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Juan Kruz Igerabide o el arte de reirse de la trascendencia

Hoy tenemos con nosotros a un escritor todoterreno, Juan Kruz Igerabide (Aduna, 1956), que ha publicado literatura infantil, juvenil y para adultos, y que lleva años trabajando el complicado género del aforismo. En 1994, publicó Sarean Leiho, en 1998, Herrenaren arrastoan y en 2004 Egia hezur. Ahora, acaba de publicar en Pamiela Labur Txintan, un libro dividido en doce cuadernos cortos en los que se reflexiona con cierta ironía sobre la convivencia, la educación, el amor, la felicidad, el arte; sobre el humor, la vida y la muerte, la religión, Dios; sobre la literatura. Para hablarnos de todo ello, Igerabide se sirve de los juegos de palabras, de los contrasentidos y del doble sentido, de la ironía, de la revisión de ciertos refranes y ciertas sentencias de otros pensadores a los que cita directamente como Camus, Jünger, Cioran o Montaigne.  Labur Txintan ha sido traducido al castellano con el título de Breviario Perplejo, editado por Troa.  «Reírse de la trascendencia es la mejor manera de trascender», dice Juan Kruz Igerabide. Con el autor hemos charlado. Pincha y disfruta.

Juan Kruz Igerabide y el arte de hacer lo pequeño, grande

El aforismo es un subgénero literario al que se han acercado con éxito numerosos autores vascos. Citaremos, por ejemplo, a Ramón Eder, Karmelo C.Iribarren, Iñaki Uriarte, Karlos Linazasoro. Ya sabéis que cuando hablamos de aforismos nos referimos a esas sentencias breves que pretenden expresar un principio de una manera concisa, coherente y en apariencia cerrada. Parece que el primero en utilizar esta fórmula fue Hipócrates; después, han sido innumerables los escritores que nos han asombrado con sus frases luminosas, desde Nietzsche a Chesterton; desde Borges a Machado. Precisamente es la principal característica del aforismo, la brevedad, lo que hace que estemos ante un género difícil porque no admite trampas, no admite grandes recursos estilísticos, no admite ocurrencias.

Bien, pues a todas esas dificultades se ha enfrentado con éxito, ya lo avanzamos, el escritor guipuzcoano Juan Kruz Igerabide en su nuevo trabajo Labur txintan. Este libro, publicado por Pamiela, está dividido en doce cuadernos cortos en los que se reflexiona sobre la convivencia, la educación, el amor, la felicidad, el arte, sobre el humor, sobre la vida y la muerte, sobre la religión, sobre Dios, sobre la literatura, incluso sobre los aforismos: ”Aforismo handiak oso txikiak dira”. Para trasladarnos sus ideas, Igerabide se sirve de los juegos de palabras, de los contrasentidos y del doble sentido, de la ironía, de la revisión de ciertos refranes y ciertas sentencias de otros pensadores a los que cita directamente como Camus, Jünger, Cioran o Montaigne.

Entre estas sentencias podemos destacar algunas políticas, como la siguiente: “Ezkertiarrak kontrako hankarekin egiten du herren. Eskuindarrak, ez”. Otras de sus frases dan, sin duda, qué pensar, como el siguiente: “Liburu onek liburu gutxiago irakurtzeko gogoa uzten dute”. O como este otro: “Dena esana dago. Orain argitu egin beharko”. La naturaleza humana también es objeto del análisis de Igerabide: “Pertsona onek eta txarrek elkarren lekua hartzen dute txandaka”, dice. O: “Homo sapiens, sapiens; errepikatu egiten da, ziur egoteko”. Labur txintan es, por tanto, un libro que tiene mucho de filosofía y que demuestra que para decir algo importante de forma clara, no son necesarias siempre centenares de líneas.  Se trata de dar en la diana, en el centro de las ideas, e Igerabide nos deja un buen puñado de aforismos que releer y que revisitar.

Juan Kruz Igerabide, que ha escrito obra dirigidas tanto al público infantil como al juvenil y como al adulto, lleva años publicando libros de aforismos. En 1994 sacó Sarean leiho; en 1998, Herrenaren arrastoan; y en 2004, Egia hezur.

 Txani Rodríguez

Los deslumbrantes mundos de Bernardo Atxaga

Leer a Bernardo Atxaga es siempre un placer. Aunque algunos de sus textos sean viejos, mantienen el sabor del contador de historias que, para nuestra satisfacción, sabe que ha nacido para escribirlas. Este libro, bellamente editado por la novísima editorial catalana Hurtado&Ortega, reúne viejos textos de Atxaga (de 1997) que han sido remozados, otros que aparecieron aquí y allá, y son difíciles de encontrar, y algún texto nuevo. Es un libro mezcolanza que habla de viajes y ciudades lejanas, pero en el que también nos encontramos rememoranzas del pequeño pueblo guipuzcoano, Asteasu, donde Atxaga nació como Jose Irazu. Un libro por tanto de retazos autobiográficos y de reflexiones sobre el ser y estar, sobre el tiempo que nos ha tocado vivir, sobre el país que no todos denominan igual y sobre la identidad que nos inventamos para escribir y acaba apoderándose de uno.

En la primera parte el autor viaja por Extremadura, Tenerife, París, Palencia, Marruecos, Madrid y Asteasu. Y ve cosas que los viajeros poco atentos no ven: verdades falsas e imperecederas, turistas que despotrican de los turistas, intentos inútiles de alejar a los parias, intimidades imposibles de los pastores, la desmesura del fútbol, el retorno al pasado al volver al terruño. En la segunda parte se recobran reflexiones sobre la presencia de lo antiguo en el mundo rural, sobre la ternura de los burros, sobre la intimidad de las grandes urbes, sobre los rostros infinitos de las ciudades. Hay un momento en el que el autor vuelve a Obaba, por dos veces, y otro en el que reflexiona sobre la esencia de su país Euskadi (ahora con S y antes con Z). Y le da tiempo también hablar de la literatura y de la importancia de que un libro encuentre su caja de resonancia y para zanjar definitivamente el origen y el por qué de un seudónimo literario.

Bernardo Atxaga es un escritor de verdad, un fabulador de primer orden, un mago de la palabra, un entrañable manipulador de los sentimientos, un extraordinario pensador de la vida cotidiana. Bernardo Atxaga es un escritor que parece hablarnos a cada uno al oído, para que podamos encontrar nuestras propias respuestas a las preguntas importantes de siempre. Porque Atxaga sabe mirar a las pequeñas cosas para extraer la maravilla que habita en ellas. La gente que no le lee no sabe lo que se pierde. Leerle es volver siempre a territorio conocido, al hogar y la infancia. Nada puede haber mejor.

Enrique Martín

El universo íntimo de Francisco Javier Irazoki y todos lo demás

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) fue periodista musical en Madrid, formó parte de CLOC, grupo de escritores surrealistas y desde 1993 reside en París donde cursó estudios musicales. Ha publicado multitud de libros de poemas y de poemas en prosa. En 1992 la Universidad del País Vasco editó toda la poesía que había escrito hasta entonces en el magnífico volumen Cielos segados. Es uno de esos grandes poetas desconocidos para el gran público (como pasa con casi todos los poetas). En Orquesta de desaparecidos, como cuenta su amigo y colega Fernando Aramburu, “continua la serie de textos breves en prosa que inició en 2006 con “Los hombres intermitentes”. Amplía así el delicado dibujo de sus paisajes personales, combinando las notas de evocación, directamente autobiográficas, con esa especial destreza suya para la creación de imágenes y símbolos”. La verdad es que estamos ante un escritor único e insustituible.

En este libro que se desarrolla entre París, Lesaka, Madrid, Nueva York y Londres, Irazoki habla de muchas cosas: de la poesía como de esa mirada intensa que nos despierta; de la necesidad de huir del malditismo; de la calidad creativa que nunca debería ser considerada fruto de las derrotas íntimas; del amor a un idioma, que de rebote debería hacerte amar todos los demás idiomas; de lo conveniente que es recorrer a solas el camino como “un pequeño coleccionista de asombros”; de la necesidad de esos fuertes vientos mentales que arranquen los jardines, postigos, vigas y escaleras de todas las patrias; de triunfar sin haber herido; de no negar nunca el trato cordial al disidente; de querer entender al que no piensa como uno piensa; o de nacer en una ciudad con “clima de tristeza sin fundamento”.

Por el libro de Irazoki pulula mucha gente: el desconocido poeta Eloy Sánchez Rosillo, el supereditor Jesús Munarriz, el omnívoro cineasta Orson Welles, el dramaturgo eterno William Shakespeare, el apreciado novelista Pío Baroja, la madre que no tuvo calzado hasta ser adulta y el padre que siempre fue sensato, un tío que se volvió loco por desamor, la hermana que sabía buscar palabras, un viejo republicano que le acogió en Madrid, el alegre carpintero Altxafero, el surrealista bondadoso y divertido Fernando Aramburu, el abandonado poeta loco Leopoldo María Panero, la referencia William Faulkner, el escritor Pablo Antoñana que regaló su suerte, el portentoso Ramiro Pinilla, el poeta Gabriel Aresti que sin enemigos se recostaría aliviado en la nobleza de los lobos, el poeta musical Cesar Vallejo, el discreto Gao Xingjian que ganó un Nobel de Literatura, el músico siempre en crisis Sonny Rollins y cuatro grandes que desgraciadamente nunca tocaron juntos: Mozart, Thelonius Monk, Bach y Jimi Hendrix.

Orquesta de desaparecidos es un descenso, sin botella de oxígeno, a las profundidades del pensamiento y las referencias vitales y creativas de un escritor asombroso.  Un autor humilde que esconde en sus escritos una gran sabiduría. Si todos los pensadores del mundo tuvieran un cuarto de la altura moral de este tipo, la Humanidad sería un vergel. Grande Irazoki.

Enrique Martín

El tocho. Reflexiones y máximas morales de La Rochefoucauld

libro-reflexiones-o-sentencias“A nadie le gusta alabar y nunca se alaba a nadie sin interés. La alabanza es una adulación hábil, velada y delicada, que satisface de distinta manera al que la hace y al que la recibe. El segundo la toma como una recompensa debida a sus méritos y el primero la hace para que reparen en su equidad y en su discernimiento”.

Esta es una de las máximas que integran el volumen de Reflexiones o sentencias y Máximas morales del Duque de la Rochefoucauld. El duque fue el primero y el más célebre de los moralistas franceses, grupo de pensadores y escritores interesados en reflexionar sobre las costumbres, la naturaleza y la condición humana, entre los que se encuentran Pascal, la Bruyere, Chamfort o Joseph Joubert. Para ello utilizaron como instrumento una escritura fragmentaria y breve, la sentencia o máxima, muy cercana a lo que hoy llamamos aforismo, con la que expresaron, de forma brillante y aguda, verdades universales sobre el ser humano. Este es un género de madurez, por eso La Rochefoucauld, que tuvo una juventud agitada, distinguiéndose en el campo de batalla y conspirando, dentro de la fracasada rebelión de la Fronda, contra el cardenal Mazarino, publicó sus Máximas en 1665, pasados los 50 años de edad. Su experiencia vital contribuyó a cimentar una visión pesimista del ser humano, expresada de forma contundente en el lema que encabeza las Máximas: “Nuestras virtudes no son, la mayoría de las veces, sino vicios disfrazados”.

A lo largo de las poco más de 500 máximas de que consta el texto, La Rochefoucauld analiza afectos y pasiones humanas, como el amor propio (el mayor de todos los aduladores) o la envidia (la más tímida y vergonzosa de las pasiones y, sin embargo, la más violenta) y pone de manifiesto nuestra incapacidad para liberarnos de su influjo. A su juicio “hay pocas personas lo suficientemente cuerdas para preferir la censura que puede serles útil al halago que las traiciona”. Otro de los grandes temas de las Máximas, muy habitual en las conversaciones de los salones elegantes, es la influencia de las pasiones sobre el amor. Tan evidente como para asegurar que “si existe un amor puro y sin mezcla de nuestras demás pasiones es el que se esconde en el fondo de nuestro corazón, y nosotros mismos ignoramos”.

Pero son sus agudas observaciones sobre la vanidad, la pasión que nos agita sin cesar, las que dejaron un recuerdo más profundo cuando lo leí en mi juventud. Según el duque: “El verdadero hombre noble es el que no presume de nada”. Teniendo en cuenta lo generalizada que está la presunción en nuestra sociedad, la nobleza de nuestra conducta queda muy en entredicho, ¿no les parece? Afirmaciones tan tajantes como que “la debilidad es el único defecto que no puede corregirse”, o que “las personas débiles no pueden ser sinceras” provocaron el entusiasmo de Nietzsche, el filósofo alemán, uno de los muchos admiradores confesos del autor. Quizá nunca lleguemos a poseer un espíritu fuerte como el del duque, pero al menos nos conoceremos mejor a nosotros mismos leyendo esta obra maestra de la literatura aforística, estas perspicaces, jugosas, deslumbrantes Reflexiones o sentencias y Máximas morales del Duque de La Rochefoucauld.

Javier Aspiazu

Juanra Madariaga, releyendo a Elorriaga en SP

Cuando, en 1999, setenta y cinco años después de su desaparición, encontraron en el Everest el cuerpo del alpinista George Mallory, descubrieron entre sus objetos personales el libro Fin de viaje, de su amiga Virginia Woolf. El poeta Juanra Madariaga, en su ascensión al Shisha Pangma, quiso llevar consigo el SPrako Tranbia de Unai Elorriaga y, con esa novela, a Lucas, aquel inolvidable personaje, con la cabeza algo perdida, que soñaba con alcanzar algún día la cumbre del mítico monte del Himalaya. Éste vendría a ser el punto de partida de eSPedizioa. Mendi ororen pisua, pero en este libro inclasificable se habla de mucho más. Entre otras cosas, se repasa parte de la historia del montañismo, se recrean algunas expediciones legendarias y, por supuesto, Madariaga nos describe con gran plasticidad y detalle su ascenso al Shisha Pangma, una subida en la que las condiciones climatológicas le pusieron en apuros. Pero en eSPdizioa hay pasajes muy hermosos que no se circunscriben al SP: LIBRO eSPedizioahay toneladas de mariposas que caen como muertas en un bosque de México sobre el que ha nevado, unas mariposas que con el deshielo recuperan la vida y vuelven a volar; hay grandes bloques de nieve que caen en lagos formando extraños tsunamis; hay ritos funerarios escalofriantes. Y hay mucha poesía, del propio Madariaga y de otros autores. También encontramos numerosas referencias literarias que van de Rainer Marie Rilke a Alejandra Pizarnik pasando por Thomas Bernhard.

eSPdizioa no es solo un libro de montaña, aunque se describa los paisajes y casi vivamos con el autor las penurias que arrastra también la montaña (dilatación de los capilares, caída del pelo, escalofríos, calambres, dificultades respiratorias…) y también las enormes satisfacciones que ofrece: “Lurraren azken mugan zaude, lurraren amaieran zaude; beste guztia espazio kosmikoa da”. eSPdizioa es un libro en el que hay literatura, mucha literatura y mucha poesía. El lirismo está presente en la escritura e incluso en la composición y en el origen mismo de este texto en el que Madariaga parece llevar siempre en su pensamiento a Lucas, a quien interpela a veces y para quien son a menudo muchas de sus reflexiones. Entre todas las reflexiones hay una que destaca y que, en cierto modo, tiene que ver con el hilo narrativo del libro. Se trata de las alusiones al fenómeno conocido como “doppellgänger”, que traducido quiere decir “doble caminante”. En estas páginas se refieren experiencias de muchos montañeros, y del propio Madariaga, con estas presencias que acompañan a los expedicionarios y que a veces hacen incluso de ángeles de la guardia. Hay, por supuesto, explicaciones científicas para esto, pero no le restan extrañeza ni realismo a la sensación.

En todo caso, y como mínimo de forma poética, Madariaga está acompañado por el Lucas de Unai Elorriaga en este viaje en forma de libro que arranca con un capítulo maravilloso en el que se explica la necesidad que tiene el bilbaíno de estar en espacios abiertos y se cierra con otro no menos emotivo que, por razones obvias, no pienso detallar.

Txani Rodríguez

Es muy raro todo esto, Pablo

Es muy raro todo esto contiene, como el propio autor define en el divertido prólogo a este libro, una selección de los artículos que ha publicado durante los últimos años en El Correo. Son textos que tienen como escenario principal a Bilbao, que es un lugar desde donde explicar el mundo tan indicado, al menos, como otro cualquiera. La ciudad tiene por tanto enorme relevancia en estas páginas en las que se habla del Athletic, de la biblioteca de Bidebarrieta o de la plaza del Gas pero no es un libro que hable tanto sobre Bilbao sino como del signo de estos tiempos. Martínez Zarracina observa la ciudad desde un punto de vista que combina cierta distancia analítica con la cercanía emocional que procuran a cualquier persona –o a casi cualquiera- las calles de su infancia. Este articulista y crítico literario se sirve de los temas más dispares para convencernos de que, efectivamente, las cosas son muy raras y que más allá de Santutxu tampoco es que se vuelvan más normales. LIBRO Es muy raro todo estoEl autor habla de la apertura del Ikea, de una actuación de Sabrina Salerno, de los tertulianos, de las bodas, de las ferias del libro, o de la Ley del Tabaco y lo trufa todo con referencias a Conrad, Juan Ramón Jímenez o Vila-Matas y con ese tipo de sentido del humor que suele distinguir a las personas lúcidas.

Martínez Zarracina se conduce por la escritura con la elegancia de un lord inglés, pero su estilo recordaría a la soberbia de los primeros de la clase si no fuera porque hay dentro de él un tipo gamberro, próximo, que dice acordarse de Zabalburu en San Petersburgo, y que convierte al lector en confidente de sus perplejidades, de sus excesos y de sus raciocinios rayanos a veces en el surrealismo, en la más absoluta brillantez y en la pachanga loca. Pondré un ejemplo que oscila entre la melancolía y el punk: “Y ahora estamos aquí, con los bares vacíos. Tenemos los museos, el prestigio y el BBK Live, pero nadie nos canta “Lady Marmalade” mientras vuelan proyectiles y la ciudadanía se une para algo tan bonito como tirar a la ría a un italiano. Nos hemos tranquilizado. Yo creo que la culpa es de la casta, la enseñanza obligatoria, el Facebook y los emoticonos. A grandes rasgos.”

Dice Zarracina que ha escrito estos textos tumbado; yo lo imagino también en un sofá orejero en mitad de la Gran Vía de Bilbao, mirando a su alrededor con extrañeza, diciéndose a sí mismo que es muy raro todo esto pero que tampoco hay que tomarse las cosas muy en serio, salvo que esas cosas sean los dromedarios, los ventrílocuos, las farolas de diseño u otros temas igual de espinosos y delicados. Ahí es cuando igual se recoge los puños de la americana, afila el bolígrafo y dispara, sin despeinarse mucho tampoco, contra nuestro loco, ajetreado e incomprensible día a día.

Txani Rodríguez

De cuando Gonzalo Maier viaja en tren

De vez en cuando el lector se encuentra con un libro diferente, estimulante y sorprendente. Material rodante del chileno Gonzalo Maier (Talcahuano, 1981) es uno de ellos. Maier vive en Europa y ha pasado una importante parte de su vida en trenes. Vive en Bélgica, en Lovaina, y por motivos de trabajo se traslada todos los días a Holanda, a Nimega. Este trayecto le ha servido para reflexionar sobre muchos asuntos, desde los más importantes a los más triviales. Una parte relevante de estas reflexiones las ha publicado en este libro.

Gonzalo Maier habla, por ejemplo, de la importancia de estar en forma para coger un tren. De las extrañas manías de los revisores. De la importancia de encontrar algo fuera de lo habitual en los viajes. De lo inútiles que nos sentimos ante las puertas de los compartimentos. LIBRO Material rodanteDel escaso parecido entre los países vividos y los leídos. Del horror a montarse en un tren conducido por un fumador de porros. De una araucaria –la planta nacional chilena- perdida en Holanda. De los diferentes negocios que hay en las estaciones de tren. De las máquinas expendedoras que se quedan con tus monedas… a cambio de nada. De la desesperación ante la espera inesperada.

También habla Gonzalo Maier de la magia de las primeras lecturas… y de la angustia de leer en una lengua que no dominas. De la importancia de los conejos en Holanda (son los primeros en habitar, cuando son seguras, las tierras ganadas al mar). De los viajes turísticos que han eliminado el peligro y por tanto la incertidumbre. De lo limpios que son los baños de Holanda y lo sucios que son los de Bélgica. De las peculiares visiones que tiene uno en los trenes de la vida de la gente. De la diferencia entre el ciclismo holandés de tierra llana y el belga repleto de montañas y colinas. De levantarse por la mañana, seguir dormido y pedalear hacia la estación entre vidrios rotos.

Y habla además Gonzalo Maier de lo que piensan los viajeros de primera (¿piensan distinto de los demás?). De los problemas de viajar con gente conocida. De la ilusión de dormir en el tren, aunque tu ética lo impida. Del exceso de movimiento y de la necesidad de estar en pijama cuando no trabajas. Del papel de la mochila, en los viajes, como pequeñas bibliotecas. De los correos equivocados, de contestarlos ó no, de atisbar en secreto la vida de otra gente y de la posibilidad de la existencia del “doble”. De la desaparición paulatina de las oficinas. Y finalmente (y me dejo muchas otras cosas) de reconocer en una estación a uno de los criminales más buscados.

Gonzalo Maier ha escrito un libro divertido, irónico, profundo y muy entretenido. Un libro que funciona como un cajón de sastre, repleto de digresiones maravillosas sobre las que picotear. Maier tiene otro libro titulado Leyendo a Vila-Matas en el que cuenta su viaje en tren desde París a Barcelona para entrevistar al escritor catalán Enrique Vila-Matas cuando ejercía de periodista cultural. A Maier los viajes en tren le dan para mucho. Tengo ganas de seguir leyéndole.

Enrique Martín

Los fabulosos barbarismos de Andrés Neuman

3 andres neumanEl escritor hispano-argentino Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) acaba de publicar en la editorial Páginas de Espuma el libro Barbarismos. Neuman es un consumado escritor que ha cultivado y cultiva todo tipo de géneros: novelas (Una vez Argentina, El viajero del siglo…), libros de cuentos (El que espera, Hacerse el muerto…), poemarios (recopilados en Década), libros de aforismo (El equilibrista) e incluso crónicas de viajes (Como viajar sin ver). Su blog Microrréplicas es una referencia literaria. Barbarismos es un glosario heterodoxo de palabras que conforma un auténtico diccionario que radiografía nuestro mundo, sus estupideces y su halo poético, que lo tiene. Pincha y escucha la charla completa.

Manuel Chaves Nogales, periodista español, republicano, escritor brillante

“Este libro, de naturaleza exclusivamente periodística, no aumentará en nada el acervo de la cultura contemporánea; no hay en él ni una sola idea nueva, ni nada que no se haya dicho antes por gentes autorizadas que utilizan prudentes y copiosas palabras. Solo contiene noticias que procura divulgar fácilmente por la virtud prodigiosa de unas palabras, eficaces más que sabias”. Así, de un modo tan humilde, comienza el prospecto que Chaves Nogales escribió para La vuelta a Europa en Avión. Un pequeño burgués en la Rusia Roja, al fin en nuestras librerías. Nogales nació en Sevilla en 1897. Comenzó muy joven a trabajar como periodista y llegó a dirigir el Ahora, diario afín a Azaña. Después llegó la guerra, su toma de postura a favor de la República, el exilio, primero en París y después en Londres. Allí murió, con 47 años, y allí fue enterrado. LIBRO.La vuelta al mundo en aviónDurante años hemos sabido muy poco de este escritor brillante, cuya obra, gracias a la editorial Libros del Asteroide, podemos leer ahora.  “Chaves Nogales -ha escrito Muñoz Molinaes el hombre justo que no se casa con nadie porque su compasión y su solidaridad están del lado de las personas concretas que sufren; es el que ve las cosas con una claridad que lo vuelve extranjero”.

Precisamente esos análisis certeros son los que hacen que suba el voltaje de La vuelta a Europa en avión. En 1928, este periodista emprendió un viaje en avión por Europa que lo llevaría del Mediterráneo al Caspio con objeto de enviar distintos reportajes al Heraldo de Aragón. “El tiempo es un aviador”, escribe. Tuvo oportunidad de conocer la situación política y social que vivían los principales países europeos, aunque la mayor parte del libro se centra en Rusia. Chaves celebra los logros de la revolución, aunque no deja de lamentar lo que ya se atisbaba: “No hay modo, sin embargo, de encontrar un retrato de Trosky en toda Rusia”. “Cuando los bolcheviques se lanzaron acaudillados por Lenin a la conquista del Poder, la idea comunista no había madurado lo suficiente, y el pueblo pobre ruso ha padecido las consecuencias de esta precipitación y las seguirá padeciendo todavía mucho tiempo (…). Pero el porvenir es suyo.”

Además de análisis e información, sus crónicas llegaban repletas de literatura: “Para el viajero que ama el viaje, el regreso es siempre un poco precipitado. Se ha detenido demasiado en todas partes, se ha ido quedando enganchado en todos los requerimientos.”

Y por si fuera poco tanto talento, tampoco le fallaba el humor: “La Tierra es una vieja calva, fea, llena de arrugas, basta y grandota, con la que no puede uno entenderse. Más que nuestra madre la Tierra, es nuestra tía la Tierra; nuestra tía abuela.” Pues ahí queda eso.

Txani Rodríguez