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Los raros. La Montaña Análoga de René Daumal

“Una escritura desconocida, en un sobre, dio origen a todo lo que voy a contar. Esos rasgos a pluma que trazaban mi nombre… contenían una sinuosa mezcla de violencia y dulzura… Por eso, no sabría decir, si al abrir la carta, el efecto que me produjo fue el de una estimulante bocanada de aire fresco o el de una desagradable corriente de aire.

La misma escritura, rápida e igual, explicaba todo de un tirón: “Señor, he leído su artículo sobre la Montaña Análoga, hasta ahora creía ser el único en estar convencido de su existencia. Hoy somos dos, mañana seremos diez, quizá más, y podremos intentar la expedición. Es indispensable que entremos en contacto lo más rápidamente posible. Telefonéeme en cuanto pueda a uno de los números siguientes. Le espero”.

Así comienza La Montaña Análoga, de René Daumal. Un libro que nos sirve para recordar a un autor francés de vida breve e intensa, apenas 36 años; filósofo de formación y traductor de textos sánscritos, René Daumal fundó en su temprana juventud la revista poética Le grand Jeu, cercana al surrealismo de Bretón, del que lo separaba su interés por el ocultismo y las religiones orientales. Además de artículos y obras filosóficas, escribió un libro de versos y otra novela La gran borrachera, antes de abordar, padeciendo ya tuberculosis, la obra que hoy recordamos  La Montaña Análoga, publicada de forma póstuma en 1952. Novela forzosamente corta, que los azares de la II Guerra Mundial y la mala salud de su autor dejarían inacabada.

Daumal imagina a un grupo de intelectuales, especialistas en diversas ramas del saber, con la afición común del alpinismo y la convicción compartida de la existencia de una montaña más alta que las del Himalaya, la Montaña Análoga, invisible a simple vista y en cuya cima se encuentra la respuesta al porqué de la existencia. Juntos formarán equipo y comandados por el sabio inventor Pierre Sogol, partirán, a bordo de El Imposible, en su incierta búsqueda. Aprovechando la luz del ocaso en el poniente de la isla, único momento en que es visible, arribarán al Puerto de los Monos e iniciarán una lenta ascensión que se entrevera con mitos y cuentos simbólicos, como el de los hombres huecos o el del tetraedro y la esfera, pequeñas perlas de sabiduría en un texto fascinante. Texto que, probablemente, fuera la principal fuente de inspiración de La Montaña Sagrada, una de las mejores películas de Alejandro Jodorowski.

Pero volviendo a la novela, La Montaña Análoga ofrece al lector una seductora mezcla de alpinismo y misticismo, de avidez intelectual y búsqueda espiritual, de novela de aventuras fantásticas –entre Stevenson y Verne– y texto iniciático. Alguien diría que ésta había de ser una obra inacabada por razones obvias, como son la imposibilidad de conocer lo inefable, el misterio último del Todo: una empresa desmesurada, por encima de las fuerzas humanas. Sin embargo, las notas finales, añadidas al texto, nos hacen pensar que la empresa no sería en balde y que los aventureros saldrían transformados de la experiencia. Sea como sea, esto es algo que ustedes mismos deben apreciar disfrutando de la inteligencia y del gran talento narrativo del autor.

Entre otras ediciones, la de Alfaguara, les permitirá conocer  esta pequeña maravilla titulada La Montaña Análoga, de René Daumal.

Javier Aspiazu

Los raros. La cucaracha de la que escribió Clarice Lispector

“…Estoy buscando, estoy buscando. Intento comprender. Intento dar a alguien lo que he vivido y no sé a quién, pero no puedo quedarme con lo que he vivido. No sé qué hacer con ello, tengo miedo de esa desorganización profunda. Desconfió de lo que me ocurrió. ¿Me sucedió algo que quizá, por el hecho de no saber cómo vivir, viví como si fuese otra cosa? A eso querría llamarlo desorganización, y tendría yo la seguridad para aventurarme, porque sabría después a dónde volver: a la organización primitiva. A eso prefiero llamarlo desorganización, porque no quiero confirmarme en lo que viví: en la confirmación de mí perdería el mundo tal como lo tenía; y sé que no tengo capacidad para otro”.

Así comienza La pasión según G.H., de Clarice Lispector. El objetivo de todos los grandes creadores en cualquier rama del arte es encontrar una voz propia, y en literatura hay pocos escritores que lo hayan conseguido. Entre ellos se encuentra sin duda la brasileña, de origen ucraniano, Clarice Lispector, que en poco más de medio siglo de vida (1925-1977) renovó la prosa en portugués con su estilo inimitable y lírico, de asombrosa profundidad. Una de sus novelas más celebradas por la crítica esta La pasión según G.H., publicada en 1964: texto complejo y divagatorio, como pocos haya tenido oportunidad de leer. Muchas de sus afirmaciones, casi aforismos, me han recordado los tratados de filosofía existencialista, tan en boga en el momento de su publicación.

Y sin embargo, la insólita historia que nos cuenta esa dama burguesa de la que solo conocemos sus iniciales, G.H., puede resumirse en breves líneas. Al penetrar en la habitación vacía de una criada que ya no trabaja en su piso, con intención de limpiarla, descubre en un armario una lustrosa cucaracha. Esta visión de lo inmundo, como lo llama ella, sitúa a la narradora en un estado de schock aterrado, pero también frente a un inesperado espejo catártico que provoca el reconocimiento de la falsedad de su vida, y la obliga a enfrentar el presente, lo inmediato, lo menos adornado por las falsas esperanzas y proyecciones al futuro que caracterizaban su vida hasta entonces. Dejando la primera persona, la narradora se dirige en ocasiones a un tú, que es un supuesto amante. G.H. repasa así los momentos cruciales de su vida, su aborto, reflexiona sobre el amor, e incluso, identificándose con la cucaracha, se lanza a un viaje al remoto pasado de la vida en nuestro planeta. Esta identificación con lo neutro, con las fuentes primordiales de la existencia, culmina con la ingestión de la cucaracha, especie de “eucaristía” con lo inhumano de la que sale fortalecida para aceptar la vida con pasión renovada.

Pero tanto o más que el insólito argumento, asombra el estilo. La sucesión de epifanías, de revelaciones sobre sí misma, a las que asistimos con G.H. están engarzadas de una forma intrigante, con un lenguaje lógico, inspirado y urgente, que nos asombra por su potencia expresiva y su rigor analítico.  Solo queda advertir a la audiencia que esta ¿novela?, por llamar de alguna manera a este intenso monólogo, necesita de lectores avanzados, almas ya formadas como decía la autora, capaces de apreciar la prosa poética y la introspección filosófica de una escritora incomparable.

La pasión según G. H. de Clarice Lispector la podemos encontrar en Editorial Siruela.

 Javier Aspiazu

Los raros. La Lorena franco-alemana de Erckmann-Chatrian

“Mi tío Zacharias es el ser más curioso que he visto en mi vida. Imaginaos a un hombrecillo bajo, coloradote, gordinflón, tripudo como un odre y de nariz respingona: ese es el retrato de mi tío Zacharias. El buen hombre era calvo como una bola de billar. Solía llevar unos gruesos lentes redondos y un gorrito de seda negra que apenas le tapaba la coronilla y parte de la nuca.

A mi querido tío le encantaba reírse; también le encantaban el pavo relleno, el paté de hígado y el viejo -vino- johannisberg, pero lo que más le gustaba en el mundo era la música. Zacharias Müller había nacido músico por la gracia de Dios, como otros nacen rusos o franceses. Tocaba todos los instrumentos con una facilidad pasmosa. No se entendía viéndolo tan cándido y bonachón, que tanta alegría, brío y entusiasmo pudiera animar a un personaje como aquel.

Así hizo Dios al ruiseñor, glotón, curioso y cantarín: mi tío era ruiseñor.”

Así comienza El réquiem del cuervo, uno de los ocho relatos que integran los Cuentos de las orillas del Rin, de Erckmann-Chatrian. Recordamos a una pareja de autores de la Lorena francesa, de enorme éxito en la segunda mitad del siglo XIX. Sus apellidos asociados han pasado a la historia de la literatura. Pero según cuentan las crónicas, era Emile Erckmann quien escribía realmente mientras Alexandre Chatrian ejercía de corrector y agente literario. A lo largo de su colaboración, que duró cuarenta años, publicaron una obra prolífica y variada. Algunos títulos son hoy clásicos, como El amigo Fritz, la más célebre de sus novelas cortas, un delicioso canto al amor y a la tolerancia entre credos y religiones. O sus celebrados Cuentos fantásticos, algunos de ellos alabados por Lovecraft, y de los que aparecieron varios volúmenes.

Estos que hoy les recomendamos, Cuentos de las orillas del Rin se publicaron en 1862, y también dos de ellos entran en el terreno de lo sobrenatural o directamente fantástico: Lo blanco y lo negro y Hans el cabalista. En el resto hay también algún misterio que altera la vida plácida de los pequeños pueblos y ciudades que baña el río Rin, desde el sur de Alemania hasta Holanda. Las descripciones son pintorescas, mostrando a menudo una concepción lúdica de la vida, y personajes que se caracterizan por la glotonería, el sentido del humor y una gran afición a la bebida y a fumar en pipa. Así se puede apreciar en los titulados El canto del vino y La pesca milagrosa. Como excepción La ladrona de niños, tiene un aire decididamente siniestro, y el más destacado del conjunto, El réquiem del cuervo, combina todos estos elementos, las descripciones vívidas y amenas y el planteamiento casi humorístico, con una deriva siniestra que da lugar a un irónico final.

Es curioso comprobar cómo proceder de la Lorena, región siempre disputada entre Francia y Alemania, hizo de Erckmann y Chatrian escritores fronterizos, de expresión francesa, pero ambientación casi siempre alemana. Su recreación de la naturaleza y de la vida en estas pequeñas comunidades germanas, con sus burgomaestres, artesanos, músicos, taberneros, animales domésticos, etc., está llena de encanto, y como dice Javier Marías en la nota previa “aún procuran diversión -y lo que es más sorprendente- una especie de consuelo”.

La preciosa edición de Reino de la Redonda, que sería perfecta de incluir alguna nota aclaratoria, les ofrece una traducción impecable de estos Cuentos de las orillas del Rin de Erckmann-Chatrian.

Javier Aspiazu

Los raros. La convivencialidad, de Iván Illich

“Debemos constituir –y gracias a los progresos científicos lo podemos hacer- una sociedad post-industrial en que el ejercicio de la creatividad de una persona no imponga jamás a otra, un trabajo, un conocimiento o un consumo obligatorio. En la era de la tecnología científica, solamente una estructura convivencial de la herramienta puede conjugar la supervivencia y la equidad. La equidad exige que, a un tiempo, se compartan el poder y el haber. Si bien la carrera por la energía conduce al holocausto, la centralización del control de la energía en manos de un leviatán burocrático sacrificaría el control igualitario de la misma a la ficción de una distribución equitativa de los productos obtenidos… Para ser posible dentro de la equidad, la supervivencia exige sacrificios y postula una elección. Exige una renuncia general a la sobrepoblación, la sobreabundancia y al superpoder, ya se trate de individuos o de grupos”.

Estos son fragmentos de La convivencialidad de Iván Illich. Ensayista austriaco establecido en México, de amplísima formación intelectual, Iván Illich ejerció como sacerdote y profesor universitario antes de secularizarse y dedicarse por completo al análisis crítico de la sociedad contemporánea. Probablemente más conocido para el gran público por La sociedad desescolarizada, el célebre ensayo que dedicó a la institución educativa, su abanico de intereses fue muy diverso, y también se extendió al estamento médico, con otro polémico libro titulado Némesis médica o a la gestión igualitaria de la energía, que abordó en Energía y equidad.

Pero sin duda, el título que hoy les proponemos, La convivencialidad, publicado en 1973, es su obra más importante, aquella en la que expone las fallas de nuestra sociedad y propone alternativas para transformarla. A su juicio, vivimos en una sociedad burocratizada en la que el saber se confunde con el currículum académico, el cuidado de la salud con la institución médica o el ejercicio del poder con la actividad política, convirtiendo a la población en inútil y dependiente en todos estos campos. Además, el objetivo de esta civilización es el crecimiento ilimitado de la producción industrial y, por lo tanto, está condenada al agotamiento energético y a la autodestrucción.

Frente a ella, Illich propone una sociedad desprofesionalizada en la que todos compartamos el poder y el saber. Y plantea alternativas para la supervivencia, que a su juicio, pasan por el control demográfico y la adopción de formas de producción alternativas a la industrial, que utilicen herramientas convivenciales: una tecnología a escala humana que, en lugar de avasallar y programar al individuo, saque el mejor partido de nuestra energía e imaginación, fomentando la autonomía y expandiendo el radio de acción personal.

Escrito por uno de los pensadores más lúcidos del siglo XX, este ensayo imprescindible, adelantado a los planteamientos ecologistas más consecuentes y a la teoría del decrecimiento, nos propone, en definitiva, todo un programa de acción para iniciar la transición social y energética, que nos espera en las próximas décadas, si queremos preservar la vida en el planeta en el marco de una sociedad equitativa. La convivencialidad de Iván Illich.

Javier Aspiazu

Los raros. Época de migración al norte, de Tayyeb Saleh

“Tras una larga ausencia, señores, volví junto a mi gente. Fueron exactamente siete años los que pasé estudiando en Europa. Aprendí muchas cosas y otras muchas me quedaron por aprender, pero esa es otra cuestión. Lo importante es que volví con un ardiente deseo de encontrarme con los míos en ese pueblecito de la curva del Nilo. ¡Siete años echándolos de menos y soñando con ellos y, al volver, fue maravilloso encontrarme de nuevo realmente allí! Se alegraron mucho al verme y armaron un gran alboroto a mi alrededor cuando llegué y en seguida sentí que empezaba a derretirse el hielo de mi corazón, como si hubiera pasado mucho frío y de repente el sol me calentara”.

Así comienza Época de migración al norte de Tayyeb Saleh. Publicada originalmente en 1966, la segunda novela de este escritor sudanés en lengua árabe se ha convertido en la más famosa y reconocida de su producción, y a menudo se la incluye entre las mejores novelas árabes del siglo XX. Saleh utiliza en esta, como en otras de sus obras, el recurso de un narrador innominado que, en primera persona, relata los hechos como testigo o participante en los mismos. En este caso, el narrador vuelve de Londres después de realizar su doctorado, y descubre a un nuevo y enigmático habitante instalado con su familia en el pueblo: Mustafa Saíd, una figura que irá desvelando su terrible historia, a partir de confidencias hechas al narrador y, tras su repentina desaparición, de recuerdos evocados por Said en otros personajes, o de documentos dejados en la casa que habitaba.

El autor configura, así, una aproximación en forma de prisma a un personaje tan atractivo como letal, que recuerda, salvando las distancias de tiempo y estilo, a los héroes maléficos de Lord Byron. Época de migración al norte se desarrolla en un doble plano, el del presente en ese pequeño pueblo de la curva del Nilo, en el norte del Sudán, con personajes entrañables, como el abuelo del narrador o su amigo de la infancia, Mahchub; y el del pasado, en el frío Londres, donde Saíd, poseedor de una extraordinaria inteligencia, realizó una brillante carrera universitaria, llegando a ser profesor de economía y escritor. Al mismo tiempo, se reveló como un seductor insaciable, cuya insensibilidad provoca el suicidio de tres de sus amantes y la muerte de su primera esposa.

Tayebb Saleh consigue dotar a este personaje fatídico de un enorme interés, envolviéndolo en misterio y fascinación, gracias entre otras cosas, a una prosa exquisita, rica en imágenes poéticas. La novela, a pesar de su brevedad, ofrece de pasada algunas reflexiones paradójicas sobre el colonialismo y la corrupción de las nuevas clases dirigentes, y también una rápida panorámica de la vida rural del Sudán, en la que predomina un intenso machismo, responsable en buena medida de otro de los acontecimientos trágicos de la novela, acaecido tras el matrimonio forzado de Husna, la viuda de Saíd, con el septuagenario Wad-er-Rayes.

Como si se tratara de un cuento perverso de Las mil y una noches, esta espléndida novela, publicada en castellano por la editorial Huerga y Fierro, les cautivará con la belleza de su prosa y su intrigante argumento. Época de migración al norte de Tayebb Saleh.

Javier Aspiazu

Los raros. Lady sings the blues, las memorias de Billie Holiday

libro-lady-sings-the-blues“Mamá y papá eran un par de críos cuando se casaron. El tenía dieciocho años, ella dieciséis y yo tres.

Mamá trabajaba de criada en casa de una familia blanca. Cuando descubrieron que iba a tener un bebé, la echaron. La familia de papá también estuvo a punto de tener un ataque al enterarse. Era gente de buena sociedad y nunca había oído hablar de cosas semejantes en su barrio de East Baltimore.

Pero esos dos chicos eran pobres. Y cuando eres pobre creces deprisa.

Es un milagro que mi madre no fuera a parar al correccional y yo a la inclusa. Pero Sadie Fagan me quiso desde que yo sólo era un suave puntapié en sus costillas mientras ella fregaba suelos. Se presentó en el hospital e hizo un trato con la jefa. Le dijo que fregaría los suelos y atendería a las golfas que estaban allí para tener a sus hijos, costeando así su parte y la mía. Y lo cumplió. Aquel miércoles 7 de abril de 1915, cuando yo nací en Baltimore, mamá tenía trece años”.

Así comienza Lady sings the blues, las memorias de Billie Holiday. Redactadas en colaboración con el pianista y escritor William Dufty, que recogió fielmente el modo de expresarse lacónico y rotundo de Lady Day, como se conocía también a Billie Holiday, estas memorias, publicadas en 1956, solo tres años antes de su muerte, son el testimonio brutal de una vida atormentada, a pesar del éxito y la fama que gozó la cantante más expresiva de la historia del jazz.

Siempre hay parcelas que se ocultan en las autobiografías, pero Billie Holiday, nombre artístico de Eleonora Fagan, no nos ahorra detalles escabrosos. Desde la miseria inicial que la obligó a empezar a trabajar a los diez años, pasando por un intento de violación a la misma edad, el ejercicio de la prostitución de los 13 a los 15, que le acarreó su primera estancia en la cárcel, los comienzos como cantante en pequeños clubs para evitar ser desahuciada, episodios vergonzosos de discriminación racial cuando, tras interminables giras en autobús con las bandas de Count Basie y Artie Shaw, empezaba a ser ya una de las vocalistas más prestigiosas de la época y, por supuesto, sus torturadas relaciones amorosas. Consecuencia de una de ellas fue su adicción a la heroína, por cuyo consumo, entonces considerado delito, fue detenida y recluida en varias ocasiones. Afortunadamente, no todo son desgracias, y Holiday recoge también en sus memorias la capacidad para hechizar al público con su intensidad y dramatismo, y la génesis de las célebres canciones que nos legó en su faceta de compositora.

A modo de síntesis, les diré que Lady sings the blues reviste un triple interés: es, primero, una crónica vivaz de la época dorada del jazz (por el libro desfilan genios como Louis Armstrong, Duke Ellington, Benny Goodman o Lester Young, el amigo más entrañable de Billie); es, también, un testimonio del terrible racismo que sufrían los músicos negros; y por último, un alegato conmovedor, en las páginas finales, contra el trato puramente represivo que recibían los adictos a las drogas.

Un libro durísimo y apasionante, cuya descarnada sinceridad resulta tan afilada como la hoja de afeitar que aparece en la portada de la edición de Tusquets. Así son las memorias de Billie Holiday: Lady sings the blues.

Javier Aspiazu

Los raros. El peso falso, del extraordinario Joseph Roth

libro-el-peso-falso“Había una vez en el distrito de Zlotogrod un inspector llamado Anselm Eibenstchutz. Su función consistía en verficar las pesas y medidas de los vendedores de todo el distrito. Por ello, a intervalos determinados, Eibenstchutz va de una tienda a otra para examinar las varas, las balanzas y las pesas. Lo acompaña un guardia de la gendarmería armado de punta en blanco. De esa forma hace saber el Estado que está dispuesto a castigar a los falsarios, en caso necesario por las armas, siguiendo las Sagradas Escrituras que dicen que un falsario es lo mismo que un ladrón.”

Así comienza El peso falso de Joseph Roth. De entre todos los escritores surgidos en el seno del imperio austrohúngaro, que desarrollaron su labor en el periodo de entreguerras, cuando dicho imperio ya había desaparecido, es seguramente Joseph Roth el que mayor proyección ha alcanzado debido al encanto y a la calidad de su obra. Roth viajó por todo el continente ejerciendo de corresponsal, pero se sintió siempre desterrado de la Europa de su juventud (algo que se puede apreciar especialmente en su obra más conocida: La marcha Radetzky). Como un exiliado vivió, primero en Berlín y luego en París, donde creó un universo literario de excombatientes, refugiados, desertores, contrabandistas y humildes aldeanos judíos, que no ha perdido su vigencia e interés desde su temprana muerte a causa del alcohol en 1939.

Estos datos pueden servir como pistas para explicar el sentimiento de fatalidad y el ambiente patibulario, aunque el autor lo adorne con frecuentes toques líricos en la descripción de la naturaleza, predominantes en esta sorprendente novela de madurez que hoy comentamos, El peso falso, publicada en 1937.  Como en otras de sus obras, Roth sitúa la acción en un territorio fronterizo entre el imperio austro-húngaro y el ruso, donde el personaje protagonista, Anselm Eibenstchuz, antiguo suboficial del ejército austriaco desempeña sin mucha convicción el oficio  de inspector de pesas y medidas. Ha adoptado esta nueva profesión para contentar a su esposa, a la que realmente ya no ama, pero no deja de añorar la vida de cuartel, mucho más sencilla y ordenada. El pueblo de Zlotogrod está lleno de comerciantes falsarios que desconfían y se burlan de la autoridad, lo que pone en continuos aprietos al honesto y severo Eibentschutz. Para colmo, descubre que su mujer le engaña, con lo que su universo se desmorona. Encontrará consuelo a su amargura en la Taberna de la Frontera, dudoso establecimiento al que acuden los desertores del ejército ruso introducidos clandestinamente por el contrabandista Kapturak, personaje recurrente en la obra de Roth. En la taberna trabaja la hermosa gitana Euphemia, de la que el inspector se enamora, y desde ese momento, sus valores y su vida toda sufrirán una transformación radical.

Hasta ahí el argumento, en el que todavía abundan sorpresas y personajes pintorescos. Por lo que respecta al lenguaje, Roth se muestra como un consumado estilista, utilizando en ocasiones recursos poéticos como el de repetir frases, con variaciones graduales, para dar mayor  énfasis al texto. En general, su prosa es tersa y siempre fluida, con frases cortas, gráficas y efectivas, que hacen de la lectura un verdadero placer. Ediciones Siruela publicó en 2003 esta hermosa parábola sobre el trastorno a que puede inducir la pasión amorosa, cuyo título es El peso falso, de Joseph Roth.

Javier Aspiazu

Los raros. José Emilio Pacheco, el poeta y sus novelas

“Fue el año de la plibro-las-batallas-en-el-desiertooliomielitis: escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos; de la fiebre aftosa: en todo el país fusilaban por decenas de miles reses enfermas; de las inundaciones: el centro de la ciudad se convertía otra vez en laguna, la gente iba por las calles en lancha. Dicen que con la próxima tormenta estallará el Canal del Desagüe y anegará la capital. Qué importa, contestaba mi hermano, si bajo el régimen de Miguel Alemán ya vivimos hundidos en la mierda.

La cara del Señor presidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos. Adulación pública, insaciable maledicencia privada…”

Este es un fragmento de Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco. Más conocido por su extensa obra poética y periodística, que le hicieron merecedor del premio Cervantes en 2009, el mexicano José Emilio Pacheco dejó también un breve pero muy significativo conjunto de narraciones, entre ellas esta deliciosa novela corta que hoy comentamos, publicada originalmente en 1981.

Las batallas en el desierto es el recuerdo novelado del mundo de la infancia del autor en la colonia Roma, uno de los barrios más céntricos y representativos de la ciudad de México. A través de su alter ego, Carlos, un niño de nueve años en 1948, momento en que transcurre la mayor parte de la acción de la novela, Pacheco hace la crónica de un país en transición desde la revolución mexicana y la II Guerra Mundial, con todos sus traumas y decepciones todavía presentes, a la modernidad representada por la cultura pop y la avalancha de mercancías procedentes del vecino estadounidense.

El autor acumula referencias para contextualizar la época: marcas de coches, locuciones yanquis, títulos de películas o canciones, nombres de productos, alusiones a los conflictos internacionales (como esas “batallas en el desierto” entabladas entre niños de origen árabe y judío en el polvoriento patio del colegio de Carlos, emulando las que se producían en el recién creado estado de Israel); todo le sirve a Pacheco para lograr este milagro de síntesis. Para ofrecernos en menos de ochenta páginas la disolución de un mundo y la entrada en otro, tanto en el plano social como en el psicológico; porque al compás de la época también cambia la personalidad de Carlos, que a su tierna edad se enamora de Mariana, la madre de Jim, su mejor amigo, un amor de cuya imposibilidad él mismo es consciente. Vivencia intensa y amarga, con final imprevisto, que precipitará la pérdida del candor infantil de Carlos para dar paso a una dolorida pubertad.

Pacheco lo cuenta con hondura,  gracia y ligereza magistrales insertando los diálogos, coloquiales y extremadamente ágiles, en el curso de la narración. El resultado es una bellísimo evocación del primer amor y el mundo desaparecido de la infancia, de lectura absolutamente recomendable. Tusquets, en su edición de 2010, les permitirá disfrutar de esta pequeña joya titulada Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco.

Javier Aspiazu

Los raros. Luna caliente, del argentino Mempo Giardinelli

libro-luna-caliente“Sabía que iba a pasar; lo supo en cuanto la vio. Hacía muchos años que no volvía al Chaco y en medio de las emociones por los reencuentros, Araceli fue un deslumbramiento. Tenía el pelo negro, largo, grueso y un flequillo altivo que enmarcaba perfectamente su cara delgada, modiglianesca, en la que resaltaban sus ojos oscurísimos, brillantes, de mirada lánguida pero astuta. Flaca y de piernas muy largas, parecía a la vez azorada y orgullosa por esos pechitos que empezaban a aflorarle bajo la blusa blanca. Ramiro la miró y supo que habría problemas: Araceli no tenía más que trece años.”

Así comienza Luna caliente de Mempo Giardinelli. Perteneciente a esa portentosa generación de escritores argentinos nacidos en la década de los 40, entre los que se cuentan  Ricardo Piglia, Rodolfo Fogwill, Osvaldo Soriano o César Aira, Mempo Giardinelli ha obtenido algunos de sus mayores logros como novelista dentro del género negro. Y ésta que hoy comentamos, Luna caliente, la más conocida de sus obras, es un perfecto ejemplo de la maestría del autor utilizando las convenciones del género, adaptadas a la realidad argentina.

A lo largo de sus poco más de cien páginas, asistimos al retorno a la septentrional provincia del Chaco de Ramiro Bernárdez, un treintañero de familia acomodada que ha estudiado en París y vuelve para hacer carrera profesional, y quizá también política, en su país. Ambiciones que se truncarán como consecuencia de su relación con Araceli, una fascinadora lolita por quien se verá obligado a matar, mentir, y escapar al cercano Paraguay, abandonándolo todo.

Poco más puedo revelarles del argumento de una novela enmarcada en un ambiente húmedo y sofocante, iluminado por una inquietante luna llena, cuya acción transcurre en muy pocos días. Giardinelli, que utiliza un lenguaje de precisión milimétrica, sorprende al lector con inesperados giros narrativos y un final imprevisto que no se deben anticipar, propiciados por ese personaje enigmático, verdadero eje de la novela, que es Araceli, una lolita fatal, insaciable e indestructible (y puede que, con estos adjetivos, ya les esté dando demasiadas pistas).

Como toda buena novela negra, esta arroja también sus descargas de profundidad contra la sociedad del momento. La obra se encuadra temporalmente a  comienzos de la dictadura militar, y las autoridades policiales, aun teniendo la convicción de que Ramiro ha sido el autor del asesinato del padre de Araceli, están dispuestas a exculparle si les sirve políticamente. Una posibilidad que el cinismo dictatorial abre al angustiado Ramiro, antes de que todo se le complique definitivamente. Pero no solo eso, en tan breve texto, hay además espacio para reflexiones sobre la guerra de sexos y una sugerente evocación del segundo círculo del Infierno, aquel al que fueron arrojados, según la Divina Comedia de Dante, los poseídos por la lujuria.

Alianza Editorial, entre otras, les proporcionará el placer de leer esta excelente novela publicada originalmente en 1983, y ya en camino de convertirse en un clásico: Luna caliente de Mempo Giardinelli.

Javier Aspiazu

Los raros. El miedo, del francés Gabriel Chevalier

libro-el-miedo“Por encima de todo reinaba un clima que tenía algo de verbena, de motín, de catástrofe y de triunfo, un gran trastorno que embriagaba. Se había cambiado el curso diario de la vida. Los hombres dejaban de ser empleados, funcionarios, asalariados, subordinados, para convertirse en exploradores y en conquistadores. Al menos eso era lo que creían. Soñaban con el norte como si fuera una especie de América, de pampa, de selva virgen, con Alemania como si fuera un banquete, y con provincias devastadas, toneles agujereados, ciudades incendiadas, con el vientre blanco de las mujeres rubias de Germania, con botines inmensos, con todo aquello de lo que la vida habitualmente les privaba. Todos ponían su confianza en su destino, no pensaban en la muerte más que para los demás. En suma, la guerra no se presentaba nada mal bajo los auspicios del desorden”.

Este es un fragmento de El miedo del francés Gabriel Chevallier. De entre la diversidad de novelas sobre la primera guerra mundial, redactadas a lo largo del siglo pasado, quizá sea ésta la que mejor exponga y describa la sensación física que le da título, ese miedo omnipresente durante el conflicto, que se vuelve abrumador ante la inminencia de un ataque a cielo abierto sorteando obuses, metralla y cuerpos desgarrados. En contraste con la otra gran novela francesa sobre la I Guerra Mundial, El fuego de Henri Barbusse, que describe la vida colectiva de una escuadra (un pequeño grupo de soldados comandado por un cabo), la visión que nos ofrece Chevallier, en primera persona, es netamente individualista.

En El miedo, publicada originalmente en 1930, el joven Jean Dartemont, alter ego del autor, parte voluntario al frente creyendo que va a vivir una gran aventura, contagiado del clima general descrito en el párrafo del comienzo. Sin embargo, sus terribles experiencias a lo largo de los casi cuatro años que permanece en activo, entre 1915 y 1918,  acaban con cualquier visión romántica de la guerra. Si en una ocasión está a punto de morir alcanzado por la metralla, en otra, asaltando una trinchera, atraviesa con su bayoneta el cuerpo de un enemigo. Sufre hambre, sed, frío y piojos en abundancia. Y por encima de todo, miedo. Como dice el autor en el prefacio a la edición de 1951, “hablar de la guerra sin hablar del miedo, sin ponerlo en primer plano, hubiera sido un camelo”.

Sin embargo, lo más valioso del testimonio de Chevallier, escrito con una soltura y un espíritu crítico encomiables, reside en comprobar que la causa de ese miedo se encontraba muy a menudo en la irresponsabilidad criminal o en la cobardía de sus propios superiores, los militares y políticos al mando, empeñados en alcanzar la gloria y en minimizar las carnicerías continuas e inútiles que produjeron sus insensatas decisiones. Este duro aprendizaje y las conversaciones con el sarcástico sargento Negre harán del joven Dartemont un incrédulo para el resto de su vida.

Ediciones Acantilado vertió al castellano en 2009 este ácido y rotundo alegato contra la guerra: El miedo de Gabriel Chevallier.

Javier Aspiazu