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El tocho. La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes

“Nacidos de la chingada, muertos en la chingada, vivos por pura chingadera: vientre y mortaja, escondidos en la chingada. Ella da la cara, ella reparte la baraja, ella se juega el albur, ella arropa la reticencia y el doble juego, ella descubre la pendencia y el valor, ella embriaga, grita, sucumbe, vive en cada lecho, preside los fastos de la amistad, del odio y del poder. Nuestra palabra. Tú y yo, miembros de esa masonería: la orden de la chingada. Eres quien eres porque supiste chingar y no te dejaste chingar; eres quien eres porque no supiste chingar y te dejaste chingar: cadena de la chingada que nos aprisiona a todos: eslabón arriba, eslabón abajo, unidos a todos los hijos de la chingada que nos precedieron y nos seguirán…”

Este es un célebre párrafo, bastante acortado respecto del original, de La muerte de Artemio Cruz, del mexicano Carlos Fuentes. Publicada en 1962, época en que el experimentalismo literario estaba en su apogeo, esta tercera novela de Fuentes, supuso la consagración definitiva del autor como un maestro de la nueva narrativa hispanoamericana, y entre ellos, uno de los que empleaba de forma más novedosa y vanguardista las técnicas narrativas. Después del deslumbrante debut que supuso La región más transparente (1958), novela  monumental y totalizadora de la realidad mexicana, Fuentes recorta su punto de vista en La muerte de Artemio Cruz, centrándose en la capacidad del poder para pervertir los ideales, como ocurrió en la fracasada revolución mexicana.

Agonizando, el magnate Artemio Cruz, rememora su vida, pero no lo hace de forma ortodoxa. El autor escapa de la cronología habitual, saltando de forma imprevisible del futuro al pasado, y cayendo en el presente solo en ocasiones contadas, aquellas en que el moribundo Cruz se deja llevar por sus dolorosas sensaciones, momentos en que el autor intenta expresar los pensamientos caóticos e involuntarios de un agonizante. Tras luchar con el general Obregón en la guerra de facciones en que se convirtió la Revolución Mexicana, Cruz se casa con Catalina Bernal, la hermosa hija de un terrateniente, convirtiéndose en un hacendado ávido y astuto, cada vez más poderoso. Olvidado todo ideal, su único amor pasa a ser entonces la “propiedad de las cosas, su posesión sensual”.

Obra concebida como un mosaico de voces narrativas, en la que destaca la segunda persona en tiempo futuro, como si el personaje central (y a veces todo el universo en torno a él) hubieran de cumplir un destino misteriosamente impuesto, estamos ante una novela que asombra por el dominio del lenguaje y su audaz estructura, aunque quizá no interese o conmueva al lector en la misma medida. Solo escasas páginas, como las que recogen el vívido recuerdo de la india Regina, el primer amor del joven capitán Cruz, asesinada por fuerzas contrarias, o el cariño incondicional del mulato Lunero, que le cría, en su orfandad, hasta los trece años, consiguen elevar la temperatura afectiva de este alarde lingüístico, de formidable potencia expresiva, pero escasa resonancia emocional.

Aún así, hay en esta novela espléndidos juegos verbales como el de ese irreverente símbolo de la mexicanidad, la “chingada” (con el que encabezo este comentario), que la harán siempre célebre. Solo por eso merecerá múltiples relecturas. La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, en editorial Cátedra.

Javier Aspiazu

El Tocho. Una vida de provincias, por Antón Chejov

“El director me dijo: “No lo hecho solo por consideración a su honorable padre; de no ser por él, hace tiempo que habría salido usted volando de aquí”. Y yo lo contesté: “Excelencia, me halaga usted en exceso al suponer que sé volar”. Luego le oí decir: “Llévense a este señor, me crispa los nervios”.

A los dos días me despidieron. Así pues, con gran pesar de mi padre, el arquitecto municipal, desde que me considero adulto, he cambiado ya nueve veces de empleo. He estado en diferentes administraciones, pero estos nueve empleos se parecían unos a otros como gotas de agua: en todos ellos he tenido que escribir, oír observaciones estúpidas o groseras y esperar sentado a que me despidiesen”.

Así comienza Mi vida. Relato de un hombre de provincias de Antón Chejov. El gran maestro ruso del cuento dejó escritos más de 600 relatos (que, por cierto, pueden encontrar reunidos al completo en la editorial Páginas de Espuma), pero también nos legó algunos de los dramas más influyentes del siglo XIX (La Gaviota, Tío Vania, El jardín de los cerezos); y sin embargo, hoy voy a recomendarles una de las escasas novelas que escribió, un género que a este maestro de la síntesis y la connotación no se le dio tan bien, de ahí que escribiera más bien lo que los franceses llaman “nouvelles”: novelas cortas o relatos largos.

Mi vida, publicada en 1896, cuenta la existencia nada convencional de Misáil Póloznev, un joven de provincias de familia noble que renuncia a seguir los pasos de su padre, arquitecto  municipal, y decide ganarse el sustento desempeñando trabajos físicos. Sufre por ello el repudio familiar y el escarnio de los habitantes de su pequeña ciudad. A pesar de ello, su postura honesta y coherente ante la vida es apreciada por la hija del ingeniero Dolzukov, que se casa con él y decide establecer a su lado una finca agrícola. Un proyecto fracasado en poco tiempo porque ella se cansa de las difíciles relaciones con los campesinos, y decide divorciarse y partir a Petersburgo en busca distracciones y lujos.

Con esta obra Chejov plantea una acuciante disyuntiva entre los aristócratas más avanzados moralmente en la Rusia de fines del siglo XIX: seguir aferrados a las convenciones sociales, dedicándose a vegetar en un supuesto trabajo intelectual como el de funcionario, o por el contrario, optar por un  trabajo manual, mezclándose con obreros y campesinos y compartiendo su destino. Esta última opción es la que elige sinceramente Misaíl, el protagonista de Mi vida, claramente influido por la ideología del conde Tolstoi, profeta de una sociedad basada en los más genuinos principios del cristianismo. Pero Chejov, hijo de siervos, tiene una visión mucho más realista y consciente de las dificultades prácticas del ideal tolstoiano, y en esta pequeña, pero sustanciosa novela, se pregunta si el acercamiento al pueblo trabajador fue algo más que un capricho pasajero entre muchos intelectuales de clase alta, como en el caso de la mujer de Misaíl.

Una novela con una profunda preocupación social, muy crítica  con la vida de provincias, llena de corruptelas y arraigados prejuicios, narrada con un estilo sintético, preciso, directo y ausente de cualquier descripción superflua. En definitiva, con la brillantez del gran escritor que fue Chejov. Encontrarán Mi vida. Relato de un hombre de provincias en Alianza Editorial.

Javier Aspiazu

El tocho. La feria de las vanidades, de William M. Thackeray

“No creo que en la Feria de las Vanidades haya un hombre tan poco observador que no piense a veces en la marcha de los negocios de sus amigos, o tan extraordinariamente caritativo que no se haya preguntado cómo se las arregla su vecino Jones o su vecino Smith para llegar a fin de año sin quebrantos económicos. Con el mayor respeto a la familia a cuya mesa me siento dos o tres veces por temporada, no puedo por menos de confesar, por ejemplo, que la presencia de los Jenkins en Hyde Park, con su magnífico carruaje y sus lacayos vestidos de granaderos, causará mi admiración hasta el día de mi muerte…. ¿cómo se las arregla Jenkins para que cuadren sus cuentas? Yo me pregunto lo mismo que sus amigos: ¿cómo no ha sido declarado en bancarrota y cómo pudo regresar de Boulogne el año pasado?

Y cuando digo yo quiero decir el mundo en general, pues todo el mundo podría señalar a alguna familia conocida cuyos ingresos constituyen un misterio. Más de un vaso de vino nos hemos bebido preguntándonos sin duda cómo podría pagarlo quien nos invitó a beberlo.”

He aquí un párrafo de La feria de las vanidades de William Makepeace Thackeray. Este escritor inglés, nacido en Calcuta en 1811, hijo de funcionarios anglo-indios, dilapidó la herencia de sus padres en el juego y en inversiones imprudentes. Eso le obligó a dedicarse, con cierto pesar, a la escritura, y de su amplia producción han pervivido novelas como Barry Lindon, adaptada al cine de forma espléndida por Stanley Kubrick, o El libro de los snobs, donde satirizó la hipocresía de la sociedad británica y francesa. Pero, sin duda, su obra cumbre, es esta que hoy comentamos, La feria de las vanidades, publicada en forma de libro en 1848.

Thackeray desarrolla en esta monumental novela dos intrigas distintas asociadas entre sí por la relación entre los personajes principales. Una de ellas es la historia de Becky Sharp, una joven pobre, de aguda inteligencia y moral poco escrupulosa; y la otra, la de su compañera de colegio, la tímida e ingenua Amelia Sedley. Mientras ésta última, gracias a la fortuna de su padre, consigue casarse con el apuesto oficial George Osborne, la huérfana Becky debe emplearse como institutriz en casa del baronet Crawley y echar mano de su encanto y astucia, para conseguir seducir y quedarse embarazada de uno de los hijos de su patrón.

A partir de ese momento, Becky, que ama por encima de todo el dinero y el lujo que este proporciona, lleva junto a su marido una vida suntuosa, cargada de deudas, siempre al borde de la quiebra, conseguida evitar “in extremis” gracias a sus “sospechosas” relaciones con el marqués de Steyne, conocido libertino. Estas le acarrearán el divorcio, el repudio social y una vida cada vez más errante y aventurera.

Hasta aquí la apretada síntesis de esta “novela sin héroe”, como la subtítulo Thackeray, quizá porque su personaje principal, la ingeniosa arribista Becky Sharp, no reúne las cualidades morales del héroe victoriano, y se acerca peligrosamente a la realidad, siendo capaz hasta de engañar a su marido con tal de seguir en la cima de esa Feria de las Vanidades. Thackeray no solo hace una crítica irónica del puritanismo victoriano, sino también del estúpido e injusto snobismo imperante en la época, poniendo en evidencia la farsa que constituía la vida de la clase alta, cuyos derroches y lujos se financiaban siempre con el trabajo y el dinero ajenos.

Encontrarán la traducción al castellano más completa y cuidada de este gran clásico en Editorial Cátedra.

Javier Aspiazu

El tocho. El pan a secas del marroquí Mohamed Chukri

“La vida me enseñó a esperar, a asimilar el juego del tiempo sin renunciar a mi cosecha. Di tu última palabra antes de morir, y llegará a conocerse sin duda. No importa su destino final. Lo más importante es que tenga esa capacidad de encender la mecha de una pasión, un dolor o una fantasía reprimida… encender un enorme fuego en la tierra baldía.

Madrugadores, trasnochadores, pesimistas y optimistas, rebeldes, adolescentes, “cuerdos” no olvidéis que “el juego de la vida” es más fuerte que nosotros. Es un juego mortal. Sólo lo podemos afrontar si vivimos nuestra propia muerte, nuestra aniquilación, sólo si vivimos al límite en agradecimiento a la vida.

Yo digo: saca al vivo del muerto.

Lo saca del hediondo y descompuesto, lo saca del empachado y del famélico.

Lo saca de los hambrientos y de los que sobreviven a base de El pan a secas”.

Este es un fragmento del prólogo de El pan a secas de Mohamed Chukri. Cuando este escritor marroquí, nacido en la región del Rif, de etnia bereber, murió en 2003, pocos dudaron de que desaparecía  uno de los mejores cronistas de la vida cotidiana en su país. Y, sin duda, el más sincero e incómodo de todos cuantos narraron las últimas décadas de Tánger como ciudad internacional, y del protectorado español en Marruecos, que coincidieron con la durísima infancia y adolescencia del autor.

Esa etapa temprana de su vida es lo que cuenta precisamente El pan a secas, concebida como la primera parte de una trilogía autobiográfica. Se publicó traducida al inglés en 1973, obteniendo un inmediato éxito internacional, convirtiéndose a los pocos años en la novela marroquí más conocida en el orbe. Sin embargo, este texto tan crudo y desgarrado, resultó excesivo para las autoridades religiosas, que lo prohibieron en el momento de su edición en Marruecos, donde no se pudo volver a leer hasta el año 2000.

Chukri cuenta la emigración de su familia desde el Rif a Tánger, en momentos de sequía y hambruna tan feroz, como para llorar de desesperación, agravada aún más por la extrema violencia del padre, cuyas palizas habituales y encarnizadas llegan a matar al hermano del autor. De Tánger la familia emigra a Tetuán y de ahí a Orán, ciudades donde Chukri, aún niño, empieza a experimentar la explotación laboral, como empleado de un café, obrero de una fábrica de ladrillos, jornalero agrícola  o vendedor callejero. Tras escapar de casa, se produce su descubrimiento del sexo y de los burdeles, y su acercamiento a la vida bohemia, viviendo en la kasbah de Tánger, entre “putas, borrachos y maricas”, y ejerciendo el contrabando para sobrevivir. Hasta que a los veinte años decide aprender a leer y escribir en árabe, una decisión que cambiará su vida.

Todos estas vivencias se vierten en forma de pinceladas, de recuerdos plasmados, en ocasiones de forma inconexa, con un lenguaje conciso, directo, incluso agresivo, en el que, de vez en cuando, destellan inesperadas metáforas. La forma explícita de narrar el sexo, de confesar el odio hacia su padre o de describir alguna de las brutales peleas en que participó, convierten la lectura de esta novela en una experiencia impactante.

Estamos ante un testimonio imprescindible para imaginar las razones históricas de la continua diáspora de magrebíes a Occidente. Encontrarán El pan a secas de Mohammed Chukri, en la editorial Cabaret Voltaire.

Javier Aspiazu

El tocho. La familia Golovliov, de Saltikov-Schedrín

“Nosotros los rusos no tenemos sistemas educativos fuertemente comprometidos -como los franceses-. No nos amaestran, no hacen de nosotros futuros luchadores ni propagandistas de tales o cuales sistemas sociales, sino que simplemente nos dejan crecer como crecen las ortigas junto a la cerca. Por eso hay entre nosotros pocos hipócritas y sí muchos mentirosos, santurrones y charlatanes…  Existimos en completa libertad, es decir, vegetamos, mentimos y charlataneamos a nuestro gusto, sin principios de ninguna clase.

No me corresponde juzgar si en este caso hay que alegrarse o dar el pésame. Pienso, sin embargo, que si bien la hipocresía puede infundir indignación y terror, la mentira gratuita es capaz de despertar enojo y asco. Por ello, lo mejor es esto:… guardarse de los hipócritas y los mentirosos”.

Este es un párrafo de La familia Golovliov de Alexander Saltikov-Schedrín, uno de los grandes satíricos rusos del siglo XIX, elogiado en su época por Chejov, y casi olvidado en la nuestra. Y eso, a pesar de clásicos como esta novela publicada en 1874, La familia Golovliov, que contribuye como pocas a conocer las razones del secular atraso de la sociedad rusa. Entre ellas está alguna de las expuestas en el párrafo del comienzo: esa tendencia ancestral de la aristocracia rusa a la vida vegetativa,  a la ociosidad extrema. Rasgo este último tratado ya por otros grandes escritores, como Goncharov, aunque de una forma más amable.

Schedrín, por el contrario, hace una crónica feroz de la decadencia progresiva de la familia de terratenientes del título, a lo largo de tres generaciones. El abuelo muestra ya la incapacidad, pereza y tendencia a la embriaguez que caracteriza a la familia, pero su mujer, la abuela Arina Petrovna se hace cargo de las riendas de la administración. Con su firmeza y tacañería extremas, consigue agrandar las posesiones familiares, llegando a poseer 4000 siervos, para quienes la abolición de la esclavitud en 1861 no supone ningún cambio sustancial.

De los hijos varones, será el zalamero y beato Porfiri, a quien sus hermanos llaman “Judas” o el “Sanguijuela”, quien conseguirá, de forma sibilina, hacerse con las herencias de sus hermanos y de su madre. Pero a costa de sufrir el desprecio de estos, y hasta de sus siervos, porque el discurso  santurrón y enredoso de Porfiri es solo una fachada hueca para ocultar una despiadada ausencia de sentimientos. La única pasión que domina su vida es la avaricia, hasta el punto de negarse a ayudar a sus hijos cuando, en graves apuros económicos, se ven abocados al suicidio o a una muerte deshonrosa. Por último, tampoco las nietas de Arina Petrovna, que han intentado ganarse la vida como actrices en lugar de ser unas ociosas hacendadas, consiguen escapar a la maldición familiar, cayendo, por su falta de talento, en el alcoholismo y la prostitución.

Como ven, Schedrín ofrece un panorama tétrico de la vida rural rusa y consigue crear con Porfiri, el “Sanguijuela”, un logrado arquetipo de la codicia más mojigata, un personaje tan odioso y repulsivo que llega a resultar fascinante. Decirles, para finalizar, que disponen de una nueva traducción de esta estremecedora novela en esa excelente editorial, Nevski Projects, dedicada exclusivamente a recuperar clásicos rusos, como La familia Golovliov de Alexander Saltikov-Schedrín.

Javier Aspiazu

El tocho. El Mefisto del alemán Klaus Mann

“¡Es algo indescriptible! Caen ministerios y se crean otros nuevos, pero tampoco hacen nada. ¡Qué cosa terrible! En el mismísimo palacio presidencial del mariscal Von Hindenburg, los grandes latifundistas, conspiran contra una república temblorosa. Los demócratas aseguran que el enemigo está a la izquierda. Los responsables del orden público, que se dicen socialistas, ordenan disparar contra los obreros. No se hace nada, por acallar los desagradables ladridos de quien diaria e impunemente reclama la picota y el fin sangriento para el “sistema”. ¡Es lo nunca visto! ¿Y no lo ve el  cómico al que tan bien paga ese mismo sistema, tan maldecido por aquel infame perro de presa (Hitler)? ¿No se da cuenta el actor Höfgen de que los espectáculos que tan ambiguamente protagoniza tienen un fondo macabro, de que la farándula a cuya cabeza se pone alegremente se balancea fatalmente sobre el abismo?”

Este es un fragmento de Mefisto de Klaus Mann.  Recordamos hoy todo un clásico del más talentoso y atormentado de los hijos de Thomas Mann. Nada menos que cinco de los seis vástagos del Nobel alemán se dedicaron a escribir, siguiendo el ejemplo del padre. De entre ellos, fue Klaus el que alcanzó un mayor reconocimiento, con varias de sus novelas, entre ellas la que hoy recomendamos, adaptadas al cine.

Mefisto se editó en Holanda, en 1936, a causa de la censura nazi impuesta a un texto con una clara vocación crítica de la brutal deriva política que vivía Alemania, donde no se pudo leer hasta veinte años después. Los personajes que en ella aparecen, según Klaus Mann, representaban tipos, no retratos. Pero no es difícil advertir que el autor se basó en la vida de su cuñado, y ex-amante, Gustaf Grundgens, actor que alcanzaría enorme éxito y cargos institucionales muy relevantes bajo el régimen nazi. Klaus Mann nos cuenta la imparable ascensión del actor, dándole el nombre ficticio de Heindrik Hofgen, desde el Teatro de los Artistas de Hamburgo, donde se inicia como actor y director de talento, hasta llegar al éxito clamoroso en el cine, y en el teatro de Berlín interpretando, sobre todo, a Mefistófeles.

El autor convierte a Mefisto en una inquietante metáfora de Hitler y del nazismo. Del mismo modo que el demonio creado por Goethe acaba poseyendo el alma de Fausto, el nazismo seduce y acobarda a gran parte del pueblo alemán privándole de la libertad y la cordura. Así también, el actor Hofgen se deja cortejar hasta llegar a ser el favorito de Gohering, pero en el camino ha perdido sus convicciones comunistas, el amor de Bárbara, su esposa, y la propia estima. Junto a su indudable valor testimonial, resulta sorprendente la clarividencia de esta obra, en la que se imaginan ya hecatombes inminentes, como asegura otro personaje, el poeta Peltz, místico de la violencia, quien ve: “¡Chimeneas en el horizonte, arroyos de sangre en todos los caminos, y un baile de posesión de los supervivientes, de los aún libres, alrededor de los cadáveres!”.

Lejos del tono clásico e intelectual de su augusto padre, Klaus Mann escribe con un estilo gráfico y urgente, entre la ironía y el sarcasmo indignado, dando una gran vivacidad a este relato premonitorio. Su lúcida advertencia cayó entonces en saco roto, pero hoy, con el auge de los nuevos fascismos, debería ser una lectura crítica de referencia. Se puede encontrar Mefisto, de Klaus Mann, en la editorial Debolsillo.

Javier Aspiazu

El tocho. El despertar de Kate Chopin

“Edna Pontellier no habría podido decir por qué, si deseaba ir a la playa con Robert, había empezado por negarse, para enseguida obedecer sumisa uno de los impulsos contradictorios que la empujaban.

Cierta luz empezaba a despuntar lentamente en su interior, la luz que muestra el camino, y a la vez, lo prohíbe.

En aquel momento la desconcertaba. La llevaba a soñar, a meditar, y a la borrosa angustia que le había invadido la noche anterior, cuando se abandonó a las lágrimas.

En resumen, Mrs. Pontellier estaba empezando a ser consciente de su posición en el universo como ser humano, y, como individuo, a reconocer sus relaciones con el mundo que la rodeaba y su propio mundo interior. Esto podría parecer la pesada carga de la sabiduría descendiendo sobre una joven de veintiocho años; tal vez más sabiduría de la que el Espíritu Santo está dispuesto a conceder a las mujeres”.

Este es un fragmento de El despertar de Kate Chopin.  Recuperamos hoy a una extraordinaria escritora estadounidense olvidada durante décadas. De cultura bilingüe, por el origen francés de su madre nativa de la Louisiana, y poseedora de un amplio conocimiento de la literatura europea, Chopin era ya una autora conocida y apreciada, gracias a otra novela y dos libros de cuentos ambientados en Nueva Orleans, cuando en 1899  publicó su segunda novela, El despertar, hoy considerada su obra maestra. Entonces, el rechazo crítico fue casi unánime, a pesar de la calidad literaria de la obra. Pero este repudio, como bien destaca la traductora y prologuista Olivia de Miguel, fue ideológico, motivado por los prejuicios morales de la época. Lo que los críticos no perdonaron fue que Edna Pontellier intentara ser una mujer emancipada, absolutamente independiente, descuidando, incluso, los deberes maternales.

El argumento es sencillo: Edna pasa las vacaciones con su marido y sus dos hijos en una isla cercana a Nueva Orleans. En ella conoce a Robert Lebrun, el hijo mayor de la dueña de los establecimientos hoteleros, del que se enamora. Tras las vacaciones, de vuelta a la ciudad, Edna decide dar un giro completo a su vida. Retoma su carrera como pintora, en la que trabaja con ahínco y aprovechando un viaje de negocios de su marido, financiero de éxito, abandona la mansión familiar y alquila un pequeño apartamento donde se deja seducir por un conocido gigoló. Sin embargo no teme el escándalo, ni las enojosas explicaciones: “Pasara lo que pasara, había decidido no pertenecer a nadie más que a sí misma”. Pero aun más repudiables resultaron los sentimientos titubeantes de la protagonista hacia sus hijos, a los que “quería de un modo desigual e impulsivo. A veces los hubiera apretado apasionadamente contra su corazón. Pero otras veces los hubiera olvidado… Por ellos daría dinero, daría la vida, pero no se daría a sí misma”.

El sueño de independencia total de Edna acaba de forma trágica, en un final que me ha parecido lo más artificial y excesivo de una  novela, escrita con una destreza y agilidad soberbias, tanto en el rápido trazado de los personajes, como en las poéticas descripciones de la naturaleza. El tema del adulterio y el desenlace trágico parecen emparentar a esta obra con Madame Bovary, pero en mi opinión, el personaje de Edna, tan firme y decidido, debe aún más a la Nora de la Casa de Muñecas de Ibsen.

En cualquier caso, estamos ante una novela espléndida, adelantada a su tiempo en la concepción de la mujer como ser plenamente autónomo, que no se redescubrió hasta los años 60 del siglo pasado. Encontrarán El despertar, de Kate Chopin, en Hiperion y Alba Editorial.

Javier Aspiazu

El tocho. Mi Ántonia de Willa Cather

“Oí hablar de Ántonia por primera vez en lo que me pareció un viaje interminable a través de la gran llanura central de Norteamérica. Entonces tenía yo diez años; había perdido a mi padre y a mi madre en el intervalo de un año, y mis parientes de Virginia me enviaron a casa de mis abuelos que vivían en Nebraska. Viajaba al cuidado de un chico de la frontera, Jake Marpole, uno de los “peones” de la vieja granja de mi padre, al pie de los montes Azules, que iba al Oeste, a trabajar para mi abuelo. Jake no tenía mucha más experiencia del mundo que yo. Jamás había subido a un tren hasta la mañana en que partimos juntos para probar fortuna en un nuevo lugar.”

Así comienza Mi Ántonia de Willa Cather, la obra más representativa de una gran escritora estadounidense, que solo en las últimas décadas ha comenzado a conocerse y valorarse en su justa medida. Cather no solo fue pionera en la colonización de territorios tan inhóspitos y poco poblados como Nebraska, donde su familia se instaló cuando ella tenía nueve años, sino también en la conquista de los derechos de la mujer. Cuando aún estaba solo abierta a un público masculino, acudió a la Universidad vestida de hombre, y vivió con su compañera Edith Lewis más de cuarenta años, mientras ejercía actividades como las de periodista, editora o maestra, hasta que pudo dedicarse por completo a la escritura. Al igual que Pioneros novela aparecida cinco años antes, Mi Ántonia publicada en 1918, está claramente inspirada en las vivencias de la autora.

El abogado Jim Burden rememora su infancia pasada en compañía de sus abuelos, granjeros de Nebraska a fines del siglo XIX, época del gran asentamiento de inmigrantes checos y escandinavos en las grandes y despobladas llanuras de este Estado. La relación con una familia checa, recién instalada en las cercanías del pueblo de Black Hawk, y más concretamente con la hermana mayor, Ántonia, le marcará para siempre. La bella Ántonia representa las virtudes y el espíritu del pionero. Su bondad esencial y la capacidad para un esfuerzo denodado, constante y generoso, son los rasgos que seducirán a Jim, y que éste nunca podrá olvidar durante su ausencia de más de veinte años.

Como contraste a la voluntad de arraigarse de Ántonia, que se convertirá en madre de familia numerosa, Cather nos presenta las figuras pintorescas y errabundas de los peones Jake Marpole y Otto Fuchs, y a un elenco de figuras femeninas, todas ellas extremadamente laboriosas y decididas, como la hermosa noruega Lena Lingaard o la sueca Ole Solkbeist, que saltan por encima de su dudosa reputación para convertirse en empresarias de éxito.

Extrayendo la máxima belleza de una prosa directa y sencilla, Cather nos da la impresión en esta obra de hollar una naturaleza casi virgen, de acceder a grandes espacios abiertos donde, en expresión de la autora, el aire es transparente, y se siente la felicidad en el acto de diluirse en algo completo y grandioso. El resultado es una novela memorable, un hermoso canto épico al trabajo cotidiano y a la lucha contra la adversidad.

Mi Ántonia, de Willa Cather, en Alba editorial.

Javier Aspiazu

El tocho. La Francia ocupada de la gran Nemirovsky

“Caliente, pensaban los parisinos. El aire de primavera. Era la noche en guerra, la alerta. Pero la noche pasaría, la guerra estaba lejos. Los que no dormían, los enfermos encogidos en sus camas, las madres con hijos en el frente, las enamoradas con ojos ajados por las lágrimas, oían el primer jadeo de la sirena. Aún no era más que una honda exhalación, similar al suspiro que sale de un pecho oprimido. En unos instantes, todo el cielo se llenaría de clamores. Llegaban de muy lejos, de los confines del horizonte, sin prisa, se diría. Los que dormían soñaban con el mar, que empuja ante sí sus olas y guijarros, con la tormenta que sacude el bosque en marzo, con un rebaño de bueyes que corre pesadamente haciendo temblar la tierra, hasta que al fin, el sueño cedía y abriendo apenas los ojos decían: “¿Es la alarma?”

Así comienza “Suite francesa” de Irene Nemirovski. Esta brillante escritora ucraniana de origen judío, asesinada en el campo de concentración de Auschwitz, vivió la mayor parte de su vida adulta entre París y Niza, de ahí que toda su obra esté escrita en francés: más de veinte libros, varios póstumos, entre ellos el que hoy comentamos. Publicado en 2004, sesenta años después de la muerte de la autora, la transcripción del manuscrito de Suite francesa, conservado milagrosamente por las hijas de Nemirovski, supuso una enorme sorpresa editorial. Se trataba de una gran novela inacabada: Nemirovski solo alcanzó a escribir dos de las cinco partes que debían constituir su gran proyecto sobre la Francia ocupada.

La primera de las partes conservadas, Tempestad en Junio nos habla de la huida en desbandada de los ciudadanos de París ante la inminente entrada de los alemanes. Tras las primeras detonaciones, interminables colas de vehículos, bicicletas y peatones desesperados inundan las carreteras. A través de varios personajes cuyas andanzas se entrecruzan en capítulos sucesivos -la adinerada familia Pericand, el elitista escritor Gabriel Corte, el coleccionista de porcelanas Charlie Angelet-, experimentamos el egoísmo brutal y las artimañas de que se valen los fugitivos de clase alta para sobrevivir. Esta primera parte sorprende por la visión despiadada que la autora ofrece de la burguesía francesa, amoral y oportunista.

La segunda parte, Dolce, nos presenta la vida de un pequeño pueblo ocupado por los nazis algunos meses después. Aquí de nuevo son las tensiones entre clases sociales, entre terratenientes y campesinos, las que dan lugar a las primeras delaciones. Además, la autora se atreve a mostrar a un nazi humanizado, enamorado de una joven francesa, evidenciando así que el individuo y la comunidad en la que se inscribe, no comparten, forzosamente, los mismos deseos, ni los mismos odios.

Escrita de forma deslumbrante, con el característico estilo sobrio y preciso de Nemirovski, sus descripciones son tan escuetas como brillantes, los matices psicológicos que expresan las emociones asombran por su agudeza y finura. El ritmo no es tanto musical, cuanto  cinematográfico, combinando con soberbia agilidad las acciones paralelas y los contrastes. Aun sin terminar, esta es una novela magnífica, probablemente la más intensa, crítica y conmovedora de su autora. Toda una experiencia literaria que no les dejará indiferentes. Suite francesa de Irene Nemirovski en editorial Salamandra.

Javier Aspiazu

El tocho. Los pensamientos de Nicolás de Chamfort

“Casi todos los hombres son esclavos, conforme a la razón que daban los espartanos de la servidumbre de los persas: por no saber pronunciar la sílaba no. Saber pronunciar esta palabra y saber vivir solos son los dos únicos medios que tenemos de conservar la libertad y el carácter”.

Esta es una de las máximas que integran las Máximas y Pensamientos, de Nicolás de Chamfort. Recomendamos hoy a nuestros oyentes a uno de los grandes moralistas franceses del siglo XVIII, maestro del aforismo, quizá el que más influencia ha ejercido, junto a la Rochefoucauld, en el pensamiento de filósofos posteriores tan importantes como Schopenhauer o Nietzsche. Nacido en 1740, Sebastian-Roch Nicolàs, fue producto de la relación ilegítima de una dama de la nobleza; hubo de elegir el seudónimo de Chamfort para darse a conocer en el mundo literario, donde pronto comenzó a destacar; hombre atractivo y afortunado con las mujeres, en su juventud contrajo una enfermedad de transmisión sexual que le afectó el resto de su vida y le agrió el carácter; se entusiasmó con la Revolución Francesa a la que prestó su apoyo, pero pronto denunció los excesos del Terror. Detenido por las autoridades revolucionarias, intentó suicidarse en dos ocasiones sin conseguirlo, muriendo a consecuencia de las heridas meses después.

Estos retazos biográficos pueden explicar el punto de vista tan pesimista de Chamfort, su talante cínico ante el amor y los convencionalismos sociales, pero no lo que a mí me ha resultado más interesante: el apasionante viaje de autoconocimiento que suponen estas máximas, recopiladas y publicadas póstumamente, su capacidad para desvelar las contradicciones que el autor percibe en sí mismo y en los demás. Con ese fin, Chamfort destaca la condición miserable de los hombres “que les lleva a buscar en la sociedad consuelos de los males de la naturaleza y, en la naturaleza consuelos de los males de la sociedad -sin encontrar- alivio a sus penas ni en una ni en otra”.

Aunque está convencido de que la sociedad solo se puede soportar cuando se es joven y se está poseído por las pasiones, sabe que muy pocos se retirarán por completo de ella porque “la debilidad de carácter o la falta de ideas, en una palabra, todo lo que puede impedirnos vivir con nosotros mismos,… preservan a muchos de la misantropía”. Es un decidido partidario de la razón pero al mismo tiempo, sabe que, de no ser por los errores que nos inducen a cometer las pasiones “tendrían muchas ventajas sobre la fría razón que a nadie hace feliz. Las pasiones hacen vivir al hombre, la prudencia le permite solo durar”. Y tampoco se muestra Chamfort como un pensador  que desapruebe cualquier otra vida que no sea la  intelectual o reflexiva. Al contrario, a su juicio “la vida contemplativa es a menudo miserable. Hay que obrar más, pensar menos y no mirarse vivir”. Este maestro de la reflexión esencial puso en cuestión su propia imagen pesimista y acre cuando afirmó que “la jornada más desaprovechada de todas es aquella en que no hemos reído”, buena prueba de que nunca perdió el sentido del humor.

Ediciones in Puribus publicó en 2015 la versión más reciente en castellano de estas lúcidas y reveladoras Máximas y Pensamientos de Nicolás de Chamfort.

Javier Aspiazu