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El tocho. Los no lugares del francés Marc Augé

‚ÄúEl lugar y el no lugar son m√°s bien polaridades falsas: el primero no queda nunca completamente borrado, y el segundo no se cumple nunca totalmente: son palimpsestos donde se inscribe sin cesar el juego intrincado de la identidad y la relaci√≥n. Pero los no lugares son la medida de la √©poca, medida cuantificable y que se podr√≠a tomar adicionando, despu√©s de hacer algunas conversiones entre superficie, volumen y distancia, las v√≠as a√©reas, ferroviarias, las autopistas y los habit√°culos m√≥viles llamados ‚Äúmedios de transporte‚ÄĚ (aviones, trenes, autom√≥viles), los aeropuertos y las estaciones ferroviarias, las grandes cadenas hoteleras, los parques de recreo, los supermercados, la cadena compleja, en fin, de las redes de cables o sin hilos que movilizan el espacio extraterrestre a los fines de una comunicaci√≥n tan extra√Īa que a menudo no pone en contacto al individuo m√°s que con otra imagen de s√≠ mismo‚ÄĚ.

Este es un párrafo de Los no lugares. Espacios del anonimato, de Marc Augé. Publicado en 1992, este breve pero revelador ensayo, intenta realizar, tal y como indica el subtítulo, Una antropología de la sobremodernidad. Expresión esta que le sirve al autor, el antropólogo francés Marc Augé, para caracterizar nuestra época y de paso, polemizar con otros pensadores, como el sociólogo Lipovetski y su hipermodernidad, o el filósofo Lyotard y sus acólitos, que establecieron, con mucha fortuna, el discurso de la posmodernidad.

Para Aug√© el problema de nuestra sociedad es que est√° basada en el exceso, que est√° sobre-dimensionada (de ah√≠ el concepto de sobremodernidad) en tres aspectos fundamentales: en el tiempo, con la superabundancia de acontecimientos noticiosos diarios, que nos impulsan a vivir en un tiempo acelerado, una especie de presente continuo; en el espacio cada vez m√°s amplio, recorrido por los individuos merced a la proliferaci√≥n de viajes intercontinentales (aunque correlativa y parad√≥jicamente el planeta parezca cada vez m√°s achicado); y por √ļltimo, en la esfera m√°s √≠ntima, la del yo, objeto continuo de todo tipo de referencias individualizadas.

A esta sociedad sobremoderna le corresponde una nueva concepci√≥n del lugar. Los lugares antropol√≥gicos, tradicionalmente, se caracterizaban por ser fijos y estables, generadores de identidad y de relaciones culturales. En nuestra sociedad esa concepci√≥n cambia y se generan¬† no lugares, espacios utilizados por los individuos meramente como lugares de tr√°nsito, aeropuertos, autopistas, supermercados, hospitales, donde solo se establecen relaciones ef√≠meras y provisionales, y en los que las personas se sienten ajenas, desvinculadas del entorno. ‚ÄúEn el an√≥nimato del no lugar es donde se experimenta solitariamente la comunidad de los destinos humanos‚ÄĚ, nos dice Marc Aug√©. Pero tambi√©n nos recuerda que fen√≥menos como el retorno de los nacionalismos son, en primer lugar, un rechazo del orden colectivo, y que los individuos pueden adoptar ante esta sociedad diferentes actitudes: la huida, el miedo, la intensidad de la experiencia o la rebeli√≥n contra los valores establecidos.

Como ven, en este l√ļcido ensayo no solo se diagnostican los males de nuestra cultura, sino que tambi√©n se apuntan posibles respuestas. Eso lo convierte en un libro valiente y necesario: Los no lugares de Marc Aug√©, en editorial Gedisa.

Javier Aspiazu

El tocho. La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes

‚ÄúNacidos de la chingada, muertos en la chingada, vivos por pura chingadera: vientre y mortaja, escondidos en la chingada. Ella da la cara, ella reparte la baraja, ella se juega el albur, ella arropa la reticencia y el doble juego, ella descubre la pendencia y el valor, ella embriaga, grita, sucumbe, vive en cada lecho, preside los fastos de la amistad, del odio y del poder. Nuestra palabra. T√ļ y yo, miembros de esa masoner√≠a: la orden de la chingada. Eres quien eres porque supiste chingar y no te dejaste chingar; eres quien eres porque no supiste chingar y te dejaste chingar: cadena de la chingada que nos aprisiona a todos: eslab√≥n arriba, eslab√≥n abajo, unidos a todos los hijos de la chingada que nos precedieron y nos seguir√°n…‚ÄĚ

Este es un célebre párrafo, bastante acortado respecto del original, de La muerte de Artemio Cruz, del mexicano Carlos Fuentes. Publicada en 1962, época en que el experimentalismo literario estaba en su apogeo, esta tercera novela de Fuentes, supuso la consagración definitiva del autor como un maestro de la nueva narrativa hispanoamericana, y entre ellos, uno de los que empleaba de forma más novedosa y vanguardista las técnicas narrativas. Después del deslumbrante debut que supuso La región más transparente (1958), novela  monumental y totalizadora de la realidad mexicana, Fuentes recorta su punto de vista en La muerte de Artemio Cruz, centrándose en la capacidad del poder para pervertir los ideales, como ocurrió en la fracasada revolución mexicana.

Agonizando, el magnate Artemio Cruz, rememora su vida, pero no lo hace de forma ortodoxa. El autor escapa de la cronolog√≠a habitual, saltando de forma imprevisible del futuro al pasado, y cayendo en el presente solo en ocasiones contadas, aquellas en que el moribundo Cruz se deja llevar por sus dolorosas sensaciones, momentos en que el autor intenta expresar los pensamientos ca√≥ticos e involuntarios de un agonizante. Tras luchar con el general Obreg√≥n en la guerra de facciones en que se convirti√≥ la Revoluci√≥n Mexicana, Cruz se casa con Catalina Bernal, la hermosa hija de un terrateniente, convirti√©ndose en un hacendado √°vido y astuto, cada vez m√°s poderoso. Olvidado todo ideal, su √ļnico amor pasa a ser entonces la ‚Äúpropiedad de las cosas, su posesi√≥n sensual‚ÄĚ.

Obra concebida como un mosaico de voces narrativas, en la que destaca la segunda persona en tiempo futuro, como si el personaje central (y a veces todo el universo en torno a √©l) hubieran de cumplir un destino misteriosamente impuesto, estamos ante una novela que asombra por el dominio del lenguaje y su audaz estructura, aunque quiz√° no interese o conmueva al lector en la misma medida. Solo escasas p√°ginas, como las que recogen el v√≠vido recuerdo de la india Regina, el primer amor del joven capit√°n Cruz, asesinada por fuerzas contrarias, o el cari√Īo incondicional del mulato Lunero, que le cr√≠a, en su orfandad, hasta los trece a√Īos, consiguen elevar la temperatura afectiva de este alarde ling√ľ√≠stico, de formidable potencia expresiva, pero escasa resonancia emocional.

A√ļn as√≠, hay en esta novela espl√©ndidos juegos verbales como el de ese irreverente s√≠mbolo de la mexicanidad, la ‚Äúchingada‚ÄĚ (con el que encabezo este comentario), que la har√°n siempre c√©lebre. Solo por eso merecer√° m√ļltiples relecturas. La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, en editorial C√°tedra.

Javier Aspiazu

El Tocho. Una vida de provincias, por Antón Chejov

‚ÄúEl director me dijo: ‚ÄúNo lo hecho solo por consideraci√≥n a su honorable padre; de no ser por √©l, hace tiempo que habr√≠a salido usted volando de aqu√≠‚ÄĚ. Y yo lo contest√©: ‚ÄúExcelencia, me halaga usted en exceso al suponer que s√© volar‚ÄĚ. Luego le o√≠ decir: ‚ÄúLl√©vense a este se√Īor, me crispa los nervios‚ÄĚ.

A los dos d√≠as me despidieron. As√≠ pues, con gran pesar de mi padre, el arquitecto municipal, desde que me considero adulto, he cambiado ya nueve veces de empleo. He estado en diferentes administraciones, pero estos nueve empleos se parec√≠an unos a otros como gotas de agua: en todos ellos he tenido que escribir, o√≠r observaciones est√ļpidas o groseras y esperar sentado a que me despidiesen‚ÄĚ.

As√≠ comienza Mi vida. Relato de un hombre de provincias de Ant√≥n Chejov. El gran maestro ruso del cuento dej√≥ escritos m√°s de 600 relatos (que, por cierto, pueden encontrar reunidos al completo en la editorial P√°ginas de Espuma), pero tambi√©n nos leg√≥ algunos de los dramas m√°s influyentes del siglo XIX (La Gaviota, T√≠o Vania, El jard√≠n de los cerezos); y sin embargo, hoy voy a recomendarles una de las escasas novelas que escribi√≥, un g√©nero que a este maestro de la s√≠ntesis y la connotaci√≥n no se le dio tan bien, de ah√≠ que escribiera m√°s bien lo que los franceses llaman ‚Äúnouvelles‚ÄĚ: novelas cortas o relatos largos.

Mi vida, publicada en 1896, cuenta la existencia nada convencional de Mis√°il P√≥loznev, un joven de provincias de familia noble que renuncia a seguir los pasos de su padre, arquitecto¬† municipal, y decide ganarse el sustento desempe√Īando trabajos f√≠sicos. Sufre por ello el repudio familiar y el escarnio de los habitantes de su peque√Īa ciudad. A pesar de ello, su postura honesta y coherente ante la vida es apreciada por la hija del ingeniero Dolzukov, que se casa con √©l y decide establecer a su lado una finca agr√≠cola. Un proyecto fracasado en poco tiempo porque ella se cansa de las dif√≠ciles relaciones con los campesinos, y decide divorciarse y partir a Petersburgo en busca distracciones y lujos.

Con esta obra Chejov plantea una acuciante disyuntiva entre los arist√≥cratas m√°s avanzados moralmente en la Rusia de fines del siglo XIX: seguir aferrados a las convenciones sociales, dedic√°ndose a vegetar en un supuesto trabajo intelectual como el de funcionario, o por el contrario, optar por un¬† trabajo manual, mezcl√°ndose con obreros y campesinos y compartiendo su destino. Esta √ļltima opci√≥n es la que elige sinceramente Misa√≠l, el protagonista de Mi vida, claramente influido por la ideolog√≠a del conde Tolstoi, profeta de una sociedad basada en los m√°s genuinos principios del cristianismo. Pero Chejov, hijo de siervos, tiene una visi√≥n mucho m√°s realista y consciente de las dificultades pr√°cticas del ideal tolstoiano, y en esta peque√Īa, pero sustanciosa novela, se pregunta si el acercamiento al pueblo trabajador fue algo m√°s que un capricho pasajero entre muchos intelectuales de clase alta, como en el caso de la mujer de Misa√≠l.

Una novela con una profunda preocupación social, muy crítica  con la vida de provincias, llena de corruptelas y arraigados prejuicios, narrada con un estilo sintético, preciso, directo y ausente de cualquier descripción superflua. En definitiva, con la brillantez del gran escritor que fue Chejov. Encontrarán Mi vida. Relato de un hombre de provincias en Alianza Editorial.

Javier Aspiazu

El tocho. La feria de las vanidades, de William M. Thackeray

“No creo que en la Feria de las Vanidades haya un hombre tan poco observador que no piense a veces en la marcha de los negocios de sus amigos, o tan extraordinariamente caritativo que no se haya preguntado c√≥mo se las arregla su vecino Jones o su vecino Smith para llegar a fin de a√Īo sin quebrantos econ√≥micos. Con el mayor respeto a la familia a cuya mesa me siento dos o tres veces por temporada, no puedo por menos de confesar, por ejemplo, que la presencia de los Jenkins en Hyde Park, con su magn√≠fico carruaje y sus lacayos vestidos de granaderos, causar√° mi admiraci√≥n hasta el d√≠a de mi muerte…. ¬Ņc√≥mo se las arregla Jenkins para que cuadren sus cuentas? Yo me pregunto lo mismo que sus amigos: ¬Ņc√≥mo no ha sido declarado en bancarrota y c√≥mo pudo regresar de Boulogne el a√Īo pasado?

Y cuando digo yo quiero decir el mundo en general, pues todo el mundo podr√≠a se√Īalar a alguna familia conocida cuyos ingresos constituyen un misterio. M√°s de un vaso de vino nos hemos bebido pregunt√°ndonos sin duda c√≥mo podr√≠a pagarlo quien nos invit√≥ a beberlo.‚ÄĚ

He aquí un párrafo de La feria de las vanidades de William Makepeace Thackeray. Este escritor inglés, nacido en Calcuta en 1811, hijo de funcionarios anglo-indios, dilapidó la herencia de sus padres en el juego y en inversiones imprudentes. Eso le obligó a dedicarse, con cierto pesar, a la escritura, y de su amplia producción han pervivido novelas como Barry Lindon, adaptada al cine de forma espléndida por Stanley Kubrick, o El libro de los snobs, donde satirizó la hipocresía de la sociedad británica y francesa. Pero, sin duda, su obra cumbre, es esta que hoy comentamos, La feria de las vanidades, publicada en forma de libro en 1848.

Thackeray desarrolla en esta monumental novela dos intrigas distintas asociadas entre s√≠ por la relaci√≥n entre los personajes principales. Una de ellas es la historia de Becky Sharp, una joven pobre, de aguda inteligencia y moral poco escrupulosa; y la otra, la de su compa√Īera de colegio, la t√≠mida e ingenua Amelia Sedley. Mientras √©sta √ļltima, gracias a la fortuna de su padre, consigue casarse con el apuesto oficial George Osborne, la hu√©rfana Becky debe emplearse como institutriz en casa del baronet Crawley y echar mano de su encanto y astucia, para conseguir seducir y quedarse embarazada de uno de los hijos de su patr√≥n.

A partir de ese momento, Becky, que ama por encima de todo el dinero y el lujo que este proporciona, lleva junto a su marido una vida suntuosa, cargada de deudas, siempre al borde de la quiebra, conseguida evitar ‚Äúin extremis‚ÄĚ gracias a sus ‚Äúsospechosas‚ÄĚ relaciones con el marqu√©s de Steyne, conocido libertino. Estas le acarrear√°n el divorcio, el repudio social y una vida cada vez m√°s errante y aventurera.

Hasta aqu√≠ la apretada s√≠ntesis de esta ‚Äúnovela sin h√©roe‚ÄĚ, como la subt√≠tulo Thackeray, quiz√° porque su personaje principal, la ingeniosa arribista Becky Sharp, no re√ļne las cualidades morales del h√©roe victoriano, y se acerca peligrosamente a la realidad, siendo capaz hasta de enga√Īar a su marido con tal de seguir en la cima de esa Feria de las Vanidades. Thackeray no solo hace una cr√≠tica ir√≥nica del puritanismo victoriano, sino tambi√©n del est√ļpido e injusto snobismo imperante en la √©poca, poniendo en evidencia la farsa que constitu√≠a la vida de la clase alta, cuyos derroches y lujos se financiaban siempre con el trabajo y el dinero ajenos.

Encontrarán la traducción al castellano más completa y cuidada de este gran clásico en Editorial Cátedra.

Javier Aspiazu

El tocho. El pan a secas del marroquí Mohamed Chukri

‚ÄúLa vida me ense√Ī√≥ a esperar, a asimilar el juego del tiempo sin renunciar a mi cosecha. Di tu √ļltima palabra antes de morir, y llegar√° a conocerse sin duda. No importa su destino final. Lo m√°s importante es que tenga esa capacidad de encender la mecha de una pasi√≥n, un dolor o una fantas√≠a reprimida… encender un enorme fuego en la tierra bald√≠a.

Madrugadores, trasnochadores, pesimistas y optimistas, rebeldes, adolescentes, ‚Äúcuerdos‚ÄĚ no olvid√©is que ‚Äúel juego de la vida‚ÄĚ es m√°s fuerte que nosotros. Es un juego mortal. S√≥lo lo podemos afrontar si vivimos nuestra propia muerte, nuestra aniquilaci√≥n, s√≥lo si vivimos al l√≠mite en agradecimiento a la vida.

Yo digo: saca al vivo del muerto.

Lo saca del hediondo y descompuesto, lo saca del empachado y del famélico.

Lo saca de los hambrientos y de los que sobreviven a base de El pan a secas‚ÄĚ.

Este es un fragmento del pr√≥logo de El pan a secas de Mohamed Chukri. Cuando este escritor marroqu√≠, nacido en la regi√≥n del Rif, de etnia bereber, muri√≥ en 2003, pocos dudaron de que desaparec√≠a¬† uno de los mejores cronistas de la vida cotidiana en su pa√≠s. Y, sin duda, el m√°s sincero e inc√≥modo de todos cuantos narraron las √ļltimas d√©cadas de T√°nger como ciudad internacional, y del protectorado espa√Īol en Marruecos, que coincidieron con la dur√≠sima infancia y adolescencia del autor.

Esa etapa temprana de su vida es lo que cuenta precisamente El pan a secas, concebida como la primera parte de una trilog√≠a autobiogr√°fica. Se public√≥ traducida al ingl√©s en 1973, obteniendo un inmediato √©xito internacional, convirti√©ndose a los pocos a√Īos en la novela marroqu√≠ m√°s conocida en el orbe. Sin embargo, este texto tan crudo y desgarrado, result√≥ excesivo para las autoridades religiosas, que lo prohibieron en el momento de su edici√≥n en Marruecos, donde no se pudo volver a leer hasta el a√Īo 2000.

Chukri cuenta la emigraci√≥n de su familia desde el Rif a T√°nger, en momentos de sequ√≠a y hambruna tan feroz, como para llorar de desesperaci√≥n, agravada a√ļn m√°s por la extrema violencia del padre, cuyas palizas habituales y encarnizadas llegan a matar al hermano del autor. De T√°nger la familia emigra a Tetu√°n y de ah√≠ a Or√°n, ciudades donde Chukri, a√ļn ni√Īo, empieza a experimentar la explotaci√≥n laboral, como empleado de un caf√©, obrero de una f√°brica de ladrillos, jornalero agr√≠cola¬† o vendedor callejero. Tras escapar de casa, se produce su descubrimiento del sexo y de los burdeles, y su acercamiento a la vida bohemia, viviendo en la kasbah de T√°nger, entre ‚Äúputas, borrachos y maricas‚ÄĚ, y ejerciendo el contrabando para sobrevivir. Hasta que a los veinte a√Īos decide aprender a leer y escribir en √°rabe, una decisi√≥n que cambiar√° su vida.

Todos estas vivencias se vierten en forma de pinceladas, de recuerdos plasmados, en ocasiones de forma inconexa, con un lenguaje conciso, directo, incluso agresivo, en el que, de vez en cuando, destellan inesperadas metáforas. La forma explícita de narrar el sexo, de confesar el odio hacia su padre o de describir alguna de las brutales peleas en que participó, convierten la lectura de esta novela en una experiencia impactante.

Estamos ante un testimonio imprescindible para imaginar las razones históricas de la continua diáspora de magrebíes a Occidente. Encontrarán El pan a secas de Mohammed Chukri, en la editorial Cabaret Voltaire.

Javier Aspiazu

El tocho. La familia Golovliov, de Saltikov-Schedrín

‚ÄúNosotros los rusos no tenemos sistemas educativos fuertemente comprometidos -como los franceses-. No nos amaestran, no hacen de nosotros futuros luchadores ni propagandistas de tales o cuales sistemas sociales, sino que simplemente nos dejan crecer como crecen las ortigas junto a la cerca. Por eso hay entre nosotros pocos hip√≥critas y s√≠ muchos mentirosos, santurrones y charlatanes…¬† Existimos en completa libertad, es decir, vegetamos, mentimos y charlataneamos a nuestro gusto, sin principios de ninguna clase.

No me corresponde juzgar si en este caso hay que alegrarse o dar el p√©same. Pienso, sin embargo, que si bien la hipocres√≠a puede infundir indignaci√≥n y terror, la mentira gratuita es capaz de despertar enojo y asco. Por ello, lo mejor es esto:… guardarse de los hip√≥critas y los mentirosos‚ÄĚ.

Este es un p√°rrafo de La familia Golovliov de Alexander Saltikov-Schedr√≠n, uno de los grandes sat√≠ricos rusos del siglo XIX, elogiado en su √©poca por Chejov, y casi olvidado en la nuestra. Y eso, a pesar de cl√°sicos como esta novela publicada en 1874, La familia Golovliov, que contribuye como pocas a conocer las razones del secular atraso de la sociedad rusa. Entre ellas est√° alguna de las expuestas en el p√°rrafo del comienzo: esa tendencia ancestral de la aristocracia rusa a la vida vegetativa,¬† a la ociosidad extrema. Rasgo este √ļltimo tratado ya por otros grandes escritores, como Goncharov, aunque de una forma m√°s amable.

Schedr√≠n, por el contrario, hace una cr√≥nica feroz de la decadencia progresiva de la familia de terratenientes del t√≠tulo, a lo largo de tres generaciones. El abuelo muestra ya la incapacidad, pereza y tendencia a la embriaguez que caracteriza a la familia, pero su mujer, la abuela Arina Petrovna se hace cargo de las riendas de la administraci√≥n. Con su firmeza y taca√Īer√≠a extremas, consigue agrandar las posesiones familiares, llegando a poseer 4000 siervos, para quienes la abolici√≥n de la esclavitud en 1861 no supone ning√ļn cambio sustancial.

De los hijos varones, ser√° el zalamero y beato Porfiri, a quien sus hermanos llaman ‚ÄúJudas‚ÄĚ o el ‚ÄúSanguijuela‚ÄĚ, quien conseguir√°, de forma sibilina, hacerse con las herencias de sus hermanos y de su madre. Pero a costa de sufrir el desprecio de estos, y hasta de sus siervos, porque el discurso¬† santurr√≥n y enredoso de Porfiri es solo una fachada hueca para ocultar una despiadada ausencia de sentimientos. La √ļnica pasi√≥n que domina su vida es la avaricia, hasta el punto de negarse a ayudar a sus hijos cuando, en graves apuros econ√≥micos, se ven abocados al suicidio o a una muerte deshonrosa. Por √ļltimo, tampoco las nietas de Arina Petrovna, que han intentado ganarse la vida como actrices en lugar de ser unas ociosas hacendadas, consiguen escapar a la maldici√≥n familiar, cayendo, por su falta de talento, en el alcoholismo y la prostituci√≥n.

Como ven, Schedr√≠n ofrece un panorama t√©trico de la vida rural rusa y consigue crear con Porfiri, el ‚ÄúSanguijuela‚ÄĚ, un logrado arquetipo de la codicia m√°s mojigata, un personaje tan odioso y repulsivo que llega a resultar fascinante. Decirles, para finalizar, que disponen de una nueva traducci√≥n de esta estremecedora novela en esa excelente editorial, Nevski Projects, dedicada exclusivamente a recuperar cl√°sicos rusos, como La familia Golovliov de Alexander Saltikov-Schedr√≠n.

Javier Aspiazu

El tocho. El Mefisto del alem√°n Klaus Mann

‚Äú¬°Es algo indescriptible! Caen ministerios y se crean otros nuevos, pero tampoco hacen nada. ¬°Qu√© cosa terrible! En el mism√≠simo palacio presidencial del mariscal Von Hindenburg, los grandes latifundistas, conspiran contra una rep√ļblica temblorosa. Los dem√≥cratas aseguran que el enemigo est√° a la izquierda. Los responsables del orden p√ļblico, que se dicen socialistas, ordenan disparar contra los obreros. No se hace nada, por acallar los desagradables ladridos de quien diaria e impunemente reclama la picota y el fin sangriento para el ‚Äúsistema‚ÄĚ. ¬°Es lo nunca visto! ¬ŅY no lo ve el¬† c√≥mico al que tan bien paga ese mismo sistema, tan maldecido por aquel infame perro de presa (Hitler)? ¬ŅNo se da cuenta el actor H√∂fgen de que los espect√°culos que tan ambiguamente protagoniza tienen un fondo macabro, de que la far√°ndula a cuya cabeza se pone alegremente se balancea fatalmente sobre el abismo?‚ÄĚ

Este es un fragmento de Mefisto de Klaus Mann.  Recordamos hoy todo un clásico del más talentoso y atormentado de los hijos de Thomas Mann. Nada menos que cinco de los seis vástagos del Nobel alemán se dedicaron a escribir, siguiendo el ejemplo del padre. De entre ellos, fue Klaus el que alcanzó un mayor reconocimiento, con varias de sus novelas, entre ellas la que hoy recomendamos, adaptadas al cine.

Mefisto se edit√≥ en Holanda, en 1936, a causa de la censura nazi impuesta a un texto con una clara vocaci√≥n cr√≠tica de la brutal deriva pol√≠tica que viv√≠a Alemania, donde no se pudo leer hasta veinte a√Īos despu√©s. Los personajes que en ella aparecen, seg√ļn Klaus Mann, representaban tipos, no retratos. Pero no es dif√≠cil advertir que el autor se bas√≥ en la vida de su cu√Īado, y ex-amante, Gustaf Grundgens, actor que alcanzar√≠a enorme √©xito y cargos institucionales muy relevantes bajo el r√©gimen nazi. Klaus Mann nos cuenta la imparable ascensi√≥n del actor, d√°ndole el nombre ficticio de Heindrik Hofgen, desde el Teatro de los Artistas de Hamburgo, donde se inicia como actor y director de talento, hasta llegar al √©xito clamoroso en el cine, y en el teatro de Berl√≠n interpretando, sobre todo, a Mefist√≥feles.

El autor convierte a Mefisto en una inquietante met√°fora de Hitler y del nazismo. Del mismo modo que el demonio creado por Goethe acaba poseyendo el alma de Fausto, el nazismo seduce y acobarda a gran parte del pueblo alem√°n priv√°ndole de la libertad y la cordura. As√≠ tambi√©n, el actor Hofgen se deja cortejar hasta llegar a ser el favorito de Gohering, pero en el camino ha perdido sus convicciones comunistas, el amor de B√°rbara, su esposa, y la propia estima. Junto a su indudable valor testimonial, resulta sorprendente la clarividencia de esta obra, en la que se imaginan ya hecatombes inminentes, como asegura otro personaje, el poeta Peltz, m√≠stico de la violencia, quien ve: ‚Äú¬°Chimeneas en el horizonte, arroyos de sangre en todos los caminos, y un baile de posesi√≥n de los supervivientes, de los a√ļn libres, alrededor de los cad√°veres!‚ÄĚ.

Lejos del tono cl√°sico e intelectual de su augusto padre, Klaus Mann escribe con un estilo gr√°fico y urgente, entre la iron√≠a y el sarcasmo indignado, dando una gran vivacidad a este relato premonitorio. Su l√ļcida advertencia cay√≥ entonces en saco roto, pero hoy, con el auge de los nuevos fascismos, deber√≠a ser una lectura cr√≠tica de referencia. Se puede encontrar Mefisto, de Klaus Mann, en la editorial Debolsillo.

Javier Aspiazu

El tocho. El despertar de Kate Chopin

“Edna Pontellier no habría podido decir por qué, si deseaba ir a la playa con Robert, había empezado por negarse, para enseguida obedecer sumisa uno de los impulsos contradictorios que la empujaban.

Cierta luz empezaba a despuntar lentamente en su interior, la luz que muestra el camino, y a la vez, lo prohíbe.

En aquel momento la desconcertaba. La llevaba a so√Īar, a meditar, y a la borrosa angustia que le hab√≠a invadido la noche anterior, cuando se abandon√≥ a las l√°grimas.

En resumen, Mrs. Pontellier estaba empezando a ser consciente de su posici√≥n en el universo como ser humano, y, como individuo, a reconocer sus relaciones con el mundo que la rodeaba y su propio mundo interior. Esto podr√≠a parecer la pesada carga de la sabidur√≠a descendiendo sobre una joven de veintiocho a√Īos; tal vez m√°s sabidur√≠a de la que el Esp√≠ritu Santo est√° dispuesto a conceder a las mujeres‚ÄĚ.

Este es un fragmento de El despertar de Kate Chopin. ¬†Recuperamos hoy a una extraordinaria escritora estadounidense olvidada durante d√©cadas. De cultura biling√ľe, por el origen franc√©s de su madre nativa de la Louisiana, y poseedora de un amplio conocimiento de la literatura europea, Chopin era ya una autora conocida y apreciada, gracias a otra novela y dos libros de cuentos ambientados en Nueva Orleans, cuando en 1899 ¬†public√≥ su segunda novela, El despertar, hoy considerada su obra maestra. Entonces, el rechazo cr√≠tico fue casi un√°nime, a pesar de la calidad literaria de la obra. Pero este repudio, como bien destaca la traductora y prologuista Olivia de Miguel, fue ideol√≥gico, motivado por los prejuicios morales de la √©poca. Lo que los cr√≠ticos no perdonaron fue que Edna Pontellier intentara ser una mujer emancipada, absolutamente independiente, descuidando, incluso, los deberes maternales.

El argumento es sencillo: Edna pasa las vacaciones con su marido y sus dos hijos en una isla cercana a Nueva Orleans. En ella conoce a Robert Lebrun, el hijo mayor de la due√Īa de los establecimientos hoteleros, del que se enamora. Tras las vacaciones, de vuelta a la ciudad, Edna decide dar un giro completo a su vida. Retoma su carrera como pintora, en la que trabaja con ah√≠nco y aprovechando un viaje de negocios de su marido, financiero de √©xito, abandona la mansi√≥n familiar y alquila un peque√Īo apartamento donde se deja seducir por un conocido gigol√≥. Sin embargo no teme el esc√°ndalo, ni las enojosas explicaciones: ‚ÄúPasara lo que pasara, hab√≠a decidido no pertenecer a nadie m√°s que a s√≠ misma‚ÄĚ. Pero aun m√°s repudiables resultaron los sentimientos titubeantes de la protagonista hacia sus hijos, a los que ‚Äúquer√≠a de un modo desigual e impulsivo. A veces los hubiera apretado apasionadamente contra su coraz√≥n. Pero otras veces los hubiera olvidado… Por ellos dar√≠a dinero, dar√≠a la vida, pero no se dar√≠a a s√≠ misma‚ÄĚ.

El sue√Īo de independencia total de Edna acaba de forma tr√°gica, en un final que me ha parecido lo m√°s artificial y excesivo de una ¬†novela, escrita con una destreza y agilidad soberbias, tanto en el r√°pido trazado de los personajes, como en las po√©ticas descripciones de la naturaleza. El tema del adulterio y el desenlace tr√°gico parecen emparentar a esta obra con Madame Bovary, pero en mi opini√≥n, el personaje de Edna, tan firme y decidido, debe a√ļn m√°s a la Nora de la Casa de Mu√Īecas de Ibsen.

En cualquier caso, estamos ante una novela espl√©ndida, adelantada a su tiempo en la concepci√≥n de la mujer como ser plenamente aut√≥nomo, que no se redescubri√≥ hasta los a√Īos 60 del siglo pasado. Encontrar√°n El despertar, de Kate Chopin, en Hiperion y Alba Editorial.

Javier Aspiazu

El tocho. Mi √Āntonia de Willa Cather

‚ÄúO√≠ hablar de √Āntonia por primera vez en lo que me pareci√≥ un viaje interminable a trav√©s de la gran llanura central de Norteam√©rica. Entonces ten√≠a yo diez a√Īos; hab√≠a perdido a mi padre y a mi madre en el intervalo de un a√Īo, y mis parientes de Virginia me enviaron a casa de mis abuelos que viv√≠an en Nebraska. Viajaba al cuidado de un chico de la frontera, Jake Marpole, uno de los ‚Äúpeones‚ÄĚ de la vieja granja de mi padre, al pie de los montes Azules, que iba al Oeste, a trabajar para mi abuelo. Jake no ten√≠a mucha m√°s experiencia del mundo que yo. Jam√°s hab√≠a subido a un tren hasta la ma√Īana en que partimos juntos para probar fortuna en un nuevo lugar.‚ÄĚ

As√≠ comienza Mi √Āntonia de Willa Cather, la obra m√°s representativa de una gran escritora estadounidense, que solo en las √ļltimas d√©cadas ha comenzado a conocerse y valorarse en su justa medida. Cather no solo fue pionera en la colonizaci√≥n de territorios tan inh√≥spitos y poco poblados como Nebraska, donde su familia se instal√≥ cuando ella ten√≠a nueve a√Īos, sino tambi√©n en la conquista de los derechos de la mujer. Cuando a√ļn estaba solo abierta a un p√ļblico masculino, acudi√≥ a la Universidad vestida de hombre, y vivi√≥ con su compa√Īera Edith Lewis m√°s de cuarenta a√Īos, mientras ejerc√≠a actividades como las de periodista, editora o maestra, hasta que pudo dedicarse por completo a la escritura. Al igual que Pioneros novela aparecida cinco a√Īos antes, Mi √Āntonia publicada en 1918, est√° claramente inspirada en las vivencias de la autora.

El abogado Jim Burden rememora su infancia pasada en compa√Ī√≠a de sus abuelos, granjeros de Nebraska a fines del siglo XIX, √©poca del gran asentamiento de inmigrantes checos y escandinavos en las grandes y despobladas llanuras de este Estado. La relaci√≥n con una familia checa, reci√©n instalada en las cercan√≠as del pueblo de Black Hawk, y m√°s concretamente con la hermana mayor, √Āntonia, le marcar√° para siempre. La bella √Āntonia representa las virtudes y el esp√≠ritu del pionero. Su bondad esencial y la capacidad para un esfuerzo denodado, constante y generoso, son los rasgos que seducir√°n a Jim, y que √©ste nunca podr√° olvidar durante su ausencia de m√°s de veinte a√Īos.

Como contraste a la voluntad de arraigarse de √Āntonia, que se convertir√° en madre de familia numerosa, Cather nos presenta las figuras pintorescas y errabundas de los peones Jake Marpole y Otto Fuchs, y a un elenco de figuras femeninas, todas ellas extremadamente laboriosas y decididas, como la hermosa noruega Lena Lingaard o la sueca Ole Solkbeist, que saltan por encima de su dudosa reputaci√≥n para convertirse en empresarias de √©xito.

Extrayendo la máxima belleza de una prosa directa y sencilla, Cather nos da la impresión en esta obra de hollar una naturaleza casi virgen, de acceder a grandes espacios abiertos donde, en expresión de la autora, el aire es transparente, y se siente la felicidad en el acto de diluirse en algo completo y grandioso. El resultado es una novela memorable, un hermoso canto épico al trabajo cotidiano y a la lucha contra la adversidad.

Mi √Āntonia, de Willa Cather, en Alba editorial.

Javier Aspiazu

El tocho. La Francia ocupada de la gran Nemirovsky

‚ÄúCaliente, pensaban los parisinos. El aire de primavera. Era la noche en guerra, la alerta. Pero la noche pasar√≠a, la guerra estaba lejos. Los que no dorm√≠an, los enfermos encogidos en sus camas, las madres con hijos en el frente, las enamoradas con ojos ajados por las l√°grimas, o√≠an el primer jadeo de la sirena. A√ļn no era m√°s que una honda exhalaci√≥n, similar al suspiro que sale de un pecho oprimido. En unos instantes, todo el cielo se llenar√≠a de clamores. Llegaban de muy lejos, de los confines del horizonte, sin prisa, se dir√≠a. Los que dorm√≠an so√Īaban con el mar, que empuja ante s√≠ sus olas y guijarros, con la tormenta que sacude el bosque en marzo, con un reba√Īo de bueyes que corre pesadamente haciendo temblar la tierra, hasta que al fin, el sue√Īo ced√≠a y abriendo apenas los ojos dec√≠an: ‚Äú¬ŅEs la alarma?‚ÄĚ

As√≠ comienza ‚ÄúSuite francesa‚ÄĚ de Irene Nemirovski. Esta brillante escritora ucraniana de origen jud√≠o, asesinada en el campo de concentraci√≥n de Auschwitz, vivi√≥ la mayor parte de su vida adulta entre Par√≠s y Niza, de ah√≠ que toda su obra est√© escrita en franc√©s: m√°s de veinte libros, varios p√≥stumos, entre ellos el que hoy comentamos. Publicado en 2004, sesenta a√Īos despu√©s de la muerte de la autora, la transcripci√≥n del manuscrito de Suite francesa, conservado milagrosamente por las hijas de Nemirovski, supuso una enorme sorpresa editorial. Se trataba de una gran novela inacabada: Nemirovski solo alcanz√≥ a escribir dos de las cinco partes que deb√≠an constituir su gran proyecto sobre la Francia ocupada.

La primera de las partes conservadas, Tempestad en Junio nos habla de la huida en desbandada de los ciudadanos de Par√≠s ante la inminente entrada de los alemanes. Tras las primeras detonaciones, interminables colas de veh√≠culos, bicicletas y peatones desesperados inundan las carreteras. A trav√©s de varios personajes cuyas andanzas se entrecruzan en cap√≠tulos sucesivos -la adinerada familia Pericand, el elitista escritor Gabriel Corte, el coleccionista de porcelanas Charlie Angelet-, experimentamos el ego√≠smo brutal y las artima√Īas de que se valen los fugitivos de clase alta para sobrevivir. Esta primera parte sorprende por la visi√≥n despiadada que la autora ofrece de la burgues√≠a francesa, amoral y oportunista.

La segunda parte, Dolce, nos presenta la vida de un peque√Īo pueblo ocupado por los nazis algunos meses despu√©s. Aqu√≠ de nuevo son las tensiones entre clases sociales, entre terratenientes y campesinos, las que dan lugar a las primeras delaciones. Adem√°s, la autora se atreve a mostrar a un nazi humanizado, enamorado de una joven francesa, evidenciando as√≠ que el individuo y la comunidad en la que se inscribe, no comparten, forzosamente, los mismos deseos, ni los mismos odios.

Escrita de forma deslumbrante, con el característico estilo sobrio y preciso de Nemirovski, sus descripciones son tan escuetas como brillantes, los matices psicológicos que expresan las emociones asombran por su agudeza y finura. El ritmo no es tanto musical, cuanto  cinematográfico, combinando con soberbia agilidad las acciones paralelas y los contrastes. Aun sin terminar, esta es una novela magnífica, probablemente la más intensa, crítica y conmovedora de su autora. Toda una experiencia literaria que no les dejará indiferentes. Suite francesa de Irene Nemirovski en editorial Salamandra.

Javier Aspiazu