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Las recuerdos verdaderos y cercanos de Rafael Reig

Al final, debe ser un compromiso eso de escribir autoficción, porque es complicado decidir que dosis de realidad debe incluirse para que sea verosímil la mezcla. Un combinado puede fracasar a nada que te pases con el licor o con el agua con elementos. Así que tened en cuenta un poco más este género y dejad de despreciarlo. Esto, en realidad me lo digo a mí mismo que tiendo a considerar trabajos menores lo que nos cuentan los autores de su propia experiencia. Rafael Reig nos habla de su familia, el punto principal de esta fase está en la muerte de los padres en un incendio, y de su generación, compuesta por tipos que soñaban con ser escritores y de la que solo él y Antonio Orejudo y Javier Azpeitia han conseguido dedicarse a esto, pero con mucha menor proyección que los de la generación anterior: Javier Marías, Bernardo Atxaga, Enrique Vila-Matas, Roberto Bolaño y así.

Así que en Amor intempestivo hay dolor y frustración. Y quizá por eso se empeña Rafa en contarnos lo mucho que ligaba y como se divertía en tiempos de la movida y como viajaba y se quedaba en Estados Unidos en cualquier universidad que lo aguantara. Creo que exagera, sobre todo en el sexo, pero oye, que quizá juzgo las cosas desde mi punto de vista. Y yo soy anterior a la generación anterior a él y a sus amigos.

Ya que hemos hablado de las dificultades de escribir autoficción, veamos cuales son las cosas buenas: puedes dibujar un buen retrato de ti mismo, con algunos detallitos oscuros para parecer interesante, pero salvarte en lo imprescindible; puedes evitarte la estructura previa y ponerte a escribir con saltos en el tiempo y giros aparentemente absurdos y justificados con cualquier disculpa, porque ya se sabe que recordamos a ráfagas y con tal de que quede graciosillo todo vale; puedes cargar sobre las espaldas de tus amigos las anécdotas más chisposas para que se rían contigo, pero también puedes hacerles alguna faena y dejarles decir inconveniencias. Acaso no lo hacen ellos también, eh, Orejudo. Es decir que eres un escritor libre y razonablemente feliz aunque en medio hayas hablado de tus padres muertos, tus hermanos razonablemente cercanos, tus amigos siempre dispuestos a ayudarte, la gente idiota con la que te has cruzado y las mujeres que fueron hospitalarias contigo.

Y el lector encantado. Lo digo en serio, me ha gustado Amor intempestivo desde el título con esa palabra ya en desuso que me ha atacado desde el pasado. Y, por otra parte, hemos visto a un Rafael Reig más cercano, mas implicado que en sus otros libros, aunque todos tengan cosas personales en el texto, donde el autor se muestra más circunspecto, más distante, más cínico. No sé, alguien debería pensar en hacer una película. Rafael Reig lleva tiempo demandando en sus escritos la aparición de un productor que pase a imágenes sus historias y reflexiones. Mientras ese momento llega les dejamos con este libro, otro más en la columna de la vida del amigo Reig, construida poco a poco y con gran entusiasmo. Que siga.

Félix Linares

La vida “relatada” de Cristina Peri Rossi

La insumisa es el título de la colección de cuentos, que se lee como una novela o una novela articulada como una colección de cuentos, publicada ahora por Menoscuarto Ediciones, con la que Cristina Peri Rossi obtuvo el Premio José Donoso 2019. Esta escritora uruguaya ha cultivado todos los géneros, pero destaca, sobre todo, en poesía y en narrativa breve.  Peri Rossi nació en Montevideo en 1941. Es sin duda una de las cuentistas más destacadas de Uruguay, pero la dictadura militar censuró su obra. La autora, finalmente, se exilió en Barcelona. Es la única mujer vinculada al conocidísimo boom latinoamericano, encabezado por García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes.

En La insumisa nos encontramos una colección de cuentos, digamos, autobiográficos. A través de la lectura de estos textos, conocemos en su intimidad la infancia y la adolescencia de Peri Rossi. Sabremos de los malos tratos que recibía de su padre, un hombre a quien dedica, lógicamente, palabras durísimas, del afán protector hacia su madre que despertó en ella, de su estancia en el campo, en casa de unos tíos, cuando enfermó de tuberculosis, del descubrimiento de su homosexualidad, de la transformación que supuso frecuentar la biblioteca de su tío Tito.

Los cuentos mantienen un orden cronológico, y de ese modo vemos a la niña crecer a lo largo de las páginas de La insumisa. El título está bien escogido, sin duda, porque pronto apreciamos el carácter indoblegable de la niña que se hace preguntas sobre todo tipo de cuestiones, como, por ejemplo, las discriminaciones que sufrían las mujeres, y las normas que debían respetar. Ver cómo se cuestiona las cosas, y cómo mantiene sus principios, da idea de que fue una niña inteligente y precisamente del contraste entre lo que ella cree que deberían ser las cosas y lo que realmente surge a veces cierto humor, algo amargo, pero humor al fin y al cabo.

Los cuentos están escritos de forma sencilla, algo muy complicado. La autora no recurre a estructuras complejas, ni a juegos de narradores, ni a desarrollos argumentales demasiado sofisticados, Peri Rossi tiene talento para contar historias, eso es todo. La imagino como una gran conversadora. Por ponerle una objeción a esta recomendable libro, quizá se traslade una visión idílica, como de bloque, de los trabajadores del campo, de los emigrantes, de las personas humildes: “Pero la gente que yo veía en el pueblo –leemos- no bebía te, ni comía pastas inglesas: eran pequeños ganaderos, agricultores pobres, enormemente dignos, limpios, que mandaban a sus hijos a la escuela pública (…) con buen humor, muchísima solidaridad y gran comprensión”. Esta frase, en todo caso, pertenece a mi cuento favorito, La estación de trenes, que se abre del siguiente modo: “Mi infancia es una estación de trenes, en mitad del campo”. En concreto, se trataba de una estación de trenes ingleses dirigida por su tío. Y por allí pasaban trenes elegantes, con alfombras de color purpura, y mesas con bordes dorados. Unos trenes, que con el tiempo se abandonarían en mitad de aquellas llanuras, y que durante la dictadura militar acabarían convertidos en campos de concentración.

La insumisa es, por tanto, una biografía por entregas, el relato de alguien que sabe, y muy bien, contar relatos. Elena Poniatowska dice que leer a Cristina Peri Rossi siempre le da ganas de hacer el amor. Yo no puedo garantizar semejante efecto, pero sí el disfrute de encontrarse con un buen libro entre las manos.

Txani Rodríguez

Galder Reguera, el dolor y las verdades luminosas

Uno no puede más que rendirse ante un libro que comienza con esta frase: “Mi padre murió el día en que mi madre le dijo que estaba embarazada de mi”. Estamos ante un relato en el que el escritor bilbaíno Galder Reguera indaga en las circunstancias de la muerte, y de la vida, de aquel padre que no conoció porque en la Nochevieja de 1974, con veintitrés años, perdió la vida cuando iba a reunirse con su familia a festejar el año nuevo tras chocar su vehículo con otro que conducía un conductor borracho. El libro intenta redescubrir a ese padre perdido, Luis, y lo que conllevaba el apellido Reguera del que Galder prácticamente lo desconocía todo. Y en el camino, sí, se encuentra con un padre desconocido, pero de alguna manera redescubre, para todos nosotros, a su padre adoptivo, Javi, y reivindica, ante todos nosotros, a su madre Carmen, una auténtica heroína, que consiguió, a partir de una desgracia, crear una familia, una familia diferente, pero hermosa y feliz.

Galder Reguera tiene que pelear durante su indagación con los silencios y algunos reproches. “¿A qué viene hablar a estas alturas de esto?”, le dijo una de sus tías, hermana de su madre. Lo que le lleva a preguntarse si quiere escribir un libro para saber quién fue su padre o si quiere saber quién fue su padre para escribir un libro. En el camino reflexiona sobre la importancia de los apellidos: “Reguera fue para mí un conjunto de letras sin demasiada importancia. Bien podrían haber sido cualesquiera otras, que nada habría cambiado. Ser Reguera era como una mancha en la piel por la que te preguntan de vez en cuando y tú respondías, bah, está ahí desde siempre, no le prestes atención. Fue un proceso no demasiado doloroso”. Quizás habría que contestar como el hijo pequeño de Galder cuando le preguntaba su padre cómo se llamaba: “yo, me llamo Danel Rayo McQueen”, Rayo McQueen como el protagonista de una película de dibujos animados.

¿Y qué fue del asesino de su padre, de aquel conductor borracho? No importa o no importa tanto. Es mayor, quizás ha sufrido, quizás no, pero lo que está claro es que por su acción no merecen sufrir los que están cerca de él. Lo importante en todo caso es saber que las cosas son como son. Que las familias son complejas y el sentido de pertenencia también: “La complejidad de mi familia se resume en cómo los hijos les decimos a nuestros padres”. A algunos se les llama aita, tal vez padre; a otras ama, también Mamá e incluso a algunos Javi, aunque este sea realmente el padre que te ha cuidado y querido. Y descubrir que Mamá es una heroína que se enfrentó al mundo y no fue derrotada.

Este hermoso y doloroso libro nos ilumina con algunas frases extraordinarias, como “la felicidad es mirar atrás y pensar que recorrerías de nuevo el camino, a pesar de todo”. Galder Reguera, responsable de eventos culturales y sociales de la Fundación Athletic Club, filósofo y escritor de libros como Quedará la ilusión, La vida en fuera de juego e Hijos del fútbol, su primera aproximación a la paternidad y a la necesidad de tener un legado, ha dado un salto adelante estratosférico. Libro de familia está ya por derecho propio entre los libros importantes de este año.

Enrique Martín

Las verdades de Pier Paolo Pasolini

Se da estos días la circunstancia de que dos editoriales, Altamarea y Ediciones El Salmón, han publicado sendos trabajos escritos por el cineasta y escritor Pier Paolo Pasolini, que nunca antes se habían podido leer en castellano. Altamarea nos ofrece La ciudad de Dios y Ediciones El Salmón Las bellas banderas. Ambos libros se circunscriben a la, digamos, “etapa romana” de Pasolini, ya que en 1950 se trasladó a la ciudad desde el pueblo natal de su madre porque le habían denunciado por escándalo público. Además, a ello se sumó, poco después, el alejamiento dictado por el Partido Comunista. Cuando llegó a Roma con su madre, la ciudad celebraba el jubileo convocado por Pío XII, quizá por eso La ciudad de Dios se titule de ese modo. Hasta la publicación en 1955 de su célebre novela Chavales del arroyo, sobrevivió como profesor, traductor y escribiendo artículos.

Precisamente, La ciudad de Dios agrupa textos de aquellos años, relatos, reportajes periodísticos y una entrevista que concedió más tarde, en 1973, al Il Mesaggero, en la que se muestra muy decepcionado con Roma, una ciudad que llegó a amar, y con Italia en general. Tras la derrota del fascismo, el país vivió varios años de esperanzas para la renovación cultural y política, pero pasadas un par de décadas, poco quedaba de aquella efervescencia. Ese desencanto se aprecia con nitidez en el artículo Ocaso de una posguerra.  Son interesantes, a pesar de la servidumbre de la información, esos ejercicios periodísticos atravesados siempre por su mirada tan atenta ya entonces a los cambios medioambientales, por ejemplo. En los relatos incluidos en La ciudad de Dios su calidad literaria se despliega con mayor libertad, y nos muestra las vidas de un niño que se ganan la vida porteando maletas, de un vendedor de castañas, de un parado, de un pícaro que trajina con el pescado… La culpa y la salvación, la inocencia y lo doloso, conviven en estas historias con centro en la periferia.

Esa empatía, curiosidad y respeto por sus vecinos que sentía Pasolini queda patente en Las bellas banderas. Este libro es el primero de los tres volúmenes que van a recoger la correspondencia que Pasolini mantuvo con sus lectores desde 1960 a 1965 en Vie nuove, y desde 1968 hasta 1970 en Tempo. Lo cierto es que los lectores le preguntaban por lo humano y por lo divino: sobre si debían bautizar a sus hijos, sobre cómo combatir la censura, sobre la revolución cubana o sobre por qué se hizo comunista si era de una familia pudiente. A todos respondía con el mismo respeto. Hay  una carta muy entrañable de dos obreros que habían estado discutiendo sobre Victor Hugo y Dostoievsky para convenir cuál de los dos genios era mejor escritor. Como ellos no lo habían estudiado a fondo, decía el remitente, porque eran obreros, le pedían la opinión a Pasolini a quien tenían por “un escritor moderno y muy preparado”.  Ya os avanzo que el italiano prefería al ruso, pero la respuesta, el tono de la misma, merece ser leída.

Pasolini siempre fue polémico y su producción –para muchos inadecuada- se miró con lupa.  En el año 1975 lo asesinaron en unas circunstancias que jamás se esclarecieron.  Pero clara y cristalina queda su visión del mundo, una visión que se recoge tanto en La ciudad de Dios como en Las bellas banderas.

 Txani Rodríguez

Las miradas encontradas de Balde y Arzallus

En la primera página de Miñan leemos  la siguiente aclaración: “Liburu hau Ibrahima Baldek idatzi du, ahoz; eta Amets Arzallus Antiak idatzi du, eskuz”. Y así es, Ibrahima Balde le cuenta su azarosa vida al bertsolari Amets Arzallus, que muda la palabra oral a la palabra escrita. Y es notable la voluntad de que resuene la voz, la manera de hablar de Ibrahim y su mirada sobre las cosas. Las experiencias de este migrante están contadas de forma muy sencilla, sin artificios, como si él nos hablará, pero transmiten mucha fuerza.  A veces, por ejemplo, el relato retrocede porque al narrador se le ha olvidado contar algo, y ese tipo de giros acentúa la ficción de la oralidad.

Pero hablemos ya de la historia del joven Ibrahima Balde. Nace en un pueblo de Guinea, en el seno de una familia pobre. Su padre trabaja en la capital, Konakry, y vende zapatos en un puesto callejero. El padre regresa al pueblo en la época de lluvias para ayudar a su madre a trabajar la tierra. Desde los cinco a los trece años, Ibrahima vivirá con su padre. Cuando este fallece, regresa al pueblo, pero su madre vende dos vacas y le da el dinero para que aprenda un oficio en la ciudad. Un conductor de camiones le toma como aprendiz y parece que ese va a ser su destino; sin embargo, su hermano pequeño –en el idioma de Ibrahima “hermano pequeño” se dice “miñan”- se escapa a Libia para tratar de  llegar a Europa. Ese hecho supone un punto de inflexión en la vida de Ibrahima porque no dudará en buscarle: “(…) Asko maite nuen nik txiki hori. Nire bizitzako helburu bakarra zen, haur hori atzeman, haur hori babestu, eta ikasketetan lagundu”, confiesa Ibrahima.

Esa búsqueda llevará al protagonista de esta dura historia a emprender una auténtica odisea a través de varios países africanos: irá a Libia, Argelia, Marruecos… Atravesará desiertos, sufrirá hambre y sed, será vendido como un animal, secuestrado, vivirá en campos de refugiados, conocerá a las mafias que trafican con personas, asistirá al negocio del paso del estrecho, embarcará en una zodiac, ya frente a las costas españolas, y será rescatado por salvamento marítimo… Un verdadero calvario. No contaré qué pasa con el hermano, pero sí quiero destacar que el narrador no edulcora la historia: habla de la violencia de las mafias, y él no siempre se comportará como un héroe. También refleja el racismo que se da entre los propios africanos: “Herrialde magrebtarretan umiliazioa etengabea da. Eta ez da Polizia bakarrik, jende arrunta da, zu eta ni bezalakoa, askotan haurrak”.

Creo que es muy recomendable, si no necesaria, la lectura de Miñan porque resuena a verdad, porque pone piel a lo que a menudo no es más que un número, y porque es una verdad que aunque resulte incómoda no deberíamos olvidar en estos tiempos de muros cada vez más altos.

Txani Rodríguez

Angel Erro, la vida, la literatura y algunas cosas más

El poeta navarro Angel Erro (Burlada, 1978) ha publicado en la editorial Elkar Lerro Etena, una selección de sus diarios escritos entre 2004 y 2018. Erro es licenciado en Derecho y en Filología Vasca, y había publicado anteriormente los poemarios Eta Harkadian ni y Gorputzeko humoreak; también trabaja como columnista y traductor. Durante catorce años, a ratitos, Angel Erro ha ido tomando pequeños apuntes sobre distintos asuntos; esas anotaciones eran para él, privadas, pero hace poco decidió recopilar  los textos de esos cuadernos y conformar un dietario que es el que se ha publicado ahora. Sin seguir un orden cronológico, este poeta navarro habla sobre  la pérdida de la madre (a quien Erro ha dedicado anteriormente poemas verdaderamente hermosos), la enfermedad, la sexualidad, su vida en Madrid, su labor creativa, su participación en el mundillo cultural (presentaciones de libros, jurados, jornadas, recitales, colaboraciones literarias…), lecturas, viajes y algunas confesiones relacionadas con los grandes temas de la vida, pero también con temas menores. Pincha y disfruta de la charla.

Philippe Lançon o cómo sobrevivir al horror

Este libro del periodista y crítico francés Philippe Lançon te agarra el corazón desde las primeras páginas y no deja de estrujártelo hasta el final. En medio hay mucho dolor (físico y mental), mucho miedo, mucha desesperación, momentos de euforia, momentos de depresión, instantes de cordura, instantes de locura, esperanza en el sur humano, desesperanza por la Humanidad… El libro arranca con una destrucción desoladora y termina con otra en la distancia. El autor quiere creer que somos gente civilizada, pero a veces la realidad lo hace complicado, muy complicado.

Este libro cuenta como Philippe Lançon sobrevivió al terrible atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo, de la que era colaborador, el 7 de enero de 2015. Sobrevivió casi sin esperanzas, porque los atacantes islamistas le dispararon varias veces, la última un tiro de gracia que le destrozó la cara, la mandíbula. El atentado acabó con la vida de doce personas y dejó heridas a otras once. Las heridas más graves fueron las de Lançon. El primer capítulo cuenta cómo fue el día anterior al atentado. Un día normal en la vida del autor. Fue al teatro a ver Noche de reyes, para hacer una crítica después. Pensó en Bagdad, antes de los bombardeos, donde fue corresponsal, y en el último libro de Houllebecq, aquel que narraba la llegada a la presidencia de la república francesa de un musulmán moderado. El siguiente capítulo es otro día normal. Lançon ha decidido pasar por la revista Charlie Hebdo y después por la redacción del periódico Liberation, donde también colaboraba. En la revista hay risas. Se celebra la reunión semana. Todos hacen chistes y la mayoría se divierte. Alguno reprocha la acidez de algunas de las gracietas. Pero la cosa no va a más. Y tras terminar la reunión Lançon se queda charlando con algunos de sus compañeros. Y se oyen unos ruidos. Y alguien dice: “Ya están los gamberros de siempre con sus petardos”. Pero Lançon, que ha sido corresponsal de guerra, piensa: “Esos no son petardos, son disparos de un arma automática”. Y cuando se vuelve ve a los dos terroristas disparando y rematando a sus amigos y compañeros.

Y a partir de aquí el viacrucis. Las primeras horas en el hospital, las ensoñaciones; los primeros días, las visitas emocionadas; las primeras operaciones, las anestesias, los despertares; las plegarias, convertidas en el primer artículo del retorno; los políticos que pasan por la sala del hospital; los policías a la puerta que se van turnando; sus padres, su hermano, su novia chilena que vive en Nueva York, su ex mujer cubana; las enfermeras, los médicos y Chloé, la cirujana que le acabará devolviendo un rostro. Y repasar una vida, al cambiarse de casa para ir a otra más protegida (los “animales” pueden querer rematarle): fotografías, cartas, gentes, recuerdos de Cuba y otros países. Y por fin la operación definitiva, el colgajo que haya que construir para recuperar la mandíbula perdida, el labio perdido, la mejilla perdida. Un colgajo realizado con carne y huesos de otra parte del cuerpo. Y en medio Proust, y Kafka, y Mann, y Bach… sin los que hubiera sido imposible continuar viviendo: la cultura como dique contra la ignominia, contra el dolor y a favor de la esperanza.

El colgajo es un libro maravillosamente escrito, de una sinceridad abrumadora, insultantemente abrumadora, desgarrador, en el que su autor se abre en canal, sin ocultar nada, o prácticamente nada, sobre lo que sintió en las diferentes fases de su reconstrucción como ser humano. Decíamos que el libro se abre con un atentado y termina con otro, el de la sala Bataclán de Paris. Una vuelta a empezar. No estamos a salvo, pero debemos seguir viviendo y agarrarnos a todo aquello que nos hace humanos: el amor, la amistad, la risa, la cultura, la discusión civilizada. Y la escritura, seguir escribiendo, seguir contando, transmitiendo verdad o por lo menos “sensación de verdad” y “sentimiento de libertad”. No dejemos que el dolor se transforme en inquina, viene a decir Lançon, porque la inquina destroza los corazones. Una lección de vida, a pesar de todo.

Enrique Martín

J.I. Carnero, contar a una madre para contarse a uno mismo

El escritor vizcaíno José Ignacio Carnero (Portugalete, 1986) ha publicado en el sello Caballo de Troya la novela Ama. Carnero es licenciado en Derecho Económico por la Universidad de Deusto y tras pasar por Madrid se asentó en Barcelona donde ejerce como abogado. No es esta su primera experiencia como escritor porque hace tres años publicó La luz de Lisboa, una crónica de viajes donde cantaba las excelencias de la capital portuguesa. Ama está dedicado a su madre, una emigrante gallega en Bizkaia, que murió de cáncer hace un tiempo. En el libro se cuenta su vida y por extensión la vida de su hijo, del propio autor.  Con Carnero hemos charlado. Pincha y disfruta de toda la conversación.

El tocho. Los tristes trópicos de Lévi-Strauss

“Mi carrera se resolvió un domingo de otoño de 1934, a las nueve de la mañana, con una llamada telefónica. Era Celestin Bouglé, en ese entonces director de la Escuela Normal Superior. Desde hacía algunos años me dispensaba una benevolencia un poco lejana y reticente… porque… no pertenecía a su equipo, por el cual experimentaba sentimientos muy exclusivos. Sin duda, no pudo hacer una elección mejor pues me preguntó bruscamente: “¿Siempre tiene el deseo de practicar etnografía?” “Desde luego”. “Entonces presente su candidatura en la universidad de Sao Paulo. Los suburbios están llenos de indios y usted les podrá consagrar los fines de semana. Pero es necesario que de su respuesta definitiva… antes del mediodía”.

Así comienza el capítulo V de Tristes trópicos, de Claude Lévi-Strauss. Entre la multitud de volúmenes dedicados por los antropólogos a narrar sus exploraciones y trabajos de campo, destaca con justicia este libro magnífico del creador de la Antropología Estructural, Levi-Strauss, uno de los mayores y más influyentes sabios del siglo XX.

Al inicio de su madurez, en 1955, el autor se deja llevar caprichosamente por sus recuerdos, para recrear sus primeros grandes viajes veinte años atrás. El resultado es Tristes trópicos, un libro complejo y fascinante, de estilo desigual, a veces escrito en tono de gran estilista, otras de rápido cronista de campaña, como si el autor estuviera todavía ante la hoguera de su campamento de etnólogo en el Mato Grosso. En cualquier caso, su discurso, preñado de datos y vivencias, es siempre fluido, ponderado, interesante, y por momentos, apasionante.

Lévi-Strauss transmite no solo su reflexión intelectual manifestando, en un párrafo célebre, su deuda con el marxismo, el psicoanálisis y la geología. También, y al hilo de su estancia en el Brasil, nos narra su aventurado periplo como expedicionario, llevado al límite de la enfermedad y el extravío. El etnólogo veinteañero y apasionado, consigue tras casi tres años de campañas, describir mejor que nadie la cultura de los caduveos, bororos y nanbikwaras, en un Matto Grosso cada vez más intrincado e inaccesible.

Entonces llega su momento de gloria, soñado por todo etnólogo, al entrar en contacto con una tribu desconocida: los mundé. Pero esto ocurre en el momento más inoportuno, con buena parte de su equipo, incluida su mujer, atacado por enfermedades tropicales, y lo que es aún peor, sin que nadie pueda ejercer de intérprete ante una tribu todavía sin contactar, cuyo idioma resulta desconocido. Los datos recabados son exiguos. La gloria del etnólogo apenas dura una semana.

Junto a esta dolorosa decepción, verdadero clímax narrativo de la obra, Tristes trópicos nos ofrece la reflexión más profunda que se haya escrito sobre las condiciones y los objetivos de la antropología.

Y una revisión crítica de la cultura humana en su conjunto, con hipótesis sumamente reveladoras, sobre la invención de la escritura como instrumento de poder, sobre la degeneración de las religiones, cada vez más belicosas, o sobre la condición mortífera de la civilización occidental que acaba con todas las culturas con las que entra en contacto. De ahí la necesaria tristeza del antropólogo, testigo de la paulatina desaparición de los pueblos que describe. Una obra maestra que exigiría múltiples relecturas.

Tristes trópicos de Claude Lévi-Strauss, en editorial Paidós.

Javier Aspiazu

La mirada honesta de Aixa de la Cruz

Cambiar de idea bien puede definirse,  tomando unas palabras de la autora, como “una historia de violencia estructural que se narra como un drama privado, en círculos concéntricos que empiezan y acaban en una misma”. Es decir, tras la experiencia personal hay siempre un relato político, aunque la persona que cuenta esas experiencias no lo identifique. A partir de esta premisa, podemos decir, no obstante, que estamos ante un libro de memorias, que puede leerse también, a ratos, al menos, como una novela. De hecho, de la Cruz defiende que las barreras entre la crónica, las memorias, la autoficción y la ficción son inexistentes porque escribir es recordar y recordar es siempre un acto imaginativo. El ejercicio de recordar, siempre creativo, es verdad, conduce a la bilbaína a varios temas que van desde los mimbres de su tesis a las explicaciones que están detrás de algunas de sus conductas sexuales.

El libro arranca con el mensaje de voz de una amiga suya que ha sufrido un gravísimo accidente. Los periódicos han publicado unas fotos terribles del siniestro ante las que la narradora parece no reaccionar. “Comprendo que esta frialdad con la que escudriño el sufrimiento ajeno es un músculo que llevo tiempo entrenando, el que me ha permitido mantener la cordura en un escritorio en el que se mezclaban los post-it de colores con los abusos de prisioneros de Abu Ghraib y en el que el reproductor rebobinaba sin descanso escenas de tortura, de ficción y de no ficción”. Así que cuando visita a su amiga, y ve las heridas y las cicatrices aún sin cerrar en el cuerpo de la chica, piensa en la manera en la que recibimos las imágenes violentas. Hay más violencia en el libro porque de la Cruz habla de un intento de violación que ella sufrió y de los terribles abusos sexuales que padeció otra de sus amigas. Las violaciones, y en concreto, el caso de La Manada, tienen importancia reveladora en la parte final y más ensayística del libro, en la que cuenta cómo se siente interpelada por el feminismo. La violencia que soportan en México, donde ella vivió un tiempo porque se casó con un joven mexicano, también encuentra traslado: “Lo intolerable es lo infrecuente. De todas las lecciones que aprendí en México esta es la que mejor me iba a ayudar a entender a entender Europa, la violencia europea, la de mi propia piel”.

Cambiar de idea habla también de las relaciones de la autora con otras mujeres. “Confundí -dice- mi afición por los retos difíciles con el lesbianismo.” Otro punto interesante del libro es el que se refiere a su relación, o ausencia de relación, con su padre biológico, al que ella se refiere como “biopadre” y al que nunca trató demasiado.

Cambiar de idea es un relato honesto, en el que la autora no se hace demasiadas trampas al solitario, que recoloca algunas piezas sueltas en un puzle completo, un puzle en el que, al final, la autora sentirá que todo encaja. Y más allá de lo que cuenta, que no es poco, hay que destacar cómo, porque, sin duda, este libro está muy bien escrito: el texto corre, es seductor, y ofrece la engañosa sensación de que está escrito como si transcribiera lo que pensara en voz alta.

Txani Rodríguez