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Wu Ming, el excitante proyecto italiano, ha vuelto

¿Conocen a Wu Ming? No es, aunque lo parezca por su nombre, un escritor chino, sino un colectivo italiano que lleva más de veinte años trabajando la literatura en múltiples formatos. Comenzaron llamándose Luther Blisset y así con ese nombre publicaron la novela Q. Después se pasaron a Wu Ming, Sin Nombre en mandarín, Anónimo para entendernos y así publicaron, entre otras, 54, Manituana, El ejército de los sonámbulos y la que ahora nos ocupa. Además han publicado ensayos, literatura infantil, guiones cinematográficos y otros materiales inclasificables. Y más novelas a título individual firmando como Wu Ming y añadiendo el número que ocupan en la organización. Wu Ming eran cinco escritores, aunque dos, el tres y el cinco, se han apartado del grupo. Pero ahí siguen los tres restantes escribiendo sobre momentos de la historia especialmente difíciles, las guerras de religión, la segunda postguerra mundial, la revolución americana, la revolución francesa y ahora la revolución rusa.

Empieza Proletkult en el año 1.907, cuando ya se han dado los primeros pasos de la revolución con un atraco para conseguir fondos y mantener la llama de la rebelión. De ahí pasamos a 1927, cuando ya se conocen las consecuencias del levantamiento. Y en medio tenemos momentos del exilio italiano de algunos de los protagonistas y de conocidos líderes de la revuelta. Digamos que el detalle curioso es la aparición de una muchacha que asegura ser hija de uno de estos personajes y que viene de un planeta al que viajó el susodicho, aventura que se narra en una trilogía de novelas de ciencia-ficción escrita por otro de los componentes del grupo. Esto me ha hecho acordarme de Matadero Cinco de Kurt Vonnegut, en parte porque acaba de publicarse una adaptación al cómic dibujada por Albert Montenys. Pero digamos que ambas comparten ese realismo apocalíptico, mezclado con las vidas cotidianas de los supervivientes y la aparición de la fantasía en forma de viajes a lejanos planetas. A partir de ese momento las cosas se van mezclando, marca de la casa del colectivo escritor.

Pero, ay, Proletkult es la novela de Wu Ming que menos me ha gustado. Paradójicamente estando escrita por menos personas es la más embarullada y en la que no sabemos muy bien hacia donde avanzamos, y eso incluye el final, donde se repiten más cosas a pesar de ser la más breve y que, en general, presenta menos puntos de interés en el relato. Quizá los escritores que más me gustaban son los que han dejado el grupo. Pero, claro, quizá es que yo esperaba mucho de ella, a la altura de las obras anteriores de los autores. No niego su nivel, su documentación, su correcta escritura, pero le falta encanto. Se la recomiendo por supuesto, ya me gustaría que bastantes de las novelas que leo tuvieran este nivel, pero las comparaciones son inevitables. Así que empiecen por El ejército de los sonámbulos, por ejemplo, y luego pueden seguir con Proletkult. Pero, en cualquier caso ni se les ocurra perderse a Wu Ming, una de las mejores cosas que le ha pasado a la narrativa en las dos últimas décadas.

Félix Linares

Bruno Galindo, recreando la nostalgia

Un director de cine que ha ido perdiendo proyección graba vídeos corporativos como trabajo alimenticio. En uno de esos rodajes, mientras el presidente de una empresa da un discurso a los pies de una escalinata, un grupo de recreacionistas reproduce la célebre escena del Acorazado Potemkin en la que un carrito de bebé rueda escaleras abajo. Este hecho obsesionará al director que se mostrará convencido de que la propia vida es un repetición de secuencias, una recreación de nuestro pasado. “Nadie quiere escribir su historia -concluye el director- todo el mundo quiere reescribirla”. El protagonista, que atraviesa una crisis profesional porque no termina de consagrarse, mantiene una relación basada en encuentros casuales con una representante de actores que en su momento fue actriz. Poco después del incidente de los recreacionistas, un poderoso productor organiza una fiesta por su cumpleaños a la que invita a personas que fueron importantes en su vida para recrear las décadas pasadas: recrea escenarios, costumbres, ambientes. El director asistirá a esa especie de festival de la nostalgia, tan ostentoso como deprimente, y a partir de ahí se darán varios cambios en su vida.

Bruno Galindo  ha asegurado muy bien las costuras de esta narración en la que no quedan hilos sueltos. Es, sin duda, una historia certera, que entraña una reflexión muy interesante, y repleta de referencias cinematográficas, sobre el original y la copia y, aunque suene algo grandilocuente, sobre el sentido de nuestras vidas. De paso, aprovecha para criticar el mundo del cine, al que el protagonista adora, pero que adolece de conocidos males como la superficialidad, la tiranía de la juventud, la esclavitud de la taquilla. El estilo es a veces telegráfico, pretendidamente esquemático, y otras, más oxigenado, pero logra siempre que la plasticidad de la prosa acompañe al contenido y consigue también que esta historia que podía resultar demasiado conceptual resulte emocionante.

Bruno Galindo es, además de escritor, periodista. Le conocimos a través de la editorial Lengua de Trapo con la novela  El público, pero también ha publicado un ensayo, varios poemarios, un libro de viajes y otro de entrevistas. Llevaba una década sin publicar, así que ha sido este un feliz reencuentro.

Txani Rodríguez

Los raros. La Montaña Análoga de René Daumal

“Una escritura desconocida, en un sobre, dio origen a todo lo que voy a contar. Esos rasgos a pluma que trazaban mi nombre… contenían una sinuosa mezcla de violencia y dulzura… Por eso, no sabría decir, si al abrir la carta, el efecto que me produjo fue el de una estimulante bocanada de aire fresco o el de una desagradable corriente de aire.

La misma escritura, rápida e igual, explicaba todo de un tirón: “Señor, he leído su artículo sobre la Montaña Análoga, hasta ahora creía ser el único en estar convencido de su existencia. Hoy somos dos, mañana seremos diez, quizá más, y podremos intentar la expedición. Es indispensable que entremos en contacto lo más rápidamente posible. Telefonéeme en cuanto pueda a uno de los números siguientes. Le espero”.

Así comienza La Montaña Análoga, de René Daumal. Un libro que nos sirve para recordar a un autor francés de vida breve e intensa, apenas 36 años; filósofo de formación y traductor de textos sánscritos, René Daumal fundó en su temprana juventud la revista poética Le grand Jeu, cercana al surrealismo de Bretón, del que lo separaba su interés por el ocultismo y las religiones orientales. Además de artículos y obras filosóficas, escribió un libro de versos y otra novela La gran borrachera, antes de abordar, padeciendo ya tuberculosis, la obra que hoy recordamos  La Montaña Análoga, publicada de forma póstuma en 1952. Novela forzosamente corta, que los azares de la II Guerra Mundial y la mala salud de su autor dejarían inacabada.

Daumal imagina a un grupo de intelectuales, especialistas en diversas ramas del saber, con la afición común del alpinismo y la convicción compartida de la existencia de una montaña más alta que las del Himalaya, la Montaña Análoga, invisible a simple vista y en cuya cima se encuentra la respuesta al porqué de la existencia. Juntos formarán equipo y comandados por el sabio inventor Pierre Sogol, partirán, a bordo de El Imposible, en su incierta búsqueda. Aprovechando la luz del ocaso en el poniente de la isla, único momento en que es visible, arribarán al Puerto de los Monos e iniciarán una lenta ascensión que se entrevera con mitos y cuentos simbólicos, como el de los hombres huecos o el del tetraedro y la esfera, pequeñas perlas de sabiduría en un texto fascinante. Texto que, probablemente, fuera la principal fuente de inspiración de La Montaña Sagrada, una de las mejores películas de Alejandro Jodorowski.

Pero volviendo a la novela, La Montaña Análoga ofrece al lector una seductora mezcla de alpinismo y misticismo, de avidez intelectual y búsqueda espiritual, de novela de aventuras fantásticas –entre Stevenson y Verne– y texto iniciático. Alguien diría que ésta había de ser una obra inacabada por razones obvias, como son la imposibilidad de conocer lo inefable, el misterio último del Todo: una empresa desmesurada, por encima de las fuerzas humanas. Sin embargo, las notas finales, añadidas al texto, nos hacen pensar que la empresa no sería en balde y que los aventureros saldrían transformados de la experiencia. Sea como sea, esto es algo que ustedes mismos deben apreciar disfrutando de la inteligencia y del gran talento narrativo del autor.

Entre otras ediciones, la de Alfaguara, les permitirá conocer  esta pequeña maravilla titulada La Montaña Análoga, de René Daumal.

Javier Aspiazu

Martín Casariego inicia la serie negra de Max Lomas

Martín Casariego es un escritor de largo recorrido, que pertenece a una notable familia de artistas. Nació en Madrid en 1962 y es hijo del famoso pintor y arquitecto asturiano Pedro Casariego. Además, tres hermanos, el fallecido Pedro, Antón y Nicolás, se han dedicado al arte de escribir. Martín le ha dado a todos los palos de la escritura: novelas, relatos, ensayos y artículos periodísticos. Es, por cierto, un magnífico guionista, coautor por ejemplo del guión de la popular película de Emilio Martínez-Lázaro Amo tu cama rica. Por su labor como escritor ha recibido todo tipo de premios desde el Tigre Juán, al Ateneo de Sevilla, pasando por el Anaya, Ciudad de Logroño y el Café Gijón. Seguro que os suenan novelas como Qué te voy a contar, La hija del coronel, La jauría y la niebla, El juego sigue sin mí ó La primavera corta, el largo invierno. Y no nos olvidemos de su gran éxito en el campo de la literatura infantil y juvenil Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero que vendió, tan solo en España, más de 150 mil ejemplares. Ahora aparece en Siruela esta novela negra Yo fumo para olvidar que tú bebes (magnífico título) que es el comienzo de una serie protagonizada por Max Lomas, un culto escolta al que en esta primera historia que sucede a finales de los ochenta encontramos en Euskadi protegiendo a personas amenazadas por ETA.

Max está viviendo entre Madrid y Donostia. En la capital guipuzcoana trabaja como escolta de un profesor amenazado por ETA. El perfil se asemeja mucho al de Fernando Savater. Son tiempos muy duros y a pesar de que nuestro protagonista mantiene una ética intachable sobre la esencia de su trabajo, no todos parecen obrar por igual. El GAL ha sido desarticulado recientemente y los policías Amedo y Domínguez van a ir a la cárcel. Pero entre sus compañeros hay quien dice que habría que seguir esa vía, que habría que matar a todo bicho viviente. Max, que narra la historia en primera persona, no puede evitar pensar cosas como ésta sobre Donostia y la mayoría de sus habitantes: “Una tierra agusanada. San Sebastián era como la manzana que la bruja ofrece a Blancanieves. Roja, apetitosa, reluciente, bella y casi perfecta, Pero envenenada, con el corazón putrefacto”. Pero él, se dice, nunca cruzará la línea. Seguramente no podría poner la mano en el fuego por su aparentemente noble, y algo bruto, compañero, García. Tiene todas las papeletas para hacer algo irremediable.

En Madrid, sin embargo, Max es otro. Son los tiempos finales de la movida y las esperanzas puestas en la Transición están llegando a su fin. Pero él, que viene de familia adinerada y que lo ha dejado todo porque no comparte cómo su padre ha hecho su fortuna, se enamora como un adolescente de Elsa Arroyo, una camarera baqueteada por la vida que poco espera del amor y que tiene también lo suyo: sacar el dinero suficiente para vivir la vida con dignidad y para que su hermana menor pueda seguir estudiando. Las dos son huérfanas. Y entonces entran en la ecuación unos delincuentes de poca monta que acosan a Elsa y entran también los negocios que se monta García, que bordean, es un decir, la línea de la legalidad. Y hasta aquí podemos leer.

La novela es negra a más no poder. Hay violencia, hay corrupción, hay muertos, hay droga… y también una historia de amor desesperada entre Max y Elsa, que tiene el punto de desesperación existencial y de misterio ideal para una novela de género. Elementos todos que recuerdan a la novela clásica negra americana, a la de los Hammett, Chandler y MacDonald. Aunque también hay que resaltar que tiene sus momentos de humor, sobre todo cuando García, el compañero de Max, se lía con el lenguaje, con los refranes y las frases hechas. Una cosa curiosa. Al terminar la novela encontramos unos apuntes del autor en los que se señalan de donde proceden algunas frases o algunos acontecimientos. Es una cuestión de justicia, reconocer las fuentes de donde bebemos y los lugares de donde recogemos algunas ideas.

Por cierto lo de que es una serie lo sabemos porque al terminar la narración de esta historia se dice, textualmente: “las aventuras y desventuras de Max Lomas continuarán en Mi precio es ninguno”. Una novela que por cierto ya estaba escrita y publicada en otra editorial antes de que el autor escribiera la primera entrega de la saga. Al repasar esa segunda historia se dio cuenta que aquí había que contar el pasado que no se contó. En fin.

Martín Casariego y la serie negra de Max Lomas que comienza en Yo fumo para olvidar que tú bebes que ha publicado Siruela. Veremos cómo sigue la cosa y cuál es la respuesta de los lectores.

Enrique Martín

Elia Barceló, fantástico, ciencia-ficción… y ahora novela negra

La escritora Elia Barceló (Alicante, 1957) acaba de publicar en la editorial Roca la novela La noche de plata. Barceló, que ha trabajo durante muchos años como profesora de Estudios Hispánicos en la Universidad de Innsbruck, en Austria, está considerada como una de las grandes maestras del género de la ciencia-ficción española. Ahí están, por ejemplo novelas como Consecuencias naturales, El vuelo del hipogrifo, El secreto del orfebre, Disfraces terribles, Las largas sombras o Anima Mundi, para confirmarlo. Pero en los últimos tiempos está explorando otros territorios. Hace tres años publicó El color del silencio, en el que se adentraba en un mundo de secretos, y sus consecuencias, relacionados con la Guerra Civil. Ahora se adentra en la novela negra con La noche de plata. Viena 1993, una niña desaparece en un mercadillo de Navidad. Viena 2020, la policía encuentra un esqueleto infantil en el jardín de una casa de las afueras. La protagonistas de esta historia es Carola Rey Rojo, especialista en secuestros y homicidios infantiles, y madre de la niña desaparecida veintisiete años atrás, ahora en excedencia de la policía española, vuelve a Viena con el encargo amistoso de deshacer la biblioteca de un marchante de arte recientemente fallecido. Junto con su amigo y colega, el inspector-jefe Wolt Almann, se verá envuelta en una trama que pondrá en evidencia que nadie es lo que parece y que uno nunca acaba de conocer a los demás, ni siquiera a sí mismo. Lo que parecía un cold case se complica cuando, ahora que todo parecía casi definitivamente superado, otra niña desaparece en el mercadito de Navidad de la ciudad imperial de Viena, la esplendorosa ciudad de la música y el arte que oculta tras las fachadas de sus bellas casas los más oscuros secretos. Con la autora hemos charlado. Pincha y disfruta con la conversación.

Andoni Abenójar recupera a las escarabilleras

Hay en una plaza de Basauri una estatua que representa a una mujer que lleva de una mano a su hija y de la otra un balde. Es creación de Víctor Sarriugarte y representa al personaje de la “escarabillera”, esa mujer que a comienzos del pasado siglo recogía la escarabilla del carbón que quedaba en su camino a los hornos de Basconia y que hoy es símbolo de homenaje a aquellas escarabilleras e icono popular en las fiestas de Basauri. Se representa con la efigie de una mujer enorme cuya cabeza sale volando entre globos como fin de fiesta de San Fausto.

Con estos mimbres, autor e ilustradora, Andoni Abenójar y Eider Eibar, construyen la historia de la pequeña Auri, que acompaña a las escarabilleras en su afán por recoger los restos del carbón con que poder encender su hornillo. Es una niña soñadora, cuyas ensoñaciones la trasladan al futuro de las fiestas populares, donde aparecen Maite y su hermana Irati, participantes en el paseo de la Eskarabillera por las fiestas del pueblo. Utilizando el contrapunto de uno y otro momento, la acción de recoger carbón y el estallido final de la fiesta se funden en el sueño de Auri, que vuela abrazada a su abuela como si las dos fueran protagonistas de la fiesta. La historia, editada en euskera, castellano e inglés es el cuarto de los títulos de la colección Ipuinak, que coordina Álex Oviedo para la Biblioteca Foral.

Seve Calleja

Touré vuelve a París de la mano de Jon Arretxe

Siempre me planteo presentar a los autores de los libros que comento, porque generalmente son escritores razonablemente conocidos. Y me temo que todo suena redundante. Pero, por si los infiltrados, ahí va una breve reseña sobre Jon Arretxe: viajero impenitente, escritor de libros de aventuras, cantante de ópera con algún personaje relacionado con el canto incrustado en alguno de sus libros, adicto a conocer el territorio en que se mueven sus personajes, creador de novela negra desde hace unos años, el feliz autor de la saga de Touré, un subsahariano sin papeles que llegó a Europa huyendo de la miseria, recaló en Bilbao y como no tenía mejor manera de ganarse la vida decidió hacerse detective privado en los ratos libres que le dejaba su ocupación como vidente fraudulento. Ha protagonizado ya siete novelas.

En las dos primeras, además del ambientillo local de la calle San Francisco y alrededores, nuestro héroe vivía episodios divertidos sin que sus novelas estuvieran exentas de crítica social y política y mucha verdad por desagradable que resultara. En la tercera el tono se volvió más dramático y aparece una hija de Touré que muere en París y facilita la breve estancia del protagonista en esa ciudad. Después Touré regresa a su país Burkina Faso, y luego vuelve a Euskadi con una mirada más amarga, hasta que el hombre, cansado de estar en manos de policías corruptos que le obligan a hacer cosas que no desea se marcha al Pirineo navarro donde vivirá sus aventuras en la sexta novela y a si llegamos a esta sétima titulada Desconfía, Mesfidatu hitzez en euskera, en la que vuelve a París en compañía de una mujer latinoamericana que ha conocido en la novela anterior.

Por supuesto todos sus libros tienen su correspondiente versión en euskera, que es el idioma en el que están escritas, y en castellano. Jon, que al mismo tiempo ha seguido escribiendo otras novelas, ha conseguido un dominio de la escritura absolutamente asombroso. Parece que sabe exactamente lo que tiene que contar y utiliza solo las palabras que son necesarias. Nada sobra, nada falta, las peripecias se suceden a un ritmo apropiado, las sorpresas van surgiendo como cualquier novela de este género, los personajes conocidos se comportan como deben, los nuevos son auténticos hallazgos (ay, esa pareja de policías que nace aquí para protagonizar algunas de las mejores páginas del libro) y el desarrollo de la intriga no deja al lector la posibilidad de dejar la lectura hasta su final, siempre ajustado, siempre satisfactorio.

No quiero contar demasiado, estamos ante un thriller, pero si quiero decir que Touré es un personaje que cambia, que crece en cada título, que aquí pasa por ejercer de nuevo de detective, pero también de ladrón y hasta de asesino, y vuelve a estar atormentado por el recuerdo de su hija muerta, y trata de sobrevivir de la mejor manera posible, pero es muy difícil. Y sin embargo, siempre es capaz de un rasgo justificado de solidaridad, de emoción, de grandeza. ¡Qué bueno es Jon Arretxe, qué estupendo es Touré, qué magnífica su última novela! Puedes empezar por aquí, y luego recuperar sus trabajos anteriores, o puedes buscar 19 cámaras, la primera de la serie, y seguir con 612 euros, Sombras de la nada, Juegos de cloaca, Piel de topo y No digas nada hasta llegar a Desconfía, título sacado de una pintada de París, Desconfía de las palabras, una ciudad que te parecerá diferente después de leer este libro. No desconfíes y apúntate a Touré y a la escritura de Jon Arretxe.

Félix Linares

Uxue Alberdi y nuestra historia vista desde una tienda

La escritora y bertsolari Uxue Alberdi (Elgoibar, 1984) acaba de publicar con la editorial Susa la que está llamada a ser una de las novedades importantes de esta edición de la Azoka de Durango. Nos referimos a Dendaostekoak, una crónica literaria notable en la que se nota que la autora ha invertido muchas horas de trabajo. Este libro nos cuenta la historia de la tienda de libros y regalos Pitxintxu que abrió en la calle San Francisco de Elgoibar en el año 1978. Y a través de la historia de la tienda, a través sobre todo de pequeños detalles, nos relata en realidad las últimas cuatro décadas de nuestra historia. Pero es que además nuestra invitada es noticia porque la editorial Consonni presenta estos días la cuidadísima traducción, a cargo de Irati Majuelo, de Jenisjoplin, la novela protagonizada por la inolvidable Nagore Vargas. Y por si fuera poco hay que felicitarla por el Premio Euskadi de Literatura que ha recibido por el ensayo feminista Kontrako eztarritik. Pincha y disfruta con la charla.

Kattalin Miner y los que van por la vida en clase turística

Tras la novela Nola heldu naiz ni honaino, cuyo proyecto obtuvo la beca Igartza y tras el muy recomendable libro Moio,  que aúna la entrevista periodística, el reportaje y el testimonio confesional, Kattalin Miner regresa a las librerías con Turista Klasea. Esta nueva novela nos presenta a una joven guipuzcoana, cuyo nombre no se nos desvela, que toma un tren dirección París en Hendaia. A medida que avanza en el trayecto, esta mujer recordará vivencias parisinas y reflexionará sobre distintos temas como, por citar algunos, el conflicto vasco, el terrorismo islámico o la identidad de género.

Sabemos que recorre los 1600 kilómetros que la separan de París porque va a visitar a una amiga encarcelada por pertenencia a ETA, una amiga a la que conoció en la Aste Nagusia de Bilbao y con la que en ese primer momento discutió a cuenta de una pintada en un baño. Bien, las cárceles, la dispersión, ocuparán algunas de los reflexiones. “Kartzela guztiak, helburu antzekoak izanda ere, ez dira berdinak”, leemos. La protagonista, mientras viaja, confesará que tiene mucho miedo a morir en un atentado, que se asusta veces simplemente por coincidir en un vagón del Metro con árabes y que aunque se lo reprocha los prejuicios no logra moderar ese miedo. Sabemos que conoció, en un encuentro LGTBIQ de nivel mundial que se celebraba en Marsella a Agustin y Agustina. “Hain ziren alaiak, lasaiak eta politak, berari ere gertukoak egin zitzaizkiola berehala. Jende ona zen, hori sentitzen zuen, eta ez daki ongi zergatik, baina harreman berezia egin zuten berehala hirurek”. De hecho, en sus visitas a París se quedará en su casa y así conocerá a sus amigos chilenos, alegres también en principio, pero que sobreviven fuera de la legalidad gracias a trabajos precarios, pero también de la venta de pastillas, de la prostitución. La homosexualidad, la transexualidad y el transgénero serán asuntos que aborda a través de ese grupo de personajes, que sufre discriminación y también algunas agresiones.

Creo que la escritora de Hernani ha acertado a la hora de titular esta novela porque no solo va en el tren en clase turista, también transmite la impresión –y esto puede ser la idea más valiosa de la novela- de que también atravesamos muchos problemas en clase turista, que aunque nos preocupen y tratemos de ser solidarias, son otros los que los sufren en sus propias carnes, que hay un extrarradio del extrarradio y calles oscuras que por fortuna quienes formamos parte de la clase turista no estamos obligadas a cruzar.

Txani Rodríguez

El tocho. Los novios de Alessandro Manzoni

Todo el día, se oía por las calles un murmullo de voces suplicantes; por la noche, un susurro de gemidos, roto de cuando en cuando por altos lamentos que estallaban de improviso, por gritos, por profundos tonos de invocación que terminaban en agudos chillidos.

Es cosa notable que, en tanto exceso de penurias, en tanta variedad de quejas, no se viese nunca un intento, no escapase nunca un grito de rebelión: al menos no se encuentra de ello el mínimo indicio. Y, sin embargo, entre los que vivían y morían de aquella manera, había un buen número de hombres educados en todo lo contrario a tolerar; había cientos de aquellos mismos que, el día de San Martín, se habían hecho oír tanto…. Pero los hombres estamos en general, hechos así: nos revelamos indignados y furiosos contra los males medianos, y nos inclinamos en silencio bajo los extremos; soportamos, no resignados, sino pasmados, el colmo  de lo que en un principio, habíamos llamado insoportable”.

Este es un párrafo de Los novios de Alessandro Manzoni, uno de los grandes clásicos italianos del siglo XIX, una novela objeto de cientos de reediciones desde que se publicara por primera vez en 1827. El milanés Alessandro Manzoni había iniciado su carrera, como poeta y dramaturgo, sin excesiva repercusión, cuando en 1821 comenzó a escribir la primera de las tres versiones de esta gran novela, tanto en dimensiones, como en peripecias. Manzoni ambienta la obra en diversas localidades de la Lombardía, incluida su capital, Milán, entre 1628 y 1630, años en que la región se encontraba bajo el dominio español. La boda próxima entre dos personajes humildes del pueblo de Leco, el hilador Renzo y la campesina Lucia, se ve impedida por los secuaces del señor local Don Rodrigo, encaprichado con la chica, que amenazan de muerte al párroco don Abbondio, si celebra el matrimonio. Los novios, con la ayuda del padre Cristoforo, deberán huir del acoso de Don Rodrigo y encontrar refugio en conventos de otras localidades cercanas.

Hasta aquí, se perciben ecos de la novela bizantina o del drama de honor barroco, pero Los novios trasciende estos modelos cuando, acto seguido, se convierte en una novela histórica que bebe directamente de los cronistas del siglo XVII, de una manera quizá demasiado literal. A través de los ojos de Renzo, que llega azarosamente a la capital, Manzoni nos cuenta la terrible hambruna que vivió Milán en 1628. La carestía del grano provocó la sublevación de los habitantes que asaltaron y destruyeron las tahonas. Pacificado el motín, la región vivió a continuación uno de los muchos episodios de la Guerra de los Treinta Años, con la entrada de las tropas imperiales. Éstas, además de la violencia y el pillaje, trajeron consigo una peste devastadora que acabó con dos tercios de la población a lo largo de 1630. Los episodios en los que se narran las reacciones irracionales del pueblo, que creía en “untadores” y envenenadores demoníacos, son los más interesantes de una novela escrita con un estilo tan cuidadoso, que resulta a veces sobrecargado por larguísimas frases subordinadas de dificultosa lectura.

Manzoni fue un ferviente converso al catolicismo, de ahí que su obra tenga una intención moralizadora, más que evidente en los largos discursos de los eclesiásticos que aparecen en la trama, fray Cristoforo o el cardenal Borromeo. Por eso, los buenos obtienen reparación y los malos su merecido. Pero, a pesar de este forzado maniqueísmo, como novela histórica y de costumbres, Los novios resiste el paso del tiempo, ofreciéndonos momentos de sumo interés y una perspectiva enriquecida desde la que contemplar nuestro problemático presente.

Encontrarán una traducción actualizada de este gran clásico en editorial Akal: Los novios de Alessandro Manzoni.

Javier Aspiazu