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Los raros. La Monta√Īa An√°loga de Ren√© Daumal

‚ÄúUna escritura desconocida, en un sobre, dio origen a todo lo que voy a contar. Esos rasgos a pluma que trazaban mi nombre‚Ķ conten√≠an una sinuosa mezcla de violencia y dulzura… Por eso, no sabr√≠a decir, si al abrir la carta, el efecto que me produjo fue el de una estimulante bocanada de aire fresco o el de una desagradable corriente de aire.

La misma escritura, r√°pida e igual, explicaba todo de un tir√≥n: ‚ÄúSe√Īor, he le√≠do su art√≠culo sobre la Monta√Īa An√°loga, hasta ahora cre√≠a ser el √ļnico en estar convencido de su existencia. Hoy somos dos, ma√Īana seremos diez, quiz√° m√°s, y podremos intentar la expedici√≥n. Es indispensable que entremos en contacto lo m√°s r√°pidamente posible. Telefon√©eme en cuanto pueda a uno de los n√ļmeros siguientes. Le espero‚ÄĚ.

As√≠ comienza La Monta√Īa An√°loga, de Ren√© Daumal. Un libro que nos sirve para recordar a un autor franc√©s de vida breve e intensa, apenas 36 a√Īos; fil√≥sofo de formaci√≥n y traductor de textos s√°nscritos, Ren√© Daumal fund√≥ en su temprana juventud la revista po√©tica Le grand Jeu, cercana al surrealismo de Bret√≥n, del que lo separaba su inter√©s por el ocultismo y las religiones orientales. Adem√°s de art√≠culos y obras filos√≥ficas, escribi√≥ un libro de versos y otra novela La gran borrachera, antes de abordar, padeciendo ya tuberculosis, la obra que hoy recordamos¬† La Monta√Īa An√°loga, publicada de forma p√≥stuma en 1952. Novela forzosamente corta, que los azares de la II Guerra Mundial y la mala salud de su autor dejar√≠an inacabada.

Daumal imagina a un grupo de intelectuales, especialistas en diversas ramas del saber, con la afici√≥n com√ļn del alpinismo y la convicci√≥n compartida de la existencia de una monta√Īa m√°s alta que las del Himalaya, la Monta√Īa An√°loga, invisible a simple vista y en cuya cima se encuentra la respuesta al porqu√© de la existencia. Juntos formar√°n equipo y comandados por el sabio inventor Pierre Sogol, partir√°n, a bordo de El Imposible, en su incierta b√ļsqueda. Aprovechando la luz del ocaso en el poniente de la isla, √ļnico momento en que es visible, arribar√°n al Puerto de los Monos e iniciar√°n una lenta ascensi√≥n que se entrevera con mitos y cuentos simb√≥licos, como el de los hombres huecos o el del tetraedro y la esfera, peque√Īas perlas de sabidur√≠a en un texto fascinante. Texto que, probablemente, fuera la principal fuente de inspiraci√≥n de La Monta√Īa Sagrada, una de las mejores pel√≠culas de Alejandro Jodorowski.

Pero volviendo a la novela, La Monta√Īa An√°loga ofrece al lector una seductora mezcla de alpinismo y misticismo, de avidez intelectual y b√ļsqueda espiritual, de novela de aventuras fant√°sticas ‚Äďentre Stevenson y Verne– y texto inici√°tico. Alguien dir√≠a que √©sta hab√≠a de ser una obra inacabada por razones obvias, como son la imposibilidad de conocer lo inefable, el misterio √ļltimo del Todo: una empresa desmesurada, por encima de las fuerzas humanas. Sin embargo, las notas finales, a√Īadidas al texto, nos hacen pensar que la empresa no ser√≠a en balde y que los aventureros saldr√≠an transformados de la experiencia. Sea como sea, esto es algo que ustedes mismos deben apreciar disfrutando de la inteligencia y del gran talento narrativo del autor.

Entre otras ediciones, la de Alfaguara, les permitir√° conocer¬† esta peque√Īa maravilla titulada La Monta√Īa An√°loga, de Ren√© Daumal.

Javier Aspiazu

Los raros. La cucaracha de la que escribió Clarice Lispector

‚Äú…Estoy buscando, estoy buscando. Intento comprender. Intento dar a alguien lo que he vivido y no s√© a qui√©n, pero no puedo quedarme con lo que he vivido. No s√© qu√© hacer con ello, tengo miedo de esa desorganizaci√≥n profunda. Desconfi√≥ de lo que me ocurri√≥. ¬ŅMe sucedi√≥ algo que quiz√°, por el hecho de no saber c√≥mo vivir, viv√≠ como si fuese otra cosa? A eso querr√≠a llamarlo desorganizaci√≥n, y tendr√≠a yo la seguridad para aventurarme, porque sabr√≠a despu√©s a d√≥nde volver: a la organizaci√≥n primitiva. A eso prefiero llamarlo desorganizaci√≥n, porque no quiero confirmarme en lo que viv√≠: en la confirmaci√≥n de m√≠ perder√≠a el mundo tal como lo ten√≠a; y s√© que no tengo capacidad para otro‚ÄĚ.

As√≠ comienza La pasi√≥n seg√ļn G.H., de Clarice Lispector. El objetivo de todos los grandes creadores en cualquier rama del arte es encontrar una voz propia, y en literatura hay pocos escritores que lo hayan conseguido. Entre ellos se encuentra sin duda la brasile√Īa, de origen ucraniano, Clarice Lispector, que en poco m√°s de medio siglo de vida (1925-1977) renov√≥ la prosa en portugu√©s con su estilo inimitable y l√≠rico, de asombrosa profundidad. Una de sus novelas m√°s celebradas por la cr√≠tica esta La pasi√≥n seg√ļn G.H., publicada en 1964: texto complejo y divagatorio, como pocos haya tenido oportunidad de leer. Muchas de sus afirmaciones, casi aforismos, me han recordado los tratados de filosof√≠a existencialista, tan en boga en el momento de su publicaci√≥n.

Y sin embargo, la ins√≥lita historia que nos cuenta esa dama burguesa de la que solo conocemos sus iniciales, G.H., puede resumirse en breves l√≠neas. Al penetrar en la habitaci√≥n vac√≠a de una criada que ya no trabaja en su piso, con intenci√≥n de limpiarla, descubre en un armario una lustrosa cucaracha. Esta visi√≥n de lo inmundo, como lo llama ella, sit√ļa a la narradora en un estado de schock aterrado, pero tambi√©n frente a un inesperado espejo cat√°rtico que provoca el reconocimiento de la falsedad de su vida, y la obliga a enfrentar el presente, lo inmediato, lo menos adornado por las falsas esperanzas y proyecciones al futuro que caracterizaban su vida hasta entonces. Dejando la primera persona, la narradora se dirige en ocasiones a un t√ļ, que es un supuesto amante. G.H. repasa as√≠ los momentos cruciales de su vida, su aborto, reflexiona sobre el amor, e incluso, identific√°ndose con la cucaracha, se lanza a un viaje al remoto pasado de la vida en nuestro planeta. Esta identificaci√≥n con lo neutro, con las fuentes primordiales de la existencia, culmina con la ingesti√≥n de la cucaracha, especie de ‚Äúeucarist√≠a‚ÄĚ con lo inhumano de la que sale fortalecida para aceptar la vida con pasi√≥n renovada.

Pero tanto o m√°s que el ins√≥lito argumento, asombra el estilo. La sucesi√≥n de epifan√≠as, de revelaciones sobre s√≠ misma, a las que asistimos con G.H. est√°n engarzadas de una forma intrigante, con un lenguaje l√≥gico, inspirado y urgente, que nos asombra por su potencia expresiva y su rigor anal√≠tico. ¬†Solo queda advertir a la audiencia que esta ¬Ņnovela?, por llamar de alguna manera a este intenso mon√≥logo, necesita de lectores avanzados, almas ya formadas como dec√≠a la autora, capaces de apreciar la prosa po√©tica y la introspecci√≥n filos√≥fica de una escritora incomparable.

La pasi√≥n seg√ļn G. H. de Clarice Lispector la podemos encontrar en Editorial Siruela.

 Javier Aspiazu

Los raros. La Lorena franco-alemana de Erckmann-Chatrian

“Mi tío Zacharias es el ser más curioso que he visto en mi vida. Imaginaos a un hombrecillo bajo, coloradote, gordinflón, tripudo como un odre y de nariz respingona: ese es el retrato de mi tío Zacharias. El buen hombre era calvo como una bola de billar. Solía llevar unos gruesos lentes redondos y un gorrito de seda negra que apenas le tapaba la coronilla y parte de la nuca.

A mi querido t√≠o le encantaba re√≠rse; tambi√©n le encantaban el pavo relleno, el pat√© de h√≠gado y el viejo -vino- johannisberg, pero lo que m√°s le gustaba en el mundo era la m√ļsica. Zacharias M√ľller hab√≠a nacido m√ļsico por la gracia de Dios, como otros nacen rusos o franceses. Tocaba todos los instrumentos con una facilidad pasmosa. No se entend√≠a vi√©ndolo tan c√°ndido y bonach√≥n, que tanta alegr√≠a, br√≠o y entusiasmo pudiera animar a un personaje como aquel.

As√≠ hizo Dios al ruise√Īor, glot√≥n, curioso y cantar√≠n: mi t√≠o era ruise√Īor.‚ÄĚ

As√≠ comienza El r√©quiem del cuervo, uno de los ocho relatos que integran los Cuentos de las orillas del Rin, de Erckmann-Chatrian. Recordamos a una pareja de autores de la Lorena francesa, de enorme √©xito en la segunda mitad del siglo XIX. Sus apellidos asociados han pasado a la historia de la literatura. Pero seg√ļn cuentan las cr√≥nicas, era Emile Erckmann quien escrib√≠a realmente mientras Alexandre Chatrian ejerc√≠a de corrector y agente literario. A lo largo de su colaboraci√≥n, que dur√≥ cuarenta a√Īos, publicaron una obra prol√≠fica y variada. Algunos t√≠tulos son hoy cl√°sicos, como El amigo Fritz, la m√°s c√©lebre de sus novelas cortas, un delicioso canto al amor y a la tolerancia entre credos y religiones. O sus celebrados Cuentos fant√°sticos, algunos de ellos alabados por Lovecraft, y de los que aparecieron varios vol√ļmenes.

Estos que hoy les recomendamos, Cuentos de las orillas del Rin se publicaron en 1862, y tambi√©n dos de ellos entran en el terreno de lo sobrenatural o directamente fant√°stico: Lo blanco y lo negro y Hans el cabalista. En el resto hay tambi√©n alg√ļn misterio que altera la vida pl√°cida de los peque√Īos pueblos y ciudades que ba√Īa el r√≠o Rin, desde el sur de Alemania hasta Holanda. Las descripciones son pintorescas, mostrando a menudo una concepci√≥n l√ļdica de la vida, y personajes que se caracterizan por la glotoner√≠a, el sentido del humor y una gran afici√≥n a la bebida y a fumar en pipa. As√≠ se puede apreciar en los titulados El canto del vino y La pesca milagrosa. Como excepci√≥n La ladrona de ni√Īos, tiene un aire decididamente siniestro, y el m√°s destacado del conjunto, El r√©quiem del cuervo, combina todos estos elementos, las descripciones v√≠vidas y amenas y el planteamiento casi humor√≠stico, con una deriva siniestra que da lugar a un ir√≥nico final.

Es curioso comprobar c√≥mo proceder de la Lorena, regi√≥n siempre disputada entre Francia y Alemania, hizo de Erckmann y Chatrian escritores fronterizos, de expresi√≥n francesa, pero ambientaci√≥n casi siempre alemana. Su recreaci√≥n de la naturaleza y de la vida en estas peque√Īas comunidades germanas, con sus burgomaestres, artesanos, m√ļsicos, taberneros, animales dom√©sticos, etc., est√° llena de encanto, y como dice Javier Mar√≠as en la nota previa ‚Äúa√ļn procuran diversi√≥n -y lo que es m√°s sorprendente- una especie de consuelo‚ÄĚ.

La preciosa edición de Reino de la Redonda, que sería perfecta de incluir alguna nota aclaratoria, les ofrece una traducción impecable de estos Cuentos de las orillas del Rin de Erckmann-Chatrian.

Javier Aspiazu

Los raros. La convivencialidad, de Iv√°n Illich

‚ÄúDebemos constituir ‚Äďy gracias a los progresos cient√≠ficos lo podemos hacer- una sociedad post-industrial en que el ejercicio de la creatividad de una persona no imponga jam√°s a otra, un trabajo, un conocimiento o un consumo obligatorio. En la era de la tecnolog√≠a cient√≠fica, solamente una estructura convivencial de la herramienta puede conjugar la supervivencia y la equidad. La equidad exige que, a un tiempo, se compartan el poder y el haber. Si bien la carrera por la energ√≠a conduce al holocausto, la centralizaci√≥n del control de la energ√≠a en manos de un leviat√°n burocr√°tico sacrificar√≠a el control igualitario de la misma a la ficci√≥n de una distribuci√≥n equitativa de los productos obtenidos… Para ser posible dentro de la equidad, la supervivencia exige sacrificios y postula una elecci√≥n. Exige una renuncia general a la sobrepoblaci√≥n, la sobreabundancia y al superpoder, ya se trate de individuos o de grupos‚ÄĚ.

Estos son fragmentos de La convivencialidad de Iv√°n Illich. Ensayista austriaco establecido en M√©xico, de ampl√≠sima formaci√≥n intelectual, Iv√°n Illich ejerci√≥ como sacerdote y profesor universitario antes de secularizarse y dedicarse por completo al an√°lisis cr√≠tico de la sociedad contempor√°nea. Probablemente m√°s conocido para el gran p√ļblico por La sociedad desescolarizada, el c√©lebre ensayo que dedic√≥ a la instituci√≥n educativa, su abanico de intereses fue muy diverso, y tambi√©n se extendi√≥ al estamento m√©dico, con otro pol√©mico libro titulado N√©mesis m√©dica o a la gesti√≥n igualitaria de la energ√≠a, que abord√≥ en Energ√≠a y equidad.

Pero sin duda, el t√≠tulo que hoy les proponemos, La convivencialidad, publicado en 1973, es su obra m√°s importante, aquella en la que expone las fallas de nuestra sociedad y propone alternativas para transformarla. A su juicio, vivimos en una sociedad burocratizada en la que el saber se confunde con el curr√≠culum acad√©mico, el cuidado de la salud con la instituci√≥n m√©dica o el ejercicio del poder con la actividad pol√≠tica, convirtiendo a la poblaci√≥n en in√ļtil y dependiente en todos estos campos. Adem√°s, el objetivo de esta civilizaci√≥n es el crecimiento ilimitado de la producci√≥n industrial y, por lo tanto, est√° condenada al agotamiento energ√©tico y a la autodestrucci√≥n.

Frente a ella, Illich propone una sociedad desprofesionalizada en la que todos compartamos el poder y el saber. Y plantea alternativas para la supervivencia, que a su juicio, pasan por el control demográfico y la adopción de formas de producción alternativas a la industrial, que utilicen herramientas convivenciales: una tecnología a escala humana que, en lugar de avasallar y programar al individuo, saque el mejor partido de nuestra energía e imaginación, fomentando la autonomía y expandiendo el radio de acción personal.

Escrito por uno de los pensadores m√°s l√ļcidos del siglo XX, este ensayo imprescindible, adelantado a los planteamientos ecologistas m√°s consecuentes y a la teor√≠a del decrecimiento, nos propone, en definitiva, todo un programa de acci√≥n para iniciar la transici√≥n social y energ√©tica, que nos espera en las pr√≥ximas d√©cadas, si queremos preservar la vida en el planeta en el marco de una sociedad equitativa. La convivencialidad de Iv√°n Illich.

Javier Aspiazu

Los raros. √Čpoca de migraci√≥n al norte, de Tayyeb Saleh

‚ÄúTras una larga ausencia, se√Īores, volv√≠ junto a mi gente. Fueron exactamente siete a√Īos los que pas√© estudiando en Europa. Aprend√≠ muchas cosas y otras muchas me quedaron por aprender, pero esa es otra cuesti√≥n. Lo importante es que volv√≠ con un ardiente deseo de encontrarme con los m√≠os en ese pueblecito de la curva del Nilo. ¬°Siete a√Īos ech√°ndolos de menos y so√Īando con ellos y, al volver, fue maravilloso encontrarme de nuevo realmente all√≠! Se alegraron mucho al verme y armaron un gran alboroto a mi alrededor cuando llegu√© y en seguida sent√≠ que empezaba a derretirse el hielo de mi coraz√≥n, como si hubiera pasado mucho fr√≠o y de repente el sol me calentara‚ÄĚ.

As√≠ comienza √Čpoca de migraci√≥n al norte de Tayyeb Saleh. Publicada originalmente en 1966, la segunda novela de este escritor sudan√©s en lengua √°rabe se ha convertido en la m√°s famosa y reconocida de su producci√≥n, y a menudo se la incluye entre las mejores novelas √°rabes del siglo XX. Saleh utiliza en esta, como en otras de sus obras, el recurso de un narrador innominado que, en primera persona, relata los hechos como testigo o participante en los mismos. En este caso, el narrador vuelve de Londres despu√©s de realizar su doctorado, y descubre a un nuevo y enigm√°tico habitante instalado con su familia en el pueblo: Mustafa Sa√≠d, una figura que ir√° desvelando su terrible historia, a partir de confidencias hechas al narrador y, tras su repentina desaparici√≥n, de recuerdos evocados por Said en otros personajes, o de documentos dejados en la casa que habitaba.

El autor configura, as√≠, una aproximaci√≥n en forma de prisma a un personaje tan atractivo como letal, que recuerda, salvando las distancias de tiempo y estilo, a los h√©roes mal√©ficos de Lord Byron. √Čpoca de migraci√≥n al norte se desarrolla en un doble plano, el del presente en ese peque√Īo pueblo de la curva del Nilo, en el norte del Sud√°n, con personajes entra√Īables, como el abuelo del narrador o su amigo de la infancia, Mahchub; y el del pasado, en el fr√≠o Londres, donde Sa√≠d, poseedor de una extraordinaria inteligencia, realiz√≥ una brillante carrera universitaria, llegando a ser profesor de econom√≠a y escritor. Al mismo tiempo, se revel√≥ como un seductor insaciable, cuya insensibilidad provoca el suicidio de tres de sus amantes y la muerte de su primera esposa.

Tayebb Saleh consigue dotar a este personaje fatídico de un enorme interés, envolviéndolo en misterio y fascinación, gracias entre otras cosas, a una prosa exquisita, rica en imágenes poéticas. La novela, a pesar de su brevedad, ofrece de pasada algunas reflexiones paradójicas sobre el colonialismo y la corrupción de las nuevas clases dirigentes, y también una rápida panorámica de la vida rural del Sudán, en la que predomina un intenso machismo, responsable en buena medida de otro de los acontecimientos trágicos de la novela, acaecido tras el matrimonio forzado de Husna, la viuda de Saíd, con el septuagenario Wad-er-Rayes.

Como si se tratara de un cuento perverso de Las mil y una noches, esta espl√©ndida novela, publicada en castellano por la editorial Huerga y Fierro, les cautivar√° con la belleza de su prosa y su intrigante argumento. √Čpoca de migraci√≥n al norte de Tayebb Saleh.

Javier Aspiazu

Los raros. Lady sings the blues, las memorias de Billie Holiday

libro-lady-sings-the-blues‚ÄúMam√° y pap√° eran un par de cr√≠os cuando se casaron. El ten√≠a dieciocho a√Īos, ella diecis√©is y yo tres.

Mamá trabajaba de criada en casa de una familia blanca. Cuando descubrieron que iba a tener un bebé, la echaron. La familia de papá también estuvo a punto de tener un ataque al enterarse. Era gente de buena sociedad y nunca había oído hablar de cosas semejantes en su barrio de East Baltimore.

Pero esos dos chicos eran pobres. Y cuando eres pobre creces deprisa.

Es un milagro que mi madre no fuera a parar al correccional y yo a la inclusa. Pero Sadie Fagan me quiso desde que yo s√≥lo era un suave puntapi√© en sus costillas mientras ella fregaba suelos. Se present√≥ en el hospital e hizo un trato con la jefa. Le dijo que fregar√≠a los suelos y atender√≠a a las golfas que estaban all√≠ para tener a sus hijos, costeando as√≠ su parte y la m√≠a. Y lo cumpli√≥. Aquel mi√©rcoles 7 de abril de 1915, cuando yo nac√≠ en Baltimore, mam√° ten√≠a trece a√Īos‚ÄĚ.

As√≠ comienza Lady sings the blues, las memorias de Billie Holiday. Redactadas en colaboraci√≥n con el pianista y escritor William Dufty, que recogi√≥ fielmente el modo de expresarse lac√≥nico y rotundo de Lady Day, como se conoc√≠a tambi√©n a Billie Holiday, estas memorias, publicadas en 1956, solo tres a√Īos antes de su muerte, son el testimonio brutal de una vida atormentada, a pesar del √©xito y la fama que goz√≥ la cantante m√°s expresiva de la historia del jazz.

Siempre hay parcelas que se ocultan en las autobiograf√≠as, pero Billie Holiday, nombre art√≠stico de Eleonora Fagan, no nos ahorra detalles escabrosos. Desde la miseria inicial que la oblig√≥ a empezar a trabajar a los diez a√Īos, pasando por un intento de violaci√≥n a la misma edad, el ejercicio de la prostituci√≥n de los 13 a los 15, que le acarre√≥ su primera estancia en la c√°rcel, los comienzos como cantante en peque√Īos clubs para evitar ser desahuciada, episodios vergonzosos de discriminaci√≥n racial cuando, tras interminables giras en autob√ļs con las bandas de Count Basie y Artie Shaw, empezaba a ser ya una de las vocalistas m√°s prestigiosas de la √©poca y, por supuesto, sus torturadas relaciones amorosas. Consecuencia de una de ellas fue su adicci√≥n a la hero√≠na, por cuyo consumo, entonces considerado delito, fue detenida y recluida en varias ocasiones. Afortunadamente, no todo son desgracias, y Holiday recoge tambi√©n en sus memorias la capacidad para hechizar al p√ļblico con su intensidad y dramatismo, y la g√©nesis de las c√©lebres canciones que nos leg√≥ en su faceta de compositora.

A modo de s√≠ntesis, les dir√© que Lady sings the blues reviste un triple inter√©s: es, primero, una cr√≥nica vivaz de la √©poca dorada del jazz (por el libro desfilan genios como Louis Armstrong, Duke Ellington, Benny Goodman o Lester Young, el amigo m√°s entra√Īable de Billie); es, tambi√©n, un testimonio del terrible racismo que sufr√≠an los m√ļsicos negros; y por √ļltimo, un alegato conmovedor, en las p√°ginas finales, contra el trato puramente represivo que recib√≠an los adictos a las drogas.

Un libro durísimo y apasionante, cuya descarnada sinceridad resulta tan afilada como la hoja de afeitar que aparece en la portada de la edición de Tusquets. Así son las memorias de Billie Holiday: Lady sings the blues.

Javier Aspiazu

Los raros. El peso falso, del extraordinario Joseph Roth

libro-el-peso-falso‚ÄúHab√≠a una vez en el distrito de Zlotogrod un inspector llamado Anselm Eibenstchutz. Su funci√≥n consist√≠a en verficar las pesas y medidas de los vendedores de todo el distrito. Por ello, a intervalos determinados, Eibenstchutz va de una tienda a otra para examinar las varas, las balanzas y las pesas. Lo acompa√Īa un guardia de la gendarmer√≠a armado de punta en blanco. De esa forma hace saber el Estado que est√° dispuesto a castigar a los falsarios, en caso necesario por las armas, siguiendo las Sagradas Escrituras que dicen que un falsario es lo mismo que un ladr√≥n.‚ÄĚ

As√≠ comienza El peso falso de Joseph Roth. De entre todos los escritores surgidos en el seno del imperio austroh√ļngaro, que desarrollaron su labor en el periodo de entreguerras, cuando dicho imperio ya hab√≠a desaparecido, es seguramente Joseph Roth el que mayor proyecci√≥n ha alcanzado debido al encanto y a la calidad de su obra. Roth viaj√≥ por todo el continente ejerciendo de corresponsal, pero se sinti√≥ siempre desterrado de la Europa de su juventud (algo que se puede apreciar especialmente en su obra m√°s conocida: La marcha Radetzky). Como un exiliado vivi√≥, primero en Berl√≠n y luego en Par√≠s, donde cre√≥ un universo literario de excombatientes, refugiados, desertores, contrabandistas y humildes aldeanos jud√≠os, que no ha perdido su vigencia e inter√©s desde su temprana muerte a causa del alcohol en 1939.

Estos datos pueden servir como pistas para explicar el sentimiento de fatalidad y el ambiente patibulario, aunque el autor lo adorne con frecuentes toques l√≠ricos en la descripci√≥n de la naturaleza, predominantes en esta sorprendente novela de madurez que hoy comentamos, El peso falso, publicada en 1937.¬† Como en otras de sus obras, Roth sit√ļa la acci√≥n en un territorio fronterizo entre el imperio austro-h√ļngaro y el ruso, donde el personaje protagonista, Anselm Eibenstchuz, antiguo suboficial del ej√©rcito austriaco desempe√Īa sin mucha convicci√≥n el oficio¬† de inspector de pesas y medidas. Ha adoptado esta nueva profesi√≥n para contentar a su esposa, a la que realmente ya no ama, pero no deja de a√Īorar la vida de cuartel, mucho m√°s sencilla y ordenada. El pueblo de Zlotogrod est√° lleno de comerciantes falsarios que desconf√≠an y se burlan de la autoridad, lo que pone en continuos aprietos al honesto y severo Eibentschutz. Para colmo, descubre que su mujer le enga√Īa, con lo que su universo se desmorona. Encontrar√° consuelo a su amargura en la Taberna de la Frontera, dudoso establecimiento al que acuden los desertores del ej√©rcito ruso introducidos clandestinamente por el contrabandista Kapturak, personaje recurrente en la obra de Roth. En la taberna trabaja la hermosa gitana Euphemia, de la que el inspector se enamora, y desde ese momento, sus valores y su vida toda sufrir√°n una transformaci√≥n radical.

Hasta ahí el argumento, en el que todavía abundan sorpresas y personajes pintorescos. Por lo que respecta al lenguaje, Roth se muestra como un consumado estilista, utilizando en ocasiones recursos poéticos como el de repetir frases, con variaciones graduales, para dar mayor  énfasis al texto. En general, su prosa es tersa y siempre fluida, con frases cortas, gráficas y efectivas, que hacen de la lectura un verdadero placer. Ediciones Siruela publicó en 2003 esta hermosa parábola sobre el trastorno a que puede inducir la pasión amorosa, cuyo título es El peso falso, de Joseph Roth.

Javier Aspiazu

Los raros. José Emilio Pacheco, el poeta y sus novelas

‚ÄúFue el a√Īo de la plibro-las-batallas-en-el-desiertooliomielitis: escuelas llenas de ni√Īos con aparatos ortop√©dicos; de la fiebre aftosa: en todo el pa√≠s fusilaban por decenas de miles reses enfermas; de las inundaciones: el centro de la ciudad se convert√≠a otra vez en laguna, la gente iba por las calles en lancha. Dicen que con la pr√≥xima tormenta estallar√° el Canal del Desag√ľe y anegar√° la capital. Qu√© importa, contestaba mi hermano, si bajo el r√©gimen de Miguel Alem√°n ya vivimos hundidos en la mierda.

La cara del Se√Īor presidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegor√≠as del progreso con Miguel Alem√°n como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos. Adulaci√≥n p√ļblica, insaciable maledicencia privada‚Ķ‚ÄĚ

Este es un fragmento de Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco. Más conocido por su extensa obra poética y periodística, que le hicieron merecedor del premio Cervantes en 2009, el mexicano José Emilio Pacheco dejó también un breve pero muy significativo conjunto de narraciones, entre ellas esta deliciosa novela corta que hoy comentamos, publicada originalmente en 1981.

Las batallas en el desierto es el recuerdo novelado del mundo de la infancia del autor en la colonia Roma, uno de los barrios m√°s c√©ntricos y representativos de la ciudad de M√©xico. A trav√©s de su alter ego, Carlos, un ni√Īo de nueve a√Īos en 1948, momento en que transcurre la mayor parte de la acci√≥n de la novela, Pacheco hace la cr√≥nica de un pa√≠s en transici√≥n desde la revoluci√≥n mexicana y la II Guerra Mundial, con todos sus traumas y decepciones todav√≠a presentes, a la modernidad representada por la cultura pop y la avalancha de mercanc√≠as procedentes del vecino estadounidense.

El autor acumula referencias para contextualizar la √©poca: marcas de coches, locuciones yanquis, t√≠tulos de pel√≠culas o canciones, nombres de productos, alusiones a los conflictos internacionales (como esas ‚Äúbatallas en el desierto‚ÄĚ entabladas entre ni√Īos de origen √°rabe y jud√≠o en el polvoriento patio del colegio de Carlos, emulando las que se produc√≠an en el reci√©n creado estado de Israel); todo le sirve a Pacheco para lograr este milagro de s√≠ntesis. Para ofrecernos en menos de ochenta p√°ginas la disoluci√≥n de un mundo y la entrada en otro, tanto en el plano social como en el psicol√≥gico; porque al comp√°s de la √©poca tambi√©n cambia la personalidad de Carlos, que a su tierna edad se enamora de Mariana, la madre de Jim, su mejor amigo, un amor de cuya imposibilidad √©l mismo es consciente. Vivencia intensa y amarga, con final imprevisto, que precipitar√° la p√©rdida del candor infantil de Carlos para dar paso a una dolorida pubertad.

Pacheco lo cuenta con hondura,¬† gracia y ligereza magistrales insertando los di√°logos, coloquiales y extremadamente √°giles, en el curso de la narraci√≥n. El resultado es una bell√≠simo evocaci√≥n del primer amor y el mundo desaparecido de la infancia, de lectura absolutamente recomendable. Tusquets, en su edici√≥n de 2010, les permitir√° disfrutar de esta peque√Īa joya titulada Las batallas en el desierto de Jos√© Emilio Pacheco.

Javier Aspiazu

Los raros. Luna caliente, del argentino Mempo Giardinelli

libro-luna-caliente‚ÄúSab√≠a que iba a pasar; lo supo en cuanto la vio. Hac√≠a muchos a√Īos que no volv√≠a al Chaco y en medio de las emociones por los reencuentros, Araceli fue un deslumbramiento. Ten√≠a el pelo negro, largo, grueso y un flequillo altivo que enmarcaba perfectamente su cara delgada, modiglianesca, en la que resaltaban sus ojos oscur√≠simos, brillantes, de mirada l√°nguida pero astuta. Flaca y de piernas muy largas, parec√≠a a la vez azorada y orgullosa por esos pechitos que empezaban a aflorarle bajo la blusa blanca. Ramiro la mir√≥ y supo que habr√≠a problemas: Araceli no ten√≠a m√°s que trece a√Īos.‚ÄĚ

Así comienza Luna caliente de Mempo Giardinelli. Perteneciente a esa portentosa generación de escritores argentinos nacidos en la década de los 40, entre los que se cuentan  Ricardo Piglia, Rodolfo Fogwill, Osvaldo Soriano o César Aira, Mempo Giardinelli ha obtenido algunos de sus mayores logros como novelista dentro del género negro. Y ésta que hoy comentamos, Luna caliente, la más conocida de sus obras, es un perfecto ejemplo de la maestría del autor utilizando las convenciones del género, adaptadas a la realidad argentina.

A lo largo de sus poco m√°s de cien p√°ginas, asistimos al retorno a la septentrional provincia del Chaco de Ramiro Bern√°rdez, un treinta√Īero de familia acomodada que ha estudiado en Par√≠s y vuelve para hacer carrera profesional, y quiz√° tambi√©n pol√≠tica, en su pa√≠s. Ambiciones que se truncar√°n como consecuencia de su relaci√≥n con Araceli, una fascinadora lolita por quien se ver√° obligado a matar, mentir, y escapar al cercano Paraguay, abandon√°ndolo todo.

Poco m√°s puedo revelarles del argumento de una novela enmarcada en un ambiente h√ļmedo y sofocante, iluminado por una inquietante luna llena, cuya acci√≥n transcurre en muy pocos d√≠as. Giardinelli, que utiliza un lenguaje de precisi√≥n milim√©trica, sorprende al lector con inesperados giros narrativos y un final imprevisto que no se deben anticipar, propiciados por ese personaje enigm√°tico, verdadero eje de la novela, que es Araceli, una lolita fatal, insaciable e indestructible (y puede que, con estos adjetivos, ya les est√© dando demasiadas pistas).

Como toda buena novela negra, esta arroja tambi√©n sus descargas de profundidad contra la sociedad del momento. La obra se encuadra temporalmente a¬† comienzos de la dictadura militar, y las autoridades policiales, aun teniendo la convicci√≥n de que Ramiro ha sido el autor del asesinato del padre de Araceli, est√°n dispuestas a exculparle si les sirve pol√≠ticamente. Una posibilidad que el cinismo dictatorial abre al angustiado Ramiro, antes de que todo se le complique definitivamente. Pero no solo eso, en tan breve texto, hay adem√°s espacio para reflexiones sobre la guerra de sexos y una sugerente evocaci√≥n del segundo c√≠rculo del Infierno, aquel al que fueron arrojados, seg√ļn la Divina Comedia de Dante, los pose√≠dos por la lujuria.

Alianza Editorial, entre otras, les proporcionar√° el placer de leer esta excelente novela publicada originalmente en 1983, y ya en camino de convertirse en un cl√°sico: Luna caliente de Mempo Giardinelli.

Javier Aspiazu

Los raros. El miedo, del francés Gabriel Chevalier

libro-el-miedo‚ÄúPor encima de todo reinaba un clima que ten√≠a algo de verbena, de mot√≠n, de cat√°strofe y de triunfo, un gran trastorno que embriagaba. Se hab√≠a cambiado el curso diario de la vida. Los hombres dejaban de ser empleados, funcionarios, asalariados, subordinados, para convertirse en exploradores y en conquistadores. Al menos eso era lo que cre√≠an. So√Īaban con el norte como si fuera una especie de Am√©rica, de pampa, de selva virgen, con Alemania como si fuera un banquete, y con provincias devastadas, toneles agujereados, ciudades incendiadas, con el vientre blanco de las mujeres rubias de Germania, con botines inmensos, con todo aquello de lo que la vida habitualmente les privaba. Todos pon√≠an su confianza en su destino, no pensaban en la muerte m√°s que para los dem√°s. En suma, la guerra no se presentaba nada mal bajo los auspicios del desorden‚ÄĚ.

Este es un fragmento de El miedo del franc√©s Gabriel Chevallier. De entre la diversidad de novelas sobre la primera guerra mundial, redactadas a lo largo del siglo pasado, quiz√° sea √©sta la que mejor exponga y describa la sensaci√≥n f√≠sica que le da t√≠tulo, ese miedo omnipresente durante el conflicto, que se vuelve abrumador ante la inminencia de un ataque a cielo abierto sorteando obuses, metralla y cuerpos desgarrados. En contraste con la otra gran novela francesa sobre la I Guerra Mundial, El fuego de Henri Barbusse, que describe la vida colectiva de una escuadra (un peque√Īo grupo de soldados comandado por un cabo), la visi√≥n que nos ofrece Chevallier, en primera persona, es netamente individualista.

En El miedo, publicada originalmente en 1930, el joven Jean Dartemont, alter ego del autor, parte voluntario al frente creyendo que va a vivir una gran aventura, contagiado del clima general descrito en el p√°rrafo del comienzo. Sin embargo, sus terribles experiencias a lo largo de los casi cuatro a√Īos que permanece en activo, entre 1915 y 1918,¬† acaban con cualquier visi√≥n rom√°ntica de la guerra. Si en una ocasi√≥n est√° a punto de morir alcanzado por la metralla, en otra, asaltando una trinchera, atraviesa con su bayoneta el cuerpo de un enemigo. Sufre hambre, sed, fr√≠o y piojos en abundancia. Y por encima de todo, miedo. Como dice el autor en el prefacio a la edici√≥n de 1951, ‚Äúhablar de la guerra sin hablar del miedo, sin ponerlo en primer plano, hubiera sido un camelo‚ÄĚ.

Sin embargo, lo m√°s valioso del testimonio de Chevallier, escrito con una soltura y un esp√≠ritu cr√≠tico encomiables, reside en comprobar que la causa de ese miedo se encontraba muy a menudo en la irresponsabilidad criminal o en la cobard√≠a de sus propios superiores, los militares y pol√≠ticos al mando, empe√Īados en alcanzar la gloria y en minimizar las carnicer√≠as continuas e in√ļtiles que produjeron sus insensatas decisiones. Este duro aprendizaje y las conversaciones con el sarc√°stico sargento Negre har√°n del joven Dartemont un incr√©dulo para el resto de su vida.

Ediciones Acantilado vertió al castellano en 2009 este ácido y rotundo alegato contra la guerra: El miedo de Gabriel Chevallier.

Javier Aspiazu