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Galder Reguera, el dolor y las verdades luminosas

Uno no puede más que rendirse ante un libro que comienza con esta frase: “Mi padre murió el día en que mi madre le dijo que estaba embarazada de mi”. Estamos ante un relato en el que el escritor bilbaíno Galder Reguera indaga en las circunstancias de la muerte, y de la vida, de aquel padre que no conoció porque en la Nochevieja de 1974, con veintitrés años, perdió la vida cuando iba a reunirse con su familia a festejar el año nuevo tras chocar su vehículo con otro que conducía un conductor borracho. El libro intenta redescubrir a ese padre perdido, Luis, y lo que conllevaba el apellido Reguera del que Galder prácticamente lo desconocía todo. Y en el camino, sí, se encuentra con un padre desconocido, pero de alguna manera redescubre, para todos nosotros, a su padre adoptivo, Javi, y reivindica, ante todos nosotros, a su madre Carmen, una auténtica heroína, que consiguió, a partir de una desgracia, crear una familia, una familia diferente, pero hermosa y feliz.

Galder Reguera tiene que pelear durante su indagación con los silencios y algunos reproches. “¿A qué viene hablar a estas alturas de esto?”, le dijo una de sus tías, hermana de su madre. Lo que le lleva a preguntarse si quiere escribir un libro para saber quién fue su padre o si quiere saber quién fue su padre para escribir un libro. En el camino reflexiona sobre la importancia de los apellidos: “Reguera fue para mí un conjunto de letras sin demasiada importancia. Bien podrían haber sido cualesquiera otras, que nada habría cambiado. Ser Reguera era como una mancha en la piel por la que te preguntan de vez en cuando y tú respondías, bah, está ahí desde siempre, no le prestes atención. Fue un proceso no demasiado doloroso”. Quizás habría que contestar como el hijo pequeño de Galder cuando le preguntaba su padre cómo se llamaba: “yo, me llamo Danel Rayo McQueen”, Rayo McQueen como el protagonista de una película de dibujos animados.

¿Y qué fue del asesino de su padre, de aquel conductor borracho? No importa o no importa tanto. Es mayor, quizás ha sufrido, quizás no, pero lo que está claro es que por su acción no merecen sufrir los que están cerca de él. Lo importante en todo caso es saber que las cosas son como son. Que las familias son complejas y el sentido de pertenencia también: “La complejidad de mi familia se resume en cómo los hijos les decimos a nuestros padres”. A algunos se les llama aita, tal vez padre; a otras ama, también Mamá e incluso a algunos Javi, aunque este sea realmente el padre que te ha cuidado y querido. Y descubrir que Mamá es una heroína que se enfrentó al mundo y no fue derrotada.

Este hermoso y doloroso libro nos ilumina con algunas frases extraordinarias, como “la felicidad es mirar atrás y pensar que recorrerías de nuevo el camino, a pesar de todo”. Galder Reguera, responsable de eventos culturales y sociales de la Fundación Athletic Club, filósofo y escritor de libros como Quedará la ilusión, La vida en fuera de juego e Hijos del fútbol, su primera aproximación a la paternidad y a la necesidad de tener un legado, ha dado un salto adelante estratosférico. Libro de familia está ya por derecho propio entre los libros importantes de este año.

Enrique Martín

Las verdades de Pier Paolo Pasolini

Se da estos días la circunstancia de que dos editoriales, Altamarea y Ediciones El Salmón, han publicado sendos trabajos escritos por el cineasta y escritor Pier Paolo Pasolini, que nunca antes se habían podido leer en castellano. Altamarea nos ofrece La ciudad de Dios y Ediciones El Salmón Las bellas banderas. Ambos libros se circunscriben a la, digamos, “etapa romana” de Pasolini, ya que en 1950 se trasladó a la ciudad desde el pueblo natal de su madre porque le habían denunciado por escándalo público. Además, a ello se sumó, poco después, el alejamiento dictado por el Partido Comunista. Cuando llegó a Roma con su madre, la ciudad celebraba el jubileo convocado por Pío XII, quizá por eso La ciudad de Dios se titule de ese modo. Hasta la publicación en 1955 de su célebre novela Chavales del arroyo, sobrevivió como profesor, traductor y escribiendo artículos.

Precisamente, La ciudad de Dios agrupa textos de aquellos años, relatos, reportajes periodísticos y una entrevista que concedió más tarde, en 1973, al Il Mesaggero, en la que se muestra muy decepcionado con Roma, una ciudad que llegó a amar, y con Italia en general. Tras la derrota del fascismo, el país vivió varios años de esperanzas para la renovación cultural y política, pero pasadas un par de décadas, poco quedaba de aquella efervescencia. Ese desencanto se aprecia con nitidez en el artículo Ocaso de una posguerra.  Son interesantes, a pesar de la servidumbre de la información, esos ejercicios periodísticos atravesados siempre por su mirada tan atenta ya entonces a los cambios medioambientales, por ejemplo. En los relatos incluidos en La ciudad de Dios su calidad literaria se despliega con mayor libertad, y nos muestra las vidas de un niño que se ganan la vida porteando maletas, de un vendedor de castañas, de un parado, de un pícaro que trajina con el pescado… La culpa y la salvación, la inocencia y lo doloso, conviven en estas historias con centro en la periferia.

Esa empatía, curiosidad y respeto por sus vecinos que sentía Pasolini queda patente en Las bellas banderas. Este libro es el primero de los tres volúmenes que van a recoger la correspondencia que Pasolini mantuvo con sus lectores desde 1960 a 1965 en Vie nuove, y desde 1968 hasta 1970 en Tempo. Lo cierto es que los lectores le preguntaban por lo humano y por lo divino: sobre si debían bautizar a sus hijos, sobre cómo combatir la censura, sobre la revolución cubana o sobre por qué se hizo comunista si era de una familia pudiente. A todos respondía con el mismo respeto. Hay  una carta muy entrañable de dos obreros que habían estado discutiendo sobre Victor Hugo y Dostoievsky para convenir cuál de los dos genios era mejor escritor. Como ellos no lo habían estudiado a fondo, decía el remitente, porque eran obreros, le pedían la opinión a Pasolini a quien tenían por “un escritor moderno y muy preparado”.  Ya os avanzo que el italiano prefería al ruso, pero la respuesta, el tono de la misma, merece ser leída.

Pasolini siempre fue polémico y su producción –para muchos inadecuada- se miró con lupa.  En el año 1975 lo asesinaron en unas circunstancias que jamás se esclarecieron.  Pero clara y cristalina queda su visión del mundo, una visión que se recoge tanto en La ciudad de Dios como en Las bellas banderas.

 Txani Rodríguez

Las miradas encontradas de Balde y Arzallus

En la primera página de Miñan leemos  la siguiente aclaración: “Liburu hau Ibrahima Baldek idatzi du, ahoz; eta Amets Arzallus Antiak idatzi du, eskuz”. Y así es, Ibrahima Balde le cuenta su azarosa vida al bertsolari Amets Arzallus, que muda la palabra oral a la palabra escrita. Y es notable la voluntad de que resuene la voz, la manera de hablar de Ibrahim y su mirada sobre las cosas. Las experiencias de este migrante están contadas de forma muy sencilla, sin artificios, como si él nos hablará, pero transmiten mucha fuerza.  A veces, por ejemplo, el relato retrocede porque al narrador se le ha olvidado contar algo, y ese tipo de giros acentúa la ficción de la oralidad.

Pero hablemos ya de la historia del joven Ibrahima Balde. Nace en un pueblo de Guinea, en el seno de una familia pobre. Su padre trabaja en la capital, Konakry, y vende zapatos en un puesto callejero. El padre regresa al pueblo en la época de lluvias para ayudar a su madre a trabajar la tierra. Desde los cinco a los trece años, Ibrahima vivirá con su padre. Cuando este fallece, regresa al pueblo, pero su madre vende dos vacas y le da el dinero para que aprenda un oficio en la ciudad. Un conductor de camiones le toma como aprendiz y parece que ese va a ser su destino; sin embargo, su hermano pequeño –en el idioma de Ibrahima “hermano pequeño” se dice “miñan”- se escapa a Libia para tratar de  llegar a Europa. Ese hecho supone un punto de inflexión en la vida de Ibrahima porque no dudará en buscarle: “(…) Asko maite nuen nik txiki hori. Nire bizitzako helburu bakarra zen, haur hori atzeman, haur hori babestu, eta ikasketetan lagundu”, confiesa Ibrahima.

Esa búsqueda llevará al protagonista de esta dura historia a emprender una auténtica odisea a través de varios países africanos: irá a Libia, Argelia, Marruecos… Atravesará desiertos, sufrirá hambre y sed, será vendido como un animal, secuestrado, vivirá en campos de refugiados, conocerá a las mafias que trafican con personas, asistirá al negocio del paso del estrecho, embarcará en una zodiac, ya frente a las costas españolas, y será rescatado por salvamento marítimo… Un verdadero calvario. No contaré qué pasa con el hermano, pero sí quiero destacar que el narrador no edulcora la historia: habla de la violencia de las mafias, y él no siempre se comportará como un héroe. También refleja el racismo que se da entre los propios africanos: “Herrialde magrebtarretan umiliazioa etengabea da. Eta ez da Polizia bakarrik, jende arrunta da, zu eta ni bezalakoa, askotan haurrak”.

Creo que es muy recomendable, si no necesaria, la lectura de Miñan porque resuena a verdad, porque pone piel a lo que a menudo no es más que un número, y porque es una verdad que aunque resulte incómoda no deberíamos olvidar en estos tiempos de muros cada vez más altos.

Txani Rodríguez

Angel Erro, la vida, la literatura y algunas cosas más

El poeta navarro Angel Erro (Burlada, 1978) ha publicado en la editorial Elkar Lerro Etena, una selección de sus diarios escritos entre 2004 y 2018. Erro es licenciado en Derecho y en Filología Vasca, y había publicado anteriormente los poemarios Eta Harkadian ni y Gorputzeko humoreak; también trabaja como columnista y traductor. Durante catorce años, a ratitos, Angel Erro ha ido tomando pequeños apuntes sobre distintos asuntos; esas anotaciones eran para él, privadas, pero hace poco decidió recopilar  los textos de esos cuadernos y conformar un dietario que es el que se ha publicado ahora. Sin seguir un orden cronológico, este poeta navarro habla sobre  la pérdida de la madre (a quien Erro ha dedicado anteriormente poemas verdaderamente hermosos), la enfermedad, la sexualidad, su vida en Madrid, su labor creativa, su participación en el mundillo cultural (presentaciones de libros, jurados, jornadas, recitales, colaboraciones literarias…), lecturas, viajes y algunas confesiones relacionadas con los grandes temas de la vida, pero también con temas menores. Pincha y disfruta de la charla.

Philippe Lançon o cómo sobrevivir al horror

Este libro del periodista y crítico francés Philippe Lançon te agarra el corazón desde las primeras páginas y no deja de estrujártelo hasta el final. En medio hay mucho dolor (físico y mental), mucho miedo, mucha desesperación, momentos de euforia, momentos de depresión, instantes de cordura, instantes de locura, esperanza en el sur humano, desesperanza por la Humanidad… El libro arranca con una destrucción desoladora y termina con otra en la distancia. El autor quiere creer que somos gente civilizada, pero a veces la realidad lo hace complicado, muy complicado.

Este libro cuenta como Philippe Lançon sobrevivió al terrible atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo, de la que era colaborador, el 7 de enero de 2015. Sobrevivió casi sin esperanzas, porque los atacantes islamistas le dispararon varias veces, la última un tiro de gracia que le destrozó la cara, la mandíbula. El atentado acabó con la vida de doce personas y dejó heridas a otras once. Las heridas más graves fueron las de Lançon. El primer capítulo cuenta cómo fue el día anterior al atentado. Un día normal en la vida del autor. Fue al teatro a ver Noche de reyes, para hacer una crítica después. Pensó en Bagdad, antes de los bombardeos, donde fue corresponsal, y en el último libro de Houllebecq, aquel que narraba la llegada a la presidencia de la república francesa de un musulmán moderado. El siguiente capítulo es otro día normal. Lançon ha decidido pasar por la revista Charlie Hebdo y después por la redacción del periódico Liberation, donde también colaboraba. En la revista hay risas. Se celebra la reunión semana. Todos hacen chistes y la mayoría se divierte. Alguno reprocha la acidez de algunas de las gracietas. Pero la cosa no va a más. Y tras terminar la reunión Lançon se queda charlando con algunos de sus compañeros. Y se oyen unos ruidos. Y alguien dice: “Ya están los gamberros de siempre con sus petardos”. Pero Lançon, que ha sido corresponsal de guerra, piensa: “Esos no son petardos, son disparos de un arma automática”. Y cuando se vuelve ve a los dos terroristas disparando y rematando a sus amigos y compañeros.

Y a partir de aquí el viacrucis. Las primeras horas en el hospital, las ensoñaciones; los primeros días, las visitas emocionadas; las primeras operaciones, las anestesias, los despertares; las plegarias, convertidas en el primer artículo del retorno; los políticos que pasan por la sala del hospital; los policías a la puerta que se van turnando; sus padres, su hermano, su novia chilena que vive en Nueva York, su ex mujer cubana; las enfermeras, los médicos y Chloé, la cirujana que le acabará devolviendo un rostro. Y repasar una vida, al cambiarse de casa para ir a otra más protegida (los “animales” pueden querer rematarle): fotografías, cartas, gentes, recuerdos de Cuba y otros países. Y por fin la operación definitiva, el colgajo que haya que construir para recuperar la mandíbula perdida, el labio perdido, la mejilla perdida. Un colgajo realizado con carne y huesos de otra parte del cuerpo. Y en medio Proust, y Kafka, y Mann, y Bach… sin los que hubiera sido imposible continuar viviendo: la cultura como dique contra la ignominia, contra el dolor y a favor de la esperanza.

El colgajo es un libro maravillosamente escrito, de una sinceridad abrumadora, insultantemente abrumadora, desgarrador, en el que su autor se abre en canal, sin ocultar nada, o prácticamente nada, sobre lo que sintió en las diferentes fases de su reconstrucción como ser humano. Decíamos que el libro se abre con un atentado y termina con otro, el de la sala Bataclán de Paris. Una vuelta a empezar. No estamos a salvo, pero debemos seguir viviendo y agarrarnos a todo aquello que nos hace humanos: el amor, la amistad, la risa, la cultura, la discusión civilizada. Y la escritura, seguir escribiendo, seguir contando, transmitiendo verdad o por lo menos “sensación de verdad” y “sentimiento de libertad”. No dejemos que el dolor se transforme en inquina, viene a decir Lançon, porque la inquina destroza los corazones. Una lección de vida, a pesar de todo.

Enrique Martín

J.I. Carnero, contar a una madre para contarse a uno mismo

El escritor vizcaíno José Ignacio Carnero (Portugalete, 1986) ha publicado en el sello Caballo de Troya la novela Ama. Carnero es licenciado en Derecho Económico por la Universidad de Deusto y tras pasar por Madrid se asentó en Barcelona donde ejerce como abogado. No es esta su primera experiencia como escritor porque hace tres años publicó La luz de Lisboa, una crónica de viajes donde cantaba las excelencias de la capital portuguesa. Ama está dedicado a su madre, una emigrante gallega en Bizkaia, que murió de cáncer hace un tiempo. En el libro se cuenta su vida y por extensión la vida de su hijo, del propio autor.  Con Carnero hemos charlado. Pincha y disfruta de toda la conversación.

El tocho. Los tristes trópicos de Lévi-Strauss

“Mi carrera se resolvió un domingo de otoño de 1934, a las nueve de la mañana, con una llamada telefónica. Era Celestin Bouglé, en ese entonces director de la Escuela Normal Superior. Desde hacía algunos años me dispensaba una benevolencia un poco lejana y reticente… porque… no pertenecía a su equipo, por el cual experimentaba sentimientos muy exclusivos. Sin duda, no pudo hacer una elección mejor pues me preguntó bruscamente: “¿Siempre tiene el deseo de practicar etnografía?” “Desde luego”. “Entonces presente su candidatura en la universidad de Sao Paulo. Los suburbios están llenos de indios y usted les podrá consagrar los fines de semana. Pero es necesario que de su respuesta definitiva… antes del mediodía”.

Así comienza el capítulo V de Tristes trópicos, de Claude Lévi-Strauss. Entre la multitud de volúmenes dedicados por los antropólogos a narrar sus exploraciones y trabajos de campo, destaca con justicia este libro magnífico del creador de la Antropología Estructural, Levi-Strauss, uno de los mayores y más influyentes sabios del siglo XX.

Al inicio de su madurez, en 1955, el autor se deja llevar caprichosamente por sus recuerdos, para recrear sus primeros grandes viajes veinte años atrás. El resultado es Tristes trópicos, un libro complejo y fascinante, de estilo desigual, a veces escrito en tono de gran estilista, otras de rápido cronista de campaña, como si el autor estuviera todavía ante la hoguera de su campamento de etnólogo en el Mato Grosso. En cualquier caso, su discurso, preñado de datos y vivencias, es siempre fluido, ponderado, interesante, y por momentos, apasionante.

Lévi-Strauss transmite no solo su reflexión intelectual manifestando, en un párrafo célebre, su deuda con el marxismo, el psicoanálisis y la geología. También, y al hilo de su estancia en el Brasil, nos narra su aventurado periplo como expedicionario, llevado al límite de la enfermedad y el extravío. El etnólogo veinteañero y apasionado, consigue tras casi tres años de campañas, describir mejor que nadie la cultura de los caduveos, bororos y nanbikwaras, en un Matto Grosso cada vez más intrincado e inaccesible.

Entonces llega su momento de gloria, soñado por todo etnólogo, al entrar en contacto con una tribu desconocida: los mundé. Pero esto ocurre en el momento más inoportuno, con buena parte de su equipo, incluida su mujer, atacado por enfermedades tropicales, y lo que es aún peor, sin que nadie pueda ejercer de intérprete ante una tribu todavía sin contactar, cuyo idioma resulta desconocido. Los datos recabados son exiguos. La gloria del etnólogo apenas dura una semana.

Junto a esta dolorosa decepción, verdadero clímax narrativo de la obra, Tristes trópicos nos ofrece la reflexión más profunda que se haya escrito sobre las condiciones y los objetivos de la antropología.

Y una revisión crítica de la cultura humana en su conjunto, con hipótesis sumamente reveladoras, sobre la invención de la escritura como instrumento de poder, sobre la degeneración de las religiones, cada vez más belicosas, o sobre la condición mortífera de la civilización occidental que acaba con todas las culturas con las que entra en contacto. De ahí la necesaria tristeza del antropólogo, testigo de la paulatina desaparición de los pueblos que describe. Una obra maestra que exigiría múltiples relecturas.

Tristes trópicos de Claude Lévi-Strauss, en editorial Paidós.

Javier Aspiazu

La mirada honesta de Aixa de la Cruz

Cambiar de idea bien puede definirse,  tomando unas palabras de la autora, como “una historia de violencia estructural que se narra como un drama privado, en círculos concéntricos que empiezan y acaban en una misma”. Es decir, tras la experiencia personal hay siempre un relato político, aunque la persona que cuenta esas experiencias no lo identifique. A partir de esta premisa, podemos decir, no obstante, que estamos ante un libro de memorias, que puede leerse también, a ratos, al menos, como una novela. De hecho, de la Cruz defiende que las barreras entre la crónica, las memorias, la autoficción y la ficción son inexistentes porque escribir es recordar y recordar es siempre un acto imaginativo. El ejercicio de recordar, siempre creativo, es verdad, conduce a la bilbaína a varios temas que van desde los mimbres de su tesis a las explicaciones que están detrás de algunas de sus conductas sexuales.

El libro arranca con el mensaje de voz de una amiga suya que ha sufrido un gravísimo accidente. Los periódicos han publicado unas fotos terribles del siniestro ante las que la narradora parece no reaccionar. “Comprendo que esta frialdad con la que escudriño el sufrimiento ajeno es un músculo que llevo tiempo entrenando, el que me ha permitido mantener la cordura en un escritorio en el que se mezclaban los post-it de colores con los abusos de prisioneros de Abu Ghraib y en el que el reproductor rebobinaba sin descanso escenas de tortura, de ficción y de no ficción”. Así que cuando visita a su amiga, y ve las heridas y las cicatrices aún sin cerrar en el cuerpo de la chica, piensa en la manera en la que recibimos las imágenes violentas. Hay más violencia en el libro porque de la Cruz habla de un intento de violación que ella sufrió y de los terribles abusos sexuales que padeció otra de sus amigas. Las violaciones, y en concreto, el caso de La Manada, tienen importancia reveladora en la parte final y más ensayística del libro, en la que cuenta cómo se siente interpelada por el feminismo. La violencia que soportan en México, donde ella vivió un tiempo porque se casó con un joven mexicano, también encuentra traslado: “Lo intolerable es lo infrecuente. De todas las lecciones que aprendí en México esta es la que mejor me iba a ayudar a entender a entender Europa, la violencia europea, la de mi propia piel”.

Cambiar de idea habla también de las relaciones de la autora con otras mujeres. “Confundí -dice- mi afición por los retos difíciles con el lesbianismo.” Otro punto interesante del libro es el que se refiere a su relación, o ausencia de relación, con su padre biológico, al que ella se refiere como “biopadre” y al que nunca trató demasiado.

Cambiar de idea es un relato honesto, en el que la autora no se hace demasiadas trampas al solitario, que recoloca algunas piezas sueltas en un puzle completo, un puzle en el que, al final, la autora sentirá que todo encaja. Y más allá de lo que cuenta, que no es poco, hay que destacar cómo, porque, sin duda, este libro está muy bien escrito: el texto corre, es seductor, y ofrece la engañosa sensación de que está escrito como si transcribiera lo que pensara en voz alta.

Txani Rodríguez

El libro del mar del noruego Morten A. Stroksnes

Dice la contraportada de este libro que en él se cuenta la caza de un tiburón boreal en una lancha neumática por parte de dos amigos. Y luego entra en algunos detalles sobre esa cacería. No lo creáis. Es cierto que todo eso está en el libro, en una pequeñísima parte del libro, pero este volumen va de otra cosa. Va del amor por el mar y por aquello que lo representa. Stroksnes es historiador, viajero, fotógrafo y reportero accidental. Ha escrito libros sobre lugares en conflicto y, sin duda, le apetecía un poco de relajo, pero sabe que la contemplación tiene poco gancho a la hora de vender un libro, así que aprovechando la pequeña anécdota de su amistad con un pescador y la, sin duda, verdadera experiencia de salir al mar para capturar a un tiburón y ver como este se les escapa siempre, ha montado la historia que ha permitido que este libro se edite en veinticuatro idiomas.

Y lo merece, porque a nada que sea el lector alguien interesado en la historia de la navegación, de las profundidades y de los habitantes del mar, este libro le va a encantar porque hay aquí un muestrario detallado de todo esto, troceado en grupos de pocas páginas, y mezclado con otras unidades de narración que incluye, por ejemplo, las películas y sobre todo los libros que hablan del mar, que son miles, por supuesto. Comparten página el abuelo del autor, que un día abandonó el interior de Noruega y se asomó al mar y Arthur Rimbaud que escribió un poema sobre él. Después los búnkeres que dejó la Segunda Guerra Mundial, dejan paso al amigo Hugo, que es un artista plástico, pero sobre todo tiene que salir a navegar todos los días y de ahí al Mayflower y otros barcos históricos, al Argos y otros barcos legendarios, al capitán Ahab y a otros personajes inventados, a Jack London que escribió, a Copérnico que investigó y a Borges que soñó.

Y si no están todos ellos en estas páginas a mi me lo parecen porque creo que este compendio de saberes prácticos y conocimientos teóricos sobre el mar es lo más completo que vas a encontrar lejos de los libros con hermosas fotografías y precios estratosféricos. Aquí, a cambio, hay hermosos poemas: “Es largo este país, la mayor parte es Norte”, por ejemplo. Leí este libro recorriendo las costas noruegas, se citan en él algunos lugares en los que he estado, como una librería de viejo en Tromso, que igual no es la misma que se cita en el texto porque hay muchas en Noruega, pero quiero pensar que esta identificación no ha influido en mi juicio, que cualquier persona, a condición de que esté interesado en el mar y todo su universo que es inabarcable, porque también tenemos aquí el mar estelar, debería leerlo porque va a hacer salir a los ojos, llegar al cerebro, la idea marina de cada uno de nosotros. Una delicia de libro. A mí que me importa que cacen o no al tiburón boreal. Bastante tiene el pobre con ese parásito que le come la cornea. Veis, un ejemplo de los conocimientos inútiles, y tan satisfactorios, que proporciona El libro del mar. Atrévete a vivirlo.

Félix Linares

Pedro Ugarte, confidencias de vida y literatura

Los libros de notas de los escritores ejercen sobre mí una atracción innegable, y sospecho que es un género que interesa a la mayoría de los amantes de la literatura. Solemos llegar a esos trabajos con la expectativa de conocer mejor al autor, de conocer la esencia de su pensamiento, su actitud vital, quizás, su grado de esperanza, pero sucede que no siempre el autor se deja ver y que, por ello, estos libros de notas resulten un tanto fríos. No es el caso de Lecturas pendientes (anotaciones sobre literatura), el nuevo libro de Pedro Ugarte, adscrito a este género ensayístico. El bilbaíno convierte a los lectores en confidentes, y aunque la literatura sea el eje central, en realidad,  de lo que nos habla, con mucha  honestidad, diría yo, es de la vida misma.

En Lecturas pendientes, Ugarte recuerda cómo nació su vocación de escritor: “Nunca he querido hacer ninguna otra cosa que no sea escribir. No sé cómo ni por qué se alojó esa idea en mi cabeza. Ni puedo explicarla, ni puedo entenderla, ni me importa demasiado no poder hacerlo”. Comparte con nosotros cuáles son sus autores favoritos, los sinsabores y las satisfacciones del oficio de la escritura y a qué insospechados pliegues de la memoria lo devuelven algunos pasajes de sus lecturas…; la memoria, la infancia, tan presentes en este libro donde asegura que la patria no es la infancia sino la inocencia. “No tuve una relación demasiado estrecha con mi padre. Pero hubo un tiempo, en verano, en que íbamos los dos juntos desde Zarauz a Guetaria a comer un par de nécoras y a beber yo un mosto dulce y él un vino blanco helado. Hablábamos de cosas imposibles, esas cosas que jamás podrían compartir un hombre de cincuenta y seis años y un niño de doce. Esa conversación imposible, impracticable, que se repetía y terminaba siempre en el fracaso fue una patria. La mía”.

La enfermedad, la vejez y el paso del tiempo están también presentes en estos apuntes y en ocasiones, aborda esas cuestiones desde el  sentido del humor, tan necesario: “Muchas cosas cambian cuando envejeces: por ejemplo, el modo de no mirarme que tenían antes las mujeres es totalmente distinto al modo de no mirarme que tienen ahora”. Otro apunte sobre la vejez en un tono bien distinto: “Leyendo los diarios, los ensayos o los libros de memorias de muchos escritores ancianos, el tremendismo se convierte en una fórmula de estilo. Todo son juicios altisonantes, admoniciones morales: el mundo se derrumba, la civilización se corrompe, donde no domina el dinero domina la ambición. Todo se vuelve apocalíptico, aterrador, irrespirable. Si llego a la vejez, espero hacerlo con la lucidez suficiente como para no confundir mi propia extinción con la del mundo”.

El amor por Bilbao, observaciones muy afiladas sobre el euskera o sobre lo que sería para él un vasco típico, pasajes sobre la familia, sobre la paternidad o sobre las relaciones de pareja, ocupan su lugar en unas páginas en las que Ugarte se define como liberal y católico.

Con un tono a veces un tanto pesimista, otras, melancólico, otras critico o irónico, pero dominado siempre por el realismo y por el esfuerzo consciente de tratar de analizar su subjetividad con cierta distancia, Lecturas pendientes logra que el lector dialogue también consigo mismo. Literatura a raudales: opiniones sobre el cuento, sobre la novela, sobre la crítica, sobre la amistad con algunos autores y sobre ciertas decepciones.  Entradas extensas o  tan breves como aforismos. Un ejemplo más: “El amor no es un sentimiento, el amor es una decisión. Entender esto es entenderlo todo“. Un libro este, en definitiva, para tomar nota y para tomar notas también.

Txani Rodríguez