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Las reflexiones sobre la vida y la memoria de Aritz Galarraga

El escritor guipuzcoano Aritz Galarraga (Hondarribia, 1980) acaba de publicar en la editorial Pamiela el libro Gogoan dut. Galarraga estudió Arte y Literatura en Bilbao y en Barcelona, ciudad en la que reside. Se ha dedicado a la docencia universitaria, pero también ha traducido a poetas catalanes como Gabriel Ferrater. Además es colaborador en distintos medios de comunicación euskaldunes.  Así mismo es autor de Estralanak, una recopilación de sus textos periodísticos, y Posteritatea, que compilaba algunas de sus críticas literarias. Su nuevo libro Gogoan dut es un ejercicio de reflexión y memoria que está inspirado, de algún modo, en I remember,  el diario que el escritor estadounidense Joe Brainard publicó en 1970 y que fue ampliando en ediciones posteriores. Pincha y disfruta con la conversación.

Los recuerdos de Aritz Galarraga y de su generación

Aritz Galarraga, autor de Estralanak, una recopilación de sus textos periodísticos, y Posteritatea, que compilaba algunas de sus críticas literarias, acaba de publicar ahora el dietario Gogoan dut. Inspirado, de algún modo en I remember,  el diario que el escritor estadounidense Joe Brainard publicó en 1970, Galarraga ha escrito un libro a base de pinceladas breves, rápidas, que van de la frase al párrafo, y que como sucede con los cuadros impresionistas, cada trazo termina por conformar una obra luminosa, elocuente. Al final de la lectura, que tiene mucho de generacional, hemos visto una vida pasar, la vida de un hombre que, a pesar de los peligros de este género literario, no se adorna demasiado a sí mismo.

El libro, publicado por Pamiela, se abre con una declaración de intenciones: “Gogoan dut memoria txarra izan dudala beti”. Creo que resulta una premisa pertinente que nos recuerda además que todo ejercicio de memoria es un ejercicio de ficción y que resulta por ello, relativamente fiable. Sin embargo, estos textos producen una sensación total de fiabilidad. El hondarribitarra recuerda su infancia, sus sueños de niñez, sus revelaciones. Nos habla de algunos problemas de salud que tuvo: “Gogoan dut, kolpetik, ageriko motiborik gabe,etxeko pasilloan galdu nuela konortea. Ziplo erori aurretik amaren aldetiko amona nola saiatu zen ni eusten, artilezko jertse gorriari helduta. Eta konortea berreskuratu ondorengo zauria, bekokian”. Recuerda la separación de sus padres, que volverían a unirse después, recuerda algunos episodios relacionados con los compañeros de clase y recuerda algunas ideas que nos remiten a la adolescencia: “Gogoan dut 17 urte ingururekin dena nekiela”. Irrumpen, del mismo modo, el descubrimiento del sexo, los primeros trabajos, incluso el primer beso… Recuerda la temporada en la que vivió en Marsella y cuando se trasladó a Barcelona.

La parte del dietario relacionada con la literatura es, como no podía ser de otra manera, muy relevante. Comparte cómo, de pequeño, quería ser poeta, y relata numerosas anécdotas en las que aparecen otros escritores y referencia, por supuesto, lecturas. Entre todos esos capítulos, me ha gustado recordar a Kevin Heredia, un escritor ficticio que crearon entre varios autores, Galarraga incluido, que llegó a tener bastante repercusión.

Gogoan dut combina apuntes livianos con otros bastante duros y poco autocomplacientes. Entre  las notas que nos remiten a una época concreta –el cinexin, el blandiblu, Doctor en Alaska, el Boys, boys, boys de SabrinaGalarraga reflexiona sobre política, sobre género, sobre la vida misma, en este ejercicio de decantación literaria que apela, no sé hasta qué punto de forma involuntaria, a los recuerdos de quienes lo lean.

Txani Rodríguez

Es malo envejecer, dijo Oscar Tusquets Blanca

Reconozco que me puse a leer este libro porque su título me hizo gracia. También porque es un libro breve y en la actual situación de múltiples entrevistas librescas que necesitan de la lectura de al menos parte de los libros implicados, me resultaba muy apropiado. Y también, por qué no decirlo, porque uno va cumpliendo sus años y en este proceso actual de identificarnos con los personajes de libros y películas, pensaba encontrar alguna idea, alguna reflexión, sobre este penoso trance de envejecer en el que estamos todos metidos.

El autor cumple ochenta este año, lo digo para que calculen lo cerca o lejos que están de quien ha escrito estas líneas. Líneas, lo digo ya, llenas de ocurrencias. Empieza con una visita a los escenarios de la Primera Guerra Mundial, quizá por su centenario. Continúa con una ensalada que mezcla pandemia, políticos, conspiraciones, Umberto Eco y alegrías varias. Un poco escrito a como salga la cosa. Luego ya se mete en materia y nos cuenta su vida. No mucha porque tiene otros libros donde presumiblemente ya lo ha hecho por lo que supongo que aquí está lo que se le ha olvidado anteriormente. Incluso llega a contarnos algunos detalles de su servicio militar. Afortunadamente no cae en la pelmada de contárnosla entera, porque nada en este libro dura mucho.

Ya digo, parece un capricho del autor para llegar a la parte que anuncia el título. Lo de que vivir no es tan divertido, dura exactamente tres páginas. Y no parece estar justificado tras las experiencias anteriores tan divertidas, o al menos gratas. Así que nos vamos a la parte de envejecer y aquí sí que empieza la monserga del colega diciéndonos las cosas que se pierden con la edad: la vista, el oído y otros sentidos, los amigos, la salud, la memoria, el sueño, la capacidad de adaptación. En fin, lo habitual. ¿Hay aquí verdaderas ideas sobre todo esto? Pues parece que está más a nivel de charleta de barra de bar. Bueno, luego llega lo de la muerte, y eso es cosa mayor, te dices. Pues nada, la cosa va de contar diferentes formas de morir de gente más o menos famosa. A todos ellos ha conocido y tratado el autor, por lo que también acaba siendo un catálogo de importancia social.

El tono general es el del sermón, cosa razonable por venir de alguien que nació, se educó y creció bajo el influjo religioso del franquismo. Oscar es hermano de Esther Tusquets que creó la editorial Lumen, marido de Beatriz de Moura que fundó la editorial Tusquets, amigo de Jorge Herralde inventor de ese fenómeno llamado Editorial Anagrama, que le sigue publicando. Y tiene más relaciones en este mundo. Supongo que le publican por amistad. Tampoco hay razones para no hacerlo.

Este es un libro sobre las opiniones de un señor. Si tiene tiempo escribirá más. Él es arquitecto, pero tiene innumerables intereses en otros campos de la cultura, supongo que en todos de forma ligera, amateur, simpática. Mejor que te cuente él la vida que Filipa Beleza que ha escrito Hacerse mayor es una mierda a los veintiocho años. Pero, bueno, me gustaría que este libro tuviera menos tópicos y algunas ideas originales.

Y termino el libro de Tusquets y me pongo a leer, por las razones antes apuntadas, el ensayo sobre Howard Philips Lovecraft que publicó Michel Houellebecq hace treinta años y que ahora ha sido reeditado. Empieza así: “la vida es dolorosa y decepcionante.” Y pienso en dejarlo rápidamente. Pero sigue: “por lo tanto es inútil escribir más novelas realistas.” Y aquí ya me gana. Y me quedo. Ya les contaré.

Félix Linares

Las verdades vitales de Agota Kristof

Analfabetoa idazle recoge en once capítulos los momentos más decisivos de la vida de la grandísima escritora húngara Agota Kristof. Con un lenguaje preciso, directo, casi desnudo, pero capaz de emocionar, la autora de El Gran Cuaderno recuerda cómo se convirtió en una lectora precoz y cómo, también pronto, empezó a escribir, hacia los catorce años, cuando con su padre encarcelado, la ingresaron en un internado, frío y austero, en el que, al menos, estaba alimentada y podía estudiar, aunque apenas pudiera ver a su familia. “Isiltasun behartuko ordu horietan zehar, egutegi gisako bat idazten hasten naiz”. Cuenta cómo, tras el alemán del dominio austriaco, llegó al terminar la Segunda Guerra Mundial la ocupación soviética, que se prolongó hasta 1991, y que les obligó a tener que aprender y enseñar, sin ninguna afección, ruso: “Herri mailako sabotaje intelektual baten aurrean gaude, berezko erresistentzia pasivo baten aurrean, adostu gabea, begi-bistakoa”.

Kristof relata también cómo, cuando tenía veintiún años, junto con su marido y su hijo de cuatro meses, se escapa de Hungría, pasa algún tiempo en un centro de refugiados austriaco y recala finalmente en Suiza. Allí comienza a trabajar en una fábrica y aunque los suizos los tratan bien, al conjunto de refugios, ella siente una especie de vacío, de falta de esperanza, de desarraigo: “Zerbait espero genuen hona etorri ginenean. Ez genekien zer espero, baina hau ez behintzat: lanegun goibelak, afaloste isilak, bizimodu gatzatu hau, aldaketarik gabea, sorpresarik gabea, esperantzarik gabea.” Suiza, explica, era para ellos un desierto que debían atravesar hasta alcanzar la “integración” o la “asimilación”. Algunos nunca lo conseguirían.

Durante el tiempo en el que no se manejaba con el francés no podía leer y se pregunta cómo puedo soportarlo. Pero consiguió dominar la lengua, aunque nunca será para ella como su lengua materna, y tendrá que afrontar el reto de escribir en francés: “Frantsesez idatzi; beharturik nago. Erronka da hau. Analfabeto baten erronka.” Pero ella asume el reto y lo supera con creces. Escribe obras de teatro y finalmente una novela que manda a las tres editoriales parisinas más importantes, convencida de que se la publicarían. Para su sorpresa, le llegan dos rechazos, pero la tercera decide publicar aquel manuscrito. Se trataba de El Gran Cuaderno, uno de los libros más importantes de la narrativa europea contemporánea que pronto se convirtió en un éxito.

En Analfabetoa idazle, Kristof comparte cuál es, en su opinión, la manera de crear una obra literaria: “Pazientziaz idatzi eta setaz idatzi, idazten denarekiko fedea behin ere galdu gabe egiten da bat idazle.”

La encargada de la traducción, que a mí me ha parecido muy buena, ha sido Eskarne Mujika Gallastegi, que también ha traído al euskera los libros Koaderno Handia, Atzo y Berdin dio.

Txani Rodríguez

Luis Landero revisa su pasado con melancolía y humor

Tras el éxito de la novela Lluvia fina, el escritor Luis Landero ha querido reencontrarse con las memorias,  género que ya cultivó con El jardín de invierno y que, como digo, retoma  ahora con El huerto de Emerson.  El resultado de esta revisión es delicioso, realmente. El extremeño comparte sus lecturas, la forma desesperada en la que leía de joven, la sensación de que, tras todo lo leído, apenas queda un poso de sabiduría, una sabiduría poca concreta. El extremeño recuerda las palabras sinceras que dirigía a sus alumnos, y confiesa debilidades. Mantiene que escribir novelas no es un oficio: “Hacer novelas carece del repertorio técnico necesario propio de una profesión o de un oficio (…). ¿Qué clase de oficio es ese –pensemos en un médico o en un ebanista- que depende de la inspiración del momento?”. Así mismo, se muestra convencido en estas páginas que cualquiera que aspire a alcanzar lo mejor de sí mismo es el que prolonga de algún modo su infancia.

Pero más allá de sus vivencias relacionadas con la literatura, la literatura que en realidad empapa todo el libro, Landero recuerda momentos de su infancia y juventud en su pequeño pueblo, recuerda sus primeros amores, sus primeros poemas. Es capaz de hacernos vibrar con paginas bellísimas sobre la manera en la que se crea la noche o sobre un boliche que se monta inopinadamente en mitad de la nada, en los campos extremeños cercanos ya a la frontera de Portugal.

Mirar al pasado es siempre un poco melancólico, pero quiero destacar que en este libro también hay humor. Me he reído bastante con la manera en la que describe a cierto tipo de madrileño que, indiferente a modas, al curso mismo del tiempo, parece inmortal, y me ha parecido muy divertido también la manera en la que cuenta cómo le despidieron de su primer trabajo de una forma elegantísima o el modo en el que contrapone el carácter resolutivo de las mujeres de su infancia -hadas con alpargatas y mandil-, frente al atolondramiento de los hombres. Llega a confesar que una prima suya no creía que el fuese el autor de sus libros: “…acaso yo los tenia inventados en la cabeza, pero quien los había hecho de verdad era mi mujer como venía ocurriendo desde siempre”.

En El huerto de Emerson contemplamos el Madrid palpitante de la transición y tocamos la tierra de los campos extremeños, paseamos junto al autor, escuchamos sus dudas y nos quedamos con sus certezas, asombrados, como esos niños que nunca debimos dejar de ser.

Txani Rodríguez

Ricardo Echanove Tuero: la vida y todo lo demás

El escritor Ricardo Echanove Tuero acaba de publicar en la editorial Alarve la novela El legado de Gonzalo. Echanove Tuero nació en Zamora en 1931 pero reside en Bilbao desde su juventud. Licenciado en Derecho, ejerció como secretario en el Concejo de Grado en Asturias. Más tarde ejercería en la empresa privada. En 1977 fue elegido diputado en el Congreso por UCD Vizcaya. Su primera publicación, bajo el título Donde siempre a la misma hora (2011), fue una crónica novelada de aquella época. Su itinerario literario comenzó a partir de su jubilación. Así, en 2012 publicó Cuentos y relatos de humor y amor, en 2014 Cosas que me contó mi primo y en 2016 Pero no estamos solos. La novela de la que hoy hablamos ha sido escrita desde la experiencia de sus casi 90 años. Se cuenta en esta obra una historia imaginaria sobre el comienzo y desarrollo de una singular amistad entre dos seres humanos de muy distintos y hasta opuestos orígenes. Estamos ante un largo relato memorialista de ficción en el que, como es inevitable, parecen aflorar, de cuando en cuando, rastros autobiográficos sutilmente modificados. El protagonista del relato —un hombre de muy avanzada edad en su vida real— va describiendo con absoluta libertad una copiosa y variada multitud de experiencias estrechamente compartidas con su singular amigo y con otros grupos de amigos con los que se va encontrando a lo largo de sus vidas. Y van desfilando ante el lector anécdotas y reflexiones: desde las emociones del primer amor hasta los reveses más amargos de la existencia; desde los años de la inocencia hasta los de la insoslayable erosión del tiempo; del sexo, el trabajo y el valor del esfuerzo personal; de la religión y la política y del arte y la música como refugio y del peso de los sentimientos y las pasiones; de las apariencias y prejuicios sociales, de las grandes y pequeñas contradicciones humanas. Con el autor hemos charlado. Pincha y disfruta de la conversación.

Las recuerdos verdaderos y cercanos de Rafael Reig

Al final, debe ser un compromiso eso de escribir autoficción, porque es complicado decidir que dosis de realidad debe incluirse para que sea verosímil la mezcla. Un combinado puede fracasar a nada que te pases con el licor o con el agua con elementos. Así que tened en cuenta un poco más este género y dejad de despreciarlo. Esto, en realidad me lo digo a mí mismo que tiendo a considerar trabajos menores lo que nos cuentan los autores de su propia experiencia. Rafael Reig nos habla de su familia, el punto principal de esta fase está en la muerte de los padres en un incendio, y de su generación, compuesta por tipos que soñaban con ser escritores y de la que solo él y Antonio Orejudo y Javier Azpeitia han conseguido dedicarse a esto, pero con mucha menor proyección que los de la generación anterior: Javier Marías, Bernardo Atxaga, Enrique Vila-Matas, Roberto Bolaño y así.

Así que en Amor intempestivo hay dolor y frustración. Y quizá por eso se empeña Rafa en contarnos lo mucho que ligaba y como se divertía en tiempos de la movida y como viajaba y se quedaba en Estados Unidos en cualquier universidad que lo aguantara. Creo que exagera, sobre todo en el sexo, pero oye, que quizá juzgo las cosas desde mi punto de vista. Y yo soy anterior a la generación anterior a él y a sus amigos.

Ya que hemos hablado de las dificultades de escribir autoficción, veamos cuales son las cosas buenas: puedes dibujar un buen retrato de ti mismo, con algunos detallitos oscuros para parecer interesante, pero salvarte en lo imprescindible; puedes evitarte la estructura previa y ponerte a escribir con saltos en el tiempo y giros aparentemente absurdos y justificados con cualquier disculpa, porque ya se sabe que recordamos a ráfagas y con tal de que quede graciosillo todo vale; puedes cargar sobre las espaldas de tus amigos las anécdotas más chisposas para que se rían contigo, pero también puedes hacerles alguna faena y dejarles decir inconveniencias. Acaso no lo hacen ellos también, eh, Orejudo. Es decir que eres un escritor libre y razonablemente feliz aunque en medio hayas hablado de tus padres muertos, tus hermanos razonablemente cercanos, tus amigos siempre dispuestos a ayudarte, la gente idiota con la que te has cruzado y las mujeres que fueron hospitalarias contigo.

Y el lector encantado. Lo digo en serio, me ha gustado Amor intempestivo desde el título con esa palabra ya en desuso que me ha atacado desde el pasado. Y, por otra parte, hemos visto a un Rafael Reig más cercano, mas implicado que en sus otros libros, aunque todos tengan cosas personales en el texto, donde el autor se muestra más circunspecto, más distante, más cínico. No sé, alguien debería pensar en hacer una película. Rafael Reig lleva tiempo demandando en sus escritos la aparición de un productor que pase a imágenes sus historias y reflexiones. Mientras ese momento llega les dejamos con este libro, otro más en la columna de la vida del amigo Reig, construida poco a poco y con gran entusiasmo. Que siga.

Félix Linares

La vida “relatada” de Cristina Peri Rossi

La insumisa es el título de la colección de cuentos, que se lee como una novela o una novela articulada como una colección de cuentos, publicada ahora por Menoscuarto Ediciones, con la que Cristina Peri Rossi obtuvo el Premio José Donoso 2019. Esta escritora uruguaya ha cultivado todos los géneros, pero destaca, sobre todo, en poesía y en narrativa breve.  Peri Rossi nació en Montevideo en 1941. Es sin duda una de las cuentistas más destacadas de Uruguay, pero la dictadura militar censuró su obra. La autora, finalmente, se exilió en Barcelona. Es la única mujer vinculada al conocidísimo boom latinoamericano, encabezado por García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes.

En La insumisa nos encontramos una colección de cuentos, digamos, autobiográficos. A través de la lectura de estos textos, conocemos en su intimidad la infancia y la adolescencia de Peri Rossi. Sabremos de los malos tratos que recibía de su padre, un hombre a quien dedica, lógicamente, palabras durísimas, del afán protector hacia su madre que despertó en ella, de su estancia en el campo, en casa de unos tíos, cuando enfermó de tuberculosis, del descubrimiento de su homosexualidad, de la transformación que supuso frecuentar la biblioteca de su tío Tito.

Los cuentos mantienen un orden cronológico, y de ese modo vemos a la niña crecer a lo largo de las páginas de La insumisa. El título está bien escogido, sin duda, porque pronto apreciamos el carácter indoblegable de la niña que se hace preguntas sobre todo tipo de cuestiones, como, por ejemplo, las discriminaciones que sufrían las mujeres, y las normas que debían respetar. Ver cómo se cuestiona las cosas, y cómo mantiene sus principios, da idea de que fue una niña inteligente y precisamente del contraste entre lo que ella cree que deberían ser las cosas y lo que realmente surge a veces cierto humor, algo amargo, pero humor al fin y al cabo.

Los cuentos están escritos de forma sencilla, algo muy complicado. La autora no recurre a estructuras complejas, ni a juegos de narradores, ni a desarrollos argumentales demasiado sofisticados, Peri Rossi tiene talento para contar historias, eso es todo. La imagino como una gran conversadora. Por ponerle una objeción a esta recomendable libro, quizá se traslade una visión idílica, como de bloque, de los trabajadores del campo, de los emigrantes, de las personas humildes: “Pero la gente que yo veía en el pueblo –leemos- no bebía te, ni comía pastas inglesas: eran pequeños ganaderos, agricultores pobres, enormemente dignos, limpios, que mandaban a sus hijos a la escuela pública (…) con buen humor, muchísima solidaridad y gran comprensión”. Esta frase, en todo caso, pertenece a mi cuento favorito, La estación de trenes, que se abre del siguiente modo: “Mi infancia es una estación de trenes, en mitad del campo”. En concreto, se trataba de una estación de trenes ingleses dirigida por su tío. Y por allí pasaban trenes elegantes, con alfombras de color purpura, y mesas con bordes dorados. Unos trenes, que con el tiempo se abandonarían en mitad de aquellas llanuras, y que durante la dictadura militar acabarían convertidos en campos de concentración.

La insumisa es, por tanto, una biografía por entregas, el relato de alguien que sabe, y muy bien, contar relatos. Elena Poniatowska dice que leer a Cristina Peri Rossi siempre le da ganas de hacer el amor. Yo no puedo garantizar semejante efecto, pero sí el disfrute de encontrarse con un buen libro entre las manos.

Txani Rodríguez

Galder Reguera, el dolor y las verdades luminosas

Uno no puede más que rendirse ante un libro que comienza con esta frase: “Mi padre murió el día en que mi madre le dijo que estaba embarazada de mi”. Estamos ante un relato en el que el escritor bilbaíno Galder Reguera indaga en las circunstancias de la muerte, y de la vida, de aquel padre que no conoció porque en la Nochevieja de 1974, con veintitrés años, perdió la vida cuando iba a reunirse con su familia a festejar el año nuevo tras chocar su vehículo con otro que conducía un conductor borracho. El libro intenta redescubrir a ese padre perdido, Luis, y lo que conllevaba el apellido Reguera del que Galder prácticamente lo desconocía todo. Y en el camino, sí, se encuentra con un padre desconocido, pero de alguna manera redescubre, para todos nosotros, a su padre adoptivo, Javi, y reivindica, ante todos nosotros, a su madre Carmen, una auténtica heroína, que consiguió, a partir de una desgracia, crear una familia, una familia diferente, pero hermosa y feliz.

Galder Reguera tiene que pelear durante su indagación con los silencios y algunos reproches. “¿A qué viene hablar a estas alturas de esto?”, le dijo una de sus tías, hermana de su madre. Lo que le lleva a preguntarse si quiere escribir un libro para saber quién fue su padre o si quiere saber quién fue su padre para escribir un libro. En el camino reflexiona sobre la importancia de los apellidos: “Reguera fue para mí un conjunto de letras sin demasiada importancia. Bien podrían haber sido cualesquiera otras, que nada habría cambiado. Ser Reguera era como una mancha en la piel por la que te preguntan de vez en cuando y tú respondías, bah, está ahí desde siempre, no le prestes atención. Fue un proceso no demasiado doloroso”. Quizás habría que contestar como el hijo pequeño de Galder cuando le preguntaba su padre cómo se llamaba: “yo, me llamo Danel Rayo McQueen”, Rayo McQueen como el protagonista de una película de dibujos animados.

¿Y qué fue del asesino de su padre, de aquel conductor borracho? No importa o no importa tanto. Es mayor, quizás ha sufrido, quizás no, pero lo que está claro es que por su acción no merecen sufrir los que están cerca de él. Lo importante en todo caso es saber que las cosas son como son. Que las familias son complejas y el sentido de pertenencia también: “La complejidad de mi familia se resume en cómo los hijos les decimos a nuestros padres”. A algunos se les llama aita, tal vez padre; a otras ama, también Mamá e incluso a algunos Javi, aunque este sea realmente el padre que te ha cuidado y querido. Y descubrir que Mamá es una heroína que se enfrentó al mundo y no fue derrotada.

Este hermoso y doloroso libro nos ilumina con algunas frases extraordinarias, como “la felicidad es mirar atrás y pensar que recorrerías de nuevo el camino, a pesar de todo”. Galder Reguera, responsable de eventos culturales y sociales de la Fundación Athletic Club, filósofo y escritor de libros como Quedará la ilusión, La vida en fuera de juego e Hijos del fútbol, su primera aproximación a la paternidad y a la necesidad de tener un legado, ha dado un salto adelante estratosférico. Libro de familia está ya por derecho propio entre los libros importantes de este año.

Enrique Martín

Las verdades de Pier Paolo Pasolini

Se da estos días la circunstancia de que dos editoriales, Altamarea y Ediciones El Salmón, han publicado sendos trabajos escritos por el cineasta y escritor Pier Paolo Pasolini, que nunca antes se habían podido leer en castellano. Altamarea nos ofrece La ciudad de Dios y Ediciones El Salmón Las bellas banderas. Ambos libros se circunscriben a la, digamos, “etapa romana” de Pasolini, ya que en 1950 se trasladó a la ciudad desde el pueblo natal de su madre porque le habían denunciado por escándalo público. Además, a ello se sumó, poco después, el alejamiento dictado por el Partido Comunista. Cuando llegó a Roma con su madre, la ciudad celebraba el jubileo convocado por Pío XII, quizá por eso La ciudad de Dios se titule de ese modo. Hasta la publicación en 1955 de su célebre novela Chavales del arroyo, sobrevivió como profesor, traductor y escribiendo artículos.

Precisamente, La ciudad de Dios agrupa textos de aquellos años, relatos, reportajes periodísticos y una entrevista que concedió más tarde, en 1973, al Il Mesaggero, en la que se muestra muy decepcionado con Roma, una ciudad que llegó a amar, y con Italia en general. Tras la derrota del fascismo, el país vivió varios años de esperanzas para la renovación cultural y política, pero pasadas un par de décadas, poco quedaba de aquella efervescencia. Ese desencanto se aprecia con nitidez en el artículo Ocaso de una posguerra.  Son interesantes, a pesar de la servidumbre de la información, esos ejercicios periodísticos atravesados siempre por su mirada tan atenta ya entonces a los cambios medioambientales, por ejemplo. En los relatos incluidos en La ciudad de Dios su calidad literaria se despliega con mayor libertad, y nos muestra las vidas de un niño que se ganan la vida porteando maletas, de un vendedor de castañas, de un parado, de un pícaro que trajina con el pescado… La culpa y la salvación, la inocencia y lo doloso, conviven en estas historias con centro en la periferia.

Esa empatía, curiosidad y respeto por sus vecinos que sentía Pasolini queda patente en Las bellas banderas. Este libro es el primero de los tres volúmenes que van a recoger la correspondencia que Pasolini mantuvo con sus lectores desde 1960 a 1965 en Vie nuove, y desde 1968 hasta 1970 en Tempo. Lo cierto es que los lectores le preguntaban por lo humano y por lo divino: sobre si debían bautizar a sus hijos, sobre cómo combatir la censura, sobre la revolución cubana o sobre por qué se hizo comunista si era de una familia pudiente. A todos respondía con el mismo respeto. Hay  una carta muy entrañable de dos obreros que habían estado discutiendo sobre Victor Hugo y Dostoievsky para convenir cuál de los dos genios era mejor escritor. Como ellos no lo habían estudiado a fondo, decía el remitente, porque eran obreros, le pedían la opinión a Pasolini a quien tenían por “un escritor moderno y muy preparado”.  Ya os avanzo que el italiano prefería al ruso, pero la respuesta, el tono de la misma, merece ser leída.

Pasolini siempre fue polémico y su producción –para muchos inadecuada- se miró con lupa.  En el año 1975 lo asesinaron en unas circunstancias que jamás se esclarecieron.  Pero clara y cristalina queda su visión del mundo, una visión que se recoge tanto en La ciudad de Dios como en Las bellas banderas.

 Txani Rodríguez