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El Agujero Negro. Ausencia

Y llegó un día en el que Roberto Moso hizo un agujero negro tan denso, tan denso, que todo, el mensaje, la luz, lo que contenía, se quedó dentro de la estrella de neutrones. Y así la Humanidad perdió por siempre la oportunidad de conocer el cuento definitivo.

Félix Linares

El Agujero Negro. Riesgo

Yo estaba en Laredo, en el circo. Era 1969. Estaba con mi padre, viendo a Pinito del Oro. Algo increíble. La genial equilibrista canaria hacía acrobacias sobre una silla cuayas patas traseras se apoyaban en un trapecio a una altura imposible. Un número único, ensayado al detalle desde la infancia, que había dado la vuelta al mundo en varias ocasiones. No usaba red. Su único posible colchón era su padre, que en todas las funciones contemplaba a su hija desde pista, según se decía para evitar que en caso de caída lo hiciera de cabeza. Jamás había visto nada comparable. Aquella mujer hacía el pino sobre la silla desafiando las leyes de la Física. Se diría que todos estábamos tensos, menos ella. Era imposible no pensar que allí había truco. Y ocurrió lo inesperado. Un movimiento en falso, un grito ahogado y una multitud que de pronto se revoluciona por completo…

No pude ver el impacto, justo en ese momento un codazo me despertó. Era mi hija. Me había quedado dormido viendo el Circo del Sol.

Roberto Moso

El Agujero Negro. Viejos

De un día para otro ya no había viejos en el lugar. Los busqué en el centro, en la plaza, en la iglesia, en el centro de día, en el viejo café… Nada. Hasta que fui al río y allí por fin avisté a un señor mayor. Ahí estaba, atónito, patético, reflejado en la inquietud del agua.

Roberto Moso

El Agujero Negro. Chiste

El chiste fue un éxito, los cuatro rieron a rabiar.

Yo quedé satisfecho, convencido de que les había hecho felices por unos segundos.

El de la primera carcajada quedó después pensativo… “¿acaso va por mi?”.

El segundo reidor, más tarde pensó… “era un chiste muy machista, este tío no es de fiar”.

La tercera en cuestión meditó… “es muy gracioso, pero alguien que cuenta algo así en público no puede ser muy inteligente”.

Pero lo peor fue el cuarto. El de la carcajada más estridente:

“Ya sé a quién no voy a renovar el contrato”.

Roberto Moso