci√≥n moral de la actuaci√≥n de los Quangel, tras su detenci√≥n.

Quizá se eche de menos un mayor desarrollo o profundización psicológica en algunos personajes, incluso una mayor reflexión sobre la realidad, pero Fallada escribe de manera torrencial (acabó los 800 folios mecanografiados de que constaba la novela en cuatro semanas) y eso se nota en la enorme fluidez de la narración, en la que no cesan de encadenarse acontecimientos. La facilidad y amenidad del estilo propicia una lectura subyugante, que no obvia en absoluto la denuncia de las brutalidades del régimen. Al contrario, la gran virtud de esta novela estriba en su cercanía a la realidad y su conmovedora apuesta, perdida de antemano, por la humanidad y la justicia.

Solo en Berlín de Hans Fallada, en editorial Maeva.

Javier Aspiazu

El tocho. Fiesta al Noroeste, de Ana María Matute

‚ÄúEl l√°tigo de Dingo hablaba seco como un rel√°mpago negro. Estaba lloviendo desde el amanecer, y eran ya las tres de la tarde, tres d√≠as antes del Mi√©rcoles de Ceniza. El agua empapaba las crines del viejo caballo y el carro del titiritero rumoreaba sus once mil ruidos quemados: sonrisas de caretas y pelucas, bostezos de perros sabios y largos, muy largos lamentos ¬†sin voz. Todo esto lo present√≠a Dingo desde el pescante como un cosquilleo en la nuca. Porque all√≠ dentro del carro pintado a siete colores, yac√≠an ¬†el viejo ba√ļl de los disfraces, el hermano mudo que tocaba el tambor, y los tres perros amaestrados, todos dormidos bajo el repique del agua. Acababan de asomarse a la comarca de Art√°mila en un pleno Carnaval sobre la tierra indefensa. Art√°mila era poco agraciada al trabajo con su cielo y su suelo hostiles a los hombres.‚ÄĚ

As√≠ comienza Fiesta al Noroeste de Ana Mar√≠a Matute. Dentro de la larga trayectoria de la gran escritora catalana, la novela corta que hoy les recomendamos es una de las m√°s representativas de su primera etapa. Ganadora del premio Caf√© Gij√≥n de 1952, Fiesta al Noroeste responde en su tem√°tica y estilo al realismo social predominante en la √©poca, aunque embellecido por una prosa de sorprendente plasticidad, llena de recursos expresivos: met√°foras, comparaciones, sinestesias, etc. La calidad po√©tica del lenguaje reviste a la historia, dura y dram√°tica, de un ropaje est√©tico que aten√ļa la violencia de los acontecimientos.

Estos se pueden resumir as√≠: el titiritero Dingo, de paso por la Art√°mila, la inh√≥spita comarca de la que escap√≥ treinta a√Īos atr√°s, tiene la mala suerte de atropellar y matar accidentalmente a un ni√Īo. Para salir del embrollo, pedir√° ayuda al terrateniente del pueblo, Juan Medinao, su amigo de la infancia. Con la aparici√≥n del titiritero, a Medinao, personaje deforme, codicioso y acomplejado, le asaltan los recuerdos de la ni√Īez. Evoca el desprecio del padre y la burla de sus compa√Īeros de colegio, el suicidio de su madre y la creciente envidia que le inspira su hermano bastardo, Pablo Z√°caro, joven seguro, decidido, valiente, al que todos respetan y aprecian, y que llega a encabezar una huelga de jornaleros. Una envidia hacia su hermano que se convierte en un amor turbio e inexplicable…

Y hasta ah√≠ les contar√© los mimbres de una trama desarrollada con un admirable dominio del lenguaje al servicio de los temas que empezaban ya a obsesionar a la Matute: los efectos de la posguerra ‚Äďuno de los cuales es esa pobreza que se extiende, incluso, a la descripci√≥n del paisaje, lluvioso, hosco e inh√≥spito, de la Art√°mila, de la que casi nadie puede escapar-, y la memoria o la pervivencia de la infancia en los adultos. Cuando trata este √ļltimo, la autora no se limita a describir la realidad, sino que bucea en los sentimientos y la subjetividad de los personajes, y lo hace con un lirismo que en algunos momentos recuerda a los grandes poetas de generaciones anteriores.

Es esta una novela pesimista y áspera, pero en cualquier caso, espléndida, que revela ya a una gran estilista poseedora de un universo propio. Una de las mejores introducciones a la amplia obra de Ana María Matute: Fiesta al Noroeste, en ediciones Cátedra.

Javier Aspiazu

El tocho. Familia, del chino Ba Jin

‚ÄúEl viento soplaba con tanta fuerza que los copos de nieve revoloteaban en el aire como trozos de guata, sin llegar a caer al suelo. A ambos lados de la calle se hab√≠an formado caminos blancos al pie de los muros que rodeaban las casas y parec√≠a que el cemento de en medio de la calle estuviera engastado en la nieve. Los transe√ļntes y los porteadores de palanquines luchaban en vano contra el vendaval. El cielo estaba completamente blanco. Hab√≠a nieve por doquier; encima de los paraguas, y los sombreros de paja de los porteadores, y en el rostro de los viandantes. El viento orientaba los paraguas a su antojo. Aullaba col√©rico y violento, y con el sonido de los pasos sobre la nieve formaba una especie de ruido extra√Īo que laceraba los o√≠dos de la gente y parec√≠a advertir que la primavera no llegar√≠a nunca‚ÄĚ.

As√≠ comienza Familia, de Ba Jin. El escritor chino Li Yaotang, m√°s conocido por el seud√≥nimo de Ba Jin, muri√≥ en 2005 convertido en un cl√°sico, despu√©s de vivir la friolera de cien a√Īos. Empez√≥ a escribir y publicar muy joven, obteniendo √©xitos importantes desde la d√©cada de los 30, pero en su vida hubo acusados contrastes: durante la revoluci√≥n cultural mao√≠sta fue considerado contrarrevolucionario y condenado a trabajos forzados, y hubo de esperar a fines de los 70 para ser rehabilitado y volver a ocupar cargos p√ļblicos. Familia, se public√≥ en 1937, y como su t√≠tulo indica, cuenta la historia de la prominente familia Gao, donde abundan los juristas y altos funcionarios, asentada en una ciudad del sur de China a principios del siglo XX.

Con un estilo directo y económico, Ba Jin necesita pocos capítulos para presentarnos a los hermanos Juemin y Juehuei, estudiantes en el instituto de lenguas extranjeras de la ciudad y representantes, por ello, de una incipiente modernidad, al mismo tiempo que nos muestra la sociedad opresiva en la que viven. Su familia está dominada por el abuelo Gao, patriarca indiscutido del numeroso clan. Su autoridad es absoluta y es él quien impone los matrimonios de hijos y nietos, quien compra o regala jóvenes para utilizarlas como criadas o concubinas, pasando por encima de sus sentimientos y aspiraciones. Todo el sufrimiento que provoca,  con vidas frustradas como la del hermano mayor Juexin, e incluso suicidios, queda impune, hasta que los jóvenes -en especial JuehueiРdeciden enfrentarse a su autoridad.

Este es el esbozo del argumento de una novela escrita con gran agilidad y que atesora diversas virtudes. En primer lugar, muestra una especial sensibilidad hacia la situaci√≥n de la mujer, la v√≠ctima m√°s indefensa de una sociedad todav√≠a feudal, dej√°ndonos retratos femeninos conmovedores, como el de la prima Mei o la criada Ming Feng. Realiza, adem√°s, una certera cr√≠tica a formas de pensamiento como la doctrina de la ‚Äúpiedad filial‚ÄĚ, y a toda una serie de ritos y supersticiones esclavizadoras. Y, por √ļltimo, con la figura del rebelde Juehuei y sus amigos, introduce un modelo de juventud disidente, semilla de una sociedad m√°s libre. En definitiva, un gran cl√°sico chino de lectura absorbente: Familia, de Ba Jin, en ediciones del Asteroide.

Javier Aspiazu

El tocho. Claroscuro, de Nella Larsen

‚ÄúAquella era la √ļltima del delgado mont√≥n de cartas que compon√≠a el correo matinal de Irene Redfield. Despu√©s de las otras, corrientes y dirigidas con claridad, el sobre largo de fino papel italiano con su garabateado ex√≥tico y casi ilegible resultaba fuera de lugar. Ten√≠a, adem√°s algo misterioso y hasta cierto punto furtivo; era un objeto sutil y artero, sin un remite que delatara al que la enviaba. Y no es que Irene no adivinara en el acto de quien se trataba. Unos dos a√Īos antes hab√≠a recibido una carta muy parecida en su aspecto exterior, furtiva, y sin embargo, de una forma peculiar y deliberada, un poco ostentosa por su tinta morada y su papel extranjero de tama√Īo extraordinario‚ÄĚ.

As√≠ comienza Claroscuro de Nella Larsen. La escritora afroamericana que hoy descubrimos fue una de las m√°s destacadas representantes del Renacimiento de Harlem, como se llam√≥ al movimiento cultural que anim√≥ ese barrio neoyorkino de poblaci√≥n mayoritariamente negra en los a√Īos 20 del pasado siglo. Durante esa d√©cada Larsen escribi√≥ sus dos mejores novelas, conoci√≥ a Garc√≠a Lorca de quien fue anfitriona entre la poblaci√≥n negra de Nueva York, y recibi√≥ una beca Guggenheim que le permiti√≥ viajar por el sur de Europa. Por desgracia, su estrella se apag√≥ en la d√©cada siguiente, cuando tras divorciarse de su marido, vio como rechazaban sus manuscritos, y hubo de trabajar como enfermera casi hasta el fin de sus d√≠as.

Claroscuro se edit√≥ en 1929, con gran √©xito de cr√≠tica. Su t√≠tulo original en ingl√©s, Passing, puede referirse, entre otras cosas, a pasar por lo que no se es, a ocultar la identidad. Ese es el tema principal de la novela, protagonizada por dos mujeres, amigas desde la infancia, con una leve porci√≥n de sangre negra, lo que les permite pasar por blancas en determinados contextos. Ambas vuelven a encontrarse por casualidad tras muchos a√Īos sin verse. Una de ellas, Irene Redfield, ha asumido su procedencia y se ha casado con un m√©dico negro. La otra, Clare Kendry, ha traspasado la ‚Äúbarrera de color‚ÄĚ y se ha casado con un empresario blanco y racista ocult√°ndole sus or√≠genes √©tnicos; algo que era m√°s habitual de lo que pensamos: se calculan cerca de cincuenta mil casos similares a mediados del siglo XX.

Sin embargo, lo que en un principio es un ácido relato sobre la ocultación de la identidad racial, en un entorno tan discriminatorio como el de los USA, acaba convirtiéndose en una historia de feroz rivalidad entre mujeres. La sutileza en el retrato psicológico de los dos personajes femeninos es admirable: Irene se muestra siempre prudente y sensata, ama la seguridad y es incapaz de emocionarse profundamente, al contrario que la impulsiva Clare, que siempre da rienda suelta a sus deseos y se convierte poco a poco en una amenaza insoportable para la tranquila vida de Irene. La tensión creciente entre ellas se resuelve de forma imprevisible, clausurando rotundamente una novela perturbadora, construida con gran atención a los detalles y soberbio pulso narrativo.

La zaragozana editorial Contrase√Īa, con su habitual esmero, public√≥ en 2014, la primera traducci√≥n al castellano de Claroscuro de Nella Larsen.

Javier Aspiazu

El tocho. El sue√Īo de los h√©roes, del argentino Bioy Casares

‚ÄúA lo largo de tres d√≠as y de tres noches del carnaval de 1927 la vida de Emilio Gauna logr√≥ su primera y misteriosa culminaci√≥n. Que alguien haya previsto el terrible t√©rmino acordado y, desde lejos, haya alterado el fluir de los acontecimientos, es un punto dif√≠cil de resolver. Por cierto, una soluci√≥n que se√Īalara a un oscuro demiurgo como autor de los hechos que la pobre y presurosa inteligencia humana vagamente atribuye al destino, m√°s que una luz nueva a√Īadir√≠a un problema nuevo. Lo que Gauna entrevi√≥ hacia el final de la tercera noche lleg√≥ a ser para √©l como un ansiado objeto m√°gico, obtenido y perdido en una prodigiosa aventura. Indagar esta experiencia, recuperarla, fue en los a√Īos inmediatos la conversada tarea que tanto lo desacredit√≥ ante los amigos.‚ÄĚ

As√≠ comienza El sue√Īo de los h√©roes, de Adolfo Bioy Casares. Publicada en 1954, esta es la tercera novela del autor argentino tras las celebradas La invenci√≥n de Morel y Plan de evasi√≥n, obras donde se acercaba de forma muy original al g√©nero de la ciencia ficci√≥n, poco frecuentado en la literatura de su pa√≠s. En El sue√Īo de los h√©roes Bioy recupera el tono realista, incluso costumbrista, durante la mayor parte de su desarrollo, salvo en los √ļltimos cap√≠tulos donde se desliza por terrenos m√°gicos o fant√°sticos.

La vida de Emilio Gauna, veintea√Īero empleado en un taller de autom√≥viles, transcurre rutinaria, oscilando entre su trabajo y la compa√Ī√≠a de sus amigos, con los que se re√ļne en el bar Platense, o en casa del doctor Valerga, hombre maduro y torvo, cuya fortaleza y experiencia, le convierten en una especie de l√≠der natural para todos. En su compa√Ī√≠a pasar√° de farra tres jornadas del carnaval de 1927 durante las que conocer√° a una mujer enmascarada y tendr√° una experiencia inici√°tica que le marcar√° de por vida, aunque apenas puede recordar. Algunos meses despu√©s se casa con Clara, la hija del brujo Taboada, que intentar√° apartarle de su destino, pero, incapaz de abandonar su obsesi√≥n, tratar√° de revivir aquella experiencia reproduciendo junto a sus amigos y el doctor, en el carnaval de 1930, las mismas andanzas de tres a√Īos antes. A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitan sin posible vuelta atr√°s.

Con un o√≠do fin√≠simo para la lengua hablada, Bioy, que solo se permite alguna breve digresi√≥n, consigue reproducir no solo las expresiones de diversos arrabales de Buenos Aires, sino hasta la musicalidad del acento porte√Īo, que el lector creer√° o√≠r a medida que se adentre en el libro. En esta novela aparece de nuevo esa concepci√≥n del valor masculino dirimido en una pelea a cuchillo, tan habitual en el imaginario argentino, desde la literatura gauchesca, con Mart√≠n Fierro o Don Segundo Sombra, hasta el refinado Borges, quien trat√≥ el asunto en varios de sus cuentos.

El valor de Gauna ser√° precisamente el detonante de su destino, intuido y, al fin, realizado; un tema muy borgiano, resuelto con ingenio y eficacia en una novela considerada por cierto sector de la cr√≠tica, quiz√° demasiado entusiasta, la mejor de su autor. El sue√Īo de los h√©roes de Adolfo Bioy Casares, disponible en Alianza Editorial.

Javier Aspiazu

El tocho. La dama de blanco, del brit√°nico Wilkie Collins

‚ÄúEra el √ļltimo d√≠a de Julio. El largo y caliente verano llegaba a su t√©rmino, y nosotros, los fatigados peregrinos de las empedradas calles de Londres, pens√°bamos en los campos de cereales sombreados por las nubes o en las brisas de oto√Īo a las orillas del mar.

En lo que a m√≠ se refiere, el agonizante verano me estaba quitando la salud, el buen humor y, si he de decir la verdad, tambi√©n dinero. Durante el √ļltimo a√Īo no administr√© mis ingresos tan bien como otras veces, y esta imprevisi√≥n me obligaba ahora a pasar el oto√Īo de la manera m√°s econ√≥mica, entre la casa de campo que pose√≠a mi madre en Hampstead y mi apartamento en la ciudad‚ÄĚ.

As√≠ se inicia La dama de blanco, de Wilkie Collins. La novela m√°s conocida de este autor brit√°nico se public√≥ por entregas en 1860, en una revista, All the year round, fundada y dirigida por Charles Dickens, de quien fue amigo y con el que lleg√≥, incluso, a colaborar en varias narraciones. Tras su muerte en 1889, Collins qued√≥ algo olvidado a causa del declive de la calidad de su obra durante las dos √ļltimas d√©cadas de su vida. Pero buena parte de su amplia producci√≥n se ha recuperado a lo largo del siglo XX, reedit√°ndose de continuo, convertida en un cl√°sico indiscutible.

La dama de blanco nos cuenta la historia de Laura Fairlie, joven heredera enamorada de su profesor de dibujo, Walter Hartridge, y correspondida por éste. Laura debe casarse, sin embargo, con sir Percyval Glyde, amigo de su difunto padre, con el que ya está comprometida. Sir Percival, en realidad, solo quiere hacerse con el dinero de Laura para evitar su ruina, e intentará conseguirlo con la ayuda de su amigo, el italiano conde Fosco, uno de los malvados más inteligentes e insidiosos de la historia de la literatura. Pero a sus maquinaciones, que incluyen el internamiento forzado de Laura en un manicomio y el asesinato de la misteriosa dama de blanco del título, se oponen  la valiente y leal Marian Halcombe, hermanastra de Laura; y su enamorado, que retorna de un largo viaje cuando más necesaria es su ayuda.

Estos son los mimbres de un argumento que acaba siendo cautivador y cuya resolución les animo a descubrir. Collins domina la técnica folletinesca consistente en dejar cada capítulo en el punto más alto de dramatismo, lo que garantiza el interés continuado del lector. Como en La piedra lunar, su otra gran novela, en ésta que hoy comentamos, la trama está contada en primera persona por los diversos actores de la narración, que aportan su punto de vista particular de los hechos. Collins utiliza cartas, diarios, relaciones de testigos, para armar, un puzle fascinante; una mezcla perfecta de relato de intriga, historia de amor y novela de aventuras, en la que, quizá por la influencia de Dickens, los personajes están más perfilados y resultan más creíbles que en otros relatos publicados por entregas.

Muy diversas editoriales les proporcionar√°n el enorme placer de leer este apasionante precedente de la literatura policiaca que es La dama de blanco, de Wilkie Collins.

Javier Aspiazu

El tocho. El puente de San Luis Rey, de Thornton Wilder

‚ÄúEl viernes 20 de Julio de 1714, a la hora del mediod√≠a, el m√°s hermoso puente de todo el Per√ļ hubo de quebrarse, precipitando al abismo a cinco transe√ļntes. Este puente se hallaba en el camino real de Lima a Cuzco y centenares de personas pasaban por √©l a diario. De f√°brica incaica, hecho de juncos entretejidos, contaba m√°s de un siglo de existencia, y no hab√≠a forastero que no fuese conducido a admirarlo como una de las curiosidades del lugar. ‚Ķ pero aunque los caballos, carruajes y literas ten√≠an que bajar por otro camino unos cuantos centenares de pies, para cruzar luego en zataras el angosto torrente, ning√ļn viajero del virrey y del mismo arzobispo de Lima para abajo, habr√≠a consentido en descender con sus bagajes antes que cruzar a pie el famoso puente de San Luis Rey.‚ÄĚ

As√≠ comienza El puente de San Luis Rey de Thornton Wilder. Este escritor estadounidense fue autor de magistrales novelas hist√≥ricas, como Los idus de marzo y √©sta que hoy comentamos, adem√°s de un celebrado dramaturgo, una de cuyas obras, Nuestro pueblo, es todo un cl√°sico de la escena contempor√°nea. El puente de San Luis Rey, publicada en 1927, cuando el autor ten√≠a 30 a√Īos, fue su primer gran √©xito. El lector quedar√° sorprendido a medida que se adentre en esta breve pero sustanciosa novela, por la erudici√≥n del joven autor. Su conocimiento del Per√ļ colonial y de las tradiciones culturales y literarias que lo conformaban se aprecia desde las primeras p√°ginas. Pero todo este preciso marco no es sino el pretexto para ilustrar una aguda interrogante: ¬Ņes la divina providencia la que rige nuestros destinos o todo lo que nos acontece es puro azar? Eso es lo que se pregunta Fray Jun√≠pero despu√©s de asistir como testigo al hundimiento del puente arrastrando a cinco personas. Decidido a demostrar la intervenci√≥n divina en este accidente, investigar√° la vida de las v√≠ctimas.

Esta ingeniosa excusa le sirve al autor para narrar varias historias diferentes con ocasionales nexos de uni√≥n entre los cinco personajes cuya biograf√≠a se nos cuenta. Entre ellos destacan la Marquesa de Montemayor, una estrafalaria y borrachuza versi√≥n de la escritora francesa Madame de Sevign√©, con la que comparte su pasi√≥n por la literatura epistolar; y, sobre todo, el T√≠o P√≠o, aventurero de m√ļltiples talentos y gran promotor del teatro lime√Īo, cuya devoci√≥n incondicional por la Perrichola, actriz a la que descubre a los 12 a√Īos y convierte poco a poco en la reina indiscutible de los escenarios, es conmovedora. El T√≠o P√≠o nos revela la dolorosa paradoja de que una actriz experta, como es su protegida, sea incapaz de expresar amor porque nunca lo ha sentido verdaderamente. Ejemplo espl√©ndido, √©ste, de la sagacidad psicol√≥gica del autor.

Estamos ante una novela de original entramado, escrita con una prosa tersa, concisa y elegante; cargada de buenas intenciones, demasiado evidentes, pero con la honestidad, al menos, de dejar sin respuesta la pregunta que da origen a la trama. Aun as√≠, les aseguro que la incertidumbre acerca de nuestros destinos siempre ser√° menos angustiosa pudiendo leer peque√Īas maravillas como El puente de San Luis Rey, de Thorton Wilder, disponible en editorial Edhasa.

Javier Aspiazu

El tocho. Brujas, la muerte, la obra maestra de Rodenbach

“El día declinaba, ensombreciendo los corredores de la gran morada silenciosa, poniendo pantallas de crespón a los vidrios.

Hugues Vianes se dispuso a salir, siguiendo su hábito cotidiano al finalizar la tarde. Desocupado, solitario, pasaba todo el día en su habitación, una amplia pieza en el primer piso, cuyas ventanas  daban al muelle del Rosario, a lo largo del cual se alineaba su casa, reflejada en el agua.

Le√≠a un poco, revistas, viejos libros; fumaba mucho; so√Īaba despierto ante la ventana abierta en el tiempo gris, perdido en sus recuerdos.

Hac√≠a cinco a√Īos que viv√≠a as√≠, desde que hab√≠a venido a instalarse en Brujas, al d√≠a siguiente de la muerte de su mujer. ¬°Cinco a√Īos ya! Y se repet√≠a a s√≠ mismo: ‚ÄúViudo‚ÄĚ, ‚Äúser viudo‚ÄĚ, ‚Äúyo estoy viudo‚Ä̂Ķ‚ÄĚ

As√≠ comienza Brujas, la muerta de George Rodenbach. Este poeta y narrador belga, descendiente de una aristocr√°tica familia alemana, frecuent√≥ durante su estancia en Par√≠s, donde morir√≠a en 1898 a los 43 a√Īos, los c√≠rculos literarios m√°s avanzados del momento: el que se reun√≠a, por ejemplo, en torno al poeta simbolista Mallarm√©, o el que animaban los hermanos Goncourt y otros narradores naturalistas. Aunque public√≥ bastante durante su breve vida, su fama postrera ha venido asociada a esta novela corta que hoy recordamos, Brujas, la muerta, editada en 1892,¬† donde la ciudad flamenca de Brujas, su melanc√≥lico paisaje, se convierte en un personaje tanto o m√°s importante que las figuras que por √©l deambulan.

El inconsolable viudo Hugues Viane est√° convencido de que solo en una ciudad muerta como Brujas podr√° mantener imperecedero el recuerdo de su mujer desaparecida, de la que guarda muy diversos retratos e incluso una larga trenza en un cofre de cristal. La mujer muerta se corresponde as√≠ con esta ciudad ‚Äúmomificada‚ÄĚ, como alguna vez la califica el autor, poblada por el continuo sonido de campanas, ensombrecida por las altas torres de las iglesias, surcada por canales de aguas¬† estancadas; siempre cubierta por la bruma, la lluvia o la nieve.

Aun en este desolado panorama surge la esperanza cuando

Hugues descubre por la calle a una joven de asombroso parecido con¬† su mujer muerta. Resulta ser una bailarina, Jane Scott, a la que convierte en su amante con la esperanza de recobrar, de forma vicaria, a la esposa fallecida. Pero con el trato, las diferencias comienzan a apreciarse. Jane tiene el cabello te√Īido; su car√°cter es m√°s fr√≠volo e independiente. Las habladur√≠as, los an√≥nimos sobre esta relaci√≥n il√≠cita comienzan a arreciar en la peque√Īa ciudad maledicente, y toda la narraci√≥n se empapa de un h√°lito tr√°gico confirmado en el violento final.

Rodenbach atrapa al lector desde el principio con la crónica de esta relación obsesiva y enfermiza. Las metáforas sobre la decadencia, el creciente sentimiento de fatalidad, las alusiones continuas a la correspondencia entre los estados de ánimo y el lánguido escenario, son muy del gusto de la estética simbolista, de la que Brujas, la muerta es uno de los mejores exponentes.

La editorial Vaso Roto publicó en 2011 la traducción castellana más reciente de esta novela, fascinadora y mórbida, todo un homenaje a una de las ciudades más pintorescas y maltratadas por el turismo de Europa. Brujas, la muerta de George Rodenbach.

Javier Aspiazu

El tocho. El Michael Kohlhaas, del alem√°n Heinrich von Kleist

‚ÄúA mediados del siglo XVI, viv√≠a en las riberas del Havel un tratante en caballer√≠as llamado Michael Kohlhaas, hijo de maestro de escuela y uno de los hombres m√°s rectos y a la vez m√°s temibles de su tiempo. Hasta los treinta a√Īos este singular personaje hubiera podido dar el modelo de buen vecino. Pose√≠a una granja en un lugar que a√ļn lleva su nombre, en donde viv√≠a pl√°cidamente de su trabajo, educando los hijos que su esposa le hab√≠a dado en el temor de Dios y en el sentido del trabajo y la lealtad; no hab√≠a entre sus vecinos quien no se hubiera complacido en su bondad o en su rectitud; el mundo habr√≠a tenido, en suma, que celebrar su memoria, si no se hubiera √©l extraviado en el cultivo de una virtud. Mas el sentido de la justicia lo convirti√≥ en bandido y asesino‚ÄĚ.

Este el comienzo de Michael Kohlhaas de Heinrich von Kleist. De forma ritual, y en compa√Ī√≠a de su musa Henrietta Vogel, este dramaturgo y narrador alem√°n se suicid√≥ en 1811, con solo 34 a√Īos. Ese gesto de supremo desprecio a la vida, junto a la importancia de su obra, confirm√≥ a Kleist como uno de los principales autores rom√°nticos germanos. Comedias como El c√°ntaro roto y narraciones como La marquesa de O. y √©sta que hoy comentamos, siguen siendo le√≠das y admiradas en la actualidad.

Michael Kohlhaas se publicó dentro de un volumen de novelas cortas en 1810. Kleist se basó en una crónica de principios del siglo XVI y solo transformó algunos aspectos de la historia real. Kolhaas es un tratante de caballos que se ve detenido en su camino cuando lleva una reata a través del territorio del aristócrata sajón Wenzel Von Tronka. Este le quita abusivamente dos de sus caballos y se los arruina, maltratando incluso a su leal servidor. Kohlhaas presenta querella ante el tribunal sajón competente, pero los altos apoyos del noble, consiguen desestimarla. Su mujer, entonces, intenta llevar una petición al Príncipe elector de Brandenburgo, pero golpeada por la guardia, muere sin conseguirlo. A partir de ese momento, Kohlhaas decide tomarse la justicia por su mano y al frente de una tropa de campesinos asalta e incendia el castillo de Tronka y la ciudad de Wittenberg. Solo la mediación de Martín Lutero consigue detener su furor justiciero. Y hasta aquí les contaré el argumento de una historia, con un giro final paradójico, aportado por la imaginación genial del autor.

Kleist emplea un tono de cronista objetivo, singularmente moderno, en la narraci√≥n, y utiliza todas las posibilidades expresivas del alem√°n, un idioma que tiende a la continua subordinaci√≥n de proposiciones, dando como resultado frases interminables. Pero a√ļn as√≠, Michael Kohlhaas es un relato √©pico cuya acci√≥n avanza a galope tendido, con un ritmo enfebrecido, hasta el final. El autor consigue, adem√°s, crear uno de los arquetipos m√°s memorables del rebelde rom√°ntico, y legarnos una aleccionadora ilustraci√≥n de los peligros de la pasi√≥n fan√°tica. Razones m√°s que suficientes para revisar este cl√°sico alem√°n, que encontrar√°n, entre otras, en ediciones Destino. Michael Kohlhaas, de Heinrich von Kleist.

Javier Aspiazu

El tocho. Tanguy, la obra maestra de Michel del Castillo

‚ÄúTodo hab√≠a comenzado con un ca√Īonazo. Era la guerra en Espa√Īa. Pero Tanguy no guardaba de aquellos a√Īos sino algunos recuerdos confusos. Recordaba haber visto largas colas inm√≥viles ante las tiendas, casas descarnadas y ennegrecidas por el humo, cad√°veres en las calles, milicianas con el fusil al hombro que deten√≠an a los transe√ļntes para pedirles la documentaci√≥n; se acordaba de haber tenido que acostarse sin haber comido nada, de haber sido despertado por el triste ulular de las sirenas, de haber llorado de miedo al o√≠r a los milicianos golpear a la puerta de madrugada‚ÄĚ.

As√≠ comienza Tanguy, de Michel del Castillo. Escritor franc√©s, nacido en Madrid en 1933, hijo de franc√©s y de espa√Īola, activista republicana, la biograf√≠a de Michel del Castillo coincide casi por completo con la historia que nos cuenta en Tanguy, su primera novela, editada en 1957, todo un best-seller de la √©poca. El autor elige sin embargo la tercera persona narrativa para poner distancia entre s√≠ mismo y el relato. Como dice el escritor, de esta manera consigue biografiar la novela, y obtener la necesaria objetividad para contar esta terrible Historia de un ni√Īo de hoy, como reza el subt√≠tulo del libro, muy popular en muchos colegios de Francia donde ya es un cl√°sico.

El calvario de Tanguy es sobrecogedor. No solo ser√° v√≠ctima inocente de la guerra de Espa√Īa, de la que su madre huir√° llev√°ndoselo a Francia, sino tambi√©n de la Segunda Guerra Mundial. Cuando la madre consigue escapar del campo de internamiento en el sur de Francia en el que ha sido recluida junto a Tanguy, √©ste queda abandonado a su suerte. Con tan mala fortuna, que es capturado junto¬† a un grupo de jud√≠os y deportado a un campo nazi en Alemania. Sobrevivir√°¬† a la cruel experiencia gracias a la ayuda de Gunther, un preso alem√°n que tiene claro que ‚Äúen una guerra no hay vencedores o vencidos, solo v√≠ctimas‚ÄĚ. Tras la liberaci√≥n ser√° repatriado a Espa√Īa. Pero all√≠ su abuela acaba de morir, y sin m√°s familiares, Tanguy es internado en una l√ļgubre instituci√≥n clerical de Barcelona, el asilo Dur√°n, donde se maltrata y abusa de los menores. A los 16 a√Īos conseguir√° fugarse para intentar ser due√Īo de su destino.

El resto de esta espeluznante historia deja un atisbo de esperanza para el personaje protagonista que retorna a Francia en busca de sus padres. A pesar de la sucesión de atrocidades en que se ve envuelto Tanguy, el tono del narrador es sorprendentemente compasivo y empático, y no solo con las víctimas, sino hasta con los verdugos, llegando en alguna ocasión a afirmar que la culpa es de la guerra. Es evidente aquí la influencia de Dostoievski, autor muy admirado por el entonces joven escritor. Sin embargo, los momentos más memorables del relato, son aquellos en que Tanguy, ya adolescente, es capaz de rebelarse, y superar su constante sensación de desamparo.

A nivel estilístico, hay que destacar la economía de medios expresivos, con frases cortas, sencillas y efectivas, buscando la plasmación más directa posible de los sentimientos, antes que la brillantez formal. El resultado es una novela contundente y estremecedora, que aporta una gran lección moral y se lee con el alma en vilo.  La encontrarán en la gasteiztarra editorial Ikusager. Tanguy de Michel del Castillo.

Javier Aspiazu