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La mirada honesta de Aixa de la Cruz

Cambiar de idea bien puede definirse,  tomando unas palabras de la autora, como “una historia de violencia estructural que se narra como un drama privado, en círculos concéntricos que empiezan y acaban en una misma”. Es decir, tras la experiencia personal hay siempre un relato político, aunque la persona que cuenta esas experiencias no lo identifique. A partir de esta premisa, podemos decir, no obstante, que estamos ante un libro de memorias, que puede leerse también, a ratos, al menos, como una novela. De hecho, de la Cruz defiende que las barreras entre la crónica, las memorias, la autoficción y la ficción son inexistentes porque escribir es recordar y recordar es siempre un acto imaginativo. El ejercicio de recordar, siempre creativo, es verdad, conduce a la bilbaína a varios temas que van desde los mimbres de su tesis a las explicaciones que están detrás de algunas de sus conductas sexuales.

El libro arranca con el mensaje de voz de una amiga suya que ha sufrido un gravísimo accidente. Los periódicos han publicado unas fotos terribles del siniestro ante las que la narradora parece no reaccionar. “Comprendo que esta frialdad con la que escudriño el sufrimiento ajeno es un músculo que llevo tiempo entrenando, el que me ha permitido mantener la cordura en un escritorio en el que se mezclaban los post-it de colores con los abusos de prisioneros de Abu Ghraib y en el que el reproductor rebobinaba sin descanso escenas de tortura, de ficción y de no ficción”. Así que cuando visita a su amiga, y ve las heridas y las cicatrices aún sin cerrar en el cuerpo de la chica, piensa en la manera en la que recibimos las imágenes violentas. Hay más violencia en el libro porque de la Cruz habla de un intento de violación que ella sufrió y de los terribles abusos sexuales que padeció otra de sus amigas. Las violaciones, y en concreto, el caso de La Manada, tienen importancia reveladora en la parte final y más ensayística del libro, en la que cuenta cómo se siente interpelada por el feminismo. La violencia que soportan en México, donde ella vivió un tiempo porque se casó con un joven mexicano, también encuentra traslado: “Lo intolerable es lo infrecuente. De todas las lecciones que aprendí en México esta es la que mejor me iba a ayudar a entender a entender Europa, la violencia europea, la de mi propia piel”.

Cambiar de idea habla también de las relaciones de la autora con otras mujeres. “Confundí -dice- mi afición por los retos difíciles con el lesbianismo.” Otro punto interesante del libro es el que se refiere a su relación, o ausencia de relación, con su padre biológico, al que ella se refiere como “biopadre” y al que nunca trató demasiado.

Cambiar de idea es un relato honesto, en el que la autora no se hace demasiadas trampas al solitario, que recoloca algunas piezas sueltas en un puzle completo, un puzle en el que, al final, la autora sentirá que todo encaja. Y más allá de lo que cuenta, que no es poco, hay que destacar cómo, porque, sin duda, este libro está muy bien escrito: el texto corre, es seductor, y ofrece la engañosa sensación de que está escrito como si transcribiera lo que pensara en voz alta.

Txani Rodríguez

La vida en prosa de Angel Erro

Llevaba, Angel Erro, catorce años tomando pequeños apuntes, casi al natural, sobre distintos asuntos; esas anotaciones eran para él, así fueron pensadas, pero hace poco decidió, felizmente diría yo, recopilar los textos de esos cuadernos y conformar un dietario que ahora ha publicado Elkar bajo el título Lerro Etena (2004-2018). La primera entrada es de 2006 y la última de 2017, con lo que enseguida comprobamos que este libro no guarda un orden cronológico. Sin embargo, sí destacan ciertos temas que tiene continuidad: la pérdida de la madre (a quien Erro ha dedicado anteriormente poemas verdaderamente hermosos), la enfermedad, la sexualidad, su vida en Madrid, su labor creativa, su participación en el mundillo cultural (presentaciones de libros, jurados, jornadas, recitales, colaboraciones literarias…), lecturas, viajes y algunas confesiones relacionadas con los grandes temas de la vida, pero también con temas menores. Curiosamente, la situación política –la cosa- no tiene apenas traslado.

Algunos textos son algo un poco más largos, sin que apenas superen el folio, pero la mayoría se bastan de unas líneas en las que a menudo asoman el humor o la ironía: “Batek ez daki noiz eta nola harrapatuko duen joandako egun zoriontsuen arrastoak. Sienako Udalaren trafiko isun moduan iritsi zait niri”. Este tono se mantiene hasta la última entrada, muy divertida, en la que nos devela cuál debería ser su epitafio. Hay pasajes que funcionan, en su brevedad, como si fueran aforismos. Unos ejemplos: “Iragana da gerta dakigukeen txarrena” o “Bokazioa haur burugogorkeria jarraitua baino ez da” o “Bihurtuko naizen agureak baino ez dit jakin mina pizten”.

Hay subtemas, digamos, que, desde luego, han captado mi interés, como su lealtad a las piscinas, donde al parecer se le ocurren muchos de sus poemas; o su fascinación por las entrevistas que conceden los pelotaris y que lee –dice con ironía- para relajarse: “Pilotariak dira munduko izaki hedonistenak, eta hor badago denok ikasi beharreko lezioa. Ez dago pilotaririk kantxara gozatzera ateratzen ez denik”. Su labor como columnista –Erro firma una columna diaria en Berria– también está presente: “Nire lehen opor eguna da gaur, Berriatik behintzat. Goizean igeri egitera joan naiz, gero kafearekin batera egunkaria ikuskatzen egon naiz. Gutxienez, bi gai posible aurkitu ditut eta nola garatu pentsatzen hasi ere bai. Neure burua geldiarazi behar izan dut. Ez zait hainbeste ere kostatu. Dagoneko ez naiz oroitzen zeintzuk ziren”.

A pesar de que, como decía, la ironía campe en muchos de los textos, podemos casi sentir sus buenos y malos días a través de un tono que puede ir del cinismo a la melancolía, de la diversión a la incertidumbre, y esas vibraciones son una de las grandes virtudes del libro.

Angel Erro, licenciado en Derecho y en Filología Inglesa, había publicado con anterioridad los libros de poesía Eta Harkadian ni y Gorputzeko humoreak,  y en este libro en prosa nos encontramos con la misma mirada, lúcida, tierna a veces y medio humorística, que recorre los poemas de este navarro. Lerro etena es un libro, con hallazgos y reflexiones interesantes,  para degustar a pequeños sorbos, creo yo, y que cuando se acaba nos deja la sensación de haber estado charlando un buen rato con el autor.

Txani Rodríguez

Landabaso/Goia, una conversación lenta y feminista

1.362 km EURI es el título del libro que han escrito a cuatro manos Garazi Goia y nuestra compañera Goizalde Landabaso.  El libro refleja la correspondencia que ambas autoras mantuvieron entre julio de 2017 y julio de 2018, cuando deciden darse un descanso con la promesa de volver a escribirse, con el repertorio renovado, digamos. Estas dos mujeres, en plena hegemonía del correo electrónico y el WhatsApp se intercambian cartas al viejo estilo para reivindicar una forma de comunicación alejada de la inmediatez, lo fraccionario, lo epidérmico. En todo caso, las nuevas tecnologías están presentes –hay alusiones al WIFI en el transporte público o a cómo Google satisface nuestras curiosidades- y algunas de las preocupaciones de estas escritoras revisten mucha actualidad. Goia, por ejemplo, lucha contra el tiempo en su ajetreada vida; Landabaso se rebela contra la imposición del deber de perfección que hoy se impone.

Aunque Landabaso vive en Bilbao y Goia en Londres, lo cierto es que muchas de estas cartas están escritas en tránsito, durante viajes de trabajo o de placer, en trenes, en aeropuertos, en aviones. Ambas mujeres viajan mucho y el libro se dota de cierto cosmopolitismo y mundanidad. 1.362 km EURI también tiene mucho de confidencialidad porque las autoras, sin exponer en exceso sus vidas privadas, si comparten sus inquietudes íntimas: Goia, embarazada durante la correspondencia, habla por ejemplo de la maternidad y de su confrontación con la libertad; Landabaso hace lo propio con su decisión de no ser madre; ambas comparten las cosas que les quedan por hacer y nos descubren algunos de sus temores. “Etxe honen gauak-dice Landabaso- beldurtzen nau, aitortzen dut. Amets gehiegi ditut lo-tarteetan eta arrotz (eta intrus) sentitzen naiz (…) Koadernotxoa mesanotxean utzi dut lo-eteneetan sortzen zaizkidan ideiak apuntatzeko”. Sin embargo, hay un hilo argumental que recorre todo el libro: la reivindicación de algunas mujeres que quedaron ensombrecidas por sus maridos, por sus hermanas, y, sobre todo, por el signo de los tiempos que les tocaron vivir. “Itzalean” es, de hecho, una palabra que se repite en el texto. Garazi Goia confiesa lo siguiente: “Itzalean egotea sufrimendu izugarria izango zen niretzat. Ez nintzateke egokituko, Itzalari nola irabazi pentsatuz beti, oinazeak gainezkatuko luke nire arima. Itzalari aurreratu nahian, etengabe ibiliko nintzateke lehia batean. Imajinatzen duzu borroka hori?”.

Como decía, las cartas se detienen en las vidas y trayectorias de muchas mujeres, algunas más lejanas, como la pintora Paula Modersohn-Becker, la escritora y periodista Milena Jesenká  o la Premio Nobel Sigfrid Undset; también nos hablan de otras mujeres de muy cerca,  de aquí mismo, como la fotógrafa Eulalia Abaitua, la panderetera Maurizia Aldeiturriaga, la música Marian Arregi o la escritora de Iparralde, Marie Darrieussecq. Creo que Landabaso y Goia corrían el peligro de insertar las trayectorias de las artistas que mencionan de una manera forzada, pero, desde luego, han esquivado bien ese obstáculo porque son los libros que leen, las coincidencias cronológicas, un documental proyectado en un avión, o las derivas de sus conversaciones las que traen, con naturalidad, a esta correspondencia todos esos nombres.

1.362 km EURI nos ofrece, por tanto, la posibilidad de conocer, a menudo de descubrir, a un ramillete de mujeres pioneras, valientes y talentosas, además de asistir al intercambio de ideas, inquietudes y confidencias entre las autoras de este libro en el que, como el título indica, llueve bastante, y en el que se logra que cale  cierta sensación de oprobio por el olvido que cayó sobre mujeres tan valiosas.

Txani Rodríguez

El tocho. Los pensamientos de Nicolás de Chamfort

“Casi todos los hombres son esclavos, conforme a la razón que daban los espartanos de la servidumbre de los persas: por no saber pronunciar la sílaba no. Saber pronunciar esta palabra y saber vivir solos son los dos únicos medios que tenemos de conservar la libertad y el carácter”.

Esta es una de las máximas que integran las Máximas y Pensamientos, de Nicolás de Chamfort. Recomendamos hoy a nuestros oyentes a uno de los grandes moralistas franceses del siglo XVIII, maestro del aforismo, quizá el que más influencia ha ejercido, junto a la Rochefoucauld, en el pensamiento de filósofos posteriores tan importantes como Schopenhauer o Nietzsche. Nacido en 1740, Sebastian-Roch Nicolàs, fue producto de la relación ilegítima de una dama de la nobleza; hubo de elegir el seudónimo de Chamfort para darse a conocer en el mundo literario, donde pronto comenzó a destacar; hombre atractivo y afortunado con las mujeres, en su juventud contrajo una enfermedad de transmisión sexual que le afectó el resto de su vida y le agrió el carácter; se entusiasmó con la Revolución Francesa a la que prestó su apoyo, pero pronto denunció los excesos del Terror. Detenido por las autoridades revolucionarias, intentó suicidarse en dos ocasiones sin conseguirlo, muriendo a consecuencia de las heridas meses después.

Estos retazos biográficos pueden explicar el punto de vista tan pesimista de Chamfort, su talante cínico ante el amor y los convencionalismos sociales, pero no lo que a mí me ha resultado más interesante: el apasionante viaje de autoconocimiento que suponen estas máximas, recopiladas y publicadas póstumamente, su capacidad para desvelar las contradicciones que el autor percibe en sí mismo y en los demás. Con ese fin, Chamfort destaca la condición miserable de los hombres “que les lleva a buscar en la sociedad consuelos de los males de la naturaleza y, en la naturaleza consuelos de los males de la sociedad -sin encontrar- alivio a sus penas ni en una ni en otra”.

Aunque está convencido de que la sociedad solo se puede soportar cuando se es joven y se está poseído por las pasiones, sabe que muy pocos se retirarán por completo de ella porque “la debilidad de carácter o la falta de ideas, en una palabra, todo lo que puede impedirnos vivir con nosotros mismos,… preservan a muchos de la misantropía”. Es un decidido partidario de la razón pero al mismo tiempo, sabe que, de no ser por los errores que nos inducen a cometer las pasiones “tendrían muchas ventajas sobre la fría razón que a nadie hace feliz. Las pasiones hacen vivir al hombre, la prudencia le permite solo durar”. Y tampoco se muestra Chamfort como un pensador  que desapruebe cualquier otra vida que no sea la  intelectual o reflexiva. Al contrario, a su juicio “la vida contemplativa es a menudo miserable. Hay que obrar más, pensar menos y no mirarse vivir”. Este maestro de la reflexión esencial puso en cuestión su propia imagen pesimista y acre cuando afirmó que “la jornada más desaprovechada de todas es aquella en que no hemos reído”, buena prueba de que nunca perdió el sentido del humor.

Ediciones in Puribus publicó en 2015 la versión más reciente en castellano de estas lúcidas y reveladoras Máximas y Pensamientos de Nicolás de Chamfort.

Javier Aspiazu

Helen Garner retrata la indoblegable realidad

Poco sabíamos de Helen Garner hasta la fecha: que es una autora australiana y que aunque ha publicado muchos libros, en castellano solo encontrábamos la novela La habitación de invitados, publicada por Salamandra. Ahora, en una acción conjunta entre dos editoriales, algo poco habitual, podremos acercarnos a la obra de no ficción de esta autora.  Por un lado, Libros del Asteroide ha publicado Historias reales, un libro que reúne sus principales reportajes y artículos; por otro, Libros del K.O. nos trae La casa de los lamentos, una larga crónica judicial que se lee como una novela. Vayamos a su historia: tras celebrar el Día del Padre (que en Australia se celebra en septiembre), Robert Farquharon, un tipo normal, en principio, se dirige en coche a casa de su ex mujer para llevar allí a sus tres hijos.  De repente, el coche cae en una balsa y el único que consigue salir a flote y sobrevivir es el padre. Tras la tragedia, llegó un juicio en la Corte Suprema de Victoria en el que tenían que determinar si Farquharon había querido vengarse de su mujer de la que se había separado hacía poco o si, como él decía, todo se había debido a un desmayo que había sufrido al volante.

Helen Garner, atraída por el caso, acudió cada día a la Corte, y el caso llegó a convertirse para ella en una obsesión que transformó en La casa de los lamentos. En el libro, vemos desfilar a los testigos por la sala, a los familiares, observamos cómo se derrumba el acusado en algunas ocasiones, y cómo defensa y acusación preparan sus estrategias y cómo el juez decide, por cuestiones procesales, no presentar ciertas pruebas ante el jurado popular que tendrá que dictar sentencia. “Al jurado no se le permite especular. Esa posible interpretación quedaba fuera de su alcance. Me molestaba verlos entrar en la sala y ocupar su sitio desinformados, con los hombros inclinados y la expresión seria y confiada”, dice. Pero Garner nos enseña también el ambiente, podríamos decir, que se genera entre los distintos periodistas que acuden a la sala, entre los más curtidos, que nunca se conmueven y los más impresionables.

Garner demuestra su habilidad para describir a los personajes y componer escenas, pero lo que quizás más me haya sorprendido es la manera en la que estructura, ordena y facilita toda aquella información que recabó. Su relato del juicio no resulta pesado ni monótono; al contrario, el oficio y el talento de la autora logran que tramos del libro sean adictivos e inquietantes. La periodista, además, no se limita a recoger, ordenar y escribir una historia, como sucede en A sangre fría, sino que ella muestra su peculiar trastienda: “En aquella ocasión había llevado conmigo a la hija de una amiga íntima, una adolescente de dieciséis años pálida, callada, con pelo rubio platino y ortodoncia, enfundada en unos vaqueros y en una sudadera gris claro. (…) Nos instalamos en los asientos para la prensa de la sala tres, al lado de un grupo de alegres periodistas”.

La casa de los lamentos se lee como si fuera una novela, pero, a cada poco, nos sacude la certeza de que no estamos ante una obra de ficción, y eso hará que queramos que las cosas vayan por un determinado camino, pero la realidad, ya se sabe, es indoblegable.

Txani Rodríguez

Fernando Aramburu, autorretrato sin retrato

Tras el abrumador éxito de Fernando Aramburu con Patria, el autor donostiarra ha querido publicar un libro totalmente diferente. Si Patria era una mirada hacia el exterior, hacia la sociedad que le rodeaba en un tiempo determinado (aunque en ausencia, pues él ha vivido en Alemania), su nuevo texto (que podría haber estado escrito hace mucho tiempo) es una mirada hacia el interior, hacia el personaje Fernando Aramburu al que se disecciona como a un extranjero del que hay que recelar, pero al que hay que acabar comprendiendo e incluso queriendo porque, a la fuerza, hay que convivir con él.

Aramburu hace entonces lo que promete el título del libro un “autorretrato” sin él, un vistazo a uno mismo desde fuera, sin apasionamiento, aunque con un cierto cariño. Es decir, que nadie espere que el autor cuente muchas cosas en primera persona sobre sí mismo, porque ya nos dice desde el principio que va a hablar del tal Aramburu como de “otro mismo”. Un pequeño juego, pero un juego más interesante de lo que pueda parecer en un principio, porque al final quizás el autor no hable mucho de sus interioridades, pero sí vamos a conocer a las personas que le rodean (físicamente e intelectualmente) y lo que piensa sobre algunos asuntos que le interesan.

Formalmente el libro se nos presenta en pequeños capítulos, como escuetas entradas, de un par de páginas, sin el orden cronológico de un diario, que se ordenan como le ha dado la gana al autor, como un caleidoscopio de sensaciones. Vamos a conocer un poco a las personas que le rodean, a su padre, su madre, una vieja novia, su hija Cecilia, algunos amigos, varios parientes queridos, su mujer alemana La Guapa (muy someramente, como si le hubiera dicho “no me pintes en tus cosas”), su hija Isabel, el primo Enrique y su sable, García Lorca, la manzana que siempre le acompaña, Albert Camus, el grupo Cloc e incluso al propio Aramburu en la tumba.

También vamos a disfrutar con algunas reflexiones. Sobre la vista desde la ventana de su despacho; sobre la depresión y el retorno al hogar; sobre la niñez que nos habita; sobre la lectura; sobre la infancia y el mar; sobre el asesinato terrorista y la indiferencia; sobre la belleza; sobre la naturaleza y las palabras; sobre el amor y la soledad; sobre la música; sobre aportar a la Humanidad lo poco que puedas dar; sobre la cama y la religión; sobre los besos y la juventud perdida; sobre la poesía y la lluvia; sobre el alma y la vida; sobre la lengua castellana; sobre los pájaros; sobre la compasión; sobre el alcohol y la pasión por los libros; sobre el arte de morir; sobre una bofetada en 1971; sobre la pasión por los niños; sobre la amistad perdida; sobre las compañeras; sobre el atardecer de la vida; sobre el “casi” morirse; sobre la sidra; sobre las personas que uno no fue; sobre el yo.

Aramburu nos deleita con un libro precioso en el que amaga pero no da, en el que intuimos más que vemos, en el que disfrutamos con su prosa delicada y precisa. Estamos ante un retrato personal en el que no se descorre del todo la cortina de la intimidad. Nos gustará leer el autorretrato definitivo, aquel en el que aparezca descarnadamente Fernando Aramburu.

Enrique Martín

Juan Kruz Igerabide o el arte de reirse de la trascendencia

Hoy tenemos con nosotros a un escritor todoterreno, Juan Kruz Igerabide (Aduna, 1956), que ha publicado literatura infantil, juvenil y para adultos, y que lleva años trabajando el complicado género del aforismo. En 1994, publicó Sarean Leiho, en 1998, Herrenaren arrastoan y en 2004 Egia hezur. Ahora, acaba de publicar en Pamiela Labur Txintan, un libro dividido en doce cuadernos cortos en los que se reflexiona con cierta ironía sobre la convivencia, la educación, el amor, la felicidad, el arte; sobre el humor, la vida y la muerte, la religión, Dios; sobre la literatura. Para hablarnos de todo ello, Igerabide se sirve de los juegos de palabras, de los contrasentidos y del doble sentido, de la ironía, de la revisión de ciertos refranes y ciertas sentencias de otros pensadores a los que cita directamente como Camus, Jünger, Cioran o Montaigne.  Labur Txintan ha sido traducido al castellano con el título de Breviario Perplejo, editado por Troa.  «Reírse de la trascendencia es la mejor manera de trascender», dice Juan Kruz Igerabide. Con el autor hemos charlado. Pincha y disfruta.

Juan Kruz Igerabide y el arte de hacer lo pequeño, grande

El aforismo es un subgénero literario al que se han acercado con éxito numerosos autores vascos. Citaremos, por ejemplo, a Ramón Eder, Karmelo C.Iribarren, Iñaki Uriarte, Karlos Linazasoro. Ya sabéis que cuando hablamos de aforismos nos referimos a esas sentencias breves que pretenden expresar un principio de una manera concisa, coherente y en apariencia cerrada. Parece que el primero en utilizar esta fórmula fue Hipócrates; después, han sido innumerables los escritores que nos han asombrado con sus frases luminosas, desde Nietzsche a Chesterton; desde Borges a Machado. Precisamente es la principal característica del aforismo, la brevedad, lo que hace que estemos ante un género difícil porque no admite trampas, no admite grandes recursos estilísticos, no admite ocurrencias.

Bien, pues a todas esas dificultades se ha enfrentado con éxito, ya lo avanzamos, el escritor guipuzcoano Juan Kruz Igerabide en su nuevo trabajo Labur txintan. Este libro, publicado por Pamiela, está dividido en doce cuadernos cortos en los que se reflexiona sobre la convivencia, la educación, el amor, la felicidad, el arte, sobre el humor, sobre la vida y la muerte, sobre la religión, sobre Dios, sobre la literatura, incluso sobre los aforismos: ”Aforismo handiak oso txikiak dira”. Para trasladarnos sus ideas, Igerabide se sirve de los juegos de palabras, de los contrasentidos y del doble sentido, de la ironía, de la revisión de ciertos refranes y ciertas sentencias de otros pensadores a los que cita directamente como Camus, Jünger, Cioran o Montaigne.

Entre estas sentencias podemos destacar algunas políticas, como la siguiente: “Ezkertiarrak kontrako hankarekin egiten du herren. Eskuindarrak, ez”. Otras de sus frases dan, sin duda, qué pensar, como el siguiente: “Liburu onek liburu gutxiago irakurtzeko gogoa uzten dute”. O como este otro: “Dena esana dago. Orain argitu egin beharko”. La naturaleza humana también es objeto del análisis de Igerabide: “Pertsona onek eta txarrek elkarren lekua hartzen dute txandaka”, dice. O: “Homo sapiens, sapiens; errepikatu egiten da, ziur egoteko”. Labur txintan es, por tanto, un libro que tiene mucho de filosofía y que demuestra que para decir algo importante de forma clara, no son necesarias siempre centenares de líneas.  Se trata de dar en la diana, en el centro de las ideas, e Igerabide nos deja un buen puñado de aforismos que releer y que revisitar.

Juan Kruz Igerabide, que ha escrito obra dirigidas tanto al público infantil como al juvenil y como al adulto, lleva años publicando libros de aforismos. En 1994 sacó Sarean leiho; en 1998, Herrenaren arrastoan; y en 2004, Egia hezur.

 Txani Rodríguez

Los deslumbrantes mundos de Bernardo Atxaga

Leer a Bernardo Atxaga es siempre un placer. Aunque algunos de sus textos sean viejos, mantienen el sabor del contador de historias que, para nuestra satisfacción, sabe que ha nacido para escribirlas. Este libro, bellamente editado por la novísima editorial catalana Hurtado&Ortega, reúne viejos textos de Atxaga (de 1997) que han sido remozados, otros que aparecieron aquí y allá, y son difíciles de encontrar, y algún texto nuevo. Es un libro mezcolanza que habla de viajes y ciudades lejanas, pero en el que también nos encontramos rememoranzas del pequeño pueblo guipuzcoano, Asteasu, donde Atxaga nació como Jose Irazu. Un libro por tanto de retazos autobiográficos y de reflexiones sobre el ser y estar, sobre el tiempo que nos ha tocado vivir, sobre el país que no todos denominan igual y sobre la identidad que nos inventamos para escribir y acaba apoderándose de uno.

En la primera parte el autor viaja por Extremadura, Tenerife, París, Palencia, Marruecos, Madrid y Asteasu. Y ve cosas que los viajeros poco atentos no ven: verdades falsas e imperecederas, turistas que despotrican de los turistas, intentos inútiles de alejar a los parias, intimidades imposibles de los pastores, la desmesura del fútbol, el retorno al pasado al volver al terruño. En la segunda parte se recobran reflexiones sobre la presencia de lo antiguo en el mundo rural, sobre la ternura de los burros, sobre la intimidad de las grandes urbes, sobre los rostros infinitos de las ciudades. Hay un momento en el que el autor vuelve a Obaba, por dos veces, y otro en el que reflexiona sobre la esencia de su país Euskadi (ahora con S y antes con Z). Y le da tiempo también hablar de la literatura y de la importancia de que un libro encuentre su caja de resonancia y para zanjar definitivamente el origen y el por qué de un seudónimo literario.

Bernardo Atxaga es un escritor de verdad, un fabulador de primer orden, un mago de la palabra, un entrañable manipulador de los sentimientos, un extraordinario pensador de la vida cotidiana. Bernardo Atxaga es un escritor que parece hablarnos a cada uno al oído, para que podamos encontrar nuestras propias respuestas a las preguntas importantes de siempre. Porque Atxaga sabe mirar a las pequeñas cosas para extraer la maravilla que habita en ellas. La gente que no le lee no sabe lo que se pierde. Leerle es volver siempre a territorio conocido, al hogar y la infancia. Nada puede haber mejor.

Enrique Martín

El universo íntimo de Francisco Javier Irazoki y todos lo demás

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) fue periodista musical en Madrid, formó parte de CLOC, grupo de escritores surrealistas y desde 1993 reside en París donde cursó estudios musicales. Ha publicado multitud de libros de poemas y de poemas en prosa. En 1992 la Universidad del País Vasco editó toda la poesía que había escrito hasta entonces en el magnífico volumen Cielos segados. Es uno de esos grandes poetas desconocidos para el gran público (como pasa con casi todos los poetas). En Orquesta de desaparecidos, como cuenta su amigo y colega Fernando Aramburu, “continua la serie de textos breves en prosa que inició en 2006 con “Los hombres intermitentes”. Amplía así el delicado dibujo de sus paisajes personales, combinando las notas de evocación, directamente autobiográficas, con esa especial destreza suya para la creación de imágenes y símbolos”. La verdad es que estamos ante un escritor único e insustituible.

En este libro que se desarrolla entre París, Lesaka, Madrid, Nueva York y Londres, Irazoki habla de muchas cosas: de la poesía como de esa mirada intensa que nos despierta; de la necesidad de huir del malditismo; de la calidad creativa que nunca debería ser considerada fruto de las derrotas íntimas; del amor a un idioma, que de rebote debería hacerte amar todos los demás idiomas; de lo conveniente que es recorrer a solas el camino como “un pequeño coleccionista de asombros”; de la necesidad de esos fuertes vientos mentales que arranquen los jardines, postigos, vigas y escaleras de todas las patrias; de triunfar sin haber herido; de no negar nunca el trato cordial al disidente; de querer entender al que no piensa como uno piensa; o de nacer en una ciudad con “clima de tristeza sin fundamento”.

Por el libro de Irazoki pulula mucha gente: el desconocido poeta Eloy Sánchez Rosillo, el supereditor Jesús Munarriz, el omnívoro cineasta Orson Welles, el dramaturgo eterno William Shakespeare, el apreciado novelista Pío Baroja, la madre que no tuvo calzado hasta ser adulta y el padre que siempre fue sensato, un tío que se volvió loco por desamor, la hermana que sabía buscar palabras, un viejo republicano que le acogió en Madrid, el alegre carpintero Altxafero, el surrealista bondadoso y divertido Fernando Aramburu, el abandonado poeta loco Leopoldo María Panero, la referencia William Faulkner, el escritor Pablo Antoñana que regaló su suerte, el portentoso Ramiro Pinilla, el poeta Gabriel Aresti que sin enemigos se recostaría aliviado en la nobleza de los lobos, el poeta musical Cesar Vallejo, el discreto Gao Xingjian que ganó un Nobel de Literatura, el músico siempre en crisis Sonny Rollins y cuatro grandes que desgraciadamente nunca tocaron juntos: Mozart, Thelonius Monk, Bach y Jimi Hendrix.

Orquesta de desaparecidos es un descenso, sin botella de oxígeno, a las profundidades del pensamiento y las referencias vitales y creativas de un escritor asombroso.  Un autor humilde que esconde en sus escritos una gran sabiduría. Si todos los pensadores del mundo tuvieran un cuarto de la altura moral de este tipo, la Humanidad sería un vergel. Grande Irazoki.

Enrique Martín