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Helen Garner retrata la indoblegable realidad

Poco sabíamos de Helen Garner hasta la fecha: que es una autora australiana y que aunque ha publicado muchos libros, en castellano solo encontrábamos la novela La habitación de invitados, publicada por Salamandra. Ahora, en una acción conjunta entre dos editoriales, algo poco habitual, podremos acercarnos a la obra de no ficción de esta autora.  Por un lado, Libros del Asteroide ha publicado Historias reales, un libro que reúne sus principales reportajes y artículos; por otro, Libros del K.O. nos trae La casa de los lamentos, una larga crónica judicial que se lee como una novela. Vayamos a su historia: tras celebrar el Día del Padre (que en Australia se celebra en septiembre), Robert Farquharon, un tipo normal, en principio, se dirige en coche a casa de su ex mujer para llevar allí a sus tres hijos.  De repente, el coche cae en una balsa y el único que consigue salir a flote y sobrevivir es el padre. Tras la tragedia, llegó un juicio en la Corte Suprema de Victoria en el que tenían que determinar si Farquharon había querido vengarse de su mujer de la que se había separado hacía poco o si, como él decía, todo se había debido a un desmayo que había sufrido al volante.

Helen Garner, atraída por el caso, acudió cada día a la Corte, y el caso llegó a convertirse para ella en una obsesión que transformó en La casa de los lamentos. En el libro, vemos desfilar a los testigos por la sala, a los familiares, observamos cómo se derrumba el acusado en algunas ocasiones, y cómo defensa y acusación preparan sus estrategias y cómo el juez decide, por cuestiones procesales, no presentar ciertas pruebas ante el jurado popular que tendrá que dictar sentencia. “Al jurado no se le permite especular. Esa posible interpretación quedaba fuera de su alcance. Me molestaba verlos entrar en la sala y ocupar su sitio desinformados, con los hombros inclinados y la expresión seria y confiada”, dice. Pero Garner nos enseña también el ambiente, podríamos decir, que se genera entre los distintos periodistas que acuden a la sala, entre los más curtidos, que nunca se conmueven y los más impresionables.

Garner demuestra su habilidad para describir a los personajes y componer escenas, pero lo que quizás más me haya sorprendido es la manera en la que estructura, ordena y facilita toda aquella información que recabó. Su relato del juicio no resulta pesado ni monótono; al contrario, el oficio y el talento de la autora logran que tramos del libro sean adictivos e inquietantes. La periodista, además, no se limita a recoger, ordenar y escribir una historia, como sucede en A sangre fría, sino que ella muestra su peculiar trastienda: “En aquella ocasión había llevado conmigo a la hija de una amiga íntima, una adolescente de dieciséis años pálida, callada, con pelo rubio platino y ortodoncia, enfundada en unos vaqueros y en una sudadera gris claro. (…) Nos instalamos en los asientos para la prensa de la sala tres, al lado de un grupo de alegres periodistas”.

La casa de los lamentos se lee como si fuera una novela, pero, a cada poco, nos sacude la certeza de que no estamos ante una obra de ficción, y eso hará que queramos que las cosas vayan por un determinado camino, pero la realidad, ya se sabe, es indoblegable.

Txani Rodríguez

Fernando Aramburu, autorretrato sin retrato

Tras el abrumador éxito de Fernando Aramburu con Patria, el autor donostiarra ha querido publicar un libro totalmente diferente. Si Patria era una mirada hacia el exterior, hacia la sociedad que le rodeaba en un tiempo determinado (aunque en ausencia, pues él ha vivido en Alemania), su nuevo texto (que podría haber estado escrito hace mucho tiempo) es una mirada hacia el interior, hacia el personaje Fernando Aramburu al que se disecciona como a un extranjero del que hay que recelar, pero al que hay que acabar comprendiendo e incluso queriendo porque, a la fuerza, hay que convivir con él.

Aramburu hace entonces lo que promete el título del libro un “autorretrato” sin él, un vistazo a uno mismo desde fuera, sin apasionamiento, aunque con un cierto cariño. Es decir, que nadie espere que el autor cuente muchas cosas en primera persona sobre sí mismo, porque ya nos dice desde el principio que va a hablar del tal Aramburu como de “otro mismo”. Un pequeño juego, pero un juego más interesante de lo que pueda parecer en un principio, porque al final quizás el autor no hable mucho de sus interioridades, pero sí vamos a conocer a las personas que le rodean (físicamente e intelectualmente) y lo que piensa sobre algunos asuntos que le interesan.

Formalmente el libro se nos presenta en pequeños capítulos, como escuetas entradas, de un par de páginas, sin el orden cronológico de un diario, que se ordenan como le ha dado la gana al autor, como un caleidoscopio de sensaciones. Vamos a conocer un poco a las personas que le rodean, a su padre, su madre, una vieja novia, su hija Cecilia, algunos amigos, varios parientes queridos, su mujer alemana La Guapa (muy someramente, como si le hubiera dicho “no me pintes en tus cosas”), su hija Isabel, el primo Enrique y su sable, García Lorca, la manzana que siempre le acompaña, Albert Camus, el grupo Cloc e incluso al propio Aramburu en la tumba.

También vamos a disfrutar con algunas reflexiones. Sobre la vista desde la ventana de su despacho; sobre la depresión y el retorno al hogar; sobre la niñez que nos habita; sobre la lectura; sobre la infancia y el mar; sobre el asesinato terrorista y la indiferencia; sobre la belleza; sobre la naturaleza y las palabras; sobre el amor y la soledad; sobre la música; sobre aportar a la Humanidad lo poco que puedas dar; sobre la cama y la religión; sobre los besos y la juventud perdida; sobre la poesía y la lluvia; sobre el alma y la vida; sobre la lengua castellana; sobre los pájaros; sobre la compasión; sobre el alcohol y la pasión por los libros; sobre el arte de morir; sobre una bofetada en 1971; sobre la pasión por los niños; sobre la amistad perdida; sobre las compañeras; sobre el atardecer de la vida; sobre el “casi” morirse; sobre la sidra; sobre las personas que uno no fue; sobre el yo.

Aramburu nos deleita con un libro precioso en el que amaga pero no da, en el que intuimos más que vemos, en el que disfrutamos con su prosa delicada y precisa. Estamos ante un retrato personal en el que no se descorre del todo la cortina de la intimidad. Nos gustará leer el autorretrato definitivo, aquel en el que aparezca descarnadamente Fernando Aramburu.

Enrique Martín

Juan Kruz Igerabide o el arte de reirse de la trascendencia

Hoy tenemos con nosotros a un escritor todoterreno, Juan Kruz Igerabide (Aduna, 1956), que ha publicado literatura infantil, juvenil y para adultos, y que lleva años trabajando el complicado género del aforismo. En 1994, publicó Sarean Leiho, en 1998, Herrenaren arrastoan y en 2004 Egia hezur. Ahora, acaba de publicar en Pamiela Labur Txintan, un libro dividido en doce cuadernos cortos en los que se reflexiona con cierta ironía sobre la convivencia, la educación, el amor, la felicidad, el arte; sobre el humor, la vida y la muerte, la religión, Dios; sobre la literatura. Para hablarnos de todo ello, Igerabide se sirve de los juegos de palabras, de los contrasentidos y del doble sentido, de la ironía, de la revisión de ciertos refranes y ciertas sentencias de otros pensadores a los que cita directamente como Camus, Jünger, Cioran o Montaigne.  Labur Txintan ha sido traducido al castellano con el título de Breviario Perplejo, editado por Troa.  «Reírse de la trascendencia es la mejor manera de trascender», dice Juan Kruz Igerabide. Con el autor hemos charlado. Pincha y disfruta.

Juan Kruz Igerabide y el arte de hacer lo pequeño, grande

El aforismo es un subgénero literario al que se han acercado con éxito numerosos autores vascos. Citaremos, por ejemplo, a Ramón Eder, Karmelo C.Iribarren, Iñaki Uriarte, Karlos Linazasoro. Ya sabéis que cuando hablamos de aforismos nos referimos a esas sentencias breves que pretenden expresar un principio de una manera concisa, coherente y en apariencia cerrada. Parece que el primero en utilizar esta fórmula fue Hipócrates; después, han sido innumerables los escritores que nos han asombrado con sus frases luminosas, desde Nietzsche a Chesterton; desde Borges a Machado. Precisamente es la principal característica del aforismo, la brevedad, lo que hace que estemos ante un género difícil porque no admite trampas, no admite grandes recursos estilísticos, no admite ocurrencias.

Bien, pues a todas esas dificultades se ha enfrentado con éxito, ya lo avanzamos, el escritor guipuzcoano Juan Kruz Igerabide en su nuevo trabajo Labur txintan. Este libro, publicado por Pamiela, está dividido en doce cuadernos cortos en los que se reflexiona sobre la convivencia, la educación, el amor, la felicidad, el arte, sobre el humor, sobre la vida y la muerte, sobre la religión, sobre Dios, sobre la literatura, incluso sobre los aforismos: ”Aforismo handiak oso txikiak dira”. Para trasladarnos sus ideas, Igerabide se sirve de los juegos de palabras, de los contrasentidos y del doble sentido, de la ironía, de la revisión de ciertos refranes y ciertas sentencias de otros pensadores a los que cita directamente como Camus, Jünger, Cioran o Montaigne.

Entre estas sentencias podemos destacar algunas políticas, como la siguiente: “Ezkertiarrak kontrako hankarekin egiten du herren. Eskuindarrak, ez”. Otras de sus frases dan, sin duda, qué pensar, como el siguiente: “Liburu onek liburu gutxiago irakurtzeko gogoa uzten dute”. O como este otro: “Dena esana dago. Orain argitu egin beharko”. La naturaleza humana también es objeto del análisis de Igerabide: “Pertsona onek eta txarrek elkarren lekua hartzen dute txandaka”, dice. O: “Homo sapiens, sapiens; errepikatu egiten da, ziur egoteko”. Labur txintan es, por tanto, un libro que tiene mucho de filosofía y que demuestra que para decir algo importante de forma clara, no son necesarias siempre centenares de líneas.  Se trata de dar en la diana, en el centro de las ideas, e Igerabide nos deja un buen puñado de aforismos que releer y que revisitar.

Juan Kruz Igerabide, que ha escrito obra dirigidas tanto al público infantil como al juvenil y como al adulto, lleva años publicando libros de aforismos. En 1994 sacó Sarean leiho; en 1998, Herrenaren arrastoan; y en 2004, Egia hezur.

 Txani Rodríguez

Los deslumbrantes mundos de Bernardo Atxaga

Leer a Bernardo Atxaga es siempre un placer. Aunque algunos de sus textos sean viejos, mantienen el sabor del contador de historias que, para nuestra satisfacción, sabe que ha nacido para escribirlas. Este libro, bellamente editado por la novísima editorial catalana Hurtado&Ortega, reúne viejos textos de Atxaga (de 1997) que han sido remozados, otros que aparecieron aquí y allá, y son difíciles de encontrar, y algún texto nuevo. Es un libro mezcolanza que habla de viajes y ciudades lejanas, pero en el que también nos encontramos rememoranzas del pequeño pueblo guipuzcoano, Asteasu, donde Atxaga nació como Jose Irazu. Un libro por tanto de retazos autobiográficos y de reflexiones sobre el ser y estar, sobre el tiempo que nos ha tocado vivir, sobre el país que no todos denominan igual y sobre la identidad que nos inventamos para escribir y acaba apoderándose de uno.

En la primera parte el autor viaja por Extremadura, Tenerife, París, Palencia, Marruecos, Madrid y Asteasu. Y ve cosas que los viajeros poco atentos no ven: verdades falsas e imperecederas, turistas que despotrican de los turistas, intentos inútiles de alejar a los parias, intimidades imposibles de los pastores, la desmesura del fútbol, el retorno al pasado al volver al terruño. En la segunda parte se recobran reflexiones sobre la presencia de lo antiguo en el mundo rural, sobre la ternura de los burros, sobre la intimidad de las grandes urbes, sobre los rostros infinitos de las ciudades. Hay un momento en el que el autor vuelve a Obaba, por dos veces, y otro en el que reflexiona sobre la esencia de su país Euskadi (ahora con S y antes con Z). Y le da tiempo también hablar de la literatura y de la importancia de que un libro encuentre su caja de resonancia y para zanjar definitivamente el origen y el por qué de un seudónimo literario.

Bernardo Atxaga es un escritor de verdad, un fabulador de primer orden, un mago de la palabra, un entrañable manipulador de los sentimientos, un extraordinario pensador de la vida cotidiana. Bernardo Atxaga es un escritor que parece hablarnos a cada uno al oído, para que podamos encontrar nuestras propias respuestas a las preguntas importantes de siempre. Porque Atxaga sabe mirar a las pequeñas cosas para extraer la maravilla que habita en ellas. La gente que no le lee no sabe lo que se pierde. Leerle es volver siempre a territorio conocido, al hogar y la infancia. Nada puede haber mejor.

Enrique Martín

El universo íntimo de Francisco Javier Irazoki y todos lo demás

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) fue periodista musical en Madrid, formó parte de CLOC, grupo de escritores surrealistas y desde 1993 reside en París donde cursó estudios musicales. Ha publicado multitud de libros de poemas y de poemas en prosa. En 1992 la Universidad del País Vasco editó toda la poesía que había escrito hasta entonces en el magnífico volumen Cielos segados. Es uno de esos grandes poetas desconocidos para el gran público (como pasa con casi todos los poetas). En Orquesta de desaparecidos, como cuenta su amigo y colega Fernando Aramburu, “continua la serie de textos breves en prosa que inició en 2006 con “Los hombres intermitentes”. Amplía así el delicado dibujo de sus paisajes personales, combinando las notas de evocación, directamente autobiográficas, con esa especial destreza suya para la creación de imágenes y símbolos”. La verdad es que estamos ante un escritor único e insustituible.

En este libro que se desarrolla entre París, Lesaka, Madrid, Nueva York y Londres, Irazoki habla de muchas cosas: de la poesía como de esa mirada intensa que nos despierta; de la necesidad de huir del malditismo; de la calidad creativa que nunca debería ser considerada fruto de las derrotas íntimas; del amor a un idioma, que de rebote debería hacerte amar todos los demás idiomas; de lo conveniente que es recorrer a solas el camino como “un pequeño coleccionista de asombros”; de la necesidad de esos fuertes vientos mentales que arranquen los jardines, postigos, vigas y escaleras de todas las patrias; de triunfar sin haber herido; de no negar nunca el trato cordial al disidente; de querer entender al que no piensa como uno piensa; o de nacer en una ciudad con “clima de tristeza sin fundamento”.

Por el libro de Irazoki pulula mucha gente: el desconocido poeta Eloy Sánchez Rosillo, el supereditor Jesús Munarriz, el omnívoro cineasta Orson Welles, el dramaturgo eterno William Shakespeare, el apreciado novelista Pío Baroja, la madre que no tuvo calzado hasta ser adulta y el padre que siempre fue sensato, un tío que se volvió loco por desamor, la hermana que sabía buscar palabras, un viejo republicano que le acogió en Madrid, el alegre carpintero Altxafero, el surrealista bondadoso y divertido Fernando Aramburu, el abandonado poeta loco Leopoldo María Panero, la referencia William Faulkner, el escritor Pablo Antoñana que regaló su suerte, el portentoso Ramiro Pinilla, el poeta Gabriel Aresti que sin enemigos se recostaría aliviado en la nobleza de los lobos, el poeta musical Cesar Vallejo, el discreto Gao Xingjian que ganó un Nobel de Literatura, el músico siempre en crisis Sonny Rollins y cuatro grandes que desgraciadamente nunca tocaron juntos: Mozart, Thelonius Monk, Bach y Jimi Hendrix.

Orquesta de desaparecidos es un descenso, sin botella de oxígeno, a las profundidades del pensamiento y las referencias vitales y creativas de un escritor asombroso.  Un autor humilde que esconde en sus escritos una gran sabiduría. Si todos los pensadores del mundo tuvieran un cuarto de la altura moral de este tipo, la Humanidad sería un vergel. Grande Irazoki.

Enrique Martín

El tocho. Reflexiones y máximas morales de La Rochefoucauld

libro-reflexiones-o-sentencias“A nadie le gusta alabar y nunca se alaba a nadie sin interés. La alabanza es una adulación hábil, velada y delicada, que satisface de distinta manera al que la hace y al que la recibe. El segundo la toma como una recompensa debida a sus méritos y el primero la hace para que reparen en su equidad y en su discernimiento”.

Esta es una de las máximas que integran el volumen de Reflexiones o sentencias y Máximas morales del Duque de la Rochefoucauld. El duque fue el primero y el más célebre de los moralistas franceses, grupo de pensadores y escritores interesados en reflexionar sobre las costumbres, la naturaleza y la condición humana, entre los que se encuentran Pascal, la Bruyere, Chamfort o Joseph Joubert. Para ello utilizaron como instrumento una escritura fragmentaria y breve, la sentencia o máxima, muy cercana a lo que hoy llamamos aforismo, con la que expresaron, de forma brillante y aguda, verdades universales sobre el ser humano. Este es un género de madurez, por eso La Rochefoucauld, que tuvo una juventud agitada, distinguiéndose en el campo de batalla y conspirando, dentro de la fracasada rebelión de la Fronda, contra el cardenal Mazarino, publicó sus Máximas en 1665, pasados los 50 años de edad. Su experiencia vital contribuyó a cimentar una visión pesimista del ser humano, expresada de forma contundente en el lema que encabeza las Máximas: “Nuestras virtudes no son, la mayoría de las veces, sino vicios disfrazados”.

A lo largo de las poco más de 500 máximas de que consta el texto, La Rochefoucauld analiza afectos y pasiones humanas, como el amor propio (el mayor de todos los aduladores) o la envidia (la más tímida y vergonzosa de las pasiones y, sin embargo, la más violenta) y pone de manifiesto nuestra incapacidad para liberarnos de su influjo. A su juicio “hay pocas personas lo suficientemente cuerdas para preferir la censura que puede serles útil al halago que las traiciona”. Otro de los grandes temas de las Máximas, muy habitual en las conversaciones de los salones elegantes, es la influencia de las pasiones sobre el amor. Tan evidente como para asegurar que “si existe un amor puro y sin mezcla de nuestras demás pasiones es el que se esconde en el fondo de nuestro corazón, y nosotros mismos ignoramos”.

Pero son sus agudas observaciones sobre la vanidad, la pasión que nos agita sin cesar, las que dejaron un recuerdo más profundo cuando lo leí en mi juventud. Según el duque: “El verdadero hombre noble es el que no presume de nada”. Teniendo en cuenta lo generalizada que está la presunción en nuestra sociedad, la nobleza de nuestra conducta queda muy en entredicho, ¿no les parece? Afirmaciones tan tajantes como que “la debilidad es el único defecto que no puede corregirse”, o que “las personas débiles no pueden ser sinceras” provocaron el entusiasmo de Nietzsche, el filósofo alemán, uno de los muchos admiradores confesos del autor. Quizá nunca lleguemos a poseer un espíritu fuerte como el del duque, pero al menos nos conoceremos mejor a nosotros mismos leyendo esta obra maestra de la literatura aforística, estas perspicaces, jugosas, deslumbrantes Reflexiones o sentencias y Máximas morales del Duque de La Rochefoucauld.

Javier Aspiazu

Juanra Madariaga, releyendo a Elorriaga en SP

Cuando, en 1999, setenta y cinco años después de su desaparición, encontraron en el Everest el cuerpo del alpinista George Mallory, descubrieron entre sus objetos personales el libro Fin de viaje, de su amiga Virginia Woolf. El poeta Juanra Madariaga, en su ascensión al Shisha Pangma, quiso llevar consigo el SPrako Tranbia de Unai Elorriaga y, con esa novela, a Lucas, aquel inolvidable personaje, con la cabeza algo perdida, que soñaba con alcanzar algún día la cumbre del mítico monte del Himalaya. Éste vendría a ser el punto de partida de eSPedizioa. Mendi ororen pisua, pero en este libro inclasificable se habla de mucho más. Entre otras cosas, se repasa parte de la historia del montañismo, se recrean algunas expediciones legendarias y, por supuesto, Madariaga nos describe con gran plasticidad y detalle su ascenso al Shisha Pangma, una subida en la que las condiciones climatológicas le pusieron en apuros. Pero en eSPdizioa hay pasajes muy hermosos que no se circunscriben al SP: LIBRO eSPedizioahay toneladas de mariposas que caen como muertas en un bosque de México sobre el que ha nevado, unas mariposas que con el deshielo recuperan la vida y vuelven a volar; hay grandes bloques de nieve que caen en lagos formando extraños tsunamis; hay ritos funerarios escalofriantes. Y hay mucha poesía, del propio Madariaga y de otros autores. También encontramos numerosas referencias literarias que van de Rainer Marie Rilke a Alejandra Pizarnik pasando por Thomas Bernhard.

eSPdizioa no es solo un libro de montaña, aunque se describa los paisajes y casi vivamos con el autor las penurias que arrastra también la montaña (dilatación de los capilares, caída del pelo, escalofríos, calambres, dificultades respiratorias…) y también las enormes satisfacciones que ofrece: “Lurraren azken mugan zaude, lurraren amaieran zaude; beste guztia espazio kosmikoa da”. eSPdizioa es un libro en el que hay literatura, mucha literatura y mucha poesía. El lirismo está presente en la escritura e incluso en la composición y en el origen mismo de este texto en el que Madariaga parece llevar siempre en su pensamiento a Lucas, a quien interpela a veces y para quien son a menudo muchas de sus reflexiones. Entre todas las reflexiones hay una que destaca y que, en cierto modo, tiene que ver con el hilo narrativo del libro. Se trata de las alusiones al fenómeno conocido como “doppellgänger”, que traducido quiere decir “doble caminante”. En estas páginas se refieren experiencias de muchos montañeros, y del propio Madariaga, con estas presencias que acompañan a los expedicionarios y que a veces hacen incluso de ángeles de la guardia. Hay, por supuesto, explicaciones científicas para esto, pero no le restan extrañeza ni realismo a la sensación.

En todo caso, y como mínimo de forma poética, Madariaga está acompañado por el Lucas de Unai Elorriaga en este viaje en forma de libro que arranca con un capítulo maravilloso en el que se explica la necesidad que tiene el bilbaíno de estar en espacios abiertos y se cierra con otro no menos emotivo que, por razones obvias, no pienso detallar.

Txani Rodríguez

Es muy raro todo esto, Pablo

Es muy raro todo esto contiene, como el propio autor define en el divertido prólogo a este libro, una selección de los artículos que ha publicado durante los últimos años en El Correo. Son textos que tienen como escenario principal a Bilbao, que es un lugar desde donde explicar el mundo tan indicado, al menos, como otro cualquiera. La ciudad tiene por tanto enorme relevancia en estas páginas en las que se habla del Athletic, de la biblioteca de Bidebarrieta o de la plaza del Gas pero no es un libro que hable tanto sobre Bilbao sino como del signo de estos tiempos. Martínez Zarracina observa la ciudad desde un punto de vista que combina cierta distancia analítica con la cercanía emocional que procuran a cualquier persona –o a casi cualquiera- las calles de su infancia. Este articulista y crítico literario se sirve de los temas más dispares para convencernos de que, efectivamente, las cosas son muy raras y que más allá de Santutxu tampoco es que se vuelvan más normales. LIBRO Es muy raro todo estoEl autor habla de la apertura del Ikea, de una actuación de Sabrina Salerno, de los tertulianos, de las bodas, de las ferias del libro, o de la Ley del Tabaco y lo trufa todo con referencias a Conrad, Juan Ramón Jímenez o Vila-Matas y con ese tipo de sentido del humor que suele distinguir a las personas lúcidas.

Martínez Zarracina se conduce por la escritura con la elegancia de un lord inglés, pero su estilo recordaría a la soberbia de los primeros de la clase si no fuera porque hay dentro de él un tipo gamberro, próximo, que dice acordarse de Zabalburu en San Petersburgo, y que convierte al lector en confidente de sus perplejidades, de sus excesos y de sus raciocinios rayanos a veces en el surrealismo, en la más absoluta brillantez y en la pachanga loca. Pondré un ejemplo que oscila entre la melancolía y el punk: “Y ahora estamos aquí, con los bares vacíos. Tenemos los museos, el prestigio y el BBK Live, pero nadie nos canta “Lady Marmalade” mientras vuelan proyectiles y la ciudadanía se une para algo tan bonito como tirar a la ría a un italiano. Nos hemos tranquilizado. Yo creo que la culpa es de la casta, la enseñanza obligatoria, el Facebook y los emoticonos. A grandes rasgos.”

Dice Zarracina que ha escrito estos textos tumbado; yo lo imagino también en un sofá orejero en mitad de la Gran Vía de Bilbao, mirando a su alrededor con extrañeza, diciéndose a sí mismo que es muy raro todo esto pero que tampoco hay que tomarse las cosas muy en serio, salvo que esas cosas sean los dromedarios, los ventrílocuos, las farolas de diseño u otros temas igual de espinosos y delicados. Ahí es cuando igual se recoge los puños de la americana, afila el bolígrafo y dispara, sin despeinarse mucho tampoco, contra nuestro loco, ajetreado e incomprensible día a día.

Txani Rodríguez

De cuando Gonzalo Maier viaja en tren

De vez en cuando el lector se encuentra con un libro diferente, estimulante y sorprendente. Material rodante del chileno Gonzalo Maier (Talcahuano, 1981) es uno de ellos. Maier vive en Europa y ha pasado una importante parte de su vida en trenes. Vive en Bélgica, en Lovaina, y por motivos de trabajo se traslada todos los días a Holanda, a Nimega. Este trayecto le ha servido para reflexionar sobre muchos asuntos, desde los más importantes a los más triviales. Una parte relevante de estas reflexiones las ha publicado en este libro.

Gonzalo Maier habla, por ejemplo, de la importancia de estar en forma para coger un tren. De las extrañas manías de los revisores. De la importancia de encontrar algo fuera de lo habitual en los viajes. De lo inútiles que nos sentimos ante las puertas de los compartimentos. LIBRO Material rodanteDel escaso parecido entre los países vividos y los leídos. Del horror a montarse en un tren conducido por un fumador de porros. De una araucaria –la planta nacional chilena- perdida en Holanda. De los diferentes negocios que hay en las estaciones de tren. De las máquinas expendedoras que se quedan con tus monedas… a cambio de nada. De la desesperación ante la espera inesperada.

También habla Gonzalo Maier de la magia de las primeras lecturas… y de la angustia de leer en una lengua que no dominas. De la importancia de los conejos en Holanda (son los primeros en habitar, cuando son seguras, las tierras ganadas al mar). De los viajes turísticos que han eliminado el peligro y por tanto la incertidumbre. De lo limpios que son los baños de Holanda y lo sucios que son los de Bélgica. De las peculiares visiones que tiene uno en los trenes de la vida de la gente. De la diferencia entre el ciclismo holandés de tierra llana y el belga repleto de montañas y colinas. De levantarse por la mañana, seguir dormido y pedalear hacia la estación entre vidrios rotos.

Y habla además Gonzalo Maier de lo que piensan los viajeros de primera (¿piensan distinto de los demás?). De los problemas de viajar con gente conocida. De la ilusión de dormir en el tren, aunque tu ética lo impida. Del exceso de movimiento y de la necesidad de estar en pijama cuando no trabajas. Del papel de la mochila, en los viajes, como pequeñas bibliotecas. De los correos equivocados, de contestarlos ó no, de atisbar en secreto la vida de otra gente y de la posibilidad de la existencia del “doble”. De la desaparición paulatina de las oficinas. Y finalmente (y me dejo muchas otras cosas) de reconocer en una estación a uno de los criminales más buscados.

Gonzalo Maier ha escrito un libro divertido, irónico, profundo y muy entretenido. Un libro que funciona como un cajón de sastre, repleto de digresiones maravillosas sobre las que picotear. Maier tiene otro libro titulado Leyendo a Vila-Matas en el que cuenta su viaje en tren desde París a Barcelona para entrevistar al escritor catalán Enrique Vila-Matas cuando ejercía de periodista cultural. A Maier los viajes en tren le dan para mucho. Tengo ganas de seguir leyéndole.

Enrique Martín